Tercera de cinco partes. Acá la primera y la segunda.
¡La imaginación al poder!
Deshagámonos primero de una posible confusión. Hablar de imaginario social, o de otras categorías similares, no quiere decir negar los férreos intereses económicos para dirigir nuestra mirada, embelesada, hacia las huidizas nieblas del reino de las ideas. Este tipo de dicotomías son de corto aliento y nos arrojan a callejones sin salida. Intentemos pensar de otro modo.
Sin entrar en honduras teóricas, convengamos que un imaginario social no es otra cosa que un estado disposicional ante el mundo. Hace ya bastante años, Luis Villoro escribió un libro precioso en el que proponía pensar la acción humana de forma distinta a como se venía haciendo tradicionalmente: para unos, la acción era una respuesta automática a los estímulos del entorno; para otros, la proyección de una conciencia desligada del mundo. Villoro, en cambio, propuso pensarla en clave de estados disposicionales. Un estado disposicional es un conjunto de creencias, valores, afectos y deseos, cuya existencia podemos suponer en la medida en que nos ayuda a explicar por qué, bajo determinadas circunstancias, hacemos lo que hacemos.
El nexo “práctico” que vincula disposición y acción es fundamental por dos motivos. Primero, porque sólo cuando mi creencia en Dios, en la justicia social o en el terraplanismo condicionan mi forma de actuar, puede decirse que esas creencias forman parte de la manera en la que yo me dispongo hacia el mundo y lo encaro. Segundo, porque un estado disposicional sólo puede observarse por medio de sus efectos, es decir, de las prácticas que genera y de los objetos que produce, sean discursos, representaciones, artefactos, identidades, etc.
De la mano de Villoro, consideremos entonces un imaginario como un estado disposicional de este tipo para, a renglón seguido, extender la otra mano a Cornelius Castoriadis. Según Castoriadis, todo grupo social dispone de un inconsciente colectivo de significaciones, desde el cual imprime sentido al mundo y a su forma de actuar en él. Como Villoro, consideraba que ese inconsciente sólo existe en tanto que instituido, es decir, en la medida en que “hace cosas”, se presentifica en objetos y crea un orden social. También para Castoriadis un imaginario sólo es accesible a través de sus efectos. Y es que ya lo dijo el evangelista antes que ellos: “por sus obras los conoceréis”.
Pero lo instituido no lo es todo. Si fuera así, estaríamos condenados a reproducir las acciones que se adecuan al orden existente y lo refuerzan. Y sin duda esto ocurre —y muy a menudo—. Pero un imaginario también es una fuerza constituyente, una incesante creación de nuevas significaciones que no se encuentran contenidas en las ya instituidas y que, por ende, las desafía. Esta tensión entre lo instituido y lo instituyente que caracteriza a cualquier imaginario es lo que Castoriadis nos invitaba a captar mediante la imagen de un magma volcánico que fluye y estalla, pero que también se enfría y se solidifica.
Podemos suponer entonces que un imaginario social funciona como un estado disposicional hacia el mundo. Por un lado, como disposiciones “instituidas” que tienden a generar acciones de acuerdo al orden establecido —por eso la gente suele hacer cosas esperables—. Pero también como un campo de posibilidades abierto a diferentes usos y sometido a un incesante proceso de reelaboración. Un imaginario, entendido de este modo, está preñado de futuros.
Un anillo para atarlos a todos
Los tres textos reseñados en la entrega anterior pueden entenderse entonces como creaciones de un imaginario social instituyente. En su calidad de indicios, admiten una lectura sintomática encaminada a descubrir algunos elementos del imaginario que los produjo. Pero este imaginario es sólo una parte —esencial, a mi juicio—, de eso que llamamos trumpismo.
Digo esto porque una de las mayores dificultades a la hora de encarar este fenómeno es asignarle una categoría adecuada que permita, no sólo captar su particular textura histórica, sino la manifiesta heterogeneidad que lo compone. ¿Qué tienen en común los transhumanistas con los MAGA? ¿Y los fundamentalistas cristianos con los paleolibertarios? ¿Cómo se concilia el aeleracionismo tecnológico y el supremacismo blanco, nostálgico del secesionismo sureño? ¿Qué alianza es posible entre la desterritorialización que produce el capitalismo de la nube y la política de reindustrialización?
Ante este caótico panorama, una respuesta bastante lógica es que todos estos retazos no tienen nada en común más que aquello que rechazan y el nombre que sintetiza ese rechazo: Trump. Siobahn Guerreo y Jorge Lago han apuntado un más que probable candidato a cumplir ese rol de rottweiler, polarizador del espacio político estadounidense: lo woke. El trumpismo se definiría esencialmente por ser lo antiwoke. Pero la pregunta que surge a continuación es si esto es suficiente para que goce de estabilidad y duración ¿Realmente soportará este entramado de retazos dispersos e intereses heterogéneos el desgaste del tiempo y del ejercicio del gobierno? Hay quienes piensan que no y que lo que estamos presenciando es tan sólo el primer acto de un conflicto latente y de difícil arreglo.
Creo, sin embargo, que la noción de imaginario permite leer las cosas de manera algo distinta. Castoriadis insistía en que la institución imaginaria es un acto de creatividad ex nihilo. Pero esto no quiere decir que cualquier conjunto de significaciones sea posible o duradero. Por eso, Castoriadis añadía a renglón seguido que, para existir y dotarse de estabilidad, todo imaginario debe cumplir una serie de restricciones. De todas ellas, destaco dos, que son las que él consideraba más interesantes: la completud y la coherencia. Completud quiere decir la aspiración de cualquier imaginario a que todas las preguntas que se hagan encuentren respuesta al interior de su propio marco. Esto no significa que no existan cuestiones que queden fuera. Pero que un imaginario enfrente siempre “su inimaginable” no implica que “aquello que contenga” pueda renunciar a esa ambición por la completud.
Además, un imaginario debe ser coherente. La coherencia de un imaginario no puede medirse por criterios exógenos —por ejemplo, si lo que afirma es verdad o no—, sino en términos de su “propia lógica” y en función del contexto en el que opera. En el Egipto de los faraones —ilustraba Castoriadis—, la construcción de las pirámides en medio de una miseria generalizada debe considerarse como algo coherente. De un imaginario coherente cabría esperar, además, cierta familiaridad entre los productos que instituye, por ejemplo, en el caso de la Atenas clásica: entre la polis democrática, la tragedia ática, la sofística, el esclavismo o el Partenón. No confundamos, en todo caso, coherencia con homogeneidad. Un imaginario, no nos cansaremos de decirlo, está atravesado por tensiones y contradicciones. Pero esto—que es aquello que lo mantiene vivo y en constante cambio—, no elimina la necesidad de que, para existir y perdurar, requiera de cierto grado de coherencia.
El Techno-Optimist Manifesto, la First Declaration on Human Enhancement y el relato Patchwork, vistos en conjunto, sugieren un imaginario que cumple con estas dos restricciones. Por un lado, completud: técnica y economía, antropología y moral, sociedad y política, arte y estética, se encuentran parcialmente integradas para dar respuesta a la más diversas cuestiones. Por otro lado, coherencia: existe un sustrato fundamental que posibilita el ensamblaje de diferentes capas de sentido. Creo, además, que esa coherencia es como una especie de hilo que, llegado el caso, permitiría coser este imaginario con otros “retazos de trumpismo”. Atender la cuestión del imaginario no quiere decir rechazar la idea de que lo que une al trumpismo proviene de aquello que niega, como vimos al hablar de lo woke. Más bien, se trata de integrarla en la búsqueda de un inconsciente profundo compartido, de un hilo que podría servir “para atarlos a todos, allá donde se extienden las sombras”. En vez de fijarnos en los fragmentos, sigamos ahora la pista de las costuras.
La conquista de la tierra prometida
“Que nadie entre aquí…. si no siente un malestar”. Cabría parafrasear así la famosa divisa inscrita en el frontón de la Academia platónica para encontrar un punto de partida de esto que me gustaría contarle. Usted siente que algo no va bien. Es más, usted en su fuero interno sabe que lo están engañando y que habita en una mentira. ¿Se atreve a despertar? No va a ser algo fácil. Pero si usted abre su mente y se arriesga a emprender esta travesía de nuestra mano, renacerá como una persona nueva. La decisión es sólo suya. Sé que hay algo seductor en esta manera de canalizar su malestar. La invitación a despertar a una nueva vida, a alcanzar un nivel superior de conciencia y transformarse en un nuevo ser es probablemente una de las exhortaciones más poderosas a la que sistemáticamente han recurrido religiones, ideologías políticas, proyectos éticos e intelectuales y a día de hoy —que esto quede entre nosotros— toda esa chatarra de la autoayuda.
Bien. Las cosas no funcionan. Pero usted no sabe por qué. Si finalmente encuentra el valor suficiente para embarcarse en este viaje, déjeme que le diga lo primero que va a descubrir: su vida no le pertenece. Alguien o algo está decidiendo por usted y se está apropiando de su futuro mediante una megaestafa organizada. Y usted se lo ha creído. Se ha creído que esta horrible mezcla de usurpación y latrocinio es legítima. Ha llegado el momento de la Apocalipsis —del griego apokalypsis: revelación—. Despertar, por tanto, es el primer paso para lograr el verdadero objetivo: volver a hacerse dueño de su propia vida. Fueron quizás los promotores del Brexit los que lograron expresar esta imagen, potente y radical, de forma más acabada: Take back the control!
Pero Take back the control implica quitárselo a alguien que lo detenta de forma espuria y que saca provecho de ello mientras le indica qué debe hacer, decir y pensar. Quien dirige todo esto es una elite extraña y ajena, cuya composición puede variar según los casos: la burocracia inoperante y excesiva, la intelectualidad apoltronada, Hollywood, los grandes medios de comunicación de masas, o los políticos ineptos y corruptos. La lista podría no tener fin. En todo caso, se trata de un entramado organizado con la sola finalidad de orquestar esa megaestafa que usted, hasta ahora, se había tragado. No me negará que todo esto no le sugiere la imagen de un campo de batalla de proporciones épicas, una gigantomaquia moral en la cual está en juego el destino de su propia vida. Quizás usted sienta que este “disponerse para el combate” lo hace merecedor de una misión redentora y vanguardista. Y así es. Ahora su malestar tiene un propósito y goza de dirección y sentido.
Encendamos nuestros focos y descendamos a un nivel un poco más profundo. Toda esta exhortación a recobrar el control gravita en torno a un elemento que la hace posible: el deseo de libertad. Pero este deseo puede modularse de muchas maneras. En realidad, aquí se trata de un acto de liberación. ¿Qué quiere decir liberarse? Cuando uno se libera lo hace normalmente de un vínculo que lo une y lo sitúa. ¿A qué? De entrada, a las tres cosas fundamentales: la naturaleza, los demás y uno mismo. Pero ¿a cuenta de qué querría usted liberarse de todo eso? Bueno, pues porque, como ocurre con esa pareja insufrible que le amargó la vida durante años, llega un momento —y ya ha empezado a darse cuenta de ello— en que los vínculos se convierten en cadenas. En realidad, siempre lo fueron, pero a veces en primavera uno se olvida y espera, entre cándido e ilusionado, que el amor haga el resto. Ahora el invierno llegó y usted por fin ha despertado. Y ya no quiere estar aquí, en un ambiente opresivo de obligaciones y ataduras. Fuera de estos muros, lo sabe, hay un mundo por descubrir.
Quizás, para algunos se trata de liberar las fuerzas prometeicas de la tecnología y eliminar las regulaciones medioambientales que obstaculizan su incesante desarrollo. Habrá para quién lo decisivo sea romper el lazo que le obliga hacia el otro, ese otro que es el “otro-cualquiera” que representa la sociedad, lo público, el espacio igualitario de la ciudadanía, los bienes comunes o cualquier otra monstruosidad de ese tipo. Al fin y al cabo, ¿cuándo se sentó usted con Locke, Rousseau o Keynes para firmar un contrato de por vida por el que renunciaba al control sobre su persona? ¿Quién le pidió permiso para meter la mano en su bolsillo y redistribuirlo entre gente que ni siquiera conoce, sobre la base de estos y otros contratos ficticios? Pero quizás puede también que usted esté molesto consigo mismo. Quizás sea su cuerpo, quizás su tendencia a procrastinar, quizás su manifiesta incapacidad para tratar con algunas personas. Quién sabe. La buena noticia es que puede liberarse de lo que es —aquí y ahora— para llegar a ser algo que, por el momento, ni siquiera es capaz de imaginar. Y liberarse es también poder decir lo que uno piensa sin atender a tanta convención, ni temer a esa terrible proliferación escolástica de pronombres que se ha puesto hoy de moda y que le impiden hablar con naturalidad y desparpajo. Y es que, querido amigo, ¡hay tantas formas de liberarse! Elija la suya —aquí la atención es personalizada—, rompa con eso que lo limita y mande al diablo la carga que lo retrasa. Y, sobre todo, no sienta remordimiento por ello: no es más que esa interface totalitaria que le susurra bajo el ropaje del discurso políticamente correcto.
Bajemos ahora a un nivel aún más profundo. ¡Cuidado con la escalera! ¿Estamos? Ok. Pero ¿qué es lo que sostiene ese deseo de liberarse? ¿qué lo mantiene encendido y le insufla vida? No puede ser otra cosa sino una promesa. La promesa de un lugar, de un horizonte, de una tierra (material, digital, espiritual, o las tres cosas) donde finalmente su anhelo se verá cumplido. Ahora más que nunca, es el momento de que usted saque la casta, de que se ría a la cara de los riesgos y haga ostentación de su espíritu aventurero. El miedo al éxito es la semilla del fracaso. Además, pensar en “lo que no se puede”, reconozcámoslo, resulta bastante aburrido y deprimente. Pero, por encima de todo, hay un poderoso motivo para alentar su arrojo y valentía: la tierra prometida no acudirá a usted si sólo la desea y no sale a buscarla. Y es que la tierra prometida no está dada: es algo por hacer. Hay que cruzar la frontera para explorarla, conquistarla y darle forma. El futuro pertenece a pioneros y hacedores.
Vemos cómo esta promesa fundadora sugiere una particular concepción del tiempo. Por un lado: romper los vínculos con un presente irreformable. Hay quienes piensan que todo empezó a pudrirse con la victoria de Obama, y los hay quienes consideran que fue debido a lucha por los derechos civiles. Otros culpan al New Deal y a los acuerdos de Posguerra. O quizás fue la fatídica derrota confederada de 1865. Es posible incluso que sea el espíritu ilustrado que animaba el republicanismo de los padres fundadores. No importa. La cuestión es que el orden actual no sirve y es necesario superarlo. Pero no basta con abolir el presente. Debemos construir el futuro. Aunque no cualquier futuro. La tierra prometida, querido amigo, también necesita de un orden. Las experiencias del pasado a las que me acabo de referir, quizás puedan servir de inspiración. Pero nuestro imaginario constituyente no se contenta con repetir las viejas significaciones, sino que las reelabora con nuevos ingredientes: Make Great Again significa volver a lograr lo mismo, no repetir lo mismo.
Descendamos, ahora sí, un último nivel para entender algo más de ese orden ¿Qué encontramos? Que la tierra prometida no es sólo una promesa sino, fundamentalmente, propiedad inmobiliaria. El pionero y el hacedor son ante todo propietarios que “se apropiaron” de la tierra que descubrieron. Y la propiedad sobre esa “parcela” es lo único que asegura la promesa de soberanía en el nuevo mundo. El propietario es el dueño absoluto e incondicionado de su patrimonio y la tierra prometida una agregación de “dominios” que se regulan mediante reglas de derecho privado.
Al descender a este nivel último, se abre ante nosotros el séptimo sello: la propiedad inmobiliaria convertida en principio absoluto, incondicionado, y la destrucción del espacio ciudadano. La sustitución de la “ley cívica” —en la cual todos se reconocen como libres e iguales—, por eso que Antoni Domenech denominó como la “ley de familia”; es decir: la ley del Oikos, de la Casa y del Patrimonio, donde “propietario-patrón-patriarca” se funden en una sola y misma persona, quien ejerce, en virtud de ello, autoridad sobre los miembros dependientes de las “clases domésticas”. Es desde este elemento primigenio y primitivo que, ahora sí, volverán a instituirse todas las jerarquías y desigualades imaginables: desde —¡caray, qué tiempos!— la segregación hasta la secesión, pasando por la patria potestas o la eugenesia.
Sobre este trasfondo, los paisajes de la tierra prometida pueden evocarse con imágenes muy diversas. ¿Se tratará, por medio del ciberpunk y el ultracapitalismo, de una red de ciudades-estado al estilo de las higiénicas Dubai y Singapur? ¿O bien, bajo vetusta tradición del Western, se parecerá más a un conglomerado de ranchos, como el que dirige con mano de hierro el personaje de John Dawton en Yellowstone? Quizás, por medio de las ensoñaciones de la ciencia-ficción y los logros de la ingeniería espacial, descubramos que la tierra prometida se encuentra más allá de nuestro planeta (o en el fondo de sus océanos), en colonias dirigidas por corporativos interestelares. A lo mejor se trata de una fantasía inmobiliaria más de Trump I (el “Gran Maker”), dirigida a esos “ricos, buenos y confiables ciudadanos globales” de los que hablaba Howard Lutnick, su secretario del tesoro. Habrá incluso quienes, bajo el influjo de una cultura libresca y erudita, no dejen de imaginar la tierra prometida como un paisaje tecno-feudal de soberanías fragmentadas, donde los nuevos señores vuelvan a concentrar en sus manos la propiedad y el poder hereditario de impartir justicia. O puede que, al final, se trate de una mezcla de todo esto. Una hibridación de mundos que tendrá lugar en un universo virtual, un espacio digital compuesto por dominios privados, donde las limitaciones a la propiedad absoluta y a la “ley cívica” no tengan injerencia alguna.
Pero dejemos estas ensoñaciones por el momento. Lo importante ahora es acelerar la llegada de la tierra prometida y prepararse para ello. Pero, escúcheme bien. No se deje engañar por la interface totalitaria. Hay quienes afirman que preparamos la desconexión para fugarnos y fundar la tierra prometida en “otra parte”. No. Desconectar no quiere decir huir y adoptar una actitud contemplativa hacia el mundo. ¡Nosotros no somos monjes cenobitas! ¡Somos pioneros, somos makers! Lo que queremos es resetear este mundo, explorar alternativas y construir un nuevo orden. Lo que queremos es traer la tierra prometida a esta tierra. Sí, es verdad que nada de esto ocurrirá sin encarar grandes peligros y resistencias. Pero ¿ha oído hablar de la destrucción creativa? Quizás sea necesario que, antes de alcanzar la tierra prometida, ésta que usted pisa sea purificada por las llamas. No se espante. Sobre los escombros, querido amigo, la raza de hacedores construirá un mundo nuevo ¿No me cree? Hágalo. Nuestro presidente me ha dicho que tiene un plan para Gaza.
