Hegemonía e imperio
Llegamos a la última estación de nuestro recorrido. ¿Qué proyectos políticos está llevando a cabo esa tendencia del trumpismo a la que hemos seguido la pista en las entregas anteriores de esta serie? (I, II, III y IV) ¿Cuál es el contexto en el que se despliegan? ¿Cómo cabe interpretarlos? Para responder a estas preguntas debemos dirigir nuestra atención hacia un escenario más amplio.
En una reciente entrevista concedida a Revista Común, José Luis Villacañas identificaba como un rasgo característico de nuestra época la intensificación de los sistemas de gobierno de las poblaciones, como resultado del desarrollo de la tecnología digital, del capitalismo de plataformas y del Big Data. Lo novedoso de estos sistemas es que operan de forma automatizada y directa sobre nuestro aparato psíquico, dislocándolo, rompiendo el nexo que lo une con lo real y sustituyéndolo por un vínculo cuasipermanente a esos mismos dispositivos de gobierno.
En Tecnofeudalismo. Crítica de la economía digital, Cédric Durand señalaba algo parecido. El ciberespacio, comprendido bajo el imaginario de la tierra de frontera y la epopeya de la conquista, comprende todo aquello que puede ser digitalizado. Actualmente este territorio abarca la totalidad de la vida humana, convertida en una miríada de datos fragmentados que circula a través de diferentes plataformas que “aprenden” cada vez que interactuamos con ellas. El problema, señala Durand, es que este flujo de datos, pese a su gigantesco volumen, no es infinito. Y esto introduce una competencia permanente por captarlos y por retener la atención que permite conservarlos.
José Luis Villacañas también tocaba este último punto en su entrevista. La intensificación de los sistemas de gobierno que estamos experimentando, vendría acompañada de una reactivación de la competencia global por dirimir el poder hegemónico sobre esos dispositivos y sobre los recursos materiales que los sostienen. Pero esta reactivación de la competencia entre las grandes potencias en torno a ese valor estratégico ha sido posible porque hoy encaramos un hecho histórico de primer orden: la decadencia de la hegemonía norteamericana como potencia global.
Emmanuel Wallerstein propuso, ya hace años, una teoría sobre los ciclos hegemónicos en el sistema de la economía-mundo capitalista. Según Wallerstein, una potencia hegemónica es aquella capaz de organizar y dirigir el sistema interestatal mediante el reconocimiento de su liderazgo por parte del resto. Una hegemonía no es un imperio. Un imperio basa su poder en el dominio sobre un territorio articulado, diferenciando entre un centro y un conjunto de periferias políticamente sometidas; en cambio, una potencia hegemónica ejerce su liderazgo porque controla los resortes de la economía-mundo capitalista. Según Wallerstein, todos los intentos por convertir a la economía mundo en un imperio han fracasado. Un problema añadido radica en que las potencias hegemónicas están sometidas a un ciclo más o menos constante de crecimiento, apogeo y caída. Durante el interregno, el sistema estatal se vuelve sumamente inestable, abriéndose un periodo de competencia entre la vieja hegemonía y los candidatos a sustituirla. Hoy, por tanto, tenemos dos focos potenciales de conflicto.
La hegemonía norteamericana, culminada en 1945, es el resultado de una etapa de turbulencias de este tipo, en la que tuvieron lugar dos guerras mundiales. Wallerstein vislumbraba, ya desde la década de 1980, que el liderazgo estadounidense sería sustituido por el de alguna potencia oriental. Villacañas, por su parte, señalaba que la globalización era, básicamente, el proceso por el cual se produce la integración de la economía China al mercado mundial. Sea como fuere, Estados Unidos no controla ya en solitario la economía-mundo capitalista, por lo que nos adentramos en una fase de transición del ciclo hegemónico. El problema que debe encarar Estados Unidos es cómo enfrentar esta nueva coyuntura.
¿Es posible, por ejemplo, redefinir la antigua hegemonía y volver a situar a la economía norteamericana en el centro del sistema-mundo? Economistas como Richard Wolff señalan que, a estas alturas, ya es imposible. Pero Estados Unidos cuenta con otra baza: un despliegue estratégico y una fuerza militar incomparable. La tentación de convertir la antigua hegemonía en un imperio surge como un escenario posible. Quizás, el abandono del globalismo, la desconexión con organismos internacionales, la redefinición de las viejas alianzas, las políticas de reterritorialización, la coacción convertida en principal recurso de negociación sean, así, síntomas de una deriva imperial de consecuencias imprevisibles.
El capitalismo político
En 2006, un año antes de que estallara la crisis de las hipotecas subprime, Robert Brenner publicó La Economía de la turbulencia global. Se trata de una obra ambiciosa en la que sostiene que la economía capitalista de los países avanzados, y especialmente la de Estados Unidos, se encontraba estancada en un ciclo largo de ausencia de crecimiento y caída de la inversión productiva. El motivo de esta desaceleración, palpable ya desde la década de 1970, tenía que ver con el descenso de la rentabilidad industrial provocada, a su vez, por una crisis de sobreproducción, un exceso de la capacidad productiva resultado de la integración de nuevos centros competitivos a la economía global.
Ante esta “falla” del modelo de acumulación tradicional, y pese a los aparentes booms de frágil duración que salpicaron el periodo, la inversión se habría ido desplazando hacia actividades de mayor rentabilidad, como las finanzas, la deuda o la renta; es decir, hacia actividades no productivas que, además, requerían de un apoyo estratégico del poder político, especialmente en coyunturas de crisis. Esta transformación en las formas de acumulación, alejadas del modelo tradicional, es lo que llevaba a Brenner a hablar de capitalismo político.
Cédric Durand ha realizado un diagnóstico similar, pero enfocado en el sector de las nuevas tecnologías. Según Durand, tampoco la innovación tecnológica que caracterizó la década del 2000 se tradujo en crecimiento económico y en aumento de la productividad. Es más, ese desarrollo tecnológico, así como la enorme concentración de la propiedad y la posición de cuasimonopolio que adquirieron las Big Tech durante este periodo, sólo fueron posibles gracias a la protección y la intervención estatal. En esto, Estados Unidos no difiere mucho de la forma en la que China, Corea del Sur o Rusia gestionaron su entrada en la era digital.
Si asociamos la tesis del capitalismo político con el contexto de reactivación de la competencia global podemos arrojar cierta luz sobre la interpenetración del poder político y los “varones” tecnológicos que, como hemos visto, caracteriza al trumpismo 2.0. Podríamos hablar aquí de un espacio de confluencia entre la necesidad de Silicon Valley de contar con el Estado para sostener los procesos de acumulación y la del poder político de acceder a los flujos de datos con los que operan los nuevos dispositivos de gobierno, en el marco de una crisis de la hegemonía estadounidense. Este espacio de confluencia constituye un marco apropiado para interpretar algunos de los principales proyectos políticos que actualmente llevan la rúbrica de los “varones” tecnológicos. Desde este horizonte, lo que en apariencia pueden parecer actuaciones independientes —e incluso contradictorias—, se manifiestan como producto de una misma lógica.
Mi reino es de este mundo
Debemos ser capaces entonces de combinar, al menos, dos tipos de actuaciones. Por un lado, una decidida implicación en facetas decisivas de la política estatal; por otro, proyectos en los márgenes del sistema, diseñados precisamente para escapar de esa misma intervención del estado.
En el primer grupo pueden distinguirse al menos tres esferas de actuación: seguridad y defensa, políticas de reterritorialización y reforma del Estado. En relación con la primera, destaquemos sólo algunos ejemplos. Empecemos por Andreessen & Horowitz. La firma de capital de riesgo participa en varias compañías de defensa, entre las que destaca Anduril Industries. Start-up de software nacida en Silicon Valley, Anduril firma desde 2017 diversos contratos con agencias estatales, con el Departamento de Defensa, y con países aliados, como el Reino Unido o Taiwán, motivo por el que 2024 fue sancionada por el gobierno chino. Las tecnologías clave de Anduril incluyen inteligencia artificial, sistemas autónomos (drones, misiles, etc.), fusión de sensores y seguridad de infraestructuras. Su director ejecutivo y fundador, Trae Stephen, fue contratado en 2016 por el gobierno de Trump como asesor del Departamento de Defensa.
Antes de fundar Anduril, Stephen era empleado de Palantir Technologies, empresa de software fundada en 2003 por Peter Thiel. Palantir, cuyo crecimiento ha sido realmente meteórico, está dedicada al desarrollo de sistemas de información y la ciberseguridad. La compañía dirigida por Thiel ofrece sus servicios no sólo a importantes empresas privadas, sino a más de una decena de agencias de seguridad nacional, entre ellas, la CIA, la NSA, la Fuerza Área y Espacial o el Cuerpo de Marines, así como a países aliados como Israel, Reino Unido o España.
No me extenderé mucho en el caso más conocido: Space X y su sistema de satélites Starlink, específicamente su rama militar Starshield, del cual dependen en gran medida el Ejército y la Armada de los Estados Unidos, especialmente en labores de comando y control avanzado. El papel de la red Starlink en la guerra de Ucrania y su uso como arma de negociación es por todos conocido.
Pasemos ahora a las políticas de reterritorialización. Aquí cabe referirse al menos a tres rubros fundamentales. El primero tiene que ver con la concepción de la defensa nacional. Tanto Andreessen & Horowitz, como Anduril o Palantir, declaran explícitamente que su principal objetivo es lograr un trasvase de tecnología que permita a Estados Unidos mantener una ventaja militar decisiva frente a sus competidores, proteger a las fuerzas armadas desplegadas, a la población de las ciudades y a la infraestructura nacional. Tanto Andreessen, como Stephen y Thiel han defendido públicamente esta visión sobre el papel militar de Estados Unidos en el mundo, especialmente frente a la amenaza china.
Segundo: los aranceles y la política de reindustrialización. Marc Andreessen, desde la iniciativa American Dynamisim, ha definido la reindustrialización de Estados Unidos como una cuestión de interés nacional, considerándola como una estrategia fundamental para fomentar la innovación, la productividad y la creación de riqueza. Andreessen no considera, sin embargo, que los aranceles pongan en peligro la estrategia de reindustrialización, pues recuerda que el momento en el que se produjo un mayor desarrollo tecnológico aplicado en la historia del país (entre 1870 y 1914) coincide con unos aranceles especialmente altos, de los cuales el gobierno federal extraía altos ingresos. Por su parte, Peter Thiel, quien ha señalado literalmente la necesidad de resetear la relación de Estados Unidos con China y de inducir a ello a otros países, ha aplaudido los beneficios geopolíticos de aplicación de los aranceles sobre el gigante asiático. Thiel, quien considera a China una amenaza existencial para Estados Unidos, ha insistido en la necesidad de construir monopolios en el ámbito tecnológico y de la IA con el fin de reducir la competencia. En una línea similar se ha pronunciado Dario Amodei, el director ejecutivo de Anthropic (la IA desarrollada por Amazon y Google) quien, a raíz del lanzamiento de DeepSeek, sostuvo que el gobierno de Trump debía imponer fuertes sanciones a China e impedir su acceso a semiconductores avanzados que podrían poner en peligro el liderazgo estadounidense en este tipo de tecnología.
Cerremos refiriéndonos brevemente a un tercer rubro: la política energética. Si bien, aquí cabría hablar de un polo más abierto a explorar el uso de energías alternativas —lo cual no elimina que, de forma paralela, se defienda la explotación de minerales y recursos necesarios para sostener estas “industrias verdes”— la apuesta por intensificar el uso de energías fósiles y de la nuclear cuenta con el apoyo de los tecnólogos alineados con la política de reindustrialización y desarrollo de la IA.
Pasemos ahora a las iniciativas relativas a la reforma del estado. Aquí, sin duda, la más destacada es DOGE: el Departamento de Eficiencia Gubernamental dirigido por Elon Musk. DOGE coincide en muchos aspectos con el Proyecto 2025 de Kevin Roberts, libro auspiciado por la ultraconservadora Fundación Heritage, prologado por J. D. Vance y cuya primera versión, según The Guardian, llevaba un título revelador: La luz del amanecer. Quemar Washington para salvar a Estados Unidos. Pero, pese a las notables coincidencias —que invitan a mi juicio a explorar un imaginario común—, DOGE no deja de ser un producto intelectual de la ideología californiana y, particularmente, de la obra de Curtis Yarvin.
La mayor parte del personal contratado para ejecutar las directrices de DOGE proviene de Silicon Valley y entiende que los procesos de automatización digital y la eficiencia del gasto constituye una estrategia adecuada para la administración del estado. Según el analista Emerson T. Brooking, la influencia de Curtis Yarvin entre el personal de DOGE es manifiesta, hasta el punto de que lo considera como el cerebro que inspira el proyecto. Según Brooking, el éxito de Yarvin entre el personal de DOGE radica en haber logrado envolver sus ideas en el lenguaje de la cultura californiana, convenciéndolos de que están dirigiendo una start-up y no desmantelando la estructura del Estado como parte de un proyecto ideológico más amplio.
¿Un Mayflower reaccionario?
Peter Thiel ha afirmado en varias ocasiones que, actualmente, existen sólo tres grandes áreas vírgenes, abiertas a la exploración humana: el espacio exterior, los océanos y el ciberespacio. En estos puntos marginales, es posible ensayar nuevos modelos de sociedad y de gobierno sin necesidad de enfrentar el engorroso desafío de resetear el sistema. La desconexión se produce, cabría decir, de forma automática. Repasemos brevemente algunos ejemplos.
En relación con el espacio exterior, Space X se encuentra sin duda a la vanguardia. La colonización de Marte como estrategia de supervivencia de la especie humana, a la que Eleon Musk apuraba hace sólo unos días, dado que dentro de unos “quinientos millones de años” la Tierra será inhabitable, ha sido objeto de muchas discusiones técnicas. Pero quizás lo que se ha discutido menos es la forma social y política que, de llevarse a cabo, adquirirían las colonias del planeta rojo. Musk ha dejado entrever su apuesta por una suerte de democracia directa, eliminando la política profesional y las trabas propias de los sistemas burocráticos. Curtis Yarvin ha criticado ese rasgo cuasirepublicano que Musk imprime a su utopía decantándose, como vimos, por la implantación de monarquías S.A. Pero quizás Yarvin no debería inquietarse porque no termina de quedar claro qué papel desempeñará Space X a la hora de establecer los términos en los que se fundan las colonias.
El océano, por otro lado, ha sido objeto de interés por parte del Seasteading Institute, fundado en 2008 por Patri Friedman —el nieto anarco-capitalista de Milton Friedman—, y apoyado por varios inversionistas, entre los que destaca Peter Thiel. El objetivo es crear colonias autónomas flotantes, autárquicas y autosostenidas, sobre plataformas marinas en aguas internacionales. Estas colonias autónomas, aunque se presentan como “algo más que una ciudad privada” —para lo que se remite al venerable término de Eleutheria, ideal político autogobierno en las antiguas polis griegas—, funcionarían bajo principios libertarios que evocan claramente la utopía de Yarvin en Patchworld. Ciertamente, la mayor parte de los proyectos que se han intentado llevar a cabo han fracasado por uno u otro motivo, pero lo cierto es que el Seasteading Institute continúa recaudando fondos y diseñando nuevos programas.
En este mismo marco es necesario mencionar el caso de Próspera ZEDE, una ciudad en la isla de Roatán, Honduras, gestionada por un fondo de inversión en el que participan Marc Andreessen y Peter Thiel, y que opera al margen de las leyes del estado hondureño. Se trata de una concesión que busca crear una ciudad emergente bajo principios libertarios, con la intención de promover la creación de empresas y la innovación tecnológica mediante la eliminación de todo tipo de trabas burocráticas e impositivas. No deja de resultar de interés que figuras como Bryan Johnson, autor de la Declaración sobre la Mejora Humana, promotor de los Juegos Mejorados y director ejecutivo de Blueprint, acuda regularmente a Próspera con el fin de ensayar programas biomédicos que no están permitidos en los Estados Unidos. Cerremos este punto recordando que la Agenda 47, donde se sintetiza el programa de gobierno de Trump, contempla la concesión de territorio federal para la creación de al menos diez Ciudades de la Libertad, con condiciones adecuadas para promover la innovación tecnológica, en un ambiente futurista de coches voladores, sistemas de drones y completa conectividad.
El ciberespacio constituye otro lugar donde se han desarrollado varios proyectos de interés. Dejemos de lado por el momento el multiverso, con sus particulares formas de regulación corporativa, y todo lo relativo al mercado de criptomonedas, con sus programas de desconexión del sistema financiero —algo, por el momento, sumamente complejo—. Centrémonos, en cambio, en algunos rasgos característicos del sistema Urbit. Como vimos en la cuarta entrega, Urbit es una plataforma digital descentralizada y de código abierto, diseñada por Curtis Yarvin entre 2002 y 2013. Lo que nos interesa, más allá de los problemas técnicos y las desavenencias entre el equipo que desarrolló el proyecto, es el modelo de sociedad que Yarvin proyecta sobre el sistema. Urbit fue creada bajo una inspiración claramente libertaria, como una alternativa a la arquitectura centralizada del internet tradicional. Pero Yarvin introduce en el diseño una jerarquía de red en el sistema de enrutamiento, distinguiendo entre propietarios de galaxias, estrellas, planetas y lunas. En la descripción de este universo abundan las metáforas feudales —el propio Yarvin habla de un feudalismo digital—, las cuales denotan una deriva del principio de autonomía hacia una forma de gobernanza de contenido reaccionario.
Es hora de ir cerrando. ¿Cómo cabe interpretar entonces todos estos proyectos que, autores como Nick Land contemplarían bajo la noción de la “salida”? En un reciente artículo publicado en The Guardian, Naomi Klein y Astra Taylor, señalaban cómo este tipo de iniciativas en los márgenes eran una suerte de cápsulas de escape, ante un futuro que se atisba catastrófico. La élite tecnológica habría sucumbido al complejo de Armagedón y habría optado por lo que las autoras denominan como la “bunkerización”: la retirada a un espacio seguro, a fin de desligarse de la suerte del planeta. Por este motivo, Klein y Taylor consideraban que esta tendencia, este “fascismo para el fin de los tiempos”, carece de un proyecto de futuro que no sea la mera aceleración de la catástrofe y el diseño de un plan de fuga; en otros términos: una suerte de “Mayflower reaccionario”.
No termino de compartir este diagnóstico de lo que, por otra parte, me parece un texto muy preciso y pertinente. Y es que resulta difícil interpretar las acciones que discutimos en el apartado anterior como una forma de escape, como una fuga o desentendimiento del mundo. Lo que más bien parece es todo lo contrario: una profunda implicación política en su devenir, si bien es cierto, en una dirección que asume la inminente crisis sistémica y que adopta ante ella una actitud preparacionista, cuando no aceleracionista. Pero esto no quiere decir que no exista un proyecto de futuro. Las crisis, como señalaba Marc Andreessen evocando el ciclo de “destrucción creativa”, son catalizadores del cambio. De lo que se trataría, volviendo a Nick Land, es de llegar a un punto de singularidad, un momento de inflexión donde los cambios se vuelvan irreversibles y pueda instaurarse de manera definitiva un nuevo régimen social, político y cultural. La desconexión, por tanto, se refiere al viejo mundo; un mundo que, dada la coyuntura actual, cabe demoler y resetear para construir sobre sus escombros otro orden, organizado bajo nuevos (y viejos) principios. Si esto es así, esos proyectos utópicos desarrollados en las grietas del sistema no deberían entenderse exclusivamente como cápsulas de fuga, sino como auténticos experimentos, diseños de orden práctico de un futuro deseable, y ahora también posible gracias a las oportunidades que abre el escenario de crisis.
En definitiva, de lo que da cuenta esta tendencia en el seno del trumpismo a la que hemos seguido la pista es de un hecho fundamental: el asalto al poder político protagonizado por una fracción de clase del poder económico, que busca de esta forma, no ya defender sus intereses partisanos, sino provocar una singularidad y reconfigurar el orden social de una manera que hasta ayer creíamos inimaginable. Pero entonces, si en realidad no estamos ante una suerte de “Mayflower reaccionario”, sino ante un plan mucho más profundo de reorganización del orden social, la propuesta que nos hacen Klein y Taylor para combatir esta amenaza debería, no sólo apoyarse con entusiasmo y decisión, sino discutirse de forma crítica y constructiva. Quizás hemos llegado al punto donde es tan fácil imaginar el fin de (este) mundo como el de (este) capitalismo.
