En días venideros se hablará, sin duda, del enorme legado que nos deja Carlo Ginzburg.

Se hablará del paradigma indiciario, ese que define el espacio epistémico donde habita la historia, flanqueada por las ciencias galileanas y por la literatura. Un paradigma que no renuncia a la elaboración de modelos y teorías rigurosas, pero puestas al servicio de un tipo muy particular de indigación empírica: la que se caracteriza por persiguir cualquier tipo de pistas que permita dar respuesta a esa inquietud humana que nos acompaña desde que éramos cazadores: «por aquí pasó algo».

Se hablará, también, de la microhistoria, método que, partiendo de la reconstrucción minuciosa y detallada de casos concretos en contextos bien delimitados, concluye aparentemente en todo lo contrario: el descubrimiento de estratos temporales de larga duración.

Se hablará de su apasionado afán por recuperar la vibrante, creativa y contestaria cultura popular, no ya desde las grandes estructuras anónimas, sino —y allí estaba el desafío— restituyendo la agencia y la voz de sus protagonistas, en un momento en el que la historia oficial había decretado que eso —a diferencia de lo que ocurría con la cultura de élites— era tarea imposible. ¿Quién no ha sentido una enorme admiración por el valor que demostró Menochio, el molinero, quien, sabedor del peligro que efrentaba, se empeñó en ser escuchado (“yo tengo algo que decir”)? ¿Quién no sintió una profunda tristeza por el trágico  final de este héroe anónimo del siglo XVII? 

Se hablará de su apología de la prueba como criterio de verosimilitud de los relatos históricos frente al desafío de un giro lingüístico, en voga en aquel entonces,  que muchos entendieron —creo que de forma errónea— como la imposibilidad de trascender el ciclo por el que unos textos remiten a otros y así de forma infinita hasta convertir el pasado en un horizonte opaco e inalcanzable y a nuestra disciplina en un mero juego retórico, donde las interpretaciones en pugna sólo se diferencian por su consistencia y calidad literaria.

Se hablará de la vasta erudición que desplegaba en sus textos con gesto borgesiano, aunque sin alardes, como fragmentos necesarios que iban dando forma al enigma que nos invitaba a resolver paso a paso, pieza a pieza.

Se hablará de su compromiso político; de su antifascismo y de su inquebrantable lealtad hacia los viejos amigos, como cuando defendió a Adriano Sofri de una falsa acusación de asesinato —proceso del que concluyó el paralelismo entre la tarea del historiador y la del juez, ambas sometidas a la lógica que rige los saberes indiciarios.

Se hablará de su incesante diálogo con la antropología (“El inquisidor como antropólogo” titulaba —¡qué genialidad!— a uno de sus textos más citados), y de cómo, de la mano de Marc Bloch y E. P. Thompson, elevó la antropología histórica a niveles difícilmente superables.

Se hablará de todo esto y de mucho más. Por mi parte, sólo quisiera añadir dos cosas a esa extensa lista, y espero que me disculpen si poseen un carácter marcadamente personal.

La primera: ¿qué es lo que aprendí con Ginzburg? De entrada, claro, algunas cosas de esas de las que “se hablará en días venideros”. Pero hay algo que, como decía mi abuelo, vale más que una dentadura sana. Con Ginzburg aprendí cómo podían formularse nuevas preguntas al pasado y a construir un problema donde parecía que nada había ocurrido (“por aquí pasó algo”). Aprendí, en definitiva, a mirar la historia de otro modo, muy distinto al que me habían enseñado hasta entonces. Como reza la máxima kantiana: Ginzburg no me enseñó historia, sino a historiar.

La segunda tiene que ver con su personalidad. Tuve la suerte de conocerlo gracias a la generosidad —y aquí el término adquiere su pleno sentido mexicano— de mi carnal Carlos Ríos. Coincidí varias veces con Ginzburg. Pero recuerdo especialmente la primera. Fue en casa de Carlos, en noviembre de 2008. Aterrado ante la idea de ver aparecer por la puerta a un gigante, pronto me invadió la sensación de estar ante una persona afable, tranquila, que gustaba de escuchar con atención antes de hablar y que, por algún motivo que aún no logro vislumbrar, parecía tomarse en serio la opinión de ese pequeño grupo de cinco jóvenes que comenzábamos nuestra andadura por la academia. Divertido e irónico, discutimos entre colombianos, españoles, mexicanos e italianos quién tenía “la suerte” de contar, por aquel entonces, con el peor presidente de gobierno —tema no menor, cuestión de orgullo patrio, asunto de Estado.

Recuerdo también su insistencia en que debía rematar el libro que yo en ese momento estaba escribiendo sobre E. P. Thompson, porque —me decía—, “no podemos encarar el desafío de hacer otra historia sin su legado”. Y me explicó por qué, con una convicción y una pasión difíciles de olvidar. Cuando llegué a casa ya de madrugada, con unos cuantos tragos de más, me di inmediatamente a la tarea de escribir; labor que desempeñé con una energía y una clarividencia de esas que sólo en contadas ocasiones tienen a bien visitarnos.

Hay algo de magia, de mística, si lo prefieren, en este extraño acontecimiento. Y creo que la respuesta tiene algo que ver con ese poder taumatúrgico que su admirado Marc Bloch desentrañó hace ya más de cien años en un libro memorable: un poder que proviene del carisma y que, a través del contacto físico, produce en quien lo recibe —y cree en él— la cura, la energía física y la fuerza espiritual.

Ginzburg, en todo caso, no era uno de esos reyes taumaturgos ungidos por Dios, portador de cetro y espada, dotado de una superioridad moral que lo situaba por encima de aquel triste séquito de alumnos aquejados, como estábamos, por el mal de las escrófulas —producidas, en este caso, por nuestra inexperiencia historiográfica y el odioso bloqueo de escritura—. Al final del clásico de Mijaíl Romm “Lenin en octubre”, de 1937, un obrero expectante que ve por primera vez en persona al líder bolchevique sonríe y exclama: “¡Mirad, es como nosotros”! Ginzburg, el taumaturgo, también era como nosotros. Como lo fue Menocchio. Es en ese intersticio, en el que lo extraordinario y lo común se descubren mutuamente, donde se forja el material del que está hecha la historia.

«Dulce et decorum est pro patria [historiae] mori»

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