Reseña de: Antonio Monegal. (2024). El silencio de la guerra. Acantilado.
La coyuntura siempre exige el ruido y la atención de quienes la habitamos. Bien decía Fernand Braudel que, incluso cuando los frentes de la guerra se detenían, de algo debían hablar los periódicos. En esa incesante y muchas veces abrumadora ráfaga de ruido e información es necesario recordar, como nos invita el entreacto de las obras de teatro, a darnos un espacio para asimilar lo dicho. Lastimosamente, el presente, por su misma definición, no nos permite hacer esta labor de síntesis, sino que exige reacción. Civiles muertos en Gaza, el bloqueo del Estrecho de Ormuz o el estallido en llamas de una ciudad en el bajío mexicano: la guerra nos roba toda posibilidad de reflexionar. Sin embargo, también nos invita a aquellos espacios insuperables, particulares, que únicamente la constante presencia de la violencia hace posible.
Quizás esta sea la invitación más importante que lleva a cabo Antonio Monegal en su libro más reciente, El silencio de la guerra. La invitación a reflexionar cómo y por qué medios culturales la guerra termina por esconderse en nuestra psique y en nuestra forma de entender el mundo. Compuesto de catorce capítulos, el libro realiza un viaje extenso y sintético por distintas facetas de la cultura impresa y audiovisual occidental (con algunas exégesis a obras y autores de otras regiones del planeta) para tratar de descubrir cómo podemos lidiar con la imposibilidad de recontar lo callado. Para lograrlo, el autor recurre, en lo que respecta a sus primeros capítulos, a una hipótesis específica: la guerra es un elemento cultural de la sociedad humana que se mantiene en y a partir de una ideología de la épica. Esta ideología se sustenta, según argumenta Monegal, siguiendo a su vez a autores como Simone Weil o Walter Benjamin, en la apuesta por situar a la Ilíada como el arché de la cultura occidental. Este argumento, si bien no es nuevo, y el mismo Monegal hace la labor de recordárnoslo una y otra vez, le sirve como una herramienta poderosa para adentrarse en su oposición: el silencio.
La épica es estruendosa. Busca darles un espacio a sus personajes para relucir y, por extensión, transmitir un mensaje que perdurará por todos los tiempos futuros: en busca de la gloria eterna, aquí yace el joven Aquiles. Esto, nos dice Monegal, es una demanda constante del modo en que entendemos la guerra. Desde los monumentos, hasta las pinturas clásicas, resulta muy llamativo y a ratos sencillo dejarnos llevar por el deseo de saber cómo es la guerra. “La épica aporta un marco análogo que ritualiza la representación de las guerras y en cierto modo las domestica, es decir, literalmente, permite que la convulsión violenta y perturbadora de la experiencia del frente pueda ser procesada desde la retaguardia por quienes se han quedado en el hogar.”
Existe, no obstante, una separación irresoluble que la guerra pareciese sostener: la separación entre aquellos que sí están allí, que forman parte del acto, y aquellos que no. La que existe entre el civil y el soldado. Naturalmente esta dicotomía, como destaca Monegal a lo largo de todos los capítulos siguientes, es una que ha sido puesta en duda, objetada y deconstruida. Estos capítulos apabullan al lector con una miríada de distintas propuestas para lograr este acometido. Desde los intentos de narrar el trauma, la resiliencia y la desdicha de heridas que nunca terminan de sanar, hasta aquellos actos de resistencia cotidiana y de enseñanza que, como se ha tornado común ver, se alimentan del coraje que nace cuando somos testigos de cómo algo que nunca más debió ocurrir se naturaliza. En este sentido, quisiera destacar, particularmente, los capítulos cinco a siete que, tomados en su conjunto, nos permiten apreciar este aglomerado de propuestas que emergen de obras dispares tanto en el tiempo, como en el espacio.

Quisiera, asimismo, destacar lo que a mi parecer es el punto más alto de esta obra: cuando Monegal abandona a los vivos para dialogar con los muertos. Es con este giro que el autor termina por cristalizar los caminos alternativos a esta ideología de la épica; y para ello recurre a dos casos particulares: el Holocausto y la Guerra Civil española. Sobre la segunda, por temas de tiempo y reconociendo mis propias limitaciones, dejaré que mis colegas más conocedores del tema emitan juicio sobre lo dicho en esas páginas. En cuanto al primero, sin embargo, creo que Monegal hace una tarea suficiente para resaltar la potencia narratológica de la cual todavía goza el Holocausto dentro de la conciencia occidental, y por qué, como nos dice el título del capítulo trece, “Es difícil”, incluso hoy día, abandonar la ideología épica que tan fácilmente ofrece un camino a seguir para dotar de sentido el mundo. Los muertos no hablan, nos dice Monegal, en clara alusión a Marx y Benjamin, pero sí compartimos cuarto con ellos. Una convivencia que no siempre resulta políticamente eficaz ni moralmente reprochable. Compartimos cuarto con el Otro, con nuestro propio pasado y con las consecuencias de nuestras decisiones a futuro. Vivimos con los desparecidos de la violencia, con los civiles de Gaza y Jordania, y con los soldados que poseen la tarea imposible de ser hijos directos de la guerra, y al mismo tiempo supuestos defensores de la paz.
Con todo esto quisiera, finalmente, volver a esa otra palabra que hallamos en el título del libro y que le sirve al autor para concluir su texto: el silencio. La suya es, nos dice Monegal, una propuesta hacia una ética alternativa sobre cómo interactuamos con la guerra a través de medios culturales. Una, repito, que proviene de esa necesidad de alejarse de la demanda estridente de la épica. De hacer representable y accesible a la cultura popular el lugar de la víctima, quien, para el autor, existe por antonomasia en el silencio. De lograr, así, construir espacios de la memoria que nos permitan acercarnos miméticamente a las experiencias vividas de las víctimas de la guerra y revelar con ello la cruda significancia de su experiencia. Todo lo demás, concluye Monegal, es una perpetuación del silencio.
