Segunda de cinco partes. Lee aquí la primera.


Al infinito y más allá

Comencemos nuestro recorrido con The Techno-Optimist Manifesto, de Marc Andressen, publicado en 2024. Se trata de un texto difícil de clasificar. Podría considerarse como un llamado a reactivar todas las fuerzas interesadas en impulsar a la humanidad hacia un futuro de abundancia y expansión sin límites. Con un lenguaje desenfadado, pero sin renunciar a cierto lustre intelectual, Andressen se esfuerza por convencernos de que, lejos de una ensoñación, este futuro se encuentra al alcance de nuestras manos. Actualmente, según él, tenemos la capacidad de implementar los medios necesarios para satisfacer la infinidad de necesidades y deseos humanos. El potencial existe, se trata de liberarlo.

En la consecución de esta empresa, dos fuerzas intrínsecamente benéficas están a nuestro lado: la tecnología y el mercado. Andressen comienza denunciando cualquier forma de pesimismo tecnológico. Todo lo que somos como especie es gracias al regalo de Prometeo. Todo lo que podemos llegar a ser pasa por su dominio. Junto a esta fe en el poder redentor de la tecnología, Andressen sostiene una postura liberal clásica, smithiana: la satisfacción de los intereses individuales y la necesidad de intercambio producen por sí mismas una redistribución de la riqueza y una disminución de los precios de las mercancías. La combinación de ambos elementos, tecnología y mercado, constituyen el verdadero demiurgo de la historia humana: la “máquina tecnocapital”. La máquina tecnocapital —término que Andressen toma prestado de Nick Land— es un motor de innovación perpetua. Constituye un agregado de inteligencia y energía: un compendio de ideas y de las capacidades para llevarlas a cabo. El desarrollo de la inteligencia humana experimenta hoy una espiral ascendente, dice Andressen, gracias a que cada vez más personas brillantes se incorporan a la máquina tecnocapital y crean nuevos sistemas cibernéticos de empresas y redes. Pero también, sobre todo, por el desarrollo de la Inteligencia Artificial: “our Philosopher’s Stone”.

Sin embargo, no ocurre lo mismo con la energía. Nuestra capacidad para llevar a cabo esas ideas encuentra aquí un obstáculo formidable. Y éste es el motivo por el que Andressen defiende la necesidad de liberar nuevas formas de energía y explotar de manera sistemática las ya existentes. No deberíamos temer un conflicto entre la máquina tecnocapital y sus necesidades energéticas (o, lo que es lo mismo, una posible crisis ambiental). El desarrollo tecnológico siempre ha funcionado como un constante “solucionador de problemas” y pasará lo mismo en relación con este tema. Para no caer en el pesimismo, fijémonos en cómo funciona la máquina tecnocapital. Su motor es el resultado de una combinación entre selección natural y aceleracionismo. Toda innovación proviene de la selección de las mejores y más productivas ideas, que se combinarán produciendo otras nuevas en un ciclo sin fin. Además, el desarrollo tecnológico está sometido a la “Ley del Retorno Acelerado”: la tecnología tiene la capacidad de crear las condiciones que permiten su reproducción autosostenida a un ritmo creciente. Liberemos la energía, y el progreso tecnológico se encargará del resto.

Para Anderssen, debemos ser conscientes de que estamos a un paso de cruzar el umbral hacia una nueva era de abundancia sin límites. Pero dar este paso requiere también de nuevos valores. El autor invita a convertirnos en “superhombres tecnológicos” y a derribar todos los obstáculos que nos lo impiden. Su apuesta moral se proyecta en varios escenarios. Por un lado, nuestra relación con la naturaleza, mediada por el nexo que, como especie, nos une con la técnica. La naturaleza ha sido siempre una frontera y el ser humano no ha dejado de explorarla con ánimo de aventura. Pero, lejos de las amables e inocuas expediciones de Star Trek, Andressen entiende que nuestra particular relación con la técnica nos sitúa frente a la naturaleza como conquistadores. En un entorno evolutivo marcado por la lucha y la competencia, el ser humano es el máximo depredador, y por medio de la tecnología, hemos logrado que hasta el rayo trabaje para nosotros.

Similar sustrato moral nutre una antropología de aires nietzscheanos, a la que Andressen se adscribe con entusiasmo: grandeza, heroísmo, fuerza, coraje, y la búsqueda incesante de una mejor versión de uno mismo. Nuestro autor retoma aquí el término griego areté para referirse a esta búsqueda de la excelencia. Pero, a diferencia del camino que siguieron los “Aquiles” y “Pericles”, el nuestro, según Andressen, transita por la vía del talento: los inventores, los tecnólogos y los industriales son los verdaderos aristoi, los grandes forjadores del futuro.

En una suerte de moral invertida, Andressen señala también todo aquello que debemos combatir. Por ejemplo, las “ideas zombis”, esas que, instaladas en nuestra sociedad, obstaculizan la consecución de la promesa de abundancia (estatismo, colectivismo, planificación, regulaciones, burocracia, vetocracia, etc.), todas ellas diseñadas para frenar al dinamismo, imponer el principio de precaución y extender el fatalismo tecnológico. Sus guardianes son la elite política e intelectual, los expertos con credenciales y, en definitiva, toda una gerontocracia abocada a una repetición paralizante de la tradición. Estas ideas zombis han capturado a mucha gente que está resentida. El manifiesto tecno-optimista, concluye Andressen, señala una salida y un horizonte de realización al alcance de nuestra mano.

La olimpiada de los tramposos

Segunda parada. Los Enhanced Games (‘Juegos mejorados’) son un proyecto de iniciativa privada en fase de desarrollo que aspira a celebrar, entre 2025 y 2026, las primeras olimpiadas en las que los participantes podrán doparse libremente, al margen de las restricciones que imponen los organismos internacionales. El objetivo manifiesto es mejorar el rendimiento de los atletas mediante el uso de la ciencia y la tecnología, con el fin ulterior de explorar los límites del cuerpo humano y contribuir a lo que se denomina como la “superhumanidad”.

Algunas de las ideas fundamentales que inspiran este proyecto se recogieron en la First Declaration on Human Enhancement escrita en 2015, un texto colectivo, entre cuyos autores destaca el mediático Bryan Johnson. Con formas que recuerdan a la Declaración del Hombre y el Ciudadano, el texto abre con un preámbulo en el que se especifican los fines y valores que lo inspiran. Autodenominados como “pioneros de la mejora humana”, sus autores se proclaman defensores de la necesidad de liberar todo el potencial del que dispone nuestro cuerpo. Se asume el derecho inalienable de las personas a ser extraordinarias y se defiende la prolongación de la vida humana con el fin de que las generaciones futuras puedan beneficiarse de ello en un contexto de libertad. Para eso es necesario sustituir las restricciones que lo impiden por la libre competencia y extender este modelo a la investigación científica en todos sus ámbitos. Cierra el preámbulo con un apunte sobre la excelencia atlética como espacio privilegiado para el desarrollo de las capacidades humanas para explorar, mejorar y evolucionar.

El artículo primero es la pieza fundamental del texto. En él se declara el derecho a la soberanía corporal. El cuerpo es propiedad absoluta del individuo y, por tanto, sólo de él depende la decisión de mejorar. Ninguna autoridad puede restringir este derecho. Los artículos segundo al cuarto constituyen una suerte de salvaguarda frente a las sospechas que podría despertar un proyecto de esta naturaleza. Se habla así de la necesidad de que los atletas estén supervisados por equipos médicos que establezcan protocolos para garantizar un uso responsable de las mejoras. Por otro lado, se recuerdan los límites que imponen las legislaciones nacionales y se reconoce que es necesario respetarlas. De esta forma, los organizadores de la competición no actuarán como autoridad soberana, a menos que se lo conceda lo que, de forma bastante imprecisa, se denomina como “Comunidad de Naciones”. También reconoce que los atletas participantes deben revelar las mejoras que utilizan, sin que esto suponga una vulneración del derecho a la intimidad médica. Por último, el artículo cinco afirma dos cosas importantes. Primero, que en las competiciones no se privará a ningún competidor de su derecho a la mejora por motivos de su estatus socioeconómico. La organización reconoce que “se esforzará” por garantizar un acceso equitativo a las mejoras que ya se hayan revelado. Pero, seguidamente, establece que los atletas tendrán acceso a diferentes compensaciones en función de su esfuerzo proporcional. En otras palabras, enuncia una voluntad de justicia equitativa, pero corregida por una justicia proporcional relacionada con la disposición para asumir riesgos.

Patchwork: Platón en Viena

Yarvin Curtis es un programador conocido en los ambientes blogeros como Mencius Moldbug. Sus textos destilan un estilo ágil, irónico, escandaloso, mezcla de referencias eruditas y a la cultura pop. Su propuesta es un compendio de la historia del pensamiento reaccionario. Además de los clásicos de la antigüedad, críticos de la democracia, destacan entre otros el filósofo aceleracionista Nick Land, de quien tomó el término Dark Enlightenment (Ilustración Oscura) y los paleolibertarios Murray Rothbarth y Hans Herman Hoppe, quienes desarrollaron una lectura ético-política de la Escuela Austriaca de Economía.

Moldbug es un prolífico escritor, aunque su propuesta se encuentre dispersa en blogs y textos breves, editados en publicaciones marginales. Me gustaría centrarme en uno de ellos, publicado en 2008 y titulado Patchwork: A Political System for the 21st Century, en el que desarrolla una utopía —quizás cabría mejor hablar de una retroutopía—, con base en un sistema político y social alternativo al modelo de los estados-nación.

Moldbug advierte que sólo desafiando el sentido común en el que hemos sido programados evitaremos escandalizarnos al leer sus palabras. En realidad, su propuesta es algo muy racional y sensato, dice, pero no lo vemos así por culpa de eso que denomina The Cathedral. ‘La Catedral’ —término propuesto por él mismo que ha conocido un notable éxito en los círculos neorreaccionarios— se trata de una metainstitución compuesta por un conjunto de órganos educativos: las escuelas públicas, las universidades, la prensa, y todas sus ramificaciones menores. Una suerte de aparato ideológico de Estado que produce el sentido común que impera en las democracias actuales y nos impide vislumbrar la naturaleza de su fracaso y pensar alternativas. Es necesario desconectarnos de esa interface y ver las cosas de otro modo. Moldbug se enfunda el ropaje del Morfeo de Matrix, abre su mano e invita a elegir entre la píldora roja y la azul.

Su propuesta parte de la idea de que las actuales democracias se encuentran en crisis y son completamente inoperantes. Esto las hace irreformables, por lo que están llamadas a ser superadas. Sin embargo, el principal problema que enfrentamos es cómo salir de aquí sin desembocar en un estallido generalizado de violencia. Patchwork es una posible respuesta: allí, los actuales estados democráticos han sido reemplazados por miles de “minipaíses” independientes, pequeñas ciudades-estado gobernadas por Sociedades Anónimas. Sus residentes no tienen capacidad para intervenir en las tomas de decisiones. El único derecho que les ampara es el de mudarse al dominio de otra S.A. si las cosas no les gusta —siempre que sean aceptados en la otra, claro—. Como señala Moldbug, el residente cuenta con poder de salida, pero no con voz ni voto.

Patchwork no es un proyecto de reforma. Es un reinicio, un nuevo sistema operativo para el mundo. Se trata de una red que recuerda a las viejas formas feudales pero que, afirma Moldbug, no se sentirá como el pasado, como una vuelta a la Italia del siglo XIV, sino como un nuevo futuro. Y, sobre todo, se sentirá como algo muy alejado del gris presente democrático. Para empezar, el principal desafío del diseño Patchwork no es de orden político sino técnico. Es un problema de ingeniería: cómo dotar al sistema de seguridad y estabilidad. Para resolverlo, es necesario atender dos niveles: la gestión interna de los dominios y las relaciones entre ellos.

Un “dominio”, en el universo de Patchwork, es una empresa, una corporación. Su capital es la parcela sobre la que ejerce soberanía. En la medida en que su parcela se valoriza y el inmueble es más valioso, el dominio se beneficia. Éste es propiedad de sus accionistas, que sin duda están interesados en maximizar el rendimiento de su propiedad. Para gestionarla, eligen un director ejecutivo, cuyas decisiones son inapelables. No hay, según Moldbug, ninguna estructura que funcione de forma más eficaz. Es cierto que la historia no registra nada que se parezca a una “S.A.  soberana”. Para imaginarlo, lo más conveniente es pensar en una versión modificada de la monarquía. Al fin y al cabo, una dinastía real no es sino una empresa familiar que controla un territorio. La ventaja de la S. A. es que evita el problema de la sucesión biológica, a la vez que conserva el principio de responsabilidad sobre el patrimonio.

Pero el término “monarquía” es demasiado anticuado para atraer al público actual. Por eso Moldbug propone otro, menos conocido y por tanto menos estigmatizado: el “neocameralismo”. El cameralismo fue una forma de administración pública que se desarrolló sobre todo en Alemania, Francia y Austria entre los siglos XVII y XVIII. Se trataba de apuntalar las monarquías absolutistas mediante una buena gestión de las finanzas, la administración y la impartición de justicia. En otras palabras, era una técnica de gobierno apoyada en las denominadas “ciencias de la policía”. Según Yarvin, el neocameralismo es la forma de administración que mejor se adecua a los gobiernos de las S.A. soberanas: un gobierno privado, absoluto, técnico, eficaz y en el que prima el principio de responsabilidad patrimonial y financiera. 

¿Qué fundamentos morales sostienen esta estructura? ¿Por qué un determinado reino-S.A. tiene derecho a una parcela de Patchwork? La respuesta es, simplemente, “porque de hecho la posee”. No se trata de una cuestión de valores, sino de hechos. Tampoco el respeto que se espera por parte del soberano a la propiedad de los accionistas procede de ningún compromiso moral. Más bien lo que lo asegura es el interés por brindar un excelente servicio al cliente. Y los inmuebles donde se respeta la propiedad privada son mucho más valiosos que aquellos en los que no.

¿Qué se necesita para vivir en un reino de Patchwork? Evidentemente, firmar un contrato bilateral con el reino, mediante el cual uno se compromete a respetar las leyes y la forma de vida del reino, y el reino ofrece a cambio un trato justo. Sin duda, no es un acuerdo simétrico. Pero el residente debe confiar en que el gobierno corporativo tiene un interés intrínseco en cumplir el contrato y dar un buen servicio al cliente con el fin de que su propiedad no se devalúe. Como vimos, los habitantes de un reino Patchwork conservan el derecho de retirarse junto con sus bienes en cualquier momento, a cualquier otro reino que los acepte. ¿Pero no existe el peligro de que el gobierno corporativo anule este derecho y que el propietario acabe convertido en una suerte de esclavo o de siervo de la gleba? De nuevo, la única garantía que disponemos es el afán de lucro del reino S.A. y la imagen de inseguridad que transmitiría a futuros inversores.

Moldbung ilustra esta forma de gobierno imaginando un reino concreto. Pensemos en San Francisco. En Patchwork, se llamaría Friscorp. En principio, cualquiera que no sea un peligro puede vivir en Friscorp. Friscorp de hecho necesita trabajadores manuales y domésticos, pero estos no deben confundirse con los verdaderos residentes. Esta distinción, por lo demás, revela la existencia de un tercer grupo. ¿Qué ocurre con las personas que no cumplen cualquiera de esas dos condiciones? ¿Qué hacemos con quienes no son accionistas ni poseen habilidades laborales dignas de mención? En principio habría que expulsarlos, destruir y vender sus barrios marginales. Pero ¿a dónde irían si otros reinos no quieren aceptar a gente económicamente improductiva?

Aquí, el autor introduce una figura fundamental. Cualquier persona que desee vivir en Friscorp debe, hemos dicho, firmar un acuerdo con el reino. Pero existe otra opción: depender de un tutor que ya haya firmado el pacto y que se haga responsable de su persona. El tutor, que es el sujeto, pasa a ejercer una relación de autoridad sobre el dependiente. Moldbung recupera, así, la relación entre patrón y cliente de la antigua Roma, donde el primero gozaba de patria potestas sobre su subordinado.

Ahora bien, ¿qué ocurre con aquellos miembros no productivos de la sociedad? Moldbung los denomina “pupilos del reino”. Un pupilo es cualquier persona incapaz de ganarse la vida por sí misma, pero a la que ningún tutor desea aceptar como dependiente. ¿Qué debe hacer Friscorp con ellos? La primera respuesta de Moldbug es brutalmente honesta: la forma más rentable de disponer de esta forma de capital es convertirlo en biodiesel para el reino. A renglón seguido, recula: se trataba de una broma. Quizás sí. Pero uno vuelve a dudarlo cuando descubre el motivo por el cual lo considera inviable: nadie querría vivir en una ciudad que opta por esa opción. La meta es lograr “una alternativa humana al genocidio”, pero sin ningún estigma moral. Para ello propone lo que yo denomino como la “solución Matrix”: crear celdas selladas donde estos pupilos viven en un confinamiento solitario virtualizado, en contacto con una interfaz inmersiva que le permita experimentar un mundo emocionante y placentero. En este mundo virtual, el trabajo productivo no se elimina, e incluso mejora en relación con las formas de reclusión actual. Como agentes productivos, los pupilos son rentables para el reino, pero como miembros de la sociedad es como si no existieran. Sus barrios marginales quedarían desalojados y convertidos en estéticos vecindarios para los ejecutivos de Friscorp. Aunque ésta sería sólo una solución radical. Lo más conveniente es lograr que el pupilo se rehabilite y sea adoptado por cualquier tutor u organización responsable. De esta forma, señala el autor, el pupilo dejaría de serlo para convertirse en una persona dependiente, una especie de niño.

Pasemos ahora a las relaciones entre reinos. Moldbug comienza con una analogía entre el ensayo de Kant sobre la Paz Perpetua y el periodo de la Pax Americana. A su juicio, el orden mundial creado en 1945 no ha materializado la promesa de un mundo más cohesionado, armonioso y eficaz. Es estable, pero denota entropía. También aquí es necesario resetear el sistema, eliminar su universalismo y su progresismo, volver a pensarlo en términos reaccionarios. Moldbung crítica la federación republicana kantiana para pasar a continuación a cuestionar la Pax Americana y el mal negocio que este pseudoimperio ha resultado para los estadounidenses.  Dejaremos está crítica para otro momento y nos centraremos ahora en su propuesta, denominada por él como una Teoría reaccionara de la paz mundial. En ella afirma que la paz se define mejor en términos de seguridad; es decir: de orden. Paz, seguridad y orden constituyen el triángulo sobre el que debe sostenerse la relación entre los reinos de Patchwork.

Los reinos en Patchwork están gobernados por soberanos absolutos racionales, lo que quiere decir que son responsables financieramente y orientados únicamente por el beneficio económico. Este mundo comenzará en alguna parte del planeta y por tanto se verá amenazado por el resto. Este problema no se trata en profundidad. Moldbung prefiere pasar a describir cómo funcionaría el entramado de reinos una vez instaurado. El objetivo es evitar que surja algo parecido a una autoridad centralizada, un gobierno global o una federación permanente. Lo que regula la relación entre los reinos es un conjunto de convenciones para proteger recursos compartidos (la atmósfera, los océanos y el espacio) de cualquier abuso antieconómico. Los reinos pueden nombrar delegados con este fin, pero nunca constituirán una organización permanente. Se trata de sostener un mundo fragmentado, pero capaz de evitar situaciones de guerra civil y de depredación de unas zonas sobre otras. Esta seguridad y este orden sólo pueden venir de la mano del fin de la política.

Sería una imprudencia, no obstante, dejar de contemplar la posibilidad de reinos irracionales que perturban la estabilidad del sistema. Moldbung apuesta al respecto por una desaprobación colectiva, que sería muy costosa para los reinos díscolos, y, llegado el caso, por represalias militares. Pero el objetivo último es una desescalada militar y que las fuerzas armadas acaben convertidas en fuerzas policiales. La neutralidad es la actitud general que debe imperar en el mundo Patchwork. La paz mundial de Patchwork, concluye Moldbug, se asemeja a una mezcla reaccionaria entre la Santa Alianza, la Liga Hanseática y la NBA.

Concluyamos ¿Qué tienen en común, más allá de su evidente diversidad de estilo y contenido, The Techno-Optimist Manifesto de Andressen, The First Declaration on Human Enhancement y Patchwork: A Political System for the 21st Century de Modlbug? La tesis que desarrollaremos en las dos siguientes entregas es que son producto de un mismo imaginario y de una misma red social. En definitiva, de una tendencia situada en el corazón mismo del trumpismo. Son el ojo de la cerradura al que nos asomaremos para intentar ver algo de ese mundo nuevo que nace, alimentándose del cadáver del neoliberalismo.

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