Este texto es una adaptación de la primera sesión del Seminario Democracias y Horizontes en Disputa, disponible en nuestro canal de Patreon.
Quiero comenzar haciendo referencias puntuales a tres grandes teóricos de las formas modernas y contemporáneas de dominación autoritaria (y uso esta última noción para evitar en mi lenguaje el concepto polémico de totalitarismo) cuyas ideas han sido, de alguna manera, un punto de partida de mi perspectiva de análisis. En primer lugar, quiero referir a la pensadora judeo-alemana Hannah Arendt. Para Arendt, el movimiento Nazi se presentó como nacionalista, pero en realidad era internacionalista, fundamentalmente debido a la motivación central que lo guiaba, que era el supremacismo racial, una forma de identidad social que trasciende fronteras o fidelidades locales o nacionales. La segunda referencia es al filósofo político francés Claude Lefort. Para él, el fenómeno totalitario resultaba incomprensible para aquellos que sólo piensan en términos económicos, porque el totalitarismo (ya he dicho que yo prefiero no emplear ese término, pero aquí estoy glosando ideas ajenas) era un fenómeno político. Y un fenómeno político refiere a la forma de la sociedad, a la forma general de instituir las relaciones sociales en un sentido amplio, no solamente las económicas. Hoy por hoy, pienso que también estamos ante un fenómeno político en este sentido: el fenómeno político amplio y diverso, pero claramente identificable, del neoautoritarismo.
Finalmente, quiero hacer referencia al jurista alemán Carl Schmitt (y su relación con una segunda idea de Arendt: la distinción entre poder y violencia). Para Schmitt, se puede hablar de formas u órdenes políticos basados en la tierra, el agua o el aire. Los órdenes políticos más estables son aquellos surgidos de un poder terrestre, firmemente asentados en el suelo y en una cultura afianzada en una tierra específica. En contraposición a esta forma de poder, Schmitt planteaba que Inglaterra, y su poder marítimo, difícilmente podían establecer formas perdurables de poder en las regiones que conquistaba, ya que su fuerza provenía de la fluidez y la movilidad del mar. Así, Schmitt se refería a la relativa facilidad con la que un poder marítimo podía destruir o hacer daño a una ciudad desde sus costas y a la dificultad mayúscula que representaba para estas mismas fuerzas traducir esa capacidad de destrucción en la instauración de una forma de autoridad estable en esa misma ciudad doblegada. Esta idea la podemos aplicar a la forma contemporánea del poder estadounidense, un poder que ya en múltiples oportunidades mostró la dificultad casi infranqueable de intentar traducir la capacidad ilimitada de destrucción desde el aire que poseen sus fuerzas armadas en una forma de poder neocolonial estable y fiel a sus intereses. Para Schmitt, como para Arendt de una forma más general y planteada desde otra perspectiva teórica, el poder político y la violencia destructora son fenómenos completamente diferentes.
El trumpismo hoy
Tanto a nivel nacional o loca, como de forma global, Donald Trump está en un momento de particular confusión acerca de la radical diferencia entre fuerza o violencia y poder, entre la capacidad militar de destrucción y la capacidad de obtención de determinados resultados políticos. En una nota particularmente reveladora publicada en la New York Review of Books, un entrevistado del mundo de las relaciones internacionales en los Estados Unidos decía que el gobierno de Trump “no entiende la situación al interior de Irán, el carácter fracturado de la resistencia al régimen, la fuerza de éste incluso sin Jameneí. Lo único que se esfuerza por transmitir es que saben cómo tirar bombas. Lo que parece buscar en nuestras guerras en el exterior es, sobre todo, material para las redes sociales: montajes de explosiones, sin siquiera fingir preocupación por el valor de la vida humana.” (Este deseo general es central, en mi opinión, a gran parte de estos nuevos movimientos: el sueño de destrucción de lo existente domina ampliamente su imaginación política—otro ejemplo es el constante uso del presidente argentino Javier Milei de imágenes de bombas nucleares o masivas implosiones de edificios en sus actos públicos).
El gran motor, sólo parcialmente oculto, del trumpismo es la teoría europeo-norteamericana del gran reemplazo. Esta teoría entrelaza sentimientos originados en el (inter)nacionalismo cristiano, el tradicionalismo/masculinismo y el supremacismo blanco en un “gran” proyecto inverso: la reafirmación del dominio del norte global y su relacionalidad social anterior a los movimientos igualitarios que se desarrollaron de la Segunda Guerra Mundial al presente. Esto se manifiesta claramente en algunos de los elementos más estructurantes de su discurso: 1) la inmigración descrita como invasión y 2) el intento de implementar una redefinición etnonacionalista blanca de la idea de “pueblo”. Ambas ideas se materializan en la política de deportaciones masivas, que es en realidad una política de limpieza étnica disfrazada de aplicación de la ley. La administración Trump habla de “jueces de deportación” en vez de “jueces migratorios”, e intenta justificar sus asesinatos desde el aire en aguas del Caribe en la teoría de la invasión. En este caso, el lenguaje, como siempre lo hace, revela el sentido profundo de las transformaciones, como lo hace también el cambio de nombre de la “Secretaría de defensa” en “Secretaría de guerra”: nótese cómo se desimbrica allí el uso de la violencia de la noción de defensa y, por lo tanto, cómo se justifica de forma tácita la guerra ofensiva, internacionalmente declarada al “crimen internacional supremo” desde la posguerra.
El proyecto, tanto global como doméstico, del trumpismo y sus aliados es el de una nueva forma de sociedad, construida a partir de una identidad social de supremacismo blanco, y en oposición tanto al horizonte igualitario de la democracia social y pluralista como al multilateralismo y la institucionalidad tanto local/nacional como global. Ahora me concentraré en estos dos últimos aspectos centrales del proyecto.
La cuestión de la democracia social
Trump desea encabezar el asalto global a la democracia, y liderar, tarde o temprano, la clausura definitiva del proyecto democrático tal como lo conocemos desde mediados del siglo XX. ¿Cuál es ese proyecto democrático que Trump y sus aliados se propone derrotar? Un proyecto que se fue desarrollando lentamente en las sociedades occidentales de la posguerra, que se extendió geográficamente durante la tercera ola de transiciones a la democracia, pero que se ha visto profundamente erosionado luego de décadas de crítica neoliberal, tanto filosófica y cultural, como en la práctica de gobernabilidad que el thatcherismo y las Reaganomics diseminaron por el mundo. Este proyecto democrático que el trumpismo desea desmantelar es, en dos palabras, la democracia social, de la cual sabemos que siempre fue limitada en su realización, a pesar de lo cual sus enemigos no cesaron de detestarla ni de identificarla como la mayor fuente de resentimiento de los sectores privilegiados de la sociedad.
Tengo claro que esta idea va contra la corriente de llamarle “democracia liberal” a eso que estos movimientos mayormente amenazan. Si le llamo “social” es porque la democracia como forma de sociedad contemporánea reconoció que un aspecto central del auto-sostenimiento del régimen reside tanto en la permanente labor de mejoramiento de las condiciones de vida de los sectores socialmente más desfavorecidos (o del sostenimiento de las condiciones mínimas para la autoestima, en palabras de Rawls en 1971) como en el intento de evitar el incremento extremo de la desigualdad. El neoliberalismo fue la corriente de opinión—materializada tanto en políticas públicas como en formas de gobierno—desplegada en manifiesta hostilidad contra esta democracia social limitada que conocemos: “el Estado es el problema, no la solución”, dijo Reagan en las palabras fundacionales de este movimiento político global.
Este neoliberalismo fracasó en transformar completamente las formas de sociedad desarrolladas (sus instituciones, su cultura, su imaginación social) desde la posguerra. Pero lo que sí logró fue un par de objetivos mayúsculos en esta lucha: 1) bajando los impuestos a los ricos, desfinanció el sistema de solidaridad social de redistribución de recursos en beneficio de los más desfavorecidos y 2) en consecuencia exacerbó el descontento de aquellos cuyas condiciones de vida (sus ingresos, su estabilidad, su descanso, su acceso al ocio, a la vivienda, a la salud y a la educación de calidad) comenzaron a empeorar comparativamente con respecto a generaciones pasadas y a los estándares imaginarios precisamente exhibidos por el horizonte neoliberal de consumo. Este neoliberalismo como corriente de opinión y forma de gobierno logró así desfinanciar a la democracia social y generar hostilidad contra el régimen de redistribución. De todos modos, en su alianza global con el conservadurismo cultural (lo que estuvo siempre en la base de su inspiración filosófica) no logró evitar la expansión del horizonte igualitario de la democracia social en direcciones no directamente económicas: en particular, en cuestiones de género, de integración de la multiculturalidad étnica y de relativa apertura a movimientos migratorios en busca también de mejoramiento de las condiciones socioeconómicas de vida.
Este doble movimiento —el desfinanciamiento de la democracia social y el fracaso en detener avances igualitarios en otras áreas— produjo las condiciones contemporáneas para el surgimiento de una derecha global revolucionaria, si bien ya no meramente neoliberal, sobre todo por la aparición de un nuevo sentimiento social, un sentimiento poderoso: el resentimiento. De este modo, sectores económicamente subordinados pero imaginariamente centrales en los Estados Unidos y otras democracias occidentales —los trabajadores formales, las clases medias y bajas— que se beneficiaban de las instituciones y la cultura dominante de la democracia social, vieron cómo sus condiciones de vida empeoraban al tiempo que su lugar imaginario se veía desplazado de posiciones culturales hegemónicas (lo que “estaba bien” o lo que daba orgullo ser) como consecuencia de la expansión del horizonte igualitario a esas otras dimensiones de la vida social ya mencionadas: las diversidades de género, étnicas y de estatus migratorio.
De todas maneras, no quiero dejar de destacar que hay que tener en cuenta que estos desplazamientos en la imaginación social y política no son nunca ni completos ni necesariamente mayoritarios. Lo que hacen es incidir en la reconfiguración de la distinción entre lo posible y lo imposible, lo pensable y lo impensable, cuando son articulados gestálticamente por actores políticos (coyuntural y contingentemente) exitosos. Así, esos sectores, ni masiva ni irreversiblemente, pero sí de modo duradero (al menos en potencia), nutrieron las bases sociales del movimiento político que, en los Estados Unidos —aunque no opera sólo allí—, moldeó la llegada, en dos oportunidades, de Trump al poder. De este modo, lo que Trump busca es la institución de una nueva forma política de sociedad, una que gire alrededor 1) del gobierno incuestionado de los poseedores de la riqueza, 2) la dominación imaginaria de los etno(inter)nacionalismos del norte global y 3) la supresión del horizonte igualitario de la democracia moderna. Lo que Trump busca es un nuevo orden, que obviamente no es un orden sin Estado sino uno sin Estado regulador y redistributivo, pero definitivamente con uno que afirme sin restricciones el uso de la fuerza para su preservación. Como sabemos los que alguna vez leímos atentamente a Robert Nozick de los años noventa: un Estado mínimo es un Estado policial, que ahora llamamos Estado de Seguridad Nacional.
Para sintetizar: mi tesis es que el desmantelamiento definitivo de las instituciones y la cultura de la democracia social intenta, por ahora, llevarse a cabo sin desplazar completamente, pero sí transformando de forma considerable, aquellas otras instituciones que aprendimos a asociar con la democracia liberal, haciéndolas compatibles con lo que suele llamarse “autoritarismo competitivo” o incluso “liberalismo autoritario”.
Trump, primer presidente norteamericano de un mundo multipolar
En el escenario global, Trump propone un nuevo realineamiento internacional. ¿En qué consiste este realineamiento? Paradójicamente, a pesar de que Trump, al proponerse hacer a America Great Again, pareciera estar soñando con un Estados Unidos hegemónico y dominante en términos globales, lo que en realidad ocurre es que Trump es el primer presidente norteamericano que acepta como un hecho un mundo multipolar. Basta, para ello, ver su nueva Estrategia de Seguridad Nacional. Dije “multipolar”, no “multilateral”, ya que Trump no reconoce instituciones sino poderes globales fácticos, que en realidad, siguiendo nuestro vocabulario inicial, más que poderes son aquellas entidades equivalentes a los Estados Unidos en su capacidad de destrucción —fundamentalmente Rusia y China—. Esta fue la razón del realineamiento temprano (en 2016) de los intelectuales y actores políticos neoconservadores norteamericanos con el Partido Demócrata de Hillary Clinton: ellos todavía soñaban con el mundo unipolar, pero con una multilateralidad institucional subordinada, que imaginaron hacia el fin de la Guerra Fría. Ocurre que, debido a las tradiciones dicotómicas de política exterior norteamericana, las posturas contrarias a la Guerra de Irak de Trump, su rechazo al financiamiento mayormente estadounidense de la OTAN y a las políticas de intervencionismo “humanitario” hicieron que el entonces candidato a la presidencia de los EE. UU. fuese visto como un aislacionista tradicional. Ello, sin embargo, invisibilizaba la novedad de su postura de reconocimiento tanto tácito como explícito de una multipolaridad fáctica que pone fin a la institucionalidad desarrollada desde la Segunda Guerra Mundial.
Hoy, la acumulación de iniciativas y posturas de Trump en la escena internacional, así como su propia Estrategia de Seguridad Nacional, permiten ofrecer una mejor interpretación: el presidente estadounidense parece asumir un statu quo de multipolaridad en el cual el destino de Europa vis a vis Rusia lo tiene mayormente sin cuidado, mientras que la rivalidad con China es disputada en un territorio que implica más la contención regional que la derrota completa del adversario en la escena global. Pero lo que no puede estar en discusión, para Trump, es su supremacía indiscutida en el hemisferio occidental: así lo indican los objetivos de anexión de Groenlandia, Canadá y el Canal de Panamá; el envío de buques y tropas al Caribe y las costas de Venezuela; la creación de un espacio internacional (regional) ausente de toda legalidad en donde las fuerzas armadas norteamericanas eliminen violentamente a quien el ejecutivo estadounidense nomine como narcotraficante o terrorista; el salvataje financiero a su principal aliado regional —Milei—, y, finalmente, el secuestro de Maduro y la transformación de una dictadura adversaria en una dictadura amiga (los neocons decían buscar cambios de régimen; lo que el trumpismo abiertamente busca es el cambio de signo político en un mismo régimen).
Aunque parezca paradójico, Trump es tanto imperial como anti-global: lo que esboza es un mundo de grandes espacios, a la manera de la imaginación del período de entreguerras del siglo pasado. Es por ello que el ejercicio de su soberanía regional requiere el desmantelamiento o al menos el debilitamiento del sistema institucional internacional y la subordinación completa al dominio estadounidense de las naciones que componemos la región. ¿Cómo explicar la intervención en Irán en este marco? Nuevamente, vale la pena ver su Estrategia de Seguridad Nacional: esta guerra es preanunciada allí como una despedida del escenario global más allá del hemisferio occidental. Quizás este último error sea el talón de Aquiles de este sueño de destrucción global, dominación regional y fundación de regímenes de supremacismo blanco y desigualdad radical.
