Días que valen por años y años que valen por días

Los casi tres meses que transcurrieron entre el 5 de noviembre de 2024 y el 20 de enero de 2025 fueron testigos de una serie de acontecimientos realmente sorprendentes. El 5 de noviembre, cuando se produjo la segunda victoria de Donald Trump, muchos de nosotros nos lanzamos presurosos a señalar algunas de las causas que podrían contribuir a explicarla. Hubo quien —con la socarronería que concede la amistad y la boca llena de razón—, nos recordó que deberíamos haber escrito todo eso antes de que Trump ganara, no después. He de decir, en nuestro descargo, que lo que nos sorprendió en aquel momento no fue tanto la victoria en sí, algo que cabía esperar, como la forma en la que se dio. Ese fue el principal motivo que nos animó a enfundar el traje del famoso personaje de South Park: el Capitán Posterori.

Tras 5 de noviembre, Trump regresaba a la Casa Blanca con mayoría de voto popular —cosa que no había ocurrido en 2016—, un Congreso controlado por los republicanos y un Tribunal Supremo en el que los jueces conservadores doblaban a los progresistas. Trump 2.0 volvía investido de una legitimidad y de un poder realmente poco común en un sistema político diseñado bajo el supuesto de Checks and Balance. ¡Vamos, que ni Claudia Sheinbaum!

El 20 de enero de 2025, otra imagen quedó grabada en nuestra retina. La fastuosa toma de posesión de Trump como 47º presidente de los Estados Unidos nos regaló una foto para la ya de por sí voluminosa historia de la infamia: lo más granado de la élite económica norteamericana, eso que yo llamo los “varones” tecnológicos, asistieron en calidad de invitados de lujo a la ceremonia de coronación. No seamos inocentes. Que el poder económico de Estados Unidos pone y quita presidentes es algo de lo que se acaba de enterar Leo, mi hijo de tres años. El mayor de ocho, ya lo sabe desde hace tiempo. Lo realmente llamativo de esta escena fue la descarada demostración de lo que Bernie Sanders ha denominado como la “oligarquización de la república” y de cómo, dentro de este selecto club de gente guapa y talentosa, los “varones” tecnológicos parecen gozar ahora de cierta primacía sobre el resto.

A partir del día siguiente, apenas recuperados de los excesos de la pamela de Melania y de las miradas furtivas de Zuckerberg a Lauren Sánchez, esposa de Jeff Bezos (miradas que, como decía un querido amigo, demuestran que “jamás se puede llegar a tener todo”), la administración Trump dio inicio a una frenética actividad política. Cada mañana éramos invitados a ingresar en el Despacho Oval para asistir a una incesante firma de decretos presidenciales. La imagen de Trump, ebrio de gozo y armado con una pluma de considerables dimensiones, me hizo recordar las palabras que aquel excéntrico literato falangista, Ernesto Giménez Caballero, dedicó en 1936 a la figura del Caudillo:

Francisco Franco, si lo veis, no le deis nunca el sable de los antiguos generales decimonónicos. No tiene sable. Solo se le ve en el bolsillo de la guerrera una pequeña varita negra y plateada. He aquí su bastón de mando, su vara mágica. Su porra, su falo incomparable. Un rasgo de esta estilográfica sobre un papel es superior en energía y voluntad a la porra, el fusil, a la ametralladora y el cañón mejor disparado, porque mueve todos los cañones, ametralladoras, fusiles y porras de la España Nacional.

Tres meses después de la ceremonia de investidura, y sometidos al constante sobresalto que nos produce cada mañana la imagen del impetuoso presidente estilográfica en mano, sabemos que lo ocurrido entre aquel 5 de noviembre de 2024 y el 20 de enero de 2025 representa algo que merece toda nuestra atención.

Las cosas eran tan nuevas que no tenían nombre

Uno de los eternos problemas a los que nos enfrentamos los historiadores es el de diferenciar y clasificar periodos históricos, ejercicio quizás algo pesado y escolástico, pero a todas luces necesario si a lo que aspiramos es a comprender qué es lo que estamos enfrentando. Al menos, claro está, ésta es la justificación que nos damos a nosotros mismos. Pero algo de razón tendremos cuando, provenientes de todos los gremios hermanos aledaños, un ejército de colegas se han puesto manos a la obra para dilucidar qué es esto del trumpismo y cuál es su particular naturaleza histórica.

Es cierto que el asunto no es nuevo. Desde 2016, e incluso antes, existe una abundante bibliografía al respecto. Y lo mismo ocurre en relación con todo el elenco de movimientos que fueron extendiéndose por América Latina y Europa en las dos últimas décadas. El trumpismo forma parte de una gigantesca constelación, cuyos nódulos no pueden entenderse como un mero injerto de la experiencia norteamericana. Pero esto, como alguien decía, “sería tema para otro trago”. Lo que resulta claro es que Trump 2.0 ha puesto sobre la mesa, de forma brutal y descarnada, la necesidad de comprender y caracterizar un fenómeno que ha cimbrado el suelo sobre el que estábamos parados.

Pero es aquí precisamente donde empiezan los problemas: ¿es el trumpismo un fenómeno nuevo o no es más que una suerte de “neoliberalismo gamberro”?, ¿es una reencarnación de los fantasmas del pasado estadounidense, una hauntología convertida en pesadilla, o un nuevo orden que rompe radicalmente con el presente y nos empuja hacia un futuro desconocido? ¿Cuál es la particular textura temporal del trumpismo? Nuestra incapacidad para clasificar un proceso aun en marcha se revela en la proliferación de etiquetas que hoy circulan en cientos de textos: fascismo, posfascismo, neoconservadurismo, ultracapitalismo, paleolibertarismo, derecha extrema, tecno-feudalismo, y así…

Todas estas categorías, dotadas de una temporalidad específica, pueden sostenerse con cierta justificación. La coyuntura a la que nos enfrentamos va a exigir de nosotros toneladas de generosidad y disposición de escucha. Y es posible que, con una pizca de caridad hermenéutica, comprendamos que, cuando alguien opta por una etiqueta u otra lo hace no sólo porque cree poder argumentarla, sino porque enfrenta el problema desde una condición y desde una experiencia vivida. No termino de estar de acuerdo, por ejemplo, con equipar el trumpismo al fascismo. Pero jamás desautorizaría a un colega, familiar de un deportado, por usar ese término y argumentarlo.

El título que encabeza esta serie de artículos está inspirado en un libro que Lenin publicó en 1906: El imperialismo, fase superior del capitalismo. La idea que Lenin sostenía en este libro era más o menos la siguiente. Durante el último tercio del siglo XIX, el capitalismo había sufrido una profunda transformación. De un modelo basado en el librecambio y la competencia entre “pequeños” capitalistas anónimos, había desembocado, mediante una acelerada concentración de la propiedad, en un sistema de pocos y grandes monopolios. La competencia entre ellos ahora tenía lugar en el escenario mundial, mientras que sus gigantescos intereses pasaban a orientar, cuando no a dirigir, la política exterior de las principales potencias. A esta nueva fase, Lenin la denominó “imperialismo”.

Cada vez son más las voces que señalan que estamos transitando hacia una nueva etapa que pone fin al ordo mundi inaugurado con la caída de la Unión Soviética en 1991. Este periodo estuvo caracterizado por la expansión del neoliberalismo, el globalismo y la supremacía de las democracias liberales representativas, tuteladas por la hegemonía norteamericana. Hay quienes consideran que fueron el colapso financiero de 2008 y los efectos de la pandemia de 2020 los elementos que precipitaron la crisis. Otros hablan del creciente protagonismo de China en el mercado mundial y su papel decisivo en las cadenas de valor de los procesos productivos. Hay quienes consideran que es la manifiesta incapacidad de Estados Unidos para cumplir sus compromisos como potencia hegemónica, lo que marca el fin de la era. Otros señalan hacia la irrupción de las nuevas tecnologías. Los hay que sitúan el rasgo característico de la época en la erosión de las democracias representativas, la deslegitimación de los valores liberales y el avance de todo tipo de derechas radicalizadas.

Hagamos un ejercicio meramente intuitivo. Si al voltear hacia el pasado ya no nos resulta familiar y al mirar hacia el futuro no somos capaces de vislumbrarlo, es que nos hemos movido de lugar. El trumpismo, denominémoslo así por el momento, es síntoma y agente de una época que acaba y de otra que comienza. Esto quiere decir dos cosas. Primero: que no cabe interpretarlo como una mera repetición del pasado. Qué duda cabe de que el pasado —y me refiero a la historia viva, no a la de los anticuarios— es eso que, con diferente intensidad, aún produce efectos en el presente. Como decía un querido amigo: el pasado es una situación que todavía dura. No resulta entonces del todo extraño que muchas veces intentemos explicar el presente por medio de categorías que tienen su origen en registros históricos anteriores. El peligro de esto radica en que, si no tenemos cuidado, experimentaremos ciertas dificultades para identificar qué es lo nuevo que habita en el presente. Y al revés: un exceso de atención a lo novedoso, al estruendo que siempre produce cuando irrumpe en nuestra cotidianidad, puede dificultar la tarea de localizar las duraciones que aún palpitan en el presente.

El imperialismo, según Lenin, no surgió ex nihilo. Los procesos de acumulación resultantes de la libre competencia, característicos del capitalismo liberal, fueron condición fundamental para su formación y desarrollo. Pero también era necesario captar lo que ese momento tenía de específico, al menos si se aspiraba a alcanzar un diagnóstico certero de lo que estaba ocurriendo. Y lo que estaba ocurriendo no era lo mismo que lo que Max y Engels percibieron al observar las viejas fábricas textiles de Manchester. La nueva fase en la que ya hemos entrado surge a partir de dinámicas y estructuras características del viejo orden, sin las cuales su eclosión habría sido imposible o habría tenido lugar de modo distinto. Pero esto no la convierte en una simple variación de lo mismo. El trumpismo contiene algo nuevo en relación con el neoliberalismo —y con otras experiencias previas— que impide situarlo en un mismo estrato temporal. El trumpismo es como un sepulturero necrófilo que se come el cadáver mientras lo está enterrando. Imagen invertida del mito de Cronos, es el hijo el que devora a su padre. Después de deglutirlo, eructa y sale en busca de su propio camino.

Breve hoja ruta

Quisiera no llevar a engaños a lxs lectorxs. Lo que pretendo hacer en esta serie es algo bastante acotado que merece valorarse como un puñado de sugerencias que inciten a futuras exploraciones. No descubro nada nuevo al recordar el carácter sumamente heterogéneo del trumpismo. Hay quienes ven aquí una seria dificultad, entre muchas otras, para que acabe convirtiéndose en un proyecto de largo aliento. Sea cierto o no, convengamos en que cabe albergar pocas dudas sobre el hecho de que el trumpismo es algo sumamente fragmentario y diverso. Consciente de esto, lo que me propongo discutir no es más que una tendencia, en el doble sentido de un lugar dentro de ese espacio político y una posible dirección hacia la que quizás se encamine. La historia no está escrita. Ni siquiera la historia que está escrita lo está de manera definitiva. Hablar de una de tendencia es hablar de una posibilidad, no de un destino. Si elijo esta y no otra es por motivos que espero dejar claros a lo largo de la serie.

El plan de trabajo será como sigue. En la segunda entrega presentaré tres textos que pueden servirnos como indicios de esa tendencia que andamos buscando. Me refiero a: The Techno-Optimnist Manifesto de Marc Andressen, publicado en 2024; The First Declaration on Human Enhancement de 2015, escrita por varios autores entre los que destaca Bryan Johnson; y, finalmente, Patchwork: A Political System for the 21st Century publicado en 2008 por Yarvin Curtis, también conocido como Mencius Moldbug.

En la tercera entrega plantearé cómo estos tres textos admiten ser tratados como síntomas, como puertas de entradas a un imaginario social que caracteriza a esa tendencia a la que seguimos la pista. Adelanto ahora que este imaginario podría llegar a ser un elemento aglutinante, un hilo que sirviera para hilvanar otros “retazos de trumpismo”.

Pero, los tres textos propuestos también pueden considerarse como índices de una red social y de un entramado institucional muy particular, en el que descubrimos a algunas de las principales figuras de los “varones tecnológicos” que acudieron aquel 20 de enero al acto de coronación de Trump. Desenmarañar este entramado e identificar la posición que ocupan en el marco del capitalismo estadounidense será el objetivo de la cuarta entrega. Con ello, descubriremos algunas de las funciones ideológicas que cumple ese imaginario y cómo sirve para sostener determinados intereses de clase.

Finalmente, en la quinta entrega, presentaré algunos rasgos del contexto político y económico que enfrenta este grupo, marcado por la crisis de la hegemonía norteamericana y el desarrollo de lo que Robert Brenner denominó como “capitalismo político”. Creo que, si logramos hacernos una idea cabal de estas tres cosas (imaginarios, posición de clase y contexto histórico) dispondremos de herramientas para dar sentido a algunos proyectos —muchos en apariencia contradictorios; otros simplemente delirantes; todos al fin y al cabo sumamente peligrosos— que los “varones” tecnológicos están implementando en connivencia con la administración Trump.

No me atrevo por el momento a lo más difícil: esbozar una propuesta alternativa, un plan de combate para encarar los desafíos que todo esto representa, especialmente en lo relativo a la destrucción del espacio ciudadano, del igualitarismo que lo inspira y de las condiciones materiales que lo hacen posible, empezando sin duda por las más fundamentales: la reproducción de la vida misma y la posibilidad de habitar juntos esta tierra. Creo que esto también “sería tema para otro trago”. Además —debo confesar mi temor— tampoco quisiera que, ahora por precipitarme, alguien me acusara de dejarme seducir por el reverso tenebroso del Capitán Posteriori: el malvado Capitán A priori. Simplemente espero que esta serie contribuya a abrir algunas líneas de debate sobre la naturaleza y posible evolución de un fenómeno tan esquivo como peligroso.

Author