La matriz de clase, de Vivek Chibber, es —a pesar de su título, de corte más bien teórico— una excelente herramienta de reflexión para militantes, y en tal utilidad está el origen de este artículo. Hace unos años, en esta misma revista —y en esta misma columna—, Alejandro Estrella dedicó un artículo, dividido en dos partes, a las críticas de Vivek Chibber a las teorías postcoloniales. Chibber, contra el cuestionamiento que las teorías culturalistas han hecho del marxismo, defiende que todos los individuos de la especie humana comparten al menos un interés esencial: su bienestar material; es decir, sus condiciones de reproducción. La matriz de clase acomete, en realidad, el mismo problema, tal y como lo revela su subtítulo, La teoría social después del giro cultural. Y lo hace atendiendo el debate sobre la independencia o no de la cultura respecto de los intereses materiales y, en el caso de que la independencia no fuera tal, sobre el grado de autonomía de la superestructura, En este aspecto preciso, Chibber matiza sus posiciones precedentes y, sin tirar por el retrete sus anclas previas, concede valor analítico y descriptivo a algunas de las posiciones culturalistas. (A otras les niega el pan y la sal: por ejemplo, cumple con el ritual del feligrés analítico de aporrear a Althusser cada vez que se vislumbra el más mínimo resquicio, venga o no al caso). No pretendo rejuvenecer un debate más o menos marchito; por el contrario, lo que me incita a escribir, como decía, son las conclusiones militantes que laten de fondo.

Chibber concita lo mejor (y lo peor) del marxismo analítico. Las premisas del individualismo metodológico ofrecen lo que ofrecen y no engañan a nadie. Los individuos, dada la división de acceso a la propiedad y la existencia del trabajo asalariado, se distribuyen en un espectro de clases con distintas combinatorias. Sin embargo, eso no implica necesariamente que actúen como competidores aislados. Hay una estrategia individualista y otra colectiva, y el problema basal es el paso de la primera a la segunda. Chibber estima que los capitalistas no necesitan actuar colectivamente, lo cual me parece un error craso en su exposición. Dice Chibber que la agencia de cada capitalista es autónoma y no necesita articularse como clase porque la misma estructura lo hace. Eso plantea dos dificultades no resueltas sobre el Estado capitalista. 1) Si cada capitalista busca su beneficio individualmente sin necesidad de cooperar políticamente con el resto, no hay más remedio que pensar el mercado como un espacio de intercambio libre exento de política (otra cosa es que la clase obrera le obligue a embridar algunos de sus rasgos más lesivos). Desde mi punto de vista, yerra porque sí existe esa necesidad. La hipótesis de La matriz de clase obvia la creciente relevancia del Estado en la conservación de la tasa de ganancia. Se podría traer a colación el nuevo debate Brenner sobre el “capitalismo político” o, para darle un mayor recorrido histórico, el llamado “keynesianismo militar”, que analizaron Paul Sweezy y Paul Baran, o incluso la descripción de la función del Estado en el imperialismo según Bujarin (por citar meros ejemplos a vuelapluma). No obstante, el Estado es hoy el agente cuantitativamente más grande en el mercado y lo organiza según las necesidades de la clase capitalista. 2) Chibber soslaya, además, una de las funciones clave del Estado: construir como clase a los capitalistas. Es cierto que esta tesis la desarrolla un proscrito para la analítica como Nicos Poulantzas, pero eso no obsta para que acierte, aunque sea en el fondo. Para Chibber, a la clase capitalista no le urge constituirse como clase, decía, porque mercado y propiedad juegan a su favor. Sin embargo, los intereses de los capitalistas no siempre coinciden, y en ocasiones se oponen entre sí, por un lado. Por otro, la pulsión capitalista por el beneficio haría saltar en no mucho tiempo toda la organización social. Dicho de otro modo, los productos audiovisuales postapocalípticos que atestan las plataformas de televisión tornarían en novela costumbrista.

La tesis de Poulantzas sobre el Estado capitalista tiene una segunda pata. De acuerdo, el Estado construye una unidad de clase capitalista en torno a una de sus facciones bajo el supuesto de que esta tiende a no constituirse por sí misma, pero el Estado cumple, simultáneamente, una función inversa con la clase obrera: la disgrega e impide que se organice como proletariado. Por supuesto, aquí aparecen la coacción y el consentimiento (para usar los términos que emplea Chibber); esto es, la ideología y la hegemonía. En Chibber, la negación de la ideología es el precio a pagar para obtener mayor libertad descriptiva de la construcción de la hegemonía. La clase obrera no deja de actuar como clase porque esté engañada por las instituciones capitalistas de reproducción ideológica. La clase obrera no es tan estúpida como para ignorar su explotación, como para no indignarse con las situaciones de desigualdad social o precariedad. No es tan ingenua como para no ver la contradicción entre el discurso y su vida cotidiana. No padecen un “constante colapso cognitivo”, afirma Chibber. La dominación ideológica está ahí, claro, pero las instituciones capitalistas crean consenso, consentimiento, como consecuencia de la estabilidad del capitalismo —es decir, no son la causa de la reproducción del sistema—. Esta hay que buscarla en la racionalidad de los sujetos. El obrero y la obrera optan por resignarse, porque calculan los costes del combate colectivo y estiman que incurren en menores costes si se buscan la vida cada uno por su lado. La resignación significa adoptar la estrategia individual frente a la colectiva. Esto es, se comportan como idiotas —en el sentido ático—, pero no son estúpidos. En suma, el consentimiento es eficaz si y sólo si el capitalismo está en un ciclo económico ascendente, pues ello significa estabilidad, mientras que fracasa en situaciones de crisis económica. Pero, incluso en este caso, subyace la resignación entendida como la elección racional de no constituirse como clase.

La resignación no es un atributo esencial de la clase obrera, es la estrategia racional dominante de los individuos en tres situaciones de esa matriz de clase que da título a la obra. Su efectividad y visibilidad dependen de dos variables: crecimiento económico y grado de organización de la clase obrera. Si nos encontramos en una situación de expansión capitalista y alto grado de organización de la clase obrera, la solución más probable es “consentimiento a través del intercambio político”. Traducido históricamente: el alto grado de organización obrera tras la II Guerra Mundial, combinado con la expansión capitalista de los “treinta gloriosos” (1945-1973), se compadeció con una mejora sustancial de las condiciones de vida de la clase obrera tanto en los salarios reales como en los salarios indirectos. Hay consentimiento en cuanto no se cuestiona el orden capitalista, pero este se consigue a costa de que el capitalista sacrifique parte de sus beneficios. En su descripción histórica, Chibber olvida, en cuanto desprecia la acción de los capitalistas como clase, la relevancia del miedo a procesos revolucionarios amparados, en aquellos años, por el mito positivo de la Unión Soviética. En cualquier caso, la explicación completamente endógena del proceso histórico es coherente y útil. Una segunda posibilidad combina crecimiento económico alto y escasa organización de clase. Nos encontraríamos aquí con una situación donde la eficacia social recaería sobre el “consentimiento gramsciano”; esto es, la hegemonía tal y como la analizaron los estudios culturales. En ambos polos de la matriz, la resignación persiste, pero encubierta por el consentimiento. Para Chibber, entonces, la resignación es la clave de bóveda de la reproducción histórica del capitalismo, la explicación última de la supervivencia del capitalismo.

¿Qué pasa si nos encontramos en una situación de crisis económica como la que vivimos? Pues depende de la segunda variable. Si hay un grado alto de organización de la clase obrera, nos encontramos en una situación de “desafío sistémico”, en la anhelada situación revolucionaria. Aquí y sólo aquí la resignación no cumple el papel central de sostenimiento del sistema capitalista y, cuando ella cae, la niebla ideológica que lo emborrona todo se disipa. Por último, una situación de crisis o bajo crecimiento económico y escasa o nula organización de clase obrera despliega la resignación en todo su esplendor.

Matriz de clase

     Alto crecimiento económicoBajo crecimiento económico
Baja organización de la clase obreraConsentimiento gramsciano (neoliberalismo hasta la crisis de 2008)Resignación sin consentimiento (procesos de emergencia y consolidación de la reacción y el populismo derechista)
Alta organización de la clase obreraConsentimiento por intercambio político (capitalismo reformista del Estado del Bienestar)Desafío sistémico (situación revolucionaria)
Elaboración propia a partir de la tabla del propio Chibber.
Marco en negritas las situaciones donde la resignación subyace y explica la continuidad del capitalismo.

Esta larga recensión analítica nos conduce a la parte más importante de la obra, aquella que la convierte en indispensable para militantes. Dentro de la tabla —de verdad, matriz— que propone Chibber, no cabe discutir que nos encontramos hoy en el arquetipo de la combinación de baja organización de la clase obrera y bajo crecimiento económico. Todos los ciclos ascendentes, revolucionarios o no, con sus aciertos y errores, están siendo barridos por un crecimiento descomunal de nuevas derechas que alardean de un todos contra todos bajo las carcasas nacionalista, racista, sexista y/o tecnofeudal. El último intento de conseguir un “consentimiento a través del intercambio político” en Europa —hablo del ciclo tras la debacle de 2008, que va de Syriza a las Marchas de la Dignidad— no es ya ni nostalgia, esa pasión triste, de lo que pudo haber sido.

Además, las organizaciones de izquierdas —y en ello mete Chibber el dedo en la llaga—, ante la incapacidad táctica de sacar de su resignación (completamente racional) a la clase obrera, viven prácticamente de espaldas a ella y conforman su base en el “estrato profesional con formación universitaria”. Eso tiene dos efectos complementarios —este corolario es mío y no de Chibber—: por un lado, se prefieren reivindicaciones propias de ese estrato social —políticas de la identidad y de prevención de ciertos sectores de las clases profesionales contra la proletarización de su posición de clase—, que no interpelan a la clase trabajadora. Por ejemplo, en España durante el 15M se hizo popular esta consigna: “No nos vamos, nos echan”. Se denunciaba así la situación de los universitarios y posgraduados que salían de España a hacer carrera profesional, contra su voluntad de permanecer en territorio patrio. Sin embargo, esta consigna no contaba ni con las trabajadoras migrantes que regresaron silenciosamente a sus países de origen porque habían caído en la miseria absoluta —a ellas también se las echaba— ni con aquellos que por su formación no universitaria no tenían adónde escapar más allá de la pensión de sus padres. Por otro lado, la política obrerista se limita a un “a mí los valientes” vacuo y que repercute negativamente sobre la misma acumulación de fuerzas de las clases trabajadoras. Esta estrategia consiste básicamente en multiplicar infinitamente las convocatorias y los movimientos bajo dos premisas igualmente erróneas. La primera es que el movimiento conduce a mayor movimiento por sí mismo, a la cual se le suma una segunda que provoca un darse cabezazos contra el mismo muro, una y otra vez: en algún momento encontraremos la protesta que prenda la chispa de la conciencia de clase. Los efectos de este llamado continuo a la movilización todo el tiempo y por cualquier reivindicación —las más de las veces, más bien, por una suma de reivindicaciones aleatorias sin conexión interna o directamente contradictorias entre sí— los describe a la perfección Chibber:

La dificultad de la tarea de crear una organización no está simplemente en exhortar a los trabajadores para que pasen a la acción; está en atraerlos a la militancia cambiando la matriz riesgo/recompensa que normalmente les aleja de la opción de unirse o participar en campañas, lo que haría que la estrategia colectiva fuera una opción más atractiva. Si los costes son demasiado grandes o las campañas acaban encallando, la solidaridad o bien nunca surgirá o empezará a erosionarse. En ese caso, los trabajadores empezarán a dejarse llevar hacia la seguridad de mantener las cabezas bajas y regresar a la estrategia de reproducción más segura e individual.

Chibber reclama, en consecuencia, una renovación táctica de las organizaciones anticapitalistas que tenga en cuenta que partimos de una asimetría estructural; que existe una quiebra en la simbiosis entre movimiento obrero y pensamiento anticapitalista, recluido este en las profesiones liberales y en la academia; y que estamos ante una situación que los clásicos llamarían de reflujo o repliegue del movimiento obrero; esto es, de resignación en las clases populares que viran de algún modo hacia salidas populistas (sin obviar que gran parte de ese viraje al populismo de derechas está comandado por el horror de ciertas facciones de las clases profesionales a transformarse en meros proletarios). Una tarea para un Hércules colectivo, pero, con Chibber, es mejor ser conscientes de la posición de partida que adormecernos en cuentos consoladores.

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