La deuda social de este país es tan grande que aún en medio de un problema de seguridad atroz, este 2 de junio la mayor parte de la ciudadanía parece haberse preocupado primero por la desigualdad y votó contra ella. Quizá sus motivaciones no sólo tengan que ver con la dificultad de la mayoría de las y los votantes para llegar a fin de mes, sino con la intuición de que una mejor distribución de la riqueza mejoraría las posibilidades de atender la inseguridad. En cualquier caso, lo sorprendente para tirios y troyanos fue que el gobierno y sus seguidores consiguieran persuadir a tantos de otorgarles un sexenio más. Se esperaba un triunfo holgado de la candidata de Morena, Claudia Sheinbaum, pero no el “carro completo”.

Quienes se autodefinen como liberales o partidarios de una izquierda democrática e insisten en que lo primero son las formas democráticas tienen razón: el sufragio universal y las elecciones libres y limpias para el ejecutivo y legislativo fueron claves para la estrategia y el relato de las transiciones a la democracia. Y esa estrategia y ese relato funcionan. Así, quizá el único consenso entre gobierno y oposición tras este 2 de junio va a ser el “voto por voto; casilla por casilla”. Pero precisamente porque funcionan y porque tarde o temprano llegaron voces diversas a las instituciones de representación, resulta que pasamos a una segunda fase en donde, con sus limitaciones, hay distintas alternativas políticas.

Sin embargo, la oposición no ha sabido o no ha querido pasar a la segunda fase. En lugar de presentar un proyecto de nación y un programa fuerte, o refundar partidos, se dedican a insistir en que hay que defender la democracia electoral y la división de poderes, las cuales, según argumentan, están en peligro. Interpretan el resultado electoral como un respaldo a programas sociales indiferente a los procedimientos democráticos. Confunden conformación de mayorías con tiranía, y eso que nuestro sistema electoral no es de los que premian con creces al primero que saque un poco más que el resto.

La belleza de la democracia electoral que hemos conseguido, aun con dificultades, es que el voto de la comentarista con doctorado en Princeton y el de la joven que maneja un Uber cuentan lo mismo. Lo que este 2 de junio parece revelar es que los autodesignados defensores de la democracia liberal no están contentos con la distribución de poder resultante del sufragio universal. Es una posición enteramente legítima estar en la minoría y expresar descontento por el resultado mayoritario. Lo que resulta poco legítimo es que una de sus explicaciones centrales en los días siguientes a la elección pase por considerar ignorante o sobornado al electorado. Cuando los comentaristas defensores de la oposición hablan de un “ciudadano de muy baja intensidad”, comprado por programas sociales, hacen varias cosas poco decorosas y no muy lúcidas. Menosprecian el voto, la autonomía y la inteligencia de sus compatriotas. Reproducen un relato de larga data de la élite sobre la falta de ‘verdaderos’ ciudadanos en México, no sólo redolente de clasismo y racismo, como ya se ha criticado certeramente en una esfera pública ampliada (incluyendo las redes sociales y los comentarios en línea a los programas televisivos), sino crecientemente refutado desde la historia y las ciencias sociales. Como si hiciera falta dejar claro qué tan trasnochados están sus análisis, insisten en que la nueva presidenta vivirá a “la sombra del caudillo”, reproduciendo lugares comunes de una añeja visión del presidencialismo, sexismo incluido. También menosprecian la subida del salario mínimo, la política social existente y la estrategia de comunicación del gobierno, que, con todas sus deficiencias, parecen haber hecho una diferencia significativa para millones de mexicanos, entre los cuales claramente no se encuentran las clases altas que opinan en los platós televisivos. Además, los programas sociales, que esos comentaristas equiparan con clientelismo, en realidad se entregan con menos condicionantes e intermediarios que los del pasado, por lo cual hacen más difícil la coacción del voto. Aún más: los datos indican que el aumento de ingresos laborales fue la clave del crecimiento del voto a Morena, no los programas sociales. Y así como ignoran esos datos, escogen no preguntarse por qué incluso quienes están en los dos niveles de más altos ingresos votaron mayoritariamente a Claudia (la eligieron un 50% de quienes tienen ingresos de $50,000 pesos o más y un 52% de quienes ganan entre $15,000 y $50,000 —frente al 65% del grupo con ingresos menores a $10,000—). Evaden, pues, el análisis del legado de los gobiernos de 2000-2018 y refrendan el abismo que les separa de las mayorías de menores ingresos y del 50% de los que tiene condiciones económicas como las suyas.

Esa ciudadanía tan inesperada por los comentaristas tiene su propia historia. Algunos tuvieron una intensa escuela de democracia electoral cuando se organizaron para detectar conteos erróneos y trampas en 2006. Otros han participado, desde hace décadas, en luchas grupales que buscan defender el derecho al territorio, la vivienda o el agua. La lista es larga, y aunque la mayoría no se haya involucrado en políticas partidistas ni en movimientos sociales, parecen haber encontrado en el actual gobierno voces que apelaban más a sus preocupaciones, y de forma más verosímil, que en otros momentos electorales.

La incomprensión de los comentaristas también tiene su propia historia y sus propios marcos. Los detractores de la épica justiciera de la 4T la encuentran inflada y cursi, pero entre muchos votantes parece haber generado esperanza. Además, los comentaristas de la oposición, más que presentar una alternativa, reforzaron la oposición pueblo vs élite que la 4T puso sobre la mesa. Quizá no podría haber sido de otra manera. El problema es que la épica de los “integrantes de la comunidad cultural” que se pronuncian en la esfera pública no sólo se basa en una oposición autoritarismo vs democracia que muchos encontramos insostenible e irresponsable, sino que en última instancia proviene de las teorías de la transición a la democracia más clásicas y difundidas en ciencia política, las cuales han sido en buena medida superadas. Estas perspectivas adoptaron explícitamente la negociación entre élites como fórmula clave para la instalación de regímenes democráticos. Los comentaristas mexicanos vivieron muy cómodos en ese mundo donde las élites eran protagonistas de su propia épica de la democracia liberal y donde ellos mismos fungían como el cerebro de la operación. Para ellos, parece ser que la épica elitista no era una mera fase que traería nuevas olas de democratización, ni una mera sinécdoque de un proceso con muchos más participantes, sino la fase que querían perpetuar. No estaban listos para el aggiornamiento de una épica de los pobres o del pueblo, porque sus teorías no la previeron y porque no pusieron atención a las lecturas críticas de la teoría e industria de las transiciones a la democracia. Pero sobre todo no estaban listos para que una épica de los pobres resonara entre el electorado, para que el pueblo abstracto estuviera, en realidad, conformado por los votantes concretos. Despreciaron la épica de la 4T por populista y la consideraron su enemiga, reforzando así el antagonismo planteado por AMLO. Les cambiaron el tablero y las reglas del juego, y no se dieron cuenta. Quizá entonces no deba sorprender que la épica elitista haya caído en la parodia involuntaria revelada en los memes y las caricaturas políticas que hemos visto esta primera semana post-electoral. Cuando se pierde en democracia, la única salida decorosa pasa por la autocrítica que algunos sí han tenido el tino de invocar.

En comunicación política, el reinado del PRI en el siglo XX nos acostumbró a una apabullante distancia entre las palabras y las cosas. Además, en la era de la comunicación instantánea, los eslóganes se vacían rápidamente de contenido y entusiasmo. Aun así, lo que consiguió el gobierno que concluirá este mes de septiembre fue darle sentido y cuerpo a sus palabras, hacerlas creíbles, ni más ni menos que con un lema que perfectamente podría haber emanado del viejo cinismo priista: “por el bien de todos, primeros los pobres”. Se consiguió algo increíblemente difícil. O algo que a lo mejor ni era tan difícil: quizá sólo se requería un poco de honestidad y unos mínimos de efectividad.

Las instituciones de la democracia liberal, aunque las produzcan los ‘populistas’ que los ‘liberales’ repudian, funcionan: ahí también está su belleza. Hoy, a pesar de la gran distancia en votos que la separa de los ganadores, la oposición demanda un nuevo conteo, el “voto por voto, casilla por casilla” que denostaron en una elección tan cerrada como la de 2006. Esta vez les ampara la ley conseguida por los despreciados seguidores del “mesías tropical”, ese tropo racista, enquistado en una historiografía vieja y superada, encerrada en su laberinto. Marx sonríe en su tumba con el 18 Brumario al lado: la tragedia inicial se repite como farsa.

A las autoridades electas les queda lo más difícil, gobernar este país seis años más y con expectativas renovadas. La democracia liberal no lo es todo, pero puede abrir puertas, sobre todo cuando los votantes tienen opciones que les parecen claramente mejores que otras. Está por verse si con Claudia “llegamos todas”, pero ya sea en la esfera pública, ya en futuras elecciones, podremos protestar si el ejercicio de gobierno no cumple con lo posible, mientras seguimos bregando por lo imposible. La igualdad política que plantea el voto es disruptiva, pero a veces sólo da sus frutos en el muy largo plazo —que se lo pregunten a las sufragistas—.

Author