Nueva presentación del libro de Antonio Negri, La fábrica de la estrategia: 33 lecciones sobre Lenin, publicado en español por Akal en 2004 y por Verso Libros en 2023. El texto original de Sandro Mezzadra es la presentación de la reedición italiana (La fabbrica della strategia: 33 lezioni su Lenin, Manifesto Libri, 2023, pp. I-XXIV). A continuación, se presenta la segunda parte; la primera, puede leerse aquí.
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En el gran debate sobre el imperialismo de las primeras dos décadas del siglo XX, el cual involucró tanto a teóricos liberales como John A. Hobson y a marxistas como Rudolf Hilferding y Rosa Luxemburgo, la posición de Lenin se distinguió por la claridad de las tesis presentadas y sus implicaciones directamente políticas. En particular, también en este tenor, se hace hincapié en la discontinuidad, ya anunciada por los procesos de reorganización del capitalismo en curso desde la década de 1890. En la incipiente crisis de la hegemonía británica, Alemania y Estados Unidos lideran un proceso de concentración de la producción, mediante la “combinación” de diferentes ramas de la industria en una sola empresa, dando lugar a la formación de monopolios y oligopolios. El resultado es una profunda transformación del modo de producción capitalista: “el viejo capitalismo”, escribe Lenin en su “ensayo popular” sobre el imperialismo (1916), “el capitalismo de la libre competencia, con su regulador indispensable, la Bolsa, pasa a la historia. Su lugar lo ocupa un nuevo capitalismo, que tiene los rasgos evidentes de algo transitorio, una mezcla de libre competencia y monopolio”[1]. La contradicción marxiana entre la socialización de la producción y la persistente apropiación privada de los productos y de la riqueza se vuelve aún más violenta. El dominio del capital se articula así necesariamente a nivel político, y si “en lugar de los capitalistas separados, surge un único capitalista colectivo”,[2] éste se aferra y se suelda a los procesos de concentración del poder en manos del Estado, asumiendo características nacionales. Al mismo tiempo, la nueva función de los bancos promueve una financiarización del capitalismo industrial y contribuye a empujar a los “capitalistas colectivos”, organizados con base nacional hacia la expansión espacial de sus operaciones y el conflicto imperialista.
Para Negri, la lectura de Lenin es “absolutamente correcta y adecuada a la realidad” de su tiempo, en particular en cuanto a la Gran Guerra. Aun así, Negri está impartiendo su curso mientras se acerca la victoria de la guerra del pueblo en Vietnam, y mientras las luchas antimperialistas aumentan en muchas partes del mundo. La redefinición del concepto de imperialismo es una urgencia política y teórica, sobre la que en esos mismos años está trabajando, en el Instituto de Ciencias Políticas de la Universidad de Padua, Luciano Ferrari Bravo.[3] Por eso, añade Negri en La fábrica de la estrategia, “hoy El imperialismo de Lenin es una obra que encuentra grandes limitaciones”. Es una afirmación que muchos años después se convertirá en una de las tesis fundamentales de Imperio (2000), el libro en coautoría con Michael Hardt en el cual se hace referencia a la intensidad de la crítica de Lenin al concepto político de imperialismo, y se le presenta como a alguien que “fue capaz de anticipar la transición a una nueva fase del capital que iba más allá del imperialismo mismo”.[4] No es éste el lugar para examinar la precisión de esta afirmación sobre la base de un análisis de los textos de Lenin. Más bien, vale la pena señalar que la tesis del fin del imperialismo se presenta hoy como problemática en una coyuntura en la cual la guerra de Ucrania parece manifestar más bien la presencia renovada de una pluralidad de imperialismos que compiten entre sí. Aun así, sigue siendo cierto que, como escribe Negri en La fábrica de la estrategia, el capital ha sido capaz de superar “dialécticamente” algunas de las contradicciones identificadas por Lenin; en particular, la denominación nacional de “capitalistas colectivos” ha sido profundamente cuestionada por los acontecimientos de las últimas décadas. Es con estos desarrollos que la renovación de la teoría del imperialismo debe hoy ser confrontada.[5]
Si renunciamos a tratar de encontrar una correspondencia literal entre su análisis del imperialismo y la situación contemporánea, Lenin sigue acompañándonos en este camino de necesaria renovación teórica. Una vez más, Lenin indica un principio esencial de método en sus escritos de los años de la Gran Guerra. Como señala Negri, su análisis del imperialismo está enteramente empeñado en fundar “ese pasaje dialéctico que es el pasaje insurreccional”, es decir, la necesidad y la posibilidad de la revolución obrera, la cual Lenin afirma enérgicamente desde el comienzo de la guerra. La “transformación de la guerra imperialista en guerra civil” es la consigna que formula Lenin ya en septiembre de 1914, mientras el entusiasmo nacionalista parece impregnar a las masas de toda Europa y la socialdemocracia alemana vota a favor de los créditos de guerra, seguida pronto por los partidos de otros países.[6] La táctica de Lenin, tan dúctil como siempre en aquellos años, se articula enteramente en torno a esta consigna, a menudo defendida en soledad dentro de su propio partido. “Y nosotros debemos saber adaptar nuestra táctica y nuestras tareas inmediatas a las características específicas de cada situación dada”, leemos en las Cartas desde lejos (marzo de 1917).[7] Y si al principio de la guerra Lenin todavía escribe que “es deber del proletariado de Rusia completar la revolución democrático-burguesa en Rusia con el fin de encender la revolución socialista en Europa”,[8] el desarrollo de la guerra y el proceso revolucionario iniciado en febrero de 1917 lo llevan a acelerar la política bolchevique, poniendo al orden del día la insurrección y la revolución proletaria.
No es el caso profundizar en la política de Lenin durante los años de la guerra, su incesante polémica con el “chovinismo social” en Rusia y Europa y su compromiso con la construcción de una Tercera Internacional. Se encontrarán muchas referencias a estos temas en el libro de Negri.[9] Me parece más relevante subrayar que en el análisis de Lenin de la guerra imperialista se revelan cambios de poder globales que se convierten en factores internos en la reformulación de la política comunista en Rusia y en la perspectiva internacional. Subyacente al replanteamiento de la cuestión nacional, por ejemplo, está sin duda la necesidad de luchar contra el nacionalismo “panruso”; pero también existe la conciencia de las crecientes luchas anticoloniales que hacen de la política comunista una política necesariamente global, desplazando el centro de gravedad europeo de gran parte del marxismo contemporáneo a él. Este último, escribe Lenin a finales de 1915, lee el movimiento de liberación nacional desde la perspectiva de la experiencia europea, donde “pertenece al pasado”; y no mira “hacia Oriente, Asia y África, hacia las colonias donde este movimiento pertenece al presente y al porvenir. Basta con citar a la India, China, Persia, Egipto”.[10]
En general, la guerra imperialista confunde las escalas geográficas y desestabiliza las fronteras que habían posibilitado una paz europea basada en la dominación en las colonias, “a través de guerras continuas, incesantes, ininterrumpidas, guerras que nosotros los europeos no consideramos como tales, ya que con demasiada frecuencia se parecen más bien a matanzas salvajes, al exterminio de poblaciones indefensas”; la guerra revela un mundo nuevo y, en la inmensa catástrofe de la destrucción de cuerpos y materiales, abre perspectivas revolucionarias sin precedentes.[11] Aun tomando en cuenta que se trata de una situación completamente diferente, esta lección sigue siendo extremadamente relevante para nosotros en una coyuntura caracterizada por cambios tan tumultuosos como los que Lenin presenció en la distribución del poder y de la riqueza en todo el mundo. La articulación entre la “geopolítica” y las luchas sociales vuelve a ser crucial, en una perspectiva de replanteamiento del internacionalismo, la cual ciertamente no puede remitir a las soluciones de Lenin, pero sí vuelve a plantear un problema fundamental de su política comunista. Y podemos repetir, con el líder bolchevique, que aquí también la necesidad de innovación es radical: de nada nos sirve “el argumento de la rutina, de la inercia, del letargo”, considerando que “queremos rehacer el mundo”.[12]
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“A quienes me preguntan cuál libro pueda introducirles mejor al marxismo”, escribe Negri en 2022, “les respondo: El Estado y la revolución de Vladimir Ilich Lenin”.[13] El análisis de este texto ocupa un tercio de La fábrica de la estrategia, y se ubica dentro del gran laboratorio de investigación, abierto por Negri desde principios de 1960, sobre las transformaciones del Estado capitalista.[14] Quien imparte el curso de 1972/1973 es todavía un profesor de Doctrina del Estado, aunque al Estado lo defina como “una impostura que hay que destruir”, en particular cuando en 1970 explica las razones por las cuales no incluyó la entrada “Estado” en el volumen sobre “Estado y Política” que editó para la Enciclopedia Feltrinelli Fischer.[15] Unos años más tarde, apoyará la “maliciosa observación” de Norberto Bobbio sobre la inexistencia de una doctrina marxista del Estado, confirmándola en cuanto al reformismo y al “movimiento obrero oficial”. Y, aun así, la vuelca en un “desafío dirigido a la construcción, para la transición comunista por parte de esta clase trabajadora, de una teoría de la destrucción del Estado”.[16] El Estado y la revolución de Lenin es sin duda el antecedente y el manifiesto imprescindible de esta teoría.
Cabe precisar algunas cuestiones. Este Estado a destruir, el cual no se merece ni una entrada en una enciclopedia que la titula, es estudiado por Negri con pasión, rigor y radicalidad verdaderamente formidables. Cimentándose con los debates jurídicos (en particular los de Alemania) de la segunda parte del siglo XX en torno a temas como derechos laborales, Constitución y partidos, el profesor paduano anticipa transformaciones y “deformaciones” del Estado que se manifestarían plenamente sólo mucho tiempo después.[17] La confrontación con diferentes corrientes de la teoría marxista del Estado, por ejemplo, en torno al tema fundamental del gasto público, arroja luz sobre la nueva figura productiva del capital y la intensificación de los antagonismos que la atraviesan en la coyuntura de los años setenta. Negri vuelve a leer a Pashukanis, el autor de La teoría general del derecho y marxismo (1924) para matizar la perspectiva y las apuestas de una crítica marxista del derecho a la altura de los nuevos tiempos en los cuales escribe y actúa. [18] Pero entonces, ¿qué es el Estado? Precisamente en La fábrica de la estrategia, comentando el libro de Lenin, Negri propone una definición tan sintética como precisa: “el Estado se representa como forma específica de la síntesis de organización y mando: los dos aspectos son irrenunciables dondequiera que se extiendan, dondequiera y comoquiera que determinen su síntesis”.
Debajo de una estructura que puede parecer “escolástica” en cuanto al comentario puntual a los textos de Marx y Engels, El Estado y la revolución se basa, según Negri, en la lúcida comprensión de esta naturaleza del Estado. Claro está, Lenin exaspera la cuestión del mando cuando escribe que “según Marx el Estado es de opresión de una clase por otra, es la creación del “orden” que legaliza y afianza esta opresión, amortiguando los choques entre las clases ”.[19] Sin duda, como observa Negri, hay un elemento de rigidez en esta exasperación, la cual configura el poder como “un absoluto no dialéctico, no dialectizable”, pero ésta es funcional al proyecto comunista de extinción del Estado, el cual apunta a separar mando y organización, rompiendo con la máquina represiva y liberando los elementos de organización internos a una nueva constelación de fuerzas y una nueva configuración política de la cooperación social y productiva. No sorprende en este sentido que Lenin indique en la correspondencia, basándose en los acontecimientos contemporáneos a él, el ejemplo paradigmático de un “mecanismo de gestión social” que se puede arrancar del Estado capitalista para hacerlo funcionar como modelo de empresa socialista. “Organizar toda la economía nacional como lo está el correo”, escribe Lenin para señalar “el Estado que necesitamos y la base económica sobre la que debe descansar” en el proceso de transición hacia el comunismo “bajo el control y la dirección del proletariado armado”.[20] La extinción del Estado que comenzó con la ruptura revolucionaria es necesariamente caracterizada por la invención de nuevas formas institucionales de organización y gobierno de la vida asociada. Comenta Negri en 2022: “destruir al Estado y reconstruir un conjunto de instituciones que permitan una vida libre se vuelve una tarea a desarrollar en común. Terminando la lectura de El Estado y la revolución, nuestros cuerpos se comprometen con esa tarea”.[21]
Escrito entre julio y septiembre de 1917, cuando Lenin es obligado a la clandestinidad por el fracaso del primer intento bolchevique de insurrección, El Estado y la revolución es un texto completamente orientado hacia la acción, el cual queda inacabado por el precipitar de esta última con la victoria de octubre. Desde luego, es “más placentero vivir la experiencia de la revolución que escribir acerca de ella”, escribe Lenin en la posdata de la primera edición.[22] Son palabras famosas, incluso memorables. No obstante, ellas no deben esconder el hecho de que El Estado y la revolución no sólo es un libro inconcluso, sino sobre todo desprovisto de un capítulo fundamental que formaba parte del plan original de la obra: el séptimo, dedicado a “La experiencia de las revoluciones rusas de 1905 y 1917”. En La fábrica de la estrategia, Negri insiste, justamente, sobre esta cuestión: desacoplado de su arraigo en el proceso de “emergencia del sujeto revolucionario como tal”, del pragmatismo histórico que determina su eficacia, el discurso de Lenin se ha prestado a lecturas que han meramente relevado su “carácter doctrinario”. Por ello, una vez más, “leer El Estado y la revolución significará también tomar distancia”, es decir, comprobar y renovar el proyecto comunista de extinción del Estado frente a una nueva composición de clase, una nueva fase de desarrollo capitalista y de correspondientes “mecanismos de gestión social” dentro de los cuales hay que buscar el equivalente funcional de los correos leninistas. El análisis de Negri es valioso para estructurar estas preguntas, las cuales hoy necesitan de una reformulación que abarque también los debates en torno a la relación potencial entre digitalización y planificación socialista.[23]
Por supuesto, a más de un siglo de la Revolución de Octubre (y 50 años después del curso que impartió Negri en Padua), El Estado y la revolución plantea también otros problemas, a partir de aquél de democracia y “libertad” que Rosa Luxemburgo formuló de manera original ya al año siguiente de la toma del poder por parte de los bolcheviques: “el sofocamiento de la vida pública bloquea la fuente de experiencia política y la prosecución del desarrollo”.[24] Luxemburgo, escribiendo en la prisión de Breslau, donde fue detenida por su oposición a la guerra, se ubicaba decididamente dentro del proceso revolucionario en marcha en Rusia, destacando críticamente un problema fundamental, es decir, el riesgo de que la “dictadura del proletariado” terminara apagando la energía política (la movilización y presencia de las masas en el espacio público) de la cual dependía el futuro de la revolución. ¿Se puede encontrar en El Estado y la revolución una semilla de este problema? Enzo Traverso señala cómo en ese libro Lenin piensa en “los órganos de la dictadura proletaria como meramente ejecutivos”, apoyándose para el resto en el modelo saint-simoniano de “la administración de las cosas”.[25] “Registro y control”, escribe Lenin en el capítulo quinto: “he aquí lo principal, lo que hace falta para ‘ponerse a punto’ y para que funcione bien la primera fase de la sociedad comunista. En ella, todos los ciudadanos se convierten en empleados a sueldo del Estado, que no es otra cosa que los obreros armados”.[26] En última instancia, se trata de una paradoja: Lenin, el teórico marxista más intensamente político de la historia, paradójicamente, piensa en la transición (socialismo), sus formas institucionales y sus personajes subyacentes a través de un modelo administrativo. Es sobre este terreno que la definición del dualismo de poder que mencionamos anteriormente, su distensión en el tiempo y su arraigo en los espacios apuntan a intervenir, multiplicando las rupturas constituidas de todo proceso revolucionario y arrojando las bases para la continuidad de la acción y de la transformación política. “La extinción del Estado”, escribe Negri, es un “trabajo de construcción de otro poder”,[27] el cual no puede de ninguna manera reducirse a administración o tecnocracia, sacrificando los soviets por la electrificación o sus equivalentes contemporáneos, para recordar un célebre eslogan lanzado por Lenin en 1920 (“el socialismo es igual a soviets más electrificación”).
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Nombré la transición, tema central de El Estado y la revolución, en el cual se abarca y reformula la teoría de la “dictadura del proletariado”. Negri, quien interviene en los debates históricos de los años setenta sobre la transición del capitalismo, no parece apreciar particularmente aquel término, definiéndolo “ambiguo”[28]. En La fábrica de la estrategia, la entera problemática de la transición, en particular en cuanto al asumir la dictadura proletaria y del socialismo como estadio preliminar, parece decididamente redimensionada por la pregunta de si “cualquier proyecto de revolución realista no deba ya ponerse en el terreno del comunismo”, entendido este último según una palabra clave de la época, como “programa mínimo”. Me parece que, al respecto, hoy en día las cosas son bien diferentes y que retomar el tema de la transición sobre la base, por ejemplo, de las aún limitadas y contradictorias experiencias de los gobiernos “progresistas” latinoamericanos de los últimos años sea de gran utilidad, también para matizar el significado que atribuimos a una perspectiva de lucha anticapitalista. El arraigo de la relación social del capital demanda una política que lo enfrente en esta misma duración temporal de la cual hablamos relativamente al dualismo del poder. La experiencia de Lenin se revela aquí, una vez más, valiosa.
Lo que se dijo sobre las formas ejecutivas y administrativas de gobierno de la transición adquiere su pleno significado bajo la luz de la convicción de Lenin, evidente en El Estado y la revolución, que esta última iba a ser breve, sí caracterizada por el pleno ejercicio de la violencia revolucionaria (¡los bolcheviques no iban a repetir los errores de los comuneros parisinos!), pero fundamentalmente lineal. Negri acierta en esta cuestión, hablando tanto para Marx como para Lenin de una “excesiva unilateralidad y unilinealidad de la tendencia descrita”. Una vez más, mirando los desarrollos de la situación posrevolucionaria en Rusia, nos encontramos frente a una peculiaridad absoluta: la intervención de potencias extranjeras y el gigantesco drama de la guerra civil. No obstante, Lenin se percata de que, incluso independientemente de estas circunstancias, la transición tiende a prolongarse y descomponerse en una serie de “nuevos periodos de transición”. En su dura polémica con Trotsky sobre el rol de los sindicatos en el curso de los trabajos preparatorios para el X Congreso del Partido Comunista Unión Soviética (bolchevique), en marzo 1921, Lenin afirma que “estamos viviendo un periodo de transición en un periodo de transición.”[29] Lo que resulta es una exigencia que casi quisiéramos definir maquiavélica de “cómo abordar a las masas, de cómo ganárselas, de cómo vincularse a ellas”, volviendo a promover la acción política del partido y reconociendo, en contra de Trotsky, la necesaria autonomía de los sindicatos obreros.[30]
Aquí se esboza, apenas con alusiones y de manera fragmentaria, un modelo de gobierno de la política de la transición muy diferente al que se vio en El Estado y la revolución. Me pregunto si para nuestras necesidades de hoy —las cuales, cabe recalcarlo una vez más, son completamente diferentes a las de Lenin a principios de la década de 1920— podría ser útil conectar este modelo con la NEP, la nueva política económica lanzada por Lenin en 1921, decretando el fin del “comunismo de guerra”. Fundada en el reconocimiento del papel del libre mercado y, por tanto, de un papel de las fuerzas y relaciones capitalistas, las cuales hay que dirigir hacia el desarrollo del socialismo a través de su regulación estatal (un “capitalismo de Estado”), la NEP ha sido fuertemente cuestionada por la izquierda, como una “retrocesión” del proceso revolucionario. Aquí apenas se puede esbozar otra posible lectura, la cual requeriría de mucha más amplitud e investigación histórica.[31] Independientemente de su realización, en la perspectiva de Lenin, la NEP reconoce un dualismo esencial en la estructura económica posrevolucionaria y organiza en torno a este dualismo las condiciones del conflicto político para doblegar la persistente relación del capital hacia un desarrollo que determine su ruptura. El elemento dominante es la “correlación de fuerzas”, escribe Lenin, “y se decide por la lucha”.[32] El libro al que ustedes se acercan a leer, La fábrica de la estrategia, anticipa esta lectura, definiendo la NEP como “el intento de volver a actuar una dinámica de lucha de clases para el desarrollo, es decir por la determinación de la transición entre el socialismo y el comunismo”. Se trata de una indicación para actualizar y desarrollar, frente a problemas radicalmente nuevos, entre otros, la relación entre desarrollo y justicia climática. En todo caso, me parece una forma realista para repensar el tema de la transición y recalificar el significado de la lucha anticapitalista.
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Creo que ahora se entenderá que, volver a nombrar a Lenin, significa volver a nombrar algunos problemas, medir nuestra distancia de las soluciones que él nos propuso con relación a nuestras necesidades y abrir laboratorios de investigación y experimentación práctica que no pueden encontrar en el dirigente revolucionario bolchevique alguna garantía de éxito. Cabe recalcar que los problemas que aquí intentamos esbozar en torno a los temas de la organización, el imperialismo, la relación entre Estado y revolución y la transición siguen formando parte de nuestros problemas. Acercarse a ellos leyendo a Lenin ofrece, entre otras cosas, una oportunidad para rescatar la experiencia de la primera revolución comunista victoriosa en la historia, rescatándola de las tragedias que pautaron su historia después de su muerte en 1924. La fábrica de la estrategia representa una excelente invitación a esa lectura, poniendo en escena el encuentro y desencuentro entre dos épocas de la lucha de clases y dos formas diferentes de pensar la revolución. Entre las muchas cosas que le debemos a Toni Negri, este libro —el cual le podría parecer inactual a algunos— es cierto que no es la menos significativa.
Notas
[1] V. I. Lenin, “L’imperialismo, fase suprema del capitalismo” (1917), in Id., Opere scelte, cit., vol. II, p. 478 [“El imperialismo, etapa superior del capitalismo”, Obras completas, tomo XXIII, Madrid, Akal, 1977, p. 338].
[2] Ibid., p. 474.
[3] Véase L. Ferrari Bravo (comp.), Imperialismo e classe operaia multinazionale, Milano, Feltrinelli, 1975, y sobre todo, la fundamental introducción del editor (“Vecchie e nuove questioni nella teoria dell’imperialismo”, ibid., pp. 7-67). Sobre la figura, véase el apasionado “homenaje” de A. Negri, Luciano Ferrari Bravo. Ritratto di un cattivo maestro, con alcuni cenni sulla sua epoca, Roma, Manifesto Libri, 2003.
[4] M. Hardt y A. Negri, Impero. Il nuovo ordine della globalizzazione [2000], Milano, Rizzoli, 2002, p. 220.
[5] He analizado este conjunto de cuestiones en un libro con Brett Neilson, The Rest and the West. Capital and Power in a Multipolar World, de próxima publicación en Verso. Para un adelanto de algunos temas del libro, véase nuestro artículo “Mutazioni del capitalismo globale: un’analisi congiunturale”, en Alternative per il socialismo, 69(2023), pp. 35-43.
[6] Cfr. V. I. Lenin, “La guerra y la socialdemocracia de Rusia”, Sobre el Internacionalismo Proletario, Progreso, 1975, p. 94.
[7] V. I. Lenin, “Cartas desde lejos”, Obras completas, tomo XXIII, Moscú, Progreso, 1957.
[8] Ibid., pp. 33-34.
[9] Véase también el capítulo cuarto de T. Krausz, Reconstructing Lenin: An Intellectual Biography, Nueva York, Monthly Review Press, 2015.
[10] V. I. Lenin, “El proletariado revolucionario y el derecho de las naciones a la autodeterminación” [1915], Obras completas, tomo XXIII, Moscú, Progreso, 1957, pp. 39 y ss.
[11] V. I. Lenin, “La guerra e la rivoluzione” (1917), in Id., Opere scelte, cit., vol. IV, p. 141. De modo análogo, Rosa Luxemburgo escribió dos años antes: “por vez primera hoy las feroces bestias, liberadas por la Europa capitalista contra todo el mundo, de repente irrumpieron en el centro de Europa” (R. Luxemburg, “El folleto Junius: la crisis de la socialdemocracia” [1915], en Obras escogidas, 2018, p. 247 ss.).
[12] V. I. “Lenin, I compiti del proletariato nella nostra rivoluzione” (1917), in Id., Opere scelte, cit., vol. IV, p. 84.
[13] A. Negri, “Prefazione”, en V. I. Lenin, Stato e rivoluzione. La dottrina marxista dello Stato e i compiti del proletariato nella rivoluzione (1917), Milano, Pigreco, 2022, p. 7.
[14] Véase A. Negri, La forma-Estado, Madrid, Akal, 2003.
[15] A. Negri, “Introduzione”, en Scienze Politiche 1 (Stato e politica), Enciclopedia Feltrinelli Fischer, Milano, Feltrinelli, 1970, p. 10.
[16] A. Negri, La forma-Estado, cit., p. 287.
[17] Uso el término “degeneraciones” inspirándome en el trabajo de P. Schiera, Lo Stato moderno: origini e degenerazioni, Bologna, CLUEB, 2004. Schiera se ha relacionado muchas veces con el trabajo de Negri: véase, entre otros, “Tra costituzione e storia costituzionale: la crisi dello Stato”, en F. Jannetti (ed.), Immagini del politico. Catastrofe e nascita dell’identità, Roma, Savelli, 1981, pp. 20-48.
[18] Hay referencias abreviadas a algunos de los temas tratados en A. Negri, La forma-Estado, cit.
[19] V.I. Lenin, El Estado y la revolución, Fundación Federico Engels, Madrid, 1997, p. 29.
[20] Ibid., p 73.
[21] A. Negri, “Prefazione”, en V. I. Lenin, Stato e rivoluzione, cit., p. 8.
[22] V. I. Lenin, El Estado y la revolución, cit., p. 143.
[23] Véase, por ejemplo, E. Morozov, “Digital Socialism? The Calculation Debate in the Age of Big Data”, en New Left Review, 116/117, March-June 2019, pp. 33-67.
[24] R. Luxemburgo, La revolución rusa: un examen crítico, Caracas, El perro y la Rana, 2017, p. 62.
[25] E. Traverso, Revolución: Una historia intelectual, Buenos Aires, FCE, 2022, p. 158.
[26] V. I. Lenin, El Estado y la revolución, cit., p. 121. Cursivas en el original.
[27] A. Negri, “Prefazione”, en V. I. Lenin, Stato e rivoluzione, cit., p. 13.
[28] Cfr. A. Negri, Del obrero-masa al obrero social: Entrevista sobre el obrerismo a cargo de Paolo Pozzi y Roberta Tommasini, Madrid, Anagrama, 1980, p. 116. En cuanto a la transición al capitalismo, véase, en particular, A. Negri, “Manifattura e ideologia”, en P. Schiera (ed.), Manifattura, società borghese, ideologia, Roma, Savelli, 1978. Muy importante también el libro de Negri sobre Descartes (Descartes politico, o della ragionevole ideologia, Milano, Feltrinelli, 1970), el cual será reeditado pronto por Manifesto Libri con una presentación de Marco Assennato.
[29] V. I. Lenin, “Sobre los sindicatos, el momento actual y los errores de Trotsky”, en Obras completas, tomo XI (1920-1921), Progreso, Moscú, 1973, p. 143.
[30] Ibid., p. 138. Sobre esta polémica entre Lenin y Trotsky (quien insistía sobre el hecho de que, después de la revolución, los sindicatos ya no tenían un antagonista frente a quien defender la clase obrera y que, por lo tanto, debían transformarse en órganos del Estado) es fundamental leer a C. L. R. James, You Don’t Play With Revolution. The Montreal Lectures, D. Austin (ed.), Oakland, CA and Edinburgh, AK Press, 2009, pp. 161-213.
[31] Un punto de partida lo ofrece el libro de M. Cacciari y P. Perulli, Piano economico e composizione di classe. Il dibattito sull’industrializzazione e lo scontro politico durante la NEP, Milano, Feltrinelli, 1975.
[32] V. I. Lenin, “Sobre el impuesto en especie”, Obras completas, tomo XII (1921-1923), Moscú, Progreso, p. 35.
