Estoy reorganizando mi programa para el curso que suelo impartir en los semestres nones en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM. También estoy preparando un curso nuevo que abarcará todo el año escolar. Llevo meses pensando en cómo lidiar de la menos peor manera con la inteligencia artificial y los LLMs (Large Language Models) en clase. El año pasado opté por impartir mi curso de manera 100% analógica: cuaderno, pluma, fotocopias (que siguen existiendo en cada facultad), cero computadora ni tablet ni celular en el aula y exámenes a responder en clase. El curso funcionó increíble: se sentía casi físicamente que el ambiente en el salón era otro, que los estudiantes estaban realmente presentes. La retroalimentación final que hicieron al curso fue más positiva de lo que jamás me habría imaginado: agradecidos y satisfechos del aprendizaje y de tener cuatro horas a la semana libres de pantalla (habiendo reconocido casi todos que su consumo mínimo de redes sociales es de 4 a 6 horas diarias). Sin embargo, también me di cuenta de que simplemente voltearme y hacer como si la inteligencia artificial no existiera y no estuviera aquí no es sostenible a mediano plazo. Así que, para este año, como ya dije, al igual que muchos otros profesores, llevo meses pensando en ejercicios y experimentos útiles para los estudiantes que, por un lado, me permitan aprovechar los LLMs como herramienta pedagógica, y por otro, les permitan a ellos aprender a usarlos críticamente (se aceptan sugerencias).

Por probar, le pedí a Gemini que me sugiriera artículos sobre diversos usos de la IA en la enseñanza universitaria de ciencias sociales. Me dio un resumen de posibles ejercicios, más bien superficiales, la verdad. Tal vez fui yo la que no supe preguntar, pero, en cualquier caso, Gemini presentó una síntesis que parecía correcta, pero era superficial y formal. Reconocí la misma falta de contenido que me ha tocado leer en trabajos que algunos estudiantes me habían entregado antes de que hiciera mi curso analógico. Parecen correctos, pero están vacíos de sustancia. Hay una suerte de aparato crítico y bibliografía, muchas veces “alucinada”, mientras que la redacción es correcta, aunque impersonal y repetitiva. Lo que sí es imposible encontrar es una idea: sólo se glosan los lugares comunes de la literatura dominante, en el mejor de los casos, y de las redes sociales, en el peor, las cuales, en mis temáticas de estudio, tienden a ser moralizantes y condenatorias de todos los puntos de vista a excepción de los del autor, sin evidencia, detalle ni matiz.

A decir verdad, después de varias horas sorteando videos de TikTok y YouTube y buscando información veraz, profunda y crítica, la promesa de que la red abre un acceso casi infinito a la información se alejaba irremediablemente. En su lugar, las mismas páginas, con la misma información simplona, poco reflexiva y totalmente general que hoy se presenta como “conocimiento”. Y, aun así, a pesar de la sensación de estar tapando coladeras en el Titanic, sigo pensando en estrategias para enseñar a mis alumnos a leer a profundidad, a escribir y a argumentar, frente al ruido informativo de la red.

Mis aspiraciones por transmitir a los estudiantes curiosidad, gusto por la duda, ánimos de ir más allá del sentido común y al mismo tiempo esfuerzo en el rigor y la sistematicidad se ahogan, sin embargo, en la coyuntura que está viviendo la UNAM. Este año, la rectoría optó por hacer un examen de admisión en línea, basado en técnicas de inteligencia artificial para evitar el fraude. ¿Por qué? ¿Por qué necesitábamos un examen virtual en vez de uno presencial? ¿No les estamos recordando a nuestros alumnos, todo el tiempo, que las clases son presenciales? ¿Por qué, una vez más, se le dan más pantallas a los jóvenes de las que están pidiendo? ¿Por qué delegar responsabilidad a la virtualidad como si fuera una solución? ¿Cómo se tomó esa decisión y con qué argumentos? Que la brecha socioeconómica se mitigaría más que con un examen presencial, como lo afirmó la Rectoría, resulta dudoso, dados los requisitos tecnológicos para realizar el examen. ¿Por qué y quién decidió no implementar primero un programa piloto? ¿Por qué y quién decidió hacer este cambio mayúsculo sin una comisión técnica que revisara el proceso desde su diseño hasta su implementación? ¿Por qué y quién guardó silencio sobre los resultados anómalos que se empezaron a conocer desde principios de junio? ¿Por qué y quién decidió publicar los resultados de un examen cuyas graves fallas se sabían ya?

Hoy, debido en gran medida a esa decisión, la UNAM está pasando por una crisis sin precedentes: las estadísticas de los resultados del examen muestran un comportamiento tan poco realista que es posible afirmar que hubo un porcentaje considerable de fraude durante su aplicación. La “reacción” institucional fue solicitar la renuncia de una alta funcionaria —la secretaria general—. ¿Hasta allí llega la cadena de responsabilidades? Por otra parte, su “solución” ha consistido en decirle a todos los jóvenes que estudiaron y se esforzaron como nunca lo habían hecho, y que habían aprobado el examen, que tendrán que volver a hacerlo. Se habló de una “prueba de control” que calmó los ánimos, pero con los días se fue convirtiendo en un nuevo examen. No sabemos si tendrán en cuenta los resultados anteriores o no. No parece importar que los jóvenes que se presentan se preparan durante meses, aprenden a manejar un alto nivel de estrés, etc. Pero, sobre todo, ¿por qué tendrán que volver a someterse a una evaluación y a más incertidumbre por algo de lo que no son responsables en absoluto? Una vez más, la factura del error de las autoridades de la Universidad la pagan los jóvenes. ¿Alguien allá arriba tendrá la sensibilidad mínima de disculparse con ellos?

Aunque ya es tarde para eso, la única alternativa medianamente justa tendría que partir de que la institución asumiera la responsabilidad de su error y que sobre ella recayera el reto que ella misma creó. Para mí, eso significaría bajar los puntajes de cada carrera y ampliar la matrícula, aceptando a muchos más alumnos, contratar a más profesores y atender a esta generación de manera singular (sí, la esperanza es lo que no podemos perder).

Además de la deuda que la UNAM adquirió con esta generación, esta crisis ha exhibido a lo grande la realidad cotidiana de la institución. La ausencia de democracia en su interior ha contribuido a que las autoridades, designadas por una Junta de Gobierno que funciona a puerta cerrada, rara vez representan la voz de la comunidad, y deciden sin sentirse obligadas a justificarse. Así, la comunidad carece de mecanismos para transparentar los procesos de toma de decisiones ni las cadenas de mando.

Ciertamente, en esta coyuntura, quienes estamos ahora dentro de la UNAM no somos los más afectados. Pero aunque esta crisis no me afecte directamente no significa que no me concierna. No comparto circunstancia, pero sí una causa. Trabajo en la UNAM, y mi función social y mi trabajo consisten en producir reflexión crítica y en formar a jóvenes para que ellos la produzcan. Por eso, tal vez, frente a lo que leo y escucho sobre el examen de admisión a la UNAM, me resulta casi absurdo volver a “encerrarme” en mi curso y lo único que tiene un poco de sentido es escribir este texto. Porque quiero creer que la comunidad académica a la que pertenezco se reconocerá en mi deseo de exigir responsabilidad y pensamiento crítico, no sólo a nuestros estudiantes sino —vaya sorpresa— a nuestras autoridades. Porque me gustaría que los jóvenes que trabajaron por su lugar en la UNAM sepan que su frustración es compartida desde la solidaridad y la empatía, por muchísimos profesores y miembros de la comunidad académica que no se reconocen en las decisiones que se toman desde la rectoría. Porque me gustaría, finalmente, que se supiera que los profesores estamos enfrentándonos a problemas equivalentes día a día en el salón de clases, buscando alternativas, diálogos y concientización con los estudiantes, aun si las autoridades no parecen verlo ni escucharlo, y aun si recurren a estrategias evaluativas que, a nivel aula, llevamos semestres tratando de desmantelar porque hemos constatado sus limitantes y derivas.

Claro, la escala no es comparable. Mi curso de séptimo semestre junto al examen de admisión a la UNAM: nada que ver. Y, aun así, no puedo dejar de pensar en la paradoja de estar malabareando para intentar que los jóvenes con los que me encuentro en el aula puedan aprender a usar la IA de forma ética y crítica, en una institución que hoy es presa de una crisis mayúscula, precisamente por haber optado por una alternativa en apariencia más fácil que crítica y que abrió de par en par la puerta a un uso poco ético de la IA.

No quiero por ello sumarme a las voces, generalmente conservadoras, que afirman, sin matices, que la UNAM “está mal” y que, por lo tanto, su presupuesto no se justificaría (aquí una denuncia contra este tipo de posturas). Me encantaría que hubiera un espacio donde debatir y decidir colectivamente mecanismos para colocar al centro de la prioridad institucional a los estudiantes y al aprendizaje, en el mismo espíritu de lo que señala Héctor Vera. Un órgano de esa naturaleza ciertamente no existe en la UNAM. Pero, a pesar de esas carencias, mis estudiantes siguen siendo, en su mayoría, los primeros en sus familias en hacer estudios universitarios, con enormes esfuerzos y, en muchos casos, con verdadero compromiso; mis colegas son, también en su mayoría, profesionistas responsables, críticos y con una vocación a prueba de salarios, condiciones laborales degradadas y continuas exigencias administrativas. Esa comunidad, la universitaria, necesita, además de una solución lo menos injusta posible a la actual crisis, que se declaren abiertamente las responsabilidades por estas decisiones, con sus consecuencias; y que las autoridades se sumen a los numerosos profesores que trabajamos por hacer un uso crítico y ecológica, política y socialmente consciente, así como ético y científico, de las herramientas que ofrece la IA. Esta crisis, además de colocar a la UNAM en entredicho frente a la ciudadanía, revela, una vez más, la fisura que separa a autoridades de la vida diaria de su comunidad. Tal vez si no existiera esa desconexión, las autoridades habrían sabido —como lo sabemos todos los profesores y alumnos— que la IA no cumple lo que promete, en particular en temas de evaluación. Se habrían enterado, pues, de que las posibilidades de que un examen en línea saliera mal se volvían exponenciales.

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