CDMX, a 29 de noviembre del 2024

A las instituciones de educación superior
Al público en general

El lunes 25 de noviembre, alrededor de 350 intelectuales, periodistas, políticos, comentaristas, editores, consultoras, artistas, empresarios, comunicadores, arquitectos, escritoras, abogados, economistas, etc. firmaron un desplegado en el diario Excélsior. En él, los firmantes objetan la decisión de El Colegio de México de suspender de manera indefinida el Acuerdo que mantenía con la Universidad Hebrea de Jerusalén (UHJ). Si bien el desplegado ocupa toda una página del diario debido a la cantidad de firmas, el texto es bastante breve. Básicamente, es una defensa de lo que, según los firmantes, debe ser la Academia (la mayúscula es de ellos), así como de lo que es y representa la UHJ para el conocimiento universal.  

A cualquier lector medianamente informado le surgen muchas dudas sobre el contenido y los silencios del desplegado, pero me limitaré a los aspectos que me parecen más importantes. Va por delante que, desde una perspectiva intelectual y académica, la suspensión de convenios entre universidades está lejos de ser una medida ideal. La cuestión aquí es que estamos ante una serie de decisiones, de circunstancias y de hechos que rebasan, con mucho, el ámbito estrictamente intelectual y académico.

Los firmantes definen la decisión del Colegio como un “boicot académico”. Este tipo de boicots, nos dicen, “dicotomiza (sic) la realidad, se adhiere a una narrativa unilateral y atenta contra la libertad de pensar, disentir y cuestionar”. Llama la atención que los redactores del desplegado no digan una sola palabra sobre el largo proceso que se llevó a cabo en el Colegio y que desembocó en la decisión de las autoridades de la institución de suspender el Acuerdo referido. Este proceso llevó varios meses y en él estuvieron involucrados tanto estudiantes como miembros del claustro. Además, estuvo precedido de una reunión de varias horas de la comunidad del Colegio en su conjunto en la que se expresaron todas las voces que quisieron tomar la palabra y en la que quedó claro que no existía al interior de la institución una manera única de ver y de posicionarse ante lo que podemos denominar aquí “la cuestión palestina”.  

Llama también la atención que en el cuarto párrafo del desplegado se afirme que en la UHJ “los estudiantes judíos conviven con alumnos y maestros musulmanes y cristianos alimentando la diversidad que nutre el conocimiento”. Suena bien, sin duda, el problema es que no corresponde a la realidad. No sé cuántos de los 350 firmantes leyeron el Reporte de 12 páginas (sin contar el anexo) que elaboró una comisión ad hoc, creada en agosto de este año e integrada en partes iguales por estudiantes y profesores, cuyo objetivo principal era aportar a las autoridades del Colegio los elementos que les permitieran tomar una decisión. Es lógico suponer que, si un porcentaje importante de los firmantes hubiera leído ese Reporte, habrían surgido algunas voces que pusieran reparos de diverso tenor a la idílica convivencia sugerida en el desplegado.

Más importante aún, el Reporte presenta evidencias muy claras que la UHJ no sólo no desmintió (pues se le dio la oportunidad de hacerlo), sino que incluso aportó más elementos que demuestran la existencia de una colaboración estrecha entre la Universidad y varias entidades militares y/o de inteligencia del gobierno de Israel, entidades que han participado y siguen participando en lo que está ocurriendo en Gaza desde octubre del año pasado. Lo que está teniendo lugar allí es un genocidio en toda regla. Antes de que se me acuse de “antisemita”, aclaro que el término lo adopto y lo empleo con base en las cláusulas a, b y c (y muy probablemente d) del artículo II de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, que fue aprobada por la Organización de las Naciones Unidas desde hace nada menos que 76 años (concretamente, en diciembre de 1948, aunque entraría en vigor hasta enero de 1951).

Enseguida, el desplegado recurre a un artilugio muy socorrido cuando se pretende legitimar algo: en vez de dar argumentos, se citan estrellas rutilantes, en este caso del medio intelectual. Y vaya que lo son, por lo menos los tres primeros: Albert Einstein, Sigmund Freud y Martin Buber. Me limito al primero de ellos y, más aún, me limito a hacer llegar a los firmantes dos cartas escritas por Einstein. La primera está fechada el 25 de enero de 1936 y la segunda el 21 de enero de 1946. De ambas misivas (así como de muchas otras del propio Einstein que pude haber incluido aquí), cabe concluir que el creador de la teoría de la relatividad estaría en desacuerdo con el tono, los presupuestos, las amnesias y los objetivos, puros y elevados en apariencia, del desplegado de marras. De entrada, por una razón muy simple: Einstein no concebía al pensamiento como algo disociado de las decisiones y de las acciones públicas, sociales y políticas que se adoptan y se realizan, en lo individual y en lo colectivo. Para Einstein, el pensamiento no flotaba en el éter y no estaba aislado de esas realidades sociales y políticas en las que, para él, se definía lo verdaderamente humano. Se trata de una perspectiva vital y ética que adquiriría perfiles cada vez más nítidos a partir de 1933, que no haría más que intensificarse con la primera explosión atómica en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial y que lo acompañaría como una sombra hasta su muerte en 1955. Su postura respecto a Israel y a los palestinos es parte constitutiva de dicha perspectiva.

El desplegado que nos ocupa concluye afirmando que el intercambio (de ideas, de conocimientos, de saberes) es “la genuina expresión de la paz”. Una vez más, no puede dejar de llamar la atención el hecho de que los firmantes se declaren genuinamente preocupados por la paz y no digan una sola palabra sobre lo que está ocurriendo en Gaza desde hace más de un año, ni, ya que hablan de aulas, de Academia y de universidades en su texto, sobre la destrucción total de la infraestructura educativa palestina. Insisto en este punto: El Colegio de México no tomó la decisión de suspender el convenio con la UHJ a la carrera, a la ligera o por congraciarse con absolutamente nadie. La tomó porque la colaboración, referida más arriba, entre esa universidad e instituciones militares y de inteligencia israelíes está fuera de duda.  

Mientras se siga negando dicha colaboración, mientras se le justifique de mil maneras distintas y mientras en muchos medios occidentales se siga asumiendo que la muerte de casi 45 mil hombres, mujeres e infantes de todas las edades de la población civil es lo que corresponde merecidamente al pueblo palestino por las atrocidades cometidas por el grupo terrorista Hamas el 7 de octubre del año pasado, no sólo se están solapando y glorificando la fuerza y la violencia, sino que se están pisoteando derechos humanos básicos y, por si fuera poco, se está eludiendo la noción más elemental que se pueda tener del ser humano. No se pueden ignorar, pretender ignorar o poner entre paréntesis realidades humanas inaceptables. El desplegado lo hace al vestir su discurso como si fuera un noble intento por fomentar “el pensamiento crítico”, tal como los redactores plantean en el párrafo central del texto.

Son miles y miles las personas, en México y en el mundo entero, que tienen una visión muy distinta de lo que es el pensamiento crítico. Una visión discutible, como todas, pero, sin duda, menos aséptica y menos autocomplaciente respecto a la situación actual en el Medio Oriente que la asumida por el desplegado en cuestión.

Con su decisión —la cual, repito, dista de ser ideal—, el Colegio de México reivindica una noción del pensamiento crítico que reconoce la responsabilidad que tienen las instituciones universitarias cuando sus decisiones y sus acciones están vinculadas a violaciones sistemáticas de los derechos humanos. Además, es un reconocimiento explícito de que la academia, con minúscula, no existe en un vacío moral.

Roberto Breña
Profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México

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