El futbol nos coloca nuevamente frente a un espejo incómodo. Empezó el Mundial, y la emoción de ver a las selecciones del mundo disputar el trofeo más codiciado del deporte choca de frente con el desencanto de constatar cómo ese evento ha sido devorado por el capital.
Hace poco encontré una imagen que resume perfectamente lo que hemos perdido: la grada del Estadio de Neza del partido Escocia vs Uruguay del Mundial de 1986. La pequeña tribuna luce abarrotada de gente disfrutando del futbol, en el corazón de una localidad de clase trabajadora, una de las más pobladas de nuestro país. Esa foto es el testimonio de que, hace apenas unas décadas, la Copa del Mundo era un fenómeno popular.
Hoy, sin embargo, la mano de Midas del neoliberalismo ha tocado el futbol para convertirlo en una maquinaria de especulación financiera. Lo que antes podía ser una experiencia proletaria se ha transformado en un espectáculo de mercadotecnia pensado para los ultra-ricos. Los precios prohibitivos y los paquetes de “hospitality” dejan claro que el evento ya no está diseñado para el aficionado promedio, sino como entretenimiento exclusivo de los que más tienen y como un medio para alimentar el estatus de los influencers en redes sociales.
El problema no se agota en la exclusión de los estadios. Las personas que no tienen posibilidad de disfrutar de los partidos en vivo son quienes más han padecido las obras que desde hace meses, a las carreras y con mala planeación, buscan adecuar el espacio público de las sedes mundialistas a los lineamientos de la FIFA. Si bien es cierto que algunas intervenciones —como la remodelación del metro— traerán beneficios colectivos a largo plazo, la experiencia confirma que los verdaderos dividendos de estas inversiones millonarias se quedan en el sector empresarial. Además, este tipo de eventos aceleran la turistificación y disparan los precios de los servicios y la vivienda, precarizando aún más los entornos urbanos.
Por si no fuera suficiente, el gigante anfitrión de este Mundial, Estados Unidos, vive uno de los momentos más sombríos de su historia contemporánea. Su presidente, a quien la FIFA otorgó un premio de la paz, lidera hoy una política de persecución y criminalización hacia los migrantes, entre tantas otras despreciables agendas.
Ante este panorama, ¿no sería lo más coherente y consecuente boicotear el evento? Sin duda. Y, aun así, muchos nos reunimos a ver la inauguración y hemos visto los juegos de la fase de grupos. Como cada cuatro años, las quinielas y el análisis de los partidos han ocupado gran parte de conversaciones. Nos emocionamos, gritamos los goles y celebramos las victorias. Hay que aceptarlo: estamos gozando de este infame Mundial… ¿Cómo posicionarse ante esta situación?
Quizá no haya más respuesta que, como en tantas otras dimensiones de la vida, aceptar la contradicción. Pero hay algo en la naturaleza masiva y popular del futbol que permite llevarla de mejor manera. Vinculado en sus orígenes a las organizaciones sindicales y a los barrios obreros, es el deporte de conjunto más practicado y seguido en el planeta. Una encuesta de hace dos décadas registraba más de 270 millones de futbolistas (hombres y mujeres) que lo practicaban de forma regular. Se calcula que hay alrededor de 3,500 millones de aficionados en el mundo. Más de 5,000 millones de personas sintonizaron el Mundial de 2022, una cifra que se espera batir en esta edición. Un último dato: la FIFA cuenta con 211 miembros, 18 más que la ONU.
Estos números explican por qué es un negocio tan jugoso, pero también dicen mucho sobre la naturaleza de este deporte: reglas básicas, fácil acceso, hermoso equilibrio entre técnica y táctica, y esa característica tan particular de ser un deporte sostenido en el juego colectivo, pero donde la genialidad de un solo individuo es capaz de cambiarlo todo. En términos de tensión, la escasez de anotaciones lo vuelve profundamente dramático. Y quizá lo más importante: sólo se necesita un balón (y a veces ni siquiera eso) para practicarlo.
Personalmente, tengo una relación muy estrecha con el futbol. Lo jugué desde la infancia y hasta hace no mucho de manera regular (en los dos sentidos de la palabra: como práctica cotidiana y con un nivel mediocre). Cada fin de semana veo algún partido por la tele y, cuando pude, asistí de manera frecuente al estadio. Si tuviera que explicar qué me provoca, diría que es la cosa más trivial que más en serio me tomo; la menos importante de las causas que me generan euforia o frustración. También debe de ser la actividad más inútil (ajena por completo a la productividad, la formación, los cuidados o la política) a la que más tiempo le he dedicado.
Pero he aquí lo maravilloso: mi experiencia no tiene nada de excepcional, es igual a la de millones de personas. Y es allí, en lo compartido, donde la contradicción se vuelve habitable. En un mundo empeñado en atomizarnos, el futbol se mantiene como un espacio de convergencia donde confluyen las frustraciones y las expectativas de millones de desconocidos. Es cierto: el capital saca grandes ganancias de esta situación, pero esta experiencia común, masiva y transversal desborda, por mucho, las lógicas del mercado.
Volvamos a esa postal de 1986: es imposible no sentir nostalgia por una época en la que el deporte no estaba secuestrado por la hipermercantilización y el Mundial aún no expulsaba a la gente común de sus tribunas. Pero la alegría de ver un gol o la frustración de una derrota no deben ser hoy tan distintas a las de los aficionados que acudieron al Neza 86 hace cuarenta años. Al final, esas emociones, tan inútiles como genuinas, son algo que ni la FIFA, ni el neoliberalismo, ni el racismo de Trump nos pueden quitar.
