La policrisis del presente debe ser entendida, al menos en parte, como el resultado del colapso del orden moral, legal, económico y político que se hizo global en la década de 1990. Aquel orden se distinguió por la globalización de un sólido consenso ideológico empujado por una serie de victorias hegemónicas. El centro del consenso que lo sostenía era la defensa de la democracia liberal como el modo de organización y gobierno menos imperfecto para el mundo entero. La victoria hegemónica que solidificó este orden histórico fue la de los defensores del libre mercado y la globalización económica y financiera tras el final de la guerra fría.

En ese contexto incierto, distintos observadores de izquierda vienen advirtiendo, desde al menos una década, de la conformación de un nuevo internacionalismo de derecha que de manera consciente y militante se ha apropiado del legado intelectual de Antonio Gramsci. Sin reparos, los defensores del nuevo conservadurismo global afirman estar peleando una “batalla cultural” y enfatizan la necesidad de luchar por la hegemonía a través de los viejos y tradicionales medios periodísticos defensores del capital transnacional y de las nuevas redes sociales.

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Este nuevo impulso internacionalista de ultraderecha —poblado por fuerzas posfacistas, neoconservadoras, neoliberales y libertarias— tiene nexos con el universo de las derechas “clásicas”, pero avanza en direcciones nuevas, contradictorias e impredecibles. Durante el siglo XX, el empoderamiento de las ultraderechas se dio como resultado de la combinación de dos procesos de cambio histórico. Por un lado, aquellas tomaron forma como reacciones extremas a las contradicciones del capitalismo. Por otro, fueron siempre resultados perversos de la lucha por la democratización de las sociedades. En sus avatares clásicos —gestados en Italia y Alemania en la primera mitad del siglo XX— el fascismo apareció como una reacción autoritaria a las crisis políticas generadas por la universalización del derecho al voto y la participación masiva en la política. Hoy, lo que Enzo Traverso llama el “posfascismo” se nutre de discursos populistas de corte conservador que buscan contrarrestar el poder de sectores históricamente vulnerados, como las mujeres, las minorías étnicas, las poblaciones migrantes y las minorías sexogenéricas.

En el entorno presente de crisis global, las nuevas ultraderechas buscan incrementar la riqueza de grupos oligárquicos, limitar el poder y la soberanía de los sectores populares. Además, promueven el recorte de derechos y libertades en todo el mundo. En términos geopolíticos, se alinean con el poder de los Estados Unidos, y en el campo de la ideología recogen impulsos nacidos del anticomunismo y el neoliberalismo del siglo XX. En términos narrativos, su internacionalismo conservador postula la recuperación, defensa y promoción de la “civilización Occidental”, la cual imaginan amenazada por distintos enemigos que van desde la República Popular China, hasta la Federación Rusa, el Islam, o los miles de millones de habitantes del Sur Global.

Quisiera reflexionar un poco en torno a lo que implica esta defensa de “Occidente”, pues considero que allí se encuentra una clave que puede ayudarnos a vislumbrar uno de los rumbos que tomará la agenda de la ultraderecha internacional en los próximos años. Para esto, me serviré de algunas viñetas breves.

En mayo de 2024, el presidente de Argentina Javier Milei dio un discurso en una convención organizada por el partido VOX en Madrid. En aquella ocasión, Milei afirmó lo siguiente: “el socialismo es una ideología que va directamente en contra de la naturaleza humana” y continuó diciendo: “abrirle la puerta al socialismo es invitar a la muerte”. Poco después, remató este diagnóstico declarando su odio por los “progres” que en su amor por el socialismo buscaban “subvertir todos los valores que hicieron de la civilización occidental, la punta de lanza de la historia del progreso humano.”

Un año después, hace apenas unos días, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu expresó en su cuenta de X su pesar por el asesinato del influencer Charlie Kirk, a quien elogió como un “defensor de la civilización judeo cristiana”.

En días recientes, se dieron declaraciones afines en el homenaje a Kirk, celebrado en Glendale, Arizona, el pasado 20 de septiembre. Entre los ponentes estuvieron el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien afirmó que la “izquierda radical” era la impulsora de la violencia política en el mundo contemporáneo, y el activista Jack Posobiec, quien declaró que el asesinato de Kirk fue un “punto de quiebre” en la lucha por preservar la civilización occidental.

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A riesgo de caer en generalizaciones, vale la pena preguntarse qué significa ese “Occidente” que defienden estos líderes del internacionalismo conservador. En su acepción moderna, la categoría de “Occidente” tiene un origen imperialista. La palabra comienza a usarse de manera extendida en el siglo XVI, cuando las potencias europeas inician su expansión colonial por distintos rincones del mundo. Inicialmente definida a partir de la defensa del cristianismo —y más tarde el protestantismo— la expansión de “Occidente” siguió una violenta trayectoria de la mano de la desmesura Europea. En los siglos XVIII y XIX  fue asociada con la defensa de la supuesta superioridad de la “raza blanca” llamada a dominar al resto de las poblaciones del mundo consideradas inferiores. Más tarde, a lo largo del siglo XX, “Occidente” pasó a definir un andamiaje ideológico liberal/capitalista enfrentado al socialismo en sus distintas formas, y su defensa se volvió el grito de guerra del neoimperialismo estadounidense.

Como han señalado numerosas historiadoras y críticas del imperialismo, esta expansión colonial se dio en paralelo de una búsqueda de pacificación interna de las sociedades occidentales, cuyas élites no escatimaron esfuerzos por disciplinar a las masas subalternas. Para el fascismo clásico, la defensa de “Occidente” fue, en palabras de Bolívar Echeverría, “un fruto más del pathos reaccionario y paranoide de la burguesía aristocratizada” que se sintió amenazada por el empoderamiento de la “plebe socialista”. (La modernidad de lo barroco, Era, 2013, p. 33).

Resulta natural que los fascismos clásicos recurrieran a distintos mecanismos para defender a la llamada “Civilización Occidental”. El fascismo italiano se apuntaló en la defensa del legado clásico de Roma, mientras que el fascismo alemán de las décadas de 1930 y 1940 recurrió a la noción de la superioridad de la “raza Aria” como herramienta de movilización y adoctrinamiento.

Pero, ¿qué pasa fuera de Europa? ¿Qué trayectorias siguen estas posturas en el otrora llamado Tercer Mundo? ¿Cómo podemos pensar las implicaciones de la extraña relación de las ultraderechas del Sur con la defensa de “Occidente”? Empecemos viajando al extremo Sur latinoamericano. En su discurso de Madrid, Javier Milei declaró enérgicamente que “los argentinos (son) profetas de un futuro apocalíptico (que) el resto de Occidente aún tiene por delante”. Argentina es, de acuerdo con Milei, la punta de lanza en una guerra por la recuperación de “Occidente”, una civilización definida por la imagen del ultraindividualismo libertario.

“En la segunda mitad del siglo XIX”, afirmó el presidente de La Libertad Avanza, “en tan solo 35 años nos convertimos en una potencia mundial. (…). Nosotros, un país periférico que el resto del mundo apenas conocía, éramos la Meca de Occidente y recibimos millones y millones de inmigrantes que soñaron en Argentina la posibilidad de una vida mejor”. Para Milei, está de más decirlo, Argentina claramente es parte de Occidente y la suya es una cruzada por “salvar a occidente de la decadencia”.

Existen, sin duda, partidarios de estas ideas en toda Latinoamérica. Hay innumerables ejemplos entre los herederos del nacionalismo criollo que anhelan pertenecer al club de los privilegiados globales. Milei no es excepcional. Es un representante de impulsos posfascistas regionales que tienen genealogías a veces tan antiguas como sus contrapartes europeas.

Desde las primeras décadas del siglo XX distintos grupos han defendido programas de corte fascista en distintos rincones del Tercer Mundo, especialmente en Latinoamérica. Sin embargo, no fue sino hasta finales del siglo XX cuando estos impulsos abandonaron la marginalidad para pasar a ocupar un lugar central en los horizontes políticos del Sur.

Un elemento importante de estos posfascismos no europeos es la crítica frontal al estatismo, y la defensa de la libertad individual frente al poder de la comunidad y el colectivo. Para muchos líderes de derecha contemporáneos, como el propio Milei o el empresario mexicano Ricardo Salinas Pliego, los intereses y organizaciones que dieron forma al Estado Tercermundista del siglo XX son los principales enemigos.

En este momento, conviene hacer una breve contextualización histórica. En las décadas posteriores al inicio de la descolonización de Asia y África —es decir, los años cincuenta, sesenta y setenta del siglo pasado— en gran parte del mundo se instauraron regímenes nacionalistas que defendían distintas versiones de la llamada “economía mixta”. En pocas palabras, esto significaba que los gobiernos nacionales, si bien defendían una lógica burguesa y capitalista, también se veían obligados a “cuidar” de los intereses de sectores más amplios de la sociedad para asegurar la estabilidad política y el desarrollo económico. Esto los llevó a promover políticas enfocadas en limitar el poder del capital y promover el mejoramiento de las condiciones de las mayorías. Siguiendo diversas recetas —que iban desde la industrialización por sustitución de importaciones, las nacionalizaciones, la reforma agraria y la creación masiva de infraestructuras educativas, de salud y bienestar popular—, los regímenes del Tercer Mundo lograron efectivamente incrementar los niveles de vida de cientos de millones de personas de manera sostenida durante al menos un par de décadas. En este sentido, y siguiendo la postura de Utsa y Prabhat Patnaik, el avance de los Estados dirigistas tercermundistas de la segunda mitad del siglo XX marcó, sin lugar a dudas, uno de los momentos cúspide en la historia global del anti imperialismo y la redistribución global de la riqueza.

Sin embargo, las distintas variedades de este socialismo Tercermundista entraron en crisis a finales de la década de 1970. Esto fue el resultado de la conjunción de distintos factores que incluyeron un recrudecimiento de la violencia geopolítica de la tardía guerra fría, los efectos globales de la crisis del petróleo de 1973, y las limitaciones y errores de las élites tercermundistas.

Este ocaso se engarzó con los orígenes de lo que ahora es llamado el neoliberalismo. El tránsito hacia el neoliberalismo se dio a través del surgimiento de discursos, leyes y acuerdos comerciales que inclinaban la balanza una vez más en favor de las clases capitalistas y promovían lo que ha sido denominado como el “vaciamiento de la democracia liberal”. En el Tercer Mundo, esta lógica avanzó de la mano de abiertas agresiones contra organizaciones populares, campesinas y obreras, y el debilitamiento de los procesos de participación democrática de las mayorías.

Con el auge planetario del neoliberalismo, la posibilidad del fascismo se volvió global. Para las poblaciones precarizadas del Tercer Mundo, esto propició una situación similar a la de la Europa de entre guerras. En el nuevo mundo del neoliberalismo tardío, programas como el libertarianismo de Javier Milei ofrecen a las masas la promesa de la restauración de un horizonte de respetabilidad y futuro, al tiempo que movilizan a los peores impulsos del resentimiento y la irracionalidad. En el caso de Argentina, esta batalla cultural además se engarza de forma armónica con la defensa de “Occidente” que en años recientes ha unificado al Atlántico Norte en un frente común en defensa del armamentismo, el genocidio en Gaza y el avance del capital transnacional.

Pero, ¿qué pasa en otros países latinoamericanos en los que la relación con “Occidente” es menos tersa y más compleja? Pienso en México, un país donde, hasta la fecha, la ultraderecha no ha logrado avanzar y permanece débil y desarticulada. Esto, sin duda, es en parte resultado del potente movimiento lopezobradorista que ha redefinido los parámetros de la vida pública en estos años, al reinsertar en el sentido común nacional postulados y principios del viejo nacionalismo popular/revolucionario del siglo XX.

Hay, no obstante, algo más. Además de su agenda redistributiva, la llamada 4T abandera también causas del antiguo Estado desarrollista que en la narrativa de la llamada “Transición democrática” eran asociadas de forma despectiva con el “Viejo PRI”. Me refiero, sobre todo, a la insistencia en la centralidad del Estado como vector de desarrollo y redistribución, uno de los pilares del socialismo tercermundista. Pero también a la recuperación de una narrativa histórica en la que México aparece como algo muy distinto a la “Meca de Occidente” de Milei. A través de una extraña recuperación de la “historia de bronce”, el tenor plebeyo y nacionalista del actual régimen de MORENA ha logrado, por ahora, mantener a raya a la narrativa del posfascismo. Es así que, paradójicamente, el conservadurismo historiográfico de la 4T parece, por ahora, inclinar la balanza de la batalla cultural en favor de las fuerzas opuestas al posfascismo.

Esto no quiere decir que no existan en México posiciones y grupos que buscan reorientar el sentido común en esa dirección. Pienso, por ejemplo, en comentaristas como Pablo Majluf y liderazgos como el de Ricardo Salinas Pliego. Sin embargo, pareciera que por ahora la batalla por la hegemonía cultural en México se inclina hacia el rechazo de modelos universalistas/imperialistas asociados con “Occidente”.

La izquierda nacionalista parece, por ahora, estar ganando la batalla cultural en México. Sin embargo, a esto debe sumarse una sostenida respuesta, en el plano simbólico y material, a los reclamos sociales de justicia y dignidad. Sin esto último, el péndulo puede girar fácilmente en la dirección contraria y abrir las puertas a una victoria de la reacción como ha sucedido en países del sur de nuestro continente.

Pero quisiera cerrar este texto alejándome otra vez de México y volviendo a poner el foco en las implicaciones del fin de la hegemonía de “Occidente” para el futuro próximo. En un primer momento, creo que el recurso a esta narrativa debilitará viejas alianzas ideológicas de la ultraderecha internacional. Como queda cada vez más claro, la defensa de “Occidente” por parte de ultraderechistas como Trump, Netanyahu y Milei ha causado aversión entre regímenes como el de Narendra Modi en India y Recep Tayyip Erdogan en Turquía, quienes no han dudado en acercarse a China y a otros regímenes del Sur. Esto sin duda generará tensiones económicas por lo que, más allá de las actuales guerras comerciales encabezadas por el presidente de los EE. UU., cabe esperar una agudización del conflicto en torno a la pertenencia a, o rechazo de, “Occidente” en los próximos años. El principal foco de ese conflicto es hoy el genocidio israelí en Gaza. Pero quizá surjan otros. En este sentido, hay que estar atentos para rechazar el alineamiento con aquel proyecto decadente de acumulación capitalista y exclusión racial que ha sido “Occidente”, y contribuir a la creación de nuevos horizontes civilizatorios para el futuro próximo.

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