Las campañas de alfabetización, la escuela rural mexicana, las misiones culturales y las normales rurales fueron programas emblemáticos de la educación posrevolucionaria dedicada al campo, particularmente durante el periodo 1921-1940, cuyos legados perdurarían por décadas. Con el respaldo de una detallada historia social y regional de la educación, estos programas ya no son vistos sólo como fructíferas obras de los grandes hombres sino como resultado del enorme esfuerzo colectivo de docentes, ciudadanas y ciudadanos de a pie. Sin embargo, cuando se habla de creadores o líderes, siguen apareciendo los varones tradicionalmente más reconocidos en detrimento del aporte de las expertas. En el caso de las misiones culturales, éstas suelen presentarse como creación del legendario secretario de educación José Vasconcelos para atender la formación docente, o se cita al normalista y “artífice” de la escuela rural, Rafael Ramírez, como su iniciador o primer ejecutor. Sin embargo,el primer modelo de misiones culturales lo concibió Elena Torres.
En la primera entrega de esta serie ya mencioné que el papel pionero de la maestra Torres se mantuvo oculto por mucho tiempo, si bien era ya reconocido en la historiografía feminista, al menos desde la década de 1990. En la segunda entrega relaté cómo la educación pública, así como la prensa y redes feministas y de izquierda, apuntalaron la formación de Elena Torres y sus primeras experiencias como autora y docente; cómo, también, gracias a que instituciones como el Colegio del Estado de Guanajuato y la Escuela Nacional de Altos Estudios en la Ciudad de México comenzaron a abrir sus puertas a las mujeres, Torres tuvo una formación que hoy llamaríamos multidisciplinar. A partir de toda esa experiencia, y mientras era jefa del servicio de desayunos escolares de la Secretaría de Educación Pública (SEP), Elena Torres armó un plan para llevar a cabo una “misión cultural experimental”; veamos en qué consistió y qué lugar tenía entre las iniciativas del nuevo gobierno posrevolucionario.
Sin duda, la educación posrevolucionaria fue una construcción colectiva. Como rector de la Universidad, primero, y luego como secretario de educación a partir de 1921, Vasconcelos puso en marcha, con la dirección de Eulalia Gutiérrez, una campaña de alfabetización. Desde entonces se empezó a hablar de los improvisados maestros como “misioneros”. Vasconcelos ponía como modelo a los antiguos misioneros de la colonia, como Pedro de Gante o Vasco de Quiroga, no sólo por los supuestos avances materiales que introdujeron sino, crucialmente, por los espirituales. Se mantenía el laicismo en el contenido de los programas, pero en el método había una clara intención de transferir la sacralidad de las prácticas y rituales católicos a la educación rural, imbuyéndola de la mística y el carácter de apostolado que muchos de sus relatores han enfatizado como su característica más distintiva. No es, en ese sentido, mera retórica que al proyecto vasconcelista frecuentemente se le llame “cruzada educativa”. Así pues, una vez creada la nueva SEP, con jurisdicción para actuar en todos los estados del país, apareció además la figura de los “maestros misioneros” quienes se encargaban de ubicar localidades dispuestas a abrir una “casa del pueblo” (más tarde se les llamaría “escuelas rurales federales”), donde el sueldo de un docente, y a veces también un ayudante, sería cubierto por la secretaría. Luego de instalada la escuela, el maestro misionero se convertiría en lo que eventualmente sería un inspector federal, emitiendo recomendaciones y vigilando el adecuado funcionamiento de los nuevos establecimientos, al tiempo que continuaba su labor de abrir nuevas escuelas. Así, estos maestros misioneros tenían poco tiempo para instruir a las y los docentes, quienes, a su vez, debían llevar a cabo un ambicioso programa de trabajo, organizando el cultivo de vegetales en una parcela escolar, la crianza de animales y talleres de pequeñas industrias, todo ello con recursos que ellos mismos debían obtener de la comunidad.
En este contexto, Torres buscó cubrir las necesidades de formación de los improvisados maestros. Si bien ya existían cursos para ellos, estos eran de corta duración y tenían lugar en la Ciudad de México o en las capitales de los estados, de manera que no todos estaban en condiciones de asistir. Por el contrario, la misión de Torres proponía atenderlos in situ. Para ello, propuso un proyecto piloto que llamó “misión cultural experimental”, el cual consistía en un equipo de docentes especialistas que se instalaría en una localidad rural por un mínimo de cuatro meses. Para hacerla viable, Torres pensó en lo mínimo necesario: pidió dos maestros de escuela, un agricultor, dos albañiles, un carpintero, así como una enfermera-partera y se propuso a sí misma como jefa de misión. Este equipo construiría el edificio escolar, incluyendo los espacios para un huerto escolar, un gallinero, un taller y un dispensario.
El proyecto de Torres fue preparado desde septiembre y consta que fue aprobado por la SEP en octubre de 1923. Sin embargo, Torres fue despedida poco después, sin que consten los motivos en su expediente, y hubo de buscar alternativas. Gracias a la solidez de su propuesta, que atendía necesidades muy sentidas, Torres consiguió el respaldo de la Secretaría de Agricultura, así como ayuda del Departamento de Salubridad y del secretario de Industria, Comercio y Trabajo. Aunque con menos personal del originalmente planeado, Torres logró instalar la misión en una localidad de poco más de 500 habitantes denominada San José (más tarde pasaría a llamarse Gabriel Tepeapa), en las inmediaciones de la ciudad de Cuautla, en el estado de Morelos. Allí trabajaron desde noviembre de 1923 hasta marzo de 1924. A continuación, la misión se trasladó a la cabecera de Cuautla para continuar sus labores por otros cinco meses.
Tanto en diseño como en ejecución destacan al menostres novedades importantes en el proyecto de Torres. En primer lugar, como ya dije, en lugar del envío de alfabetizadores o de misioneros-inspectores individuales, o de la realización de cursos de una o pocas semanas, la misión experimental funcionó con un equipo de docentes especializados que atendió a maestras y maestros in situ durante varios meses. Además, la propuesta inicial de Torres de que, en esta iniciativa, la SEP sumara esfuerzos con la Secretaría de Agricultura y la de Industria, así como con el Departamento de Salubridad, puede considerarse como un intento temprano de realizar una política pública coordinada para atender asuntos de educación, salud y actividades económicas conjuntamente, si bien con muchos menores recursos de los que dispondrían proyectos alternativos, como el del antropólogo Manuel Gamio en Teotihuacán, que conjuntó una gran cantidad de disciplinas, incluyendo la arqueología, la ingeniería y la medicina, entre 1917 y 1922. Salvadas las distancias, el proyecto de Torres, como el de Gamio, se adelantó a esfuerzos posteriores más conocidos, como los de la política integral del Instituto Nacional Indigenista.
En segundo lugar, Torres incluyó a una enfermera-partera, que no sólo impartió clases a docentes y alumnas, sino que también recabó datos sobre la salud del conjunto de la población, para comprender mejor las necesidades inmediatas, pero también como paso previo para diseñar políticas educativas firmemente basadas en estudios científicos. Estas medidas no sólo iban más allá de las sencillas clases de higiene de las casas del pueblo y las escuelas rurales, sino que también permitían la incorporación de mujeres profesionistas como personajes clave en las políticas educativas posrevolucionarias. Una tercera novedad consistió en presentar un programa de “enseñanza doméstica” muy completo que incluyó una perspectiva científica sobre la nutrición (la cual Torres desarrollaría más profundamente en años posteriores), así como la edificación de una casa modelo para familias campesinas, en la cual el albañil y el carpintero instruirían a los varones sobre cómo construir estos hogares y fabricar sus muebles, así como darles un mantenimiento regular de blanqueo y barnizado respectivamente.
La exclusión de esta misión experimental en nuestras historias de la educación posrevolucionaria amerita una explicación. El despido de Torres de la SEP y lo que ocurrió inmediatamente después en la Secretaría revela algunos de los mecanismos por los cuales se borró su intervención y, con ella, la autoría de un proyecto distintivo. Resulta que al mismo tiempo que Torres preparaba su misión en Cuautla, Vasconcelos se apresuró a aprobar, el 17 de octubre de 1923, un “Programa de acción de los misioneros”, presentado como proyecto del diputado agrarista José Gálvez (de quien poco se sabe), y con características muy similares a las de la misión experimental de Torres: su propósito era la creación de un equipo de docentes especializados para instruir a los maestros en los distintos ramos de la escuela rural (académico, económico y de salud). Las misiones de la SEP contemplaban un mayor número de actividades, incluyendo labores artísticas que Torres no había considerado, lo cual no era sorprendente, puesto que contaban con mayores recursos de los esperados (y finalmente obtenidos) por Torres. También se distinguían por su exhortación a que el “maestro misionero” se inspirara “en el espíritu de los misioners franciscanos que cristianizaron a los indios” y vieran su labor como una “de amor, de actividad y de inteligencia”, mientras que Torres había mantenido un lenguaje uniformemente laico en su iniciativa.[1]
La documentación y publicaciones de la SEP, y los historiadores que se basarían a posteriori en ellas, consignarían estas misiones como las primeras, omitiendo la existencia de la misión cultural experimental de Torres en 1923-1924. Así, tanto en relatos oficiales como magisteriales o académicos, la primera misión cultural consignada fue, por mucho tiempo, la realizada por la SEP en Zacualtipán, Hidalgo, nominalmente a cargo de Roberto Medellín como Oficial Mayor de la secretaría, y en la práctica dirigida por Rafael Ramírez como jefe de misión.
En un mecanuscrito de 1939, Torres dejó claro que, al haber despreciado su iniciativa, y al haberse apropiado sin crédito su concepción de las misiones culturales, le habían quitado el “privilegio de prioridad”.[2] Sin embargo, juzgó prudente no dar nombres de los responsables de estas acciones y se reconcilió con Vasconcelos una vez que éste renunció a la secretaría, como resultado de la reducción del presupuesto educativo, su desacuerdo con el presidente Álvaro Obregón y sus profundas diferencias con el candidato Plutarco Elías Calles en el contexto de una violenta sucesión presidencial. Tan pronto como en 1925 hay correspondencia amistosa entre ellos y para 1929 Torres respaldaría la candidatura de Vasconcelos a la presidencia, que incluía una propuesta de sufragio femenino. Es posible que, más allá del álgido contexto político en que Vasconcelos cesó a Torres y apresuradamente aprobó el proyecto atribuido a Gálvez, a Vasconcelos le hayan disgustado las premisas del proyecto de Torres, que antes sus ojos —sigue siendo una suposición— vaciaban el espíritu de las misiones católicas, al transformarlo en un pragmático y tecnicista plan de servicio social, con demasiado énfasis en el levantamiento de datos y la necesidad de tener estudios “científicos” para el mejor diseño del programa educativo, características que Vasconcelos criticaría en sus memorias, asociándolas a la influencia nociva de la cultura protestante de los Estados Unidos.[3]
En 1926, ya con Calles en la presidencia, cuando Torres llevaba dos años como estudiante becada en el Teachers’ College de Columbia, en Nueva York, Moisés Sáenz, como subsecretario de educación, la invitó a encabezar una Dirección de Misiones Culturales creada ad hoc. Este papel sí ha sido reconocido en las narrativas oficiales de la SEP, si bien su nombre suele quedar en un plano secundario, a la sombra de las mucho más reconocidas luminarias de la historia de la educación rural. Torres, sin embargo, no desperdició su oportunidad y diseñó y ejecutó la reorganización de las misiones de 1926 mano a mano con Sáenz.
Una de sus primeras propuestas fue “dar iguales oportunidades a las mujeres”, con lo cual estaba pensando tanto en las profesionistas de la SEP, como en las niñas, jóvenes y adultas campesinas de escasos recursos con las que trabajaban. Su visión de la educación de la mujer campesina buscaba contribuir a las transformaciones sociales por las cuales ellas dejaban de ser “objeto” para “participar en la obra civilizadora” y “en la vida social, hasta convertirse en sujeto de derecho”. Así, se aseguró de que todas las misiones incorporaran a una trabajadora social, con lo cual se dio un impulso decisivo a los cuidados de salud y las mejoras implementadas desde el hogar, incluyendo la habitación, la alimentación, el vestido y el aseo personal. Tal trabajo, además, partía de la premisa de considerar a la mujer campesina, a cargo del hogar, como clave para el deseado progreso de la comunidad. Torres constantemente hizo hincapié en la necesidad de desarrollar una educación apropiada para las mujeres campesinas, tarea que, según ella, había sido descuidada, a pesar de lo cual, destacaba, esas mujeres muchas veces habían “conseguido ajustarse a la vida moderna en todas sus exigencias con inteligencia”. ¿Qué tanto más podrían conseguir si se les ponía la debida atención?
Además, nombró a la primera mujer jefa de misión, Elisa Acuña Rosetti, maestra y una de las feministas que había participado como fundadora, editora y periodista en la prensa anti-porfirista y en el Partido Liberal Mexicano, así como en el Club Femenil Antirreeleccionista Hijas de Cuautémoc, y que en la década de 1920 sería, como Torres, miembro del Consejo Feminista Mexicano y de la Liga Panamericana de Mujeres. Por su capacidad organizativa y de negociación, Acuña se ganó la admiración del Director de Educación Federal de San Luis Potosí, quien acompañó a esta misión en parte de su trayecto.
El objetivo era múltiple: no se trataba solamente de abrir la puerta de la SEP a las mujeres con conocimientos y vocación de servicio, y ni siquiera sólo de transformar las organizaciones para que ellas tuvieran puestos de dirección y las condiciones adecuadas para ejercerlos: el objetivo más amplio era “integrar un tipo de organización que respondiera ampliamente a las necesidades humanas”. Con ello Torres quería decir, por un lado, que al estar compuesta la humanidad de hombres y mujeres, no era válido diseñar organizaciones y programas donde los “móviles y el contenido” fuesen solamente “masculinos”, y que la labor específica de las mujeres era indispensable para la vida de todas y todos. Torres insistía en que ese papel especial de la mujer no consistía en su dulzura, suavidad, belleza, ni en su disciplina de abnegación y sometimiento, sino en su particular inteligencia, sensibilidad y su “incomparable sentido humano”. En última instancia, todos los esfuerzos que se hicieran en política educativa, si se limitaban a principios implícitamente masculinos, serían “parciales y precarios por cuanto ve a su imperativo de universalidad”.
Al apuntar al contenido y forma masculinos de las políticas educativas, y cómo éstos soslayaban o excluían a las maestras y las estudiantes, sin dejar nunca de proponer alternativas, Torres nos legó preguntas y luchas de su época que han sido muy discutidas en la historiografía de género, pero que aún están por incorporarse de lleno a la historiografía educativa. Nos legó también preguntas para la política pública que siguen vigentes. En la próxima entrega continuaré examinando la trayectoria de Torres, haciendo hincapié en los obstáculos que encontró y las condiciones que configuraron en algunos casos su subordinación y en otros su exclusión de la historia de la educación mexicana, tanto en el ámbito nacional, como en el internacional, por medio de la participación mexicana en la UNESCO.
Notas
*Esta serie de artículos difunde conocimiento producido como resultado de un proyecto financiado por el UK Research and Innovation (UKRI) bajo la Horizon Europe Funding Guarantee del gobierno del Reino Unido [G124706], llevado a cabo en la Facultad de Historia de la Universidad de Cambridge, Reino Unido.
[1]José Gálvez, “Proyecto para la organización de las misiones federales de educación”, leído en la Cámara de Diputados, 1923, en Augusto Santiago Sierra, Las Misiones Culturales (1923-1973) Colección SepSetentas. México: SEP, 1973, p. 92.
[2] Elena Torres, “Las misiones culturales y la educación rural federal”, Mecanuscrito de 1939, p. 18, caja 6, Fondo Elena Torres Cuéllar, Biblioteca Francisco Xavier Clavigero, Universidad Iberoamericana.
[3] José Vasconcelos, Memorias II. El desastre. El proconsulado. México: FCE, 1982, pp. 60-61, 481-486.
