La contundente victoria electoral del bloque gobernante comandado por Morena dio un paso firme hacia la consolidación de un nuevo régimen en México. Aunque en perspectiva, comparada con las trayectorias de los progresismos latinoamericanos, se pueden plantear algunos matices, lo cierto es que el caudal de votos necesario para hacer posible el Plan C tan anhelado por López Obrador es una novedad política en el escenario mexicano del siglo XXI.

Los resultados de esta elección presidencial con tintes plebiscitarios echan a andar nuevas situaciones. Una de ellas, muy lamentada por los comentaristas de TV, es la supuesta pérdida de los contrapesos al proyecto centralizador y de reingeniería institucional que la presidencia de Claudia Sheinbaum aplicará con la fuerza de casi 36 millones de votos. Más allá de los cambios al interior del Estado, en el relanzamiento de esta columna me propongo analizar si la movilización callejera será contrapeso o aliciente a la consolidación del poder político de la 4T.

Y es que la visión restringida que tuvo la oposición de derechas sobre los alcances de los contrapesos es una de las razones de su estrepitosa derrota. La mira chueca de su liberalismo, hijo de la transición, sólo los encontró en las estructuras estatales —sea el poder judicial o los organismos autónomos, otrora cooptados por sus aliados—, lo cual allanó el camino para que Morena, con su trabajo territorial y su énfasis en las condiciones económicas de amplias franjas de la población, se los comiera de un solo bocado el 2 de junio. Tras la estrepitosa derrota, su futuro como oposición a la derecha del gobierno se sitúa en un panorama más allá de esa matriz ideológica, la cual no sólo se demuestra agotada en su visión de mundo sino en franca escasez de protagonistas.

También vale la pena hablar de otros contrapesos. Algunos se hicieron sentir inmediatamente tras la victoria de Sheinbaum y la mayoría calificada que las urnas entregaron a Morena. “Los mercados”, por ejemplo, eufemismo para hablar de los grandes capitales financieros con ramificaciones específicas en los sectores energético, extractivo y de los fondos de pensiones del país, dejaron sentir su poder, a pesar de las múltiples reuniones y llamadas que les dedicó la presidenta electa en los días posteriores a su triunfo. Otra dura reacción vino desde el norte, con la orden ejecutiva sobre inmigración que Biden decretó el 4 de junio, la cual endurece los flujos migratorios en la frontera, dificulta aún más la obtención del derecho de asilo y acelera las deportaciones. La orden presidencial entró en vigor a la medianoche de ese día. A pesar de los buenos deseos y muestras de cordialidad y cooperación, las relaciones de poder más bien muestran cómo las potestas del capital y de los Estados Unidos son formas de contrapeso frente al nuevo gobierno electo.

Pero ahora sí hablemos sobre los posibles contrapesos que presenta la política plebeya. Entre los movimientos sociales y las luchas sectoriales hubo una pasivización durante el sexenio lopezobradorista.[1] Empero, dos luchas surcaron con independencia, aunque sin renunciar al diálogo, el sexenio, mostrando mayor antagonismo durante estos últimos meses, a pesar de las múltiples presiones del periodo electoral. Me refiero a las luchas de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) y de los Padres y Madres de los 43 estudiantes desparecidos de Ayotzinapa, pues en ambas existe una dinámica de contrapeso al poder estatal que tiende a radicalizar la democracia.

La lucha reivindicativa de la CNTE, basada en un sindicalismo de movimientos sociales, mostró una gran astucia para saber cuándo relanzar el recurso de la movilización a nivel nacional para hacer cumplir sus demandas profesionales que quedaron en vilo tras el estancamiento de las mesas con el gobierno federal antes de que se cumpliera la mitad del presente sexenio. Después de soportar descalificaciones de ambos flancos de la boleta electoral y actos de represión como en los años del “antiguo régimen”, los profesores de la CNTE lograron interlocución con el más alto nivel, como lo refleja una carta firmada por el presidente y las secretarias de Gobernación y Educación Pública, en la que relatan avances y compromisos frente a las demandas magisteriales. El tema también estuvo presente en la primera reunión de transición entre AMLO y Sheinbaum, tal y como la presidenta electa lo relató desde el sitio donde transcurren las mañaneras.

Para los padres y madres de los 43 el triunfo es moral, mientras aún esperan por la verdad y la justicia para sus hijos y para México. El presidente López Obrador prometió en campaña resolver el paradero de los normalistas y llevar ante la justicia a los perpetradores. Lejos de la promesa queda su sexenio, que derrumbó la Verdad Histórica de Murillo Karam sólo para encontrarse con la cerrazón militar. Los militares del Batallón 27 y los altos mandos del Ejército mexicano, que siguen sin presentar toda la información en su poder, son una pieza clave para conectar el espionaje estatal y el circuito de trasiego de drogas Guerrero-Chicago con lo ocurrido la noche del 26 de septiembre de 2014. El 3 de junio, los papás de Ayotzinapa estaban en Palacio Nacional, recordándonos que esta es una cuenta pendiente y presente del Estado mexicano. El próximo 26 de septiembre se cumple una década del crimen de Estado. Cinco días después, Claudia Sheinbaum tomará posesión como presidenta. Con el tiempo sabremos si tendrá la capacidad de resolución que este asunto requiere o continuará como quienes le antecedieron.

La CNTE y el movimiento por los 43 son ejemplos de que la movilización independiente puede incidir en la mejora del nuevo régimen. Lejos de la narrativa de la “aplanadora”, autosuficiente y sin contrapesos,[2] lo que tenemos es un gobierno con expectativas equiparables a los retos que tiene de frente. En esta situación, la calle debe hacerse sentir para poder contar.  


[1] Al respecto, recomiendo la revisión del Proyecto Papiit-UNAM Participación política y movilización social en el sexenio obradorista (2018-2024), el cual investigó, a partir de una base de datos, la conflictividad social en el sexenio que está por terminar, con base en las exposiciones por sector, movimiento y participación política. La exposición de resultados se puede consultar aquí.

[2] Entre las reformas que se han barajeado para este año que cerrará con la mayoría calificada, poco o nada se ha hablado sobre una posible reforma política que plantee requisitos exequibles para la formación de nuevos partidos, en un contexto de agotamiento de la mayoría de los existentes.

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