Teníamos, qué, ¿diecinueve años? Nadie nos conocía —nadie, nadie—, y aun así nos apersonamos en la Casa del Poeta. Queríamos reservar un espacio para una lectura pública de nuestros poemas. Nos recibió Óscar de Pablo, que en ese entonces coordinaba la agenda de la Casa, y que nos dio fecha y sala en cosa de minutos. Fue la primera vez que me subí a la mesa del Café Bar las Hormigas. Pero no sólo eso: fue la primera vez que formé parte, como autor —si es que lo fui a mis diecinueve—, de cualquier foro público vinculado a la poesía. Estoy seguro de que hay muchos casos como el mío.
No es sólo cosa de que en la Casa del Poeta leyeran, o presentaran sus libros, algunxs —yo diría que prácticamente todxs— de lxs poetas más importantes de nuestro país durante las últimas cuatro décadas. No es sólo cosa, tampoco, de que allí pudiéramos escuchar, en sus visitas al país, a poetas cruciales del continente. (Creo que a esto se le resta importancia, porque somos más criticxs ahora con las nociones de prestigio y otras similares, cosa que me parece bien, aunque dejar de valorarlo me parece, la verdad, corto de miras.) No sólo se trata de eso, decía: se trata de que era un espacio público, gratuito y hospitalario para quien lo pidiera. Sé que hay quienes tuvieron experiencias que parecen contradecir, sobre todo, el último adjetivo. Es sin duda valioso que se pongan sobre la mesa todos los testimonios, y no dudo que hubiera errores ocasionales en la gestión de la Casa (las personas, sorpresa, cometemos errores). Pero de allí a decir que se trataba de un espacio elitista y no sé cuánta cosa más me parece, por decirlo amablemente, un salto argumentativo bastante flojo. La poesía en sí peca a veces de elitista, y esa es una discusión estimulante que podemos tener como gremio. Ese gremio, sin embargo, no es homogéneo, y en la Casa me tocó presenciar lecturas solemnes, de mantelito verde, y performances con máscaras de luchador, pintura corporal, o lo que se les ocurra; presentaciones de editoriales más o menos grandes, más o menos instituidas, y otras de editoriales independientes pequeñísimas, que no hubieran podido acceder con esa facilidad a ningún otro espacio similar en la ciudad. Tener diecinueve años y poder convocar, junto a un par de amigos, a una lectura autogestionada en un sitio así se sentía como si, de pronto, nuestra voz pudiera sumarse en serio a una conversación mayor y pública, a una comunidad en crecimiento, y no cerrada. Ese mismo espíritu guio a Hernán Bravo Varela, cuando tomó el lugar de Óscar. Y a las personas que vinieron después.
La verdad es que debimos de protestar desde hace mucho, pero, como nos suele pasar, no sé por qué, en este gremio nuestro, reaccionamos tarde. Y a veces, también hay que decirlo, reaccionamos mal. Muy pagados de nosotros mismos. Muy bardos. Muy anacrónicos. Debimos de protestar cuando comenzaron los recortes presupuestales a la Casa. Debimos de protestar cuando cerró el Bar Las Hormigas y despidieron a sus trabajadores. Ahora mismo deberíamos estar protestando por las condiciones laborales de los trabajadores de la cultura, y no digo más, por no empezar a enumerar situaciones que escapan de nuestro campo más inmediato, y que muchas veces dejamos pasar en silencio, porque no afectan directamente nuestros intereses profesionales.
Quizá tengan razón quienes dicen que a la Casa le hacía falta una renovación en ciertas cosas. Mucho se dice que el medio literario mexicano tiende a la solemnidad y, sí, es cierto que el modelo del mantel verde o la presentación de siempre se sentía ya anquilosado. Pero me parece muy absurdo que un desacuerdo de esa naturaleza sirva de base para borrar el trabajo de las personas que sostenían, con muy poco, un espacio cultural. Y que se olviden los esfuerzos, que también los hubo, por desmarcarse de esos moldes. Como siempre, nos hace falta reconocer eso: el trabajo. Además, tampoco hay que olvidar que Casa del Poeta muchas veces sólo se limitaba a prestar las instalaciones a quien las solicitara… Si los solicitantes no salían de ciertos moldes, tampoco es responsabilidad del espacio. De igual manera, creo que es importante reconocer cómo la Casa, cuando organizaba ciclos o festivales, muchas veces se movía por un impulso transgeneracional. No eran ciclos acaparados por los poetas mayores o “consagrados”: había también poetas más bien jóvenes, y algunxs de ellxs con obras bastante disonantes con respecto a la estética conservadora. Alguna vez —léase, cuando fui joven— me invitaron a participar en uno de ellos, y hasta me pagaron por leer. Creo que nunca me han pagado por una invitación análoga a ninguna lectura gestionada por el gobierno, local o federal, y menos a esa edad…
No me considero especialmente fetichista, y las casas museo me dan un poco de pereza. Aun así, es la fuerza del fetiche la que mueve muchas veces a la creación de instituciones culturales. La Casa del Poeta es la Casa del Poeta Ramón López Velarde, porque allí pasó sus últimos días el jerezano. Si está bien o está mal que se propusiera un cambio de nombre, la verdad yo no lo sé. Tampoco sé si esté bien o mal que se abra un cabaret en el que era el Café Bar las Hormigas. Resueno con quienes subrayan la importancia de que hubiera un espacio dedicado a la poesía, no porque la poesía sea superior, sino justo por lo contrario: porque es un género de cierto prestigio, más bien superficial, pero que goza de poca salud en casi cualquier otro aspecto material. Resueno, también, con quienes dicen que lo ideal es sumar centros culturales, y no sumar restando; con quienes celebran, pues, que haya un cabaret gestionado con recursos públicos, pero cuestionan la decisión de hacerlo justo en ese espacio, como si sólo pudiéramos crear cosas nuevas sobre las ruinas de otras. Resueno, por último, con quienes señalan que la idea del cabaret parece más una forma de adjudicar dinero público de manera discrecional a un proyecto de gente cercana a la titular de la Secretaría de Cultura de la CDMX.
Pero más allá de eso, más allá de mis opiniones personales, de sea cual sea mi “íntimo decoro”, creo que el problema no es nunca el cambio en sí mismo, sino que el vehículo del cambio sea la imposición, la nula voluntad, al menos de entrada, de gestionar el proyecto con la comunidad que por muchos años tuvo en la Casa un espacio para el encuentro y el diálogo, y el menosprecio por el trabajo realizado allí —menosprecio teñido de acusaciones infundadas y declaraciones a modo—. También me parece preocupante una tendencia: lo decía ya con la desaparición del Fonda como Fonca —es decir, como fideicomiso, y en tanto tal, en cierta medida al margen de las veleidades presupuestales—: estas últimas administraciones gobiernan como si siempre fueran a estar en el poder. La Casa del Poeta tenía, en la figura del comodato, cierta autonomía. Y eso le permitía que su funcionamiento interno se mantuviera independiente de la burocracia estatal, que difícilmente suele ser abierta ni plural ni accesible. (Ya veremos si las editoriales independientes, lxs autorxs desconocidxs, jóvenes, tienen cabida en ese espacio. Ya veremos si hay remuneración para quienes participen en sus actividades y no sean ni reinas ni chulas. Yo lo dudo.) Pero a lo que iba: esperemos que la derecha no gane terreno en México como en otras latitudes. Porque esas instituciones, ya sin figuras legales que les permitan mantener cierta autonomía, van a quedar expuestas a la discrecionalidad autoritaria de quienes menosprecian la cultura. O quizá es que ya lo están, porque en materia de cultura mucho nos deben los gobiernos local y federal. Con todo, no lo perdamos de vista, las cosas siempre se pueden poner peor.
