En la primera entrega de esta serie, sostuve que la meritocracia opera dentro de la lógica capitalista y se vincula con otros sistemas de opresión, como el colonialismo y el patriarcado. También que podemos construir claves mínimas para analizar su funcionamiento a partir de elementos que se interrelacionan: comparación-competencia, jerarquización “natural” de las sociedades, individualización de las problemáticas y la construcción de un sentido común que provoca que las víctimas de las desigualdades estructurales sean vistas —incluso a sus ojos— como sus propios victimarios. Por su parte, en la segunda entrega, mencioné que se han forjado grandes relatos sobre la meritocracia, los cuales muestran casos de personas que han superado la pobreza y alcanzado el éxito gracias a su “resiliencia” y esfuerzo, con la intención de reforzar la tesis de la igualdad meritocrática de oportunidades y fomentar la creencia de que cualquiera puede ascender a la cima de la escalera del éxito.

A partir de estas afirmaciones, la presente entrega tiene la intención de analizar, de manera concisa, cómo se reproduce la meritocracia en algunos ámbitos de la vida social común y, al mismo tiempo, hacer explícitas las razones por las cuales considero que el sentido común es el pilar que debe de combatirse. En este sentido, me centraré en tres situaciones concretas: la escuela, el emprendimiento y el trabajo formal.

La escuela: de la estrellita en la frente al examen de ingreso a la universidad

No es un secreto que, en la escuela mexicana, pero también en otras partes de Latinoamérica, existen diferentes tipos de reconocimientos y refuerzos positivos para alentar el esfuerzo individual de las y los estudiantes. En los primeros años de la trayectoria académica se implementan prácticas como la colocación de calcomanías en la frente de los niños. En la educación primaria, por su parte, se utilizan los cuadros de honor, exhibidos en lugares concurridos dentro de las escuelas, para mostrar los mejores promedios por grado y permitir que los estudiantes aspiren a ser reconocidos en ese espacio. En el bachillerato, como documenté en mi tesis de maestría, algunas instituciones colocan periódicos murales en las explanadas de las escuelas, donde se muestran las fotos de quienes lograron acceder a la universidad por medio del examen de selección. En todos estos casos, aunque no siempre sea esa la intención original, se instaura una comparación entre quienes sí se esforzaron y quienes no. Esto promueve la jerarquización de la vida académica, desdibuja las condiciones sociales de cada estudiante y fomenta un sentido común en el cual el esfuerzo se convierte en la única garantía del éxito. La escuela no es la creadora de la meritocracia, pero sin duda las tramas educativas la potencian, llevándola a casos extremos donde la individualización de los problemas ha promovido el suicidio de varias personas que desean ingresar a la universidad y no lo logran en México, Ecuador, Perú, entre otros países.

El emprendimiento: ser su propio jefe para tener éxito

Al igual que en otros ámbitos de la vida social, la meritocracia juega un papel fundamental en lo que hoy se conoce como “emprendimiento”: a partir de la falta de trabajo formal, el capitalismo se aprovecha y promueve la idea de que el éxito económico sólo se puede conseguir cuando las personas “sean sus propios jefes”. La disciplina, las habilidades y el esfuerzo individual se presentan como la fórmula para alcanzar el éxito, a pesar de los fracasos y las vicisitudes que puedan surgir. Además, quien opta por este camino, al ser parte de un sector laboral desvinculado de cualquier institución, no tiene acceso a derechos sociales básicos como vacaciones, horario laboral, seguro social, entre otros. En el emprendimiento se refuerza una de las tesis fundamentales de la meritocracia: cualquier persona, independientemente de su historia de vida y entorno, puede lograr el éxito y construir una empresa destacada en el mercado. Ejemplos de esta narrativa se pueden observar en los medios de comunicación, redes sociales o en programas de televisión como Shark Tank.

Por otro lado, la idea del “héroe solitario” —como comúnmente se conoce a las personas que emprenden un pequeño negocio— promueve la concepción de que todas las personas somos “arquitectas de nuestro propio destino” y que la única competencia que existe es con uno mismo. Aquí también son fundamentales los grandes relatos de éxito, pues los protagonistas de los casos que se socializan y sirven de comparación suelen afirmar que “decidieron tomar el riesgo e invertir en ellos mismos” y ser “dueños de su tiempo y trabajo”.

Sin embargo, al igual que ocurre con los grandes relatos mencionados en la entrega anterior, estos casos de éxito, que se presentan como reglas, en realidad son excepciones, las cuales, dentro de la lógica capitalista, son altamente funcionales, para seguir reafirmando la idea de que cualquiera puede ser exitoso.

El trabajo formal: de la precarización al éxito

En casi cualquier empresa o trabajo formal en el que exista una relación de subordinación, explotación y apropiación del trabajo ajeno, se encuentran elementos de competencia-comparación, jerarquía, individualización de los problemas y construcción del sentido común. Pongamos dos ejemplos en lo laboral: una empresa privada y lo que ocurre con la planta docente en la educación superior. En el primer caso, a las personas trabajadoras se les promete que cualquiera puede ascender en el escalafón laboral, siempre y cuando se esfuerce lo suficiente en comparación con sus iguales. Esto implica, la mayoría de las veces, que las personas deben permitir la explotación laboral y desdibujar cualquier problema individual que afecte su desempeño, ya que, en cualquier momento —muchas veces indeterminado— se les reconocerá su esfuerzo.

Por su parte, en el sector académico universitario ocurre algo similar. Las y los docentes se ven obligados a “producir” artículos, publicaciones e investigaciones con el fin de obtener más “puntos” para acceder a un mayor reconocimiento y estímulos económicos. Esta situación, producto de la precarización laboral del sector docente, también busca promover la idea de una supuesta igualdad de oportunidades, al tiempo que establece una jerarquía académica basada en la comparación y competencia en la “producción” de conocimiento.

En todos estos casos, la tesis central para alcanzar el éxito es el esfuerzo individual de cada persona. No importan las condiciones sociales en las que se encuentre cada individuo, sino su dedicación, disciplina y resiliencia para afrontar cualquier problemática que se le presente. En todos estos casos, con sus particularidades, se busca fortalecer un sentido común que dicta que el fracaso es consecuencia de no haberse esforzado lo suficiente. Es decir, como he insistido ya varias veces, la víctima de las desigualdades educativas, económicas, culturales, etc., se convierte en su propio victimario: “el estudiante no se esforzó lo suficiente para ingresar a la universidad”, “el emprendedor no arriesgó lo suficiente para ser exitoso”, “el trabajador de la empresa no tuvo la resiliencia necesaria para afrontar la presión laboral y por eso no ascendió de puesto”, “el o la profesora no se esfuerza por producir artículos académicos y sólo quiere estar asignada a más de veinte horas frente a grupo, por lo que es natural que no reciba estímulo o reconocimiento alguno”.

Pero, en el caso de la exclusión de la universidad, ¿se trata del esfuerzo de la persona aspirante o de la falta de suficientes lugares disponibles para más de 200,000 jóvenes? En el caso del emprendedor, el trabajador de una empresa o el o la profesora, ¿su precarización laboral se debe a su esfuerzo individual o a la ausencia de condiciones laborales dignas? Es decir, es posible generar tensiones dentro del sentido común al cuestionar la naturalización de los problemas, al preguntarse si todo lo que nos pasa en términos de “fracasos” y “éxitos” se debe a nuestra falta de esfuerzo o, en realidad, es producto de las condiciones estructurales en las que nos encontramos. El sentido común, como lo afirmé en un artículo sobre el ingreso a la educación superior en esta misma revista, es el elemento que debemos atacar si queremos confrontar la meritocracia, pues es allí donde se naturaliza la competencia-comparación y la jerarquización “natural” de las poblaciones, a la vez que oculta las condiciones estructurales para promover la individualización de los problemas. Sólo disputando el sentido común será posible avanzar en el derrumbe de los grandes relatos de la meritocracia y en la falacia de su igualdad de oportunidades.

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