Las elecciones del 2 de junio marcaron un paso decisivo hacia la conformación de un nuevo régimen político y simbólico en México. Claudia Sheinbaum, del Movimiento Regeneración Nacional (Morena), obtuvo casi el 60 por ciento de los votos, el doble del porcentaje obtenido por la candidata opositora Xóchitl Gálvez, del Partido Acción Nacional (PAN). Trece años después de su creación, Morena—fundado en 2011 y desde entonces encabezado por el presidente saliente Andrés Manuel López Obrador (AMLO)—controlará ahora 23 gubernaturas estatales, 243 escaños en el Congreso y 60 escaños en el Senado (o 365 escaños en el Congreso y 83 Escaños en el Senado, contando aliados de Morena).

La abrumadora victoria de Morena da un nuevo impulso al meteórico crecimiento del partido. Alimentado por el liderazgo de AMLO, combinado con el hábil desempeño de los miembros más destacados del partido y la llegada a sus filas de figuras, grupos e intereses previamente alineados con otros partidos políticos ahora en declive, Morena representa hoy la fuerza definitiva en el panorama político mexicano.

Los resultados electorales también representan el colapso del régimen discursivo y narrativo de la llamada “transición democrática”. Desde mediados de los noventa, esta formulación se utilizó para referirse al horizonte definido por la derrota del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que había dominado la política nacional durante más de 70 años. Entendida como un cambio eminentemente político, esta transición introdujo un sistema multipartidista y los ideales e instituciones de la democracia liberal, moldeando los contornos de la vida pública en México durante casi tres décadas. Sin embargo, esta transición dejó de lado las preocupaciones sobre la desigualdad, la violencia y la corrupción, fenómenos que definieron a los gobiernos que se alternaron en el poder desde el 2000 en adelante.

Esta última elección solidifica el apoyo mayoritario al proyecto político de la Cuarta Transformación (4T) y consolida el liderato de Clauia Sheinbaum. Científica y política de impresionante trayectoria, la presidenta electa es representante del impulso renovador del movimiento lopezobradorista y el rostro más visible de una generación política formada fuera del PRI y al interior de movimientos de izquierda desde la década de 1980.

Alimentado por los resultados positivos del gobierno de AMLO y la ineficacia de la oposición, el triunfo de Sheinbaum marca una profunda reconfiguración de las fuerzas políticas y el eclipse de antiguas coordenadas que definían el debate y los horizontes de transformación que definieron la vida pública mexicana desde los años noventa. Potente pero contradictorio, el proyecto político encabezado por Sheinbaum constituye un dique contra el ascenso de la extrema derecha, el populismo punitivo y la sinrazón que se arraiga en otros países latinoamericanos.

“Por el bien de todos, primero los pobres”

Varios factores explican el innegable apoyo popular del que disfrutan el gobierno actual y la próximo presidenta. En términos generales, los mayores logros de la administración de AMLO han sido el resultado de una serie de reformas y políticas que han reducido las tasas de pobreza por primera vez en cuatro décadas y han aumentado los ingresos netos de los más vulnerables. Desde 2019, el salario mínimo ha aumentado constantemente, y los programas sociales de transferencias directas y las políticas de redistribución de la riqueza se han ampliado. Además, se han implementado grandes obras de infraestructura financiadas con fondos públicos, principalmente en las regiones del sur y sureste, áreas olvidadas durante décadas de desarrollo neoliberal.

En conjunto, estas iniciativas han aumentado los niveles de ingreso de millones de personas. También han incorporado flujos de desarrollo patrocinados por el Estado en regiones, comunidades y sectores sociales que se consideraban irrelevantes y prescindibles en los proyectos de las élites gobernantes anteriores.

Esta realidad se mezcla con la sensación de que Morena, lejos de ser un jugador más de la deteriorada y desacreditada partidocracia de la “transición”, representa una fuerza política diferente, con un proyecto y una visión política claros. Las campañas de Sheinbaum y Gálvez representaron un ordenamiento simbólico entre, por un lado, un proyecto para las mayorías sociales, representado en el lema de AMLO “Por el bien de todos, primero los pobres”, y, por el otro, élites que buscaban revertir el progreso social para enriquecerse como lo hicieron en el pasado. Aunque esta narrativa no coincide completamente con la realidad (durante el gobierno de AMLO los multimillonarios del país duplicaron su riqueza, según OXFAM), la gran mayoría de los votantes abrazó la plataforma de Morena.

Flexibilidad, pragmatismo y relevo generacional

Al interior del bloque gobernante, esta ruptura con el pasado se reflejó en la hábil forma en que los conflictos internos de Morena fueron neutralizados durante los procesos de selección de los principales candidatos del partido que participaron en las últimas elecciones. A pesar de las predicciones mal intencionadas de los comentaristas de la oposición, según quienes el partido colapsaría debido a su falta de institucionalización interna, las principales figuras de Morena actuaron con enorme disciplina, sin duda nutrida por la fuerza del liderazgo de AMLO. La mayoría de sus miembros y estructuras demostraron una gran capacidad de adaptación pragmática para incorporar disidencias y desacuerdos puertas adentro.

Más allá del proceso interno que condujo a la candidatura de Sheinbaum, una importante y acertada decisión fue la elección de Clara Brugada para postularse para la jefatura de gobierno de la Ciudad de México. Importante líder formada en la tradición de la izquierda popular urbana, Brugada encabezará la ciudad que es bastión histórico de la izquierda y que hoy alimenta las filas del partido Morena.

La elección de Brugada como candidata por la Ciudad de México no obedeció a una lógica pragmática. Su rival interno, Omar García Harfuch, dio señales de tener mayores posibilidades de ganar en la carrera por la alcaldía. Sin embargo, la selección de Brugada obedeció a la voluntad de no alienar a las bases sociales de Morena en la capital, incluso cuando Sheinbaum apoyó la candidatura de García Harfuch. En ésta y otras decisiones de gran calado, el partido ha demostrado flexibilidad, cohesión y fuerza.

A pesar de su centralidad en el movimiento y el partido, AMLO parece haber dado un paso atrás, abriendo el espacio para la consolidación de nuevos líderes, empezando por Sheinbaum. Asimismo, el movimiento cuenta con cuadros de funcionarios y operadores capacitados en el gobierno, tanto a nivel federal como en la Ciudad de México, lo que ha permitido un recambio generacional poco común dentro de los partidos de izquierda latinoamericanos. La próxima prueba que deberá afrontar Morena tras su triunfo electoral es el congreso del partido que se celebrará en septiembre de 2024, en el que renovará su liderazgo local y nacional.

Renovación simbólica

Más allá del dominio de Morena en todos los ámbitos de la política mexicana, el triunfo más significativo de la 4T se ha dado en el terreno de lo simbólico. Al contrario de lo que se argumenta en los círculos críticos de la oposición, especialmente de izquierda, este no es un logro menor. Al confrontarse directamente con las ideas, modos y representantes del sistema político de las últimas dos décadas, la 4T invoca prácticas e ideales políticos que presentan un amortiguador tanto contra los intentos de restaurar viejos acuerdos repudiados por la población como contra el crecimiento de fuerzas de ultraderecha como las que han florecido en otros países en los últimos años. De ahí que la victoria de Morena pueda leerse como el cierre del proyecto histórico del llamado “régimen de transición” encabezado por el PAN, PRI y PRD.

El éxito de la narrativa de la 4T funciona en múltiples niveles. En primer lugar, durante los últimos seis años, ha desplazado del centro del debate público a las figuras políticas e intelectuales que defendían un modelo de democracia liberal elitista que había dado forma al debate público y a la acción política partidista desde mediados de los años noventa. Esto ha tenido efectos importantes en el colapso de la legitimidad de periódicos, estaciones de televisión y revistas que hasta hace unos años monopolizaban el sentido común de la vida política posterior a la “transición”. En otro nivel, esto se ha manifestado en el colapso ideológico de los viejos partidos políticos del siglo XX, cuyos líderes y cuadros ahora parecen totalmente desprovistos de ideas, iniciativas y perspectivas.

Al mismo tiempo, esta narrativa también ha servido para movilizar, incorporar y politizar a millones de ciudadanos que hasta hace unos años permanecían al margen de la vida política nacional. En conjunto, estos hilos de renovación simbólica y narrativa plantean una profunda transformación que marcará la vida política del país durante décadas, obligando a reformar el sistema de partidos más allá de las viejas hojas de ruta de la “transición”.

Mientras este cambio no sea reconocido en las filas de la oposición, una derrota electoral de Morena parece difícil en los próximos años. En términos históricos, parece incuestionable que asistimos al momento de consolidación de una nueva era cuyo desenlace es aún incierto pero que será difícil revertir.

En términos políticos, este triunfo electoral también expresa la maduración de la sociedad civil, que hasta ahora no había logrado consolidarse como un organismo político que viera en el voto una herramienta confiable de resolución política. Víctima de la supervivencia del viejo régimen corporativo, del fraude y de las instituciones electorales, la sociedad civil mexicana ni siquiera en 2018 tenía la certeza de que el mandato de las mayorías sería respetado. Esta es una marca definitiva del actual momento político en México: la gente salió decidida a votar bajo la certeza de que la elección sería el factor determinante para darle continuidad —o no— al proyecto de la 4T.

Errores y pasos en falso

Sheinbaum enfrenta un horizonte marcado por los errores y debilidades del proyecto de López Obrador. De particular preocupación es el enorme empoderamiento de las Fuerzas Armadas durante la administración de AMLO, así como su negativa a rendir cuentas por los crímenes cometidos por miembros del Ejército y la Marina desde la época de la llamada Guerra Sucia hasta la actualidad.

Quizás la herida más dolorosa de este sexenio sea el estrepitoso fracaso de los esfuerzos oficiales por brindar certidumbre y justicia a las víctimas de la represión estatal de décadas anteriores, así como a los miles de familiares de los desaparecidos. La crisis de desapariciones se sintetiza en el caso emblemático de los 43 estudiantes de Ayotzinapa en 2014. AMLO dejará el cargo con ese caso aún pendiente. La nueva presidenta tendrá que lidiar con ese fracaso y con el papel decisivo que hoy juegan las Fuerzas Armadas en el aparato de gobierno que hereda.

La compleja relación del gobierno con la izquierda social, que seguramente confrontará al gobierno en la búsqueda de respuestas a sus demandas, será el termómetro que permitirá saber hasta qué punto tanto el partido como el gobierno mantienen un compromiso activo para representar los intereses de la mayoría de los mexicanos.

Hay otros temas pendientes que afectan la vida cotidiana de millones de mexicanos y que el nuevo gobierno deberá abordar de manera prioritaria. Primero, sería peligroso que el triunfalismo impida a Morena tomar en serio la necesidad de pensar en nuevas estrategias para enfrentar la continua expansión del poder territorial, armado y económico del crimen organizado, cuyas redes siguen creciendo y mutando mes a mes a lo largo de todo el país. Otro peligro radica en el empoderamiento de personajes y grupos políticos parasitarios y dañinos, como el Partido Verde Ecologista de México (Verde), agrupación que representa los peores vicios de la caduca partidocracia, pero que al amparo de la alianza de Morena ha logado consolidarse como la segunda fuerza en el Congreso.

Finalmente, es imposible posponer más la creación de una estrategia nacional para abordar adecuadamente los ya visibles y dramáticos estragos de la catástrofe climática global. Uno de los grandes errores de la administración de AMLO —y que sin duda pesará mucho en el juicio histórico de su gobierno en el futuro— ha sido la ceguera de su gobierno ante la vulnerabilidad en la que la catástrofe climática ya está dejando a millones de personas a lo largo y ancho del mundo.

México, el mundo, y el ascenso de la ultra-derecha global

Un desafío siempre presente para los gobiernos de México es la relación con su vecino del norte. Dado que ambos países celebran elecciones presidenciales este año, las perspectivas para Sheinbaum serán especialmente desafiantes en caso de un triunfo republicano que regrese a Donald Trump a la Casa Blanca. Cada país es el principal socio comercial del otro y, al compartir la frontera más transitada del mundo en términos comerciales, ambos gobiernos tendrán que navegar, junto con Canadá, una revisión del acuerdo entre Estados Unidos, México y Canadá (conocido como T-MEC en México) en 2026.

México y Estados Unidos enfrentan conjuntamente una crisis migratoria sin precedentes. Ya en su primer discurso, la presidenta electa prometió una relación respetuosa entre vecinos. Sin embargo, añadió que México debería girar hacia el sur, adhiriéndose al principio de que una política internacional activa y soberana es la forma más apropiada de abordar la relación asimétrica de nuestro país con Estados Unidos.

El triunfo histórico de Morena también plantea peligros en el frente político. Como ha sucedido en otros países latinoamericanos y en Europa, en México podría tomar forma una nueva extrema derecha reaccionaria, alimentada por el colapso de los partidos conservadores tradicionales. En el contexto de una eventual erosión del proyecto 4T, es sólo cuestión de tiempo que surja un renovado frente de derecha en el país. Sin embargo, y a diferencia de otros países como Argentina, Ecuador y El Salvador, donde el declive de las viejas clases dominantes dio paso al surgimiento de alternativas destructivas de ultraderecha, en México la 4T todavía tiene la ventaja de representar en su proyecto una alternativa viable al deterioro y al descontento provocados por el régimen neoliberal.

Más allá de las críticas –que no deben cesar a lo largo del sexenio de Claudia Sheinbaum– hay que reconocer que, en el actual contexto latinoamericano y global, la 4T representa un proyecto que es crucial defender en la medida en que constituye una barrera contra el avance de la ultraderecha, del populismo punitivo y del absurdo de gobiernos como el de Nayib Bukele, Javier Milei o Dina Boluarte.


Este texto fue también publicado en inglés en el sitio de NACLA.

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