El pasado domingo 2 de agosto fue publicado en la revista Nexos un texto de Ezra Shabot titulado “Genocidio”. El señor Shabot es un periodista y analista político que fue uno de los firmantes y entusiasta difusor del desplegado que 360 mexicanos y mexicanas (incluyendo algunas personalidades muy conocidas) firmaron en apoyo a Israel en noviembre de 2024 y que el diario Excelsior publicó el 25 de ese mes. No diré una palabra sobre el contenido de este desplegado porque respondí a él en un texto que publiqué a los pocos días. Aquí me limitaré a comentar el artículo más reciente del Sr. Shabot y lo haré en el mismo orden en que expone sus nociones sobre el genocidio y temas afines. No me detendré en todas ellas, porque no quiero extenderme demasiado, ni abusar de la paciencia de los lectores.
Después de mencionar los genocidios armenio (bajo el imperio otomano), judío (bajo la Alemania nazi), tutsi (en Ruanda), musulmán (en lo que ahora es Bosnia y Herzegovina) y cristiano (en Sudán y Nigeria), así como plantear que todos estos casos entran sin discusión dentro de la categoría genocidio, el Sr. Shabot escribe lo siguiente: “La utilización indiscriminada del término ‘genocidio’ tiene un objetivo claro: banalizarlo al grado de convertir cualquier conflicto bélico en un ilegítimo acto de defensa al considerarlo como un genocidio predeterminado.” En cuanto al uso del adjetivo “predeterminado” por parte del Sr. Shabot, resulta difícil comprender (al menos para quien esto escribe) lo que puede significar en este caso concreto ni tampoco lo que añade al sustantivo “genocidio”.
Paso directamente a lo que afirma enseguida sobre “el mundo islámico”, el cual, en sus palabras, “jamás concretó una separación clara entre religión y Estado”. Esta afirmación llama la atención proviniendo de alguien que apoya sin medida ni reparos a un Estado, el israelí, en el cual es posible percibir elementos de que dicha separación es bastante difusa (va un botón de muestra). Acto seguido, el Sr. Shabot se refiere al acto terrorista que el grupo fundamentalista Hamas perpetró el 7 de octubre de 2023 como “un acto de genocidio”. Tomando en cuenta la correlación de fuerzas militares entre Israel y Palestina desde la fundación del Estado de Israel en 1948, me resulta difícil, una vez más, entender esta noción del Sr. Shabot. En este caso, no entiendo cómo puede definir a Palestina como el agente que practica genocidio por un solo acto concreto y a Israel como la víctima de genocidio por haber sufrido ese mismo acto.
Si el Sr. Shabot dedica todo su texto al tema del genocidio, cabía esperar que proporcionara una definición, aunque fuera mínima, del mismo. Para llenar esta laguna, cito enseguida la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, aprobada por la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas en diciembre de 1948 y que entró en vigor en enero de 1951. En el proemio de esta convención se establece que el genocidio es un delito de derecho internacional y su artículo II estipula lo que se entiende por el término genocidio: “cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal: a) Matanza de miembros del grupo; b) Lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo; c) Sometimiento intencional del grupo o condiciones de existencia que hayan de acarrear destrucción física, total o parcial, d) Medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo; por último, e) Traslado por fuerza de niños a otro grupo”.
Convendría hacerle saber al Sr. Shabot que lo que ha tenido lugar en Palestina por parte del Estado israelí respecto a la población árabe desde aquel 7 de octubre cumple cabalmente con los primeros tres incisos (a, b y c). Si no cumple a la letra con los incisos d y e es porque el gobierno y el ejército israelíes prefirieron ahorrarse las medidas y el traslado referidos en esos dos puntos. ¿En qué sentido? En que procedieron directamente a asesinar a miles de niños y niñas gazatíes. Según las propias Naciones Unidas, dicho ejército ha asesinado a más de 20 mil infantes y ha herido a más de 44 mil. Lo anterior, con toda intención, es decir, “predeterminadamente” (“deliberately targeting Palestinian children”, según la misma fuente). Si al Sr. Shabot le interesa conocer cifras que retraten lo que ha ocurrido en Palestina desde aquel día de octubre (una jornada criminal que, a sus ojos, explica absolutamente todo), le invito a que revise el último reporte de la UNRWA (United Nations Relief and Works Agency for Palestine Refugees in the Near East), que apareció este 30 de julio pasado; es decir, apenas tres días antes de que su texto fuera publicado en Nexos.
En su escrito, el Sr. Shabot afirma que en la Franja de Gaza “la población festejaba el ataque [del 7 de octubre] como parte de un triunfo sobre el ‘enemigo sionista’, al mismo tiempo que se regocijaba con el sufrimiento de los rehenes vivos y la exhibición de cadáveres mutilados que recorrían las calles de la ciudad”. Me gustaría pensar que el Sr. Shabot no está insinuando siquiera que la población de la Franja de Gaza ha recibido algo así como “su merecido”. El problema es lo que escribe enseguida (lo cual no contribuye mucho a disipar mis dudas): “La población de Gaza ha sido adoctrinada por este fundamentalismo [de Hamas] que funde en uno solo al profesionista y al mártir, al médico y al asesino, al periodista y al ejecutor de niños”. Ante tamaña fusión y tamaña confusión, ¿cabría imaginar siquiera que lo que han hecho el gobierno y el ejército israelíes en Palestina durante los últimos 33 meses está plenamente justificado? No puede ser; seguramente tampoco entendí correctamente la noción que quería transmitir aquí el autor.
Casi enseguida, el Sr. Shabot proporciona una cifra (aproximada) cuando escribe que son “más de 50 mil palestinos muertos” (por supuesto, contando a partir del 7 de octubre de 2023). Me temo que se quedó corto: las cifras de las Naciones Unidas están cerca de las 75 mil víctimas fatales. Llama aún más la atención el motivo que da el autor para, digamos, “explicar” la muerte de esos 50 mil y pico de palestinos: “…las acciones de los soldados israelíes [han estado] destinadas a liberar a los rehenes y destruir el aparato militar de Hamas…”. Y prosigue: entre esos muertos encontramos “desde miles de combatientes fundamentalistas hasta civiles inocentes”. La construcción idiomática es llamativa, pero la dejo pasar. Seguramente se trata de una noción más del autor en la que algo se me escapa. Desde la perspectiva, tan informada, del Sr. Shabot (que dispone de datos que ni el Mossad podría corroborar), añade que entre los muertos se cuentan “menores transformados en yihadistas, o sea mártires en potencia dispuestos a morir para llegar así al paraíso islámico”. La presciencia anterior, como prácticamente todo el texto del Sr. Shabot, es un ejemplo de desvergüenza y cinismo (que revelan, para mí, una moralidad muy selectiva y también muy difícil de digerir). No obstante, le pido a los lectores un poco de paciencia, pues todavía faltan las nociones que plantea el autor en los cinco párrafos finales de su escrito.
“El sufrimiento de la población de Gaza no es cuestionable…” escribe el Sr. Shabot. Si alguien piensa que esto es algo así como una mínima concesión por parte del autor, se equivoca, pues inmediatamente añade: “…pero es semejante al de las poblaciones de la Alemania nazi bombardeada por los Aliados. En ambos casos la intención no era exterminar a los civiles, sino derrotar militarmente al enemigo.” Es bien sabido que no hay peor ciego que el que no quiere ver, pero paso directamente al final del texto del Sr. Shabot, pues ya quiero terminar con esta réplica.
“La narrativa sobre el supuesto genocidio palestino en Gaza no se sostiene”, escribe el autor (el subrayado es mío). Y, casi enseguida, aclara (a todos los lectores que no saben bien a bien lo que es un genocidio): “La población de Cisjordania y Gaza sufre las consecuencias de la ocupación israelí, pero no un proceso de exterminio comparable a los sufridos por otras minorías.” Creo que convendría que alguien le informe al Sr. Shabot que en el mundo de hoy (agosto de 2026), hay un consenso bastante generalizado (empezando, por cierto, entre los académicos expertos en el tema) en el sentido de que lo que está sucediendo en Gaza desde octubre de 2023 es un genocidio. Yo le recomendaría al Sr. Shabot que salga de su burbuja y, ya que parece estar tan informado sobre los genocidios, su historia, sus categorías y sus diferencias, se asome, de entrada, a la Convención mencionada unos párrafos atrás. Una vez que la lea en su totalidad (es muy breve, apenas 19 artículos), le recomendaría que también leyera un par de historias no sionistas del conflicto entre Israel y Palestina. Un conflicto que se remonta, por lo menos y como él seguramente sabe, a la célebre Declaración Balfour de 1917 (el germen epistolar-diplomático más importante de la empresa colonialista israelí en suelo palestino). Por fortuna, desde hace relativamente poco, existe en español un número considerable de opciones en las librerías de la CDMX. Si aceptara mis recomendaciones, el autor se daría cuenta que lo que está sucediendo en Gaza y en toda Palestina no comenzó el 7 de octubre de 2023, sino hace muchos, muchos años.
Como no podía ser de otro modo, el Sr. Shabot remata su texto con otra noción, en este caso, singularmente pobre en términos argumentativos: todas las personas que consideran al Estado israelí como genocida son antisemitas. La mala noticia aquí para el Sr. Shabot es que, con poco que siga la prensa internacional, se daría cuenta que son cada vez más los “antisemitas” en el mundo. Lo que escribe enseguida es una muestra más de las muchas tergiversaciones que recorren su texto: “Ver a los judíos como genocidas limpia la conciencia de la Europa colaboradora con el racismo antisemita del nazismo, y termina por justificar como lucha nacional auténtica al fundamentalismo islámico que socava también los principios de la democracia liberal.” Suena muy bien, si no fuera porque, como lo muestra diáfanamente el caso de la Alemania actual, la conciencia en proceso de limpieza no va en el sentido que él afirma, sino en sentido contrario. En cuanto al socavamiento de la democracia liberal, sabemos bien lo que los Estados Unidos ha representado para Israel desde hace, por lo menos, sesenta años (el final de la Guerra Fría no cambió en nada la íntima e incondicional relación entre ambos países) y sabemos muy bien cuál es la postura de Donald Trump respecto a Israel (y respecto a Palestina). Ahora bien, si, como cabe suponer, el Sr. Shabot considera a Israel una “democracia liberal”, me temo que, una vez más, estamos ante otra noción discutible y, en años recientes, notablemente movediza. En el caso de los Estados Unidos, porque la segunda presidencia de Trump ha logrado lo impensable: dicha categoría ya no define a los Estados Unidos; y, en cuanto a Israel, porque, aunque sólo fuera por el sistema de apartheid que funciona en la sociedad israelí desde 1948 respecto a la población árabe, el Estado israelí no podría estar incluido en lo que cualquier ciudadano medianamente informado entiende en la actualidad por una democracia liberal (sin comillas).
En el último párrafo del texto, el Sr. Shabot pretende salvar un poco las apariencias de lo que ha afirmado, sugerido e insinuado a lo largo de su escrito cuando plantea que Benjamin Netanyahu es un “autócrata”. Creo que es la única de todas las afirmaciones del autor con la que coincido plenamente. El problema es que, para el Sr. Shabot, dicho autócrata sale a colación por un solo motivo: como una simple excusa para coronar su texto con la cantinela sionista en la que solamente personas como él siguen creyendo y que constituye la última de las nociones tramposas, retóricas y enclenques que desfilan por su escrito. Lo cito textualmente por última vez: “…considerar a Israel como un Estado genocida tiene como objetivo abrir el camino para promover la eliminación de la entidad (sic) judía y con ello la vida judía en todo el mundo”.
Sr. Shabot, en lo que concierne al conflicto entre Israel y Palestina, usted, las personas que creen en sus patrañas y las personas que las difunden pueden estar tranquilas. Le puedo asegurar que la inmensa mayoría de quienes critican al Estado israelí y lo consideran genocida no pretenden (no pretendemos) eliminar a la “entidad” judía y, mucho menos, “la vida judía en todo el mundo”. En absoluto; ni por asomo, créame. Lo que quiere la inmensa mayoría de las personas interesadas en lo que está pasando en el Medio Oriente (al menos las que yo conozco y de las que tengo noticia) es que se termine, de una vez por todas, la interminable serie de abusos, indignidades, humillaciones, ultrajes y asesinatos que los gobiernos israelíes llevan cometiendo en esa región del mundo desde hace casi ocho décadas.
