(In)movilidades en las Américas

Jully Korina Acevedo Castillo

Siete de cada diez niños que cruzan México en busca de refugio y oportunidades tienen entre 0 y 11 años de edad.  En el corazón de Iztapalapa, la Casa del Migrante Arcángel Rafael opera como un refugio donde la crisis humanitaria deja de ser una cifra para mostrar su rostro más vulnerable: el de niños que, entre juegos y dibujos, intentan reconstruir su futuro.

Caminar por las calles estrechas del barrio de San Pablo, en Iztapalapa, es avanzar entre el ruido del tráfico y la cotidianidad de una ciudad que parece no tener tiempo para mirar hacia otros lados. Justo allí, frente a la fachada color hueso del albergue, una vecina de la zona se asoma con cautela y suelta una advertencia que pesa más que los muros del recinto: “Ten cuidado, en ese albergue quién sabe qué tipo de gente pueda vivir”.

Sus palabras son las mentiras de un estigma ciego, porque al cruzar el portón marrón, el «peligro» se desvanece para revelar una realidad que apenas mide un metro veinte de altura. No hay amenazas: hay niños que, tras haber cruzado fronteras y miedos, han convertido este espacio en un lugar donde se habla el idioma de la supervivencia y la resiliencia.

Entrar en el albergue es dejar atrás el caos para sumergirse en una realidad de esperanza y fragilidad, donde el olor a comida recién hecha se mezcla con la humedad de un cielo gris. Miguel Agüero Hernández, uno de los encargados del lugar, conoce bien este peso, y nos regala una pequeña entrevista. Explica que la Casa Arcángel Rafael, fundada por los Misioneros de San Carlos Borromeo (quienes llevan 47 años en México), ha funcionado durante los últimos cuatro años y medio como un filtro de humanidad. Agüero relata con crudeza cómo los riesgos han cambiado, pues hoy las familias migrantes se enfrentan a grupos fragmentados y al acecho del crimen organizado. Él ha escuchado el terror de quienes sólo son liberados tras pagar rescates imposibles, confirmando que, fuera de estos muros, el camino puede convertirse en una cacería.

En este refugio, las estadísticas de la Unidad de Política Migratoria (2025) cobran rostro. No son sólo estadísticas: son niños de primaria y preescolar que viajan aferrados a la mano de sus padres. Es una migración casi totalmente familiar donde Venezuela destaca como el principal país de origen, con un 42.3%, seguido por Honduras, con 14.0%, y Guatemala, con 11.8%.

El corazón del albergue late en el cálido patio, donde las historias individuales te hacen recordar la crudeza en la madurez de todos estos niños. Allí conocí a Gian, un joven de Venezuela, que llegó hace pocos años huyendo de la falta de oportunidades de su país y que, a pesar de eso, mantiene la meta de estudiar enfermería para convertirse después en  cirujano plástico, inspirado por su hermano y por las carencias médicas que presenció en su trayecto. También está Deyna, otro joven venezolano apasionado por el baloncesto, que encuentra en figuras como Stephen Curry la fuerza para soñar con representar algún día a su país. Por si fuera poco, fue en este mismo patio donde la comunicación rompió las barreras del lenguaje, pues una niña pequeña de origen chino, al ser consultada sobre qué la motivaba a seguir adelante, no respondió con palabras y en su lugar trazó un dibujo simple y evidente, un gato. Ese trazo, en su aparente ingenuidad, encerraba una enorme esperanza en medio de tantas incertidumbres.

Actividad realizada en la Casa del Migrante Arcángel Rafael, marzo 2026.

El albergue de pronto cambia de escenario cuando un grupo de jóvenes estudiantes de preparatoria de La Salle, con uniformes impecables, cruza el portón para una jornada de actividades. Por un momento, el privilegio y la carencia patean el mismo balón en un partido de fútbol improvisado. Una escena extraña: mientras para los visitantes ese patio es el escenario de una experiencia formativa que terminará al subir al autobús, para los niños del albergue es el único territorio seguro en un continente que los expulsa.

Sin embargo, la resistencia humana choca contra una pared de desintereses institucionales. Miguel Agüero explica con amargura que el gobierno de la Ciudad de México suele ofrecer una atención indiferente que deja fuera a la mayoría de la población migrante. Advierte que eventos masivos, como el próximo Mundial, funcionan como una “cortina de humo” que maquilla problemáticas de violencia y desigualdad, mientras los migrantes son relegados a los trabajos peor pagados debido a su vulnerabilidad y falta de documentos.

La tarde en Iztapalapa continúa, cuando la lluvia golpea con fuerza el techo, obligando a todos a buscar resguardo. Al salir, la advertencia de la vecina vuelve a la mente, evidenciando el abismo de desconocimiento que existe en una sociedad que teme lo que no entiende.

Mientras el mundo siempre espera grandes eventos y reflectores, en este rincón de Iztapalapa la lucha es otra: la de mantener en pie ese pequeño patio donde la infancia intenta no tener fronteras, mientras espera que, por fin, deje de llover sobre su camino.

Author