En la anterior entrega propuse reconsiderar los objetivos de la historia de la educación desde la trayectoria de Elena Torres Cuéllar (1893-1970), a quien conviene pensar no sólo como maestra sino como experta. Para abonar a ello, aquí contaré algo de su accidentada pero rica formación y experiencia. Veremos cómo la educación pública y el feminismo hicieron posible que fructificaran sus esfuerzos por contribuir a una educación popular siempre preocupada por las niñas y las mujeres.
Elena Torres nació en 1893 en el Mineral de Mellado, aledaño a la ciudad de Guanajuato. Cursó la enseñanza elemental en una escuela pública. Como hermana mayor, y ante la ausencia del padre, desde 1907 hubo de ayudar a su madre a sostener a la familia. Tenía la ventaja de ser hablante nativa del castellano. Probablemente también se benefició de su “tez blanca” (expresión consignada años después en su registro como empleada de la Secretaría de Educación Pública). No optó, por ejemplo, por el servicio doméstico, probablemente la forma de trabajo fuera del propio hogar más común para las mujeres de esa época. Tampoco se emplearía en los trabajos manuales de la fábrica, como tantas mujeres de familias obreras. Sin embargo, a diferencia de algunas profesionistas que se volverían sus colegas, colaboradoras e incluso amigas, como Elena Landázuri, Torres no procedía de una familia acomodada.
Gracias a clases particulares de contabilidad, mecanografía y taquigrafía, Torres pudo emplearse, pero, como veremos enseguida, sus inquietudes iban más allá. Décadas después señalaría: “No soy Profesora Normalista. Mis estudios los hice en condiciones de muchacha pobre que tenía que trabajar y con las dificultades que existían para la mujer hace más de treinta años. Fui cajera de una Negociación Americana cuando contaba catorce años de edad y tomaba clases nocturnas que un grupo de maestros del Colegio del Estado de Guanajuato organizó para muchachas de mis condiciones”.[1] Las clases que escogió fueron desde la “Lectura escénica y Literatura Española y Mexicana” hasta la “Higiene y Cirugía de Emergencia”, que incluía prácticas en el Hospital de Minas. De un modo u otro, la palabra y la medicina la acompañarían en las siguientes décadas.
Desde 1909, año en que cumpliría los dieciséis, también se las arregló para publicar artículos en periódicos de Guanajuato bajo los pseudónimos de “Una guanajuatense” y “Julieta”. Allí habló en favor de “la mujer que trabaja fuera de su hogar” para intentar sobreponerse a las críticas de propios y ajenos. Así, su propio aprendizaje de la escritura para un público se desarrollaría a la par que la enseñanza. Para 1912 Torres había aprobado el examen para certificarse como profesora, lo que le permitiría ser nombrada directora de una escuela de niñas de tercera clase en el Mineral de Santa Ana, cerca de la ciudad de Guanajuato, y más tarde como ayudante de la escuela superior para niñas en Silao. En 1915 se convirtió en taquígrafa en el cuartel general de los triunfantes carrancistas en Guanajuato. También se encargó de una escuela en la Casa del Obrero Mundial local y comenzó a firmar sus artículos de prensa con su propio nombre.
La revolución lo había revuelto todo y nuestra guanajuatense se había unido a la emergente república de las letras femenina como maestra y obrera de la palabra. Si bien la carrera era cuesta arriba, lo cierto es que ya era concebible. Tomar dictado y teclear en la máquina para el jefe podía ser un paso para pensarse como autora; y aún sin ser dueña de los modernos medios de producción, siempre se podía escribir a mano en casa, aunque fuera en la mesa de la cocina después de la cena. No sólo porque se había expandido la educación media —así fuera en cursos nocturnos y sólo en las capitales—, sino porque también había proliferado la prensa. Más importante aún, para cuando Torres nació, en 1893, cada vez más personas argumentaban a favor de la educación femenina, particularmente en las revistas creadas por mujeres.
Para algunos, la prensa femenina era fácil blanco de burla: provinciana, sensiblera, pretenciosa. Para ellas, abrió una multiplicidad de caminos, sin faltar el que llevaba a la cárcel para aquellas que se atrevieron a denunciar los abusos del gobierno, frecuentemente aliadas con las obreras. Tal fue el caso, por ejemplo, de Elisa Acuña y Rosetti, quien más adelante colaboraría con Torres. Estudiantes y egresadas de las escuelas de artes y oficios para mujeres, que contaban con sus propias imprentas, estaban dispuestas a demostrar que la pluma podía ser más afilada, y quizá hasta más poderosa, que la espada.
La escritura y la prensa femeninas de finales del siglo XIX y principios del XX podían reforzar roles que hoy nos parecen discriminatorios, por ejemplo, cuando defendían los derechos de la mujer en función de su papel de madres. No obstante, al argumentar en la prensa por qué era válido que ellas estudiaran, escribieran y trabajaran fuera del hogar, las mujeres no solamente se apropiaban de la lectura y la escritura para difundir sus propias ideas, erigiéndose así autoras, sino que además convertían la categoría misma de mujer en un lugar de enunciación y objeto de escrutinio —en categoría política, pues—.[2] El término “feminismo” comenzó a usarse justamente en esos años.
La educación femenina avanzaba lento, pero había cambios visibles. En 1887 se había titulado Matilde Montoya, la primera cirujana en México, y la prensa feminista no tardaría en presentarla como heroína de la ciencia. Por esos mismos años, Dolores Correa Zapata publicó por entregas “La mujer científica. Poema en dos cantos” en la revista Violetas del Anáhuac, heredera de Las Hijas del Anáhuac en cuyo primer número de 1873 se había anunciado: “ya no es mal visto que la mujer escriba”.[3]
El hecho de que estaban haciendo algo importante, quizá se haga evidente en los frecuentes ataques que recibían. Cuando el censo de 1900 registró dos abogadas y cuatro médicas, algunos anunciaron que se venía “la ruina del hogar, el abandono de la familia, la extinción de la raza”.[4] La escritora y profesora Laura Méndez de Cuenca, con humor algo janeausteniano, describió estos arrebatos como el griterío del “sexo feo” o su “derecho del pataleo”.[5]
Las conexiones carrancistas de 1915, y el feminismo de Hermila Galindo, secretaria particular del Primer Jefe Constitucionalista Venustiano Carranza, llevarían a Elena Torres a Mérida al Primer Congreso Feminista en 1916. Allí, entre múltiples demandas, se sumó una renovada insistencia en la importancia de ganar autonomía económica para las mujeres, de familias pobres o ricas, del campo o la ciudad. Entusiasmada por los aires de cambio en la península, Torres se uniría, además, a las nuevas pedagogías y mantuvo durante dos años una “escuela experimental” basada en los principios de María Montessori. Tras Mérida, se trasladó a la ciudad de México, donde seguiría enhebrando el empeño por el estudio —aunque fuese intermitente—, el activismo feminista sin remuneración, una militancia comunista breve pero significativa y la experiencia laboral.[6]
Para finales de la década de 1910, cuando Torres se trasladó a la Ciudad de México, la Escuela Nacional de Altos Estudios estaba funcionando como un centro de enseñanza superior al servicio de la educación popular, incluyendo la formación de docentes. La matrícula se feminizó mucho más rápido que la de la Escuela Nacional Preparatoria. En ese ambiente, necesitada de empleo y ansiosa por aprender, Torres trabajó como preparadora para el “Laboratorio de Biología” del “Maestro Don Alfonso L. Herrera”, quien le enseñó a “apreciar la actividad científica y la importancia de la Ciencia Biológica”. A comienzos del siglo, Herrera había creado una controvertida primera cátedra de Biología en la Escuela Normal de Profesores y había editado el primer libro de texto mexicano para esta disciplina. De su experiencia en el laboratorio de Herrera, ella valoraría el hacer cotidiano de la ciencia, “el método y la disciplina dadas por una Universidad”.[7] En los años siguientes, Torres buscó llevar la experiencia y devoción por la ciencia a la Escuela de enseñanza doméstica, donde comenzó su labor como secretaria y como maestra de maestras.
En 1921 Torres se unió a los proyectos de José Vasconcelos, entonces aún rector de la Universidad y en plena campaña para crear la Secretaría de Educación Pública. Con la anuencia vasconcelista y el trabajo del químico Roberto Medellín y el ingeniero Luis Massien, Torres organizó un servicio de desayunos escolares que se trasladaría a la SEP luego de su fundación. Del laboratorio al aula y a la instalación de comedores escolares, no dejaba de poner atención. Por ejemplo, en la escuela granja de la colonia la Bolsa, una de las beneficiadas con los desayunos, Torres admiró el trabajo del maestro, pero también le sugirió que solicitara el terreno anexo para ampliar su jardín y tener una verdadera huerta para su emergente cooperativa, lo cual eventualmente llevó a cabo con éxito.
En la próxima entrega veremos cómo, en 1923, mientras Torres se encargaba de los desayunos escolares en colonias populares de la Ciudad de México, a la par que co-organizaba el Primer Congreso Feminista Panamericano, también concibió un proyecto de educación rural al que llamó “misión cultural experimental” y que llevó a cabo en un pueblo de Morelos. Mientras que la originalidad de sus aportes fue soslayada u ocultada en la tumultuosa SEP de 1923 y 1924, redes panamericanas y feministas reconocieron su trabajo e hicieron posible que obtuviera dos becas para ir al Teachers College de la Universidad de Columbia en Nueva York de 1924 a 1926, el único lugar donde, ya con 30 años, cursó, por primera vez desde su primaria, estudios a tiempo completo. Bajo la mentoría de Mabel Carney, profesora reconocida por su trabajo entre afroamericanos, así como en el este de África y Sudáfrica, Torres se especializó en educación rural, incluyendo, por supuesto, el estudio de la “ciencia de la nutrición”, que había llamado su atención durante su tiempo en el laboratorio de Herrera y la Escuela de enseñanza doméstica.
Estando en Nueva York en el invierno de 1924 (cuando Vasconcelos ya había renunciado a la SEP por el reemplazo callista en el poder), Torres publicó un artículo titulado “Arte Industrial” en el tomo I, número 13 de La Antorcha. Letras – Arte – Ciencia – Industria. Semanario de José Vasconcelos. El texto es un comentario sobre las propuestas pedagógicas que desarrollaba la Srta. Patrick en Columbia, inspirada en la escuela de la acción de John Dewey. Torres destacó el carácter activo de estos proyectos, vinculándolo no tanto al fin utilitario de mejorar las actividades económicas locales, como frecuentemente se hacía en México entonces (y como criticaría a posteriori Vasconcelos), sino a la idea de “despertar” al niño “a la investigación o por lo menos al conocimiento científico”, dándole a conocer de manera sencilla el funcionamiento del “alumbrado, la industria textil y la alimenticia”. Torres insistiría en el valor de que los estudiantes experimentaran por sí mismos, por ejemplo, haciendo papel, o encuadernando un libro, no solamente para comprender mejor los procesos productivos, sino para desarrollar su propia voz: “Yo oí una conferencia desarrollada por una pequeña de diez años ante un auditorio de cuarenta niños que no perdió el interés durante treinta y cinco minutos y la niña sentía de tal manera la autoridad de la experiencia que no la inquietó la presencia de ocho visitantes extraños a su trato”. Quizá Elena, lejos ya de la violencia del cambio de gobierno en México, tomaba un respiro en Columbia y afinaba su propia voz, mientras observaba las condiciones en que había sido posible la toma de la palabra de la niña.
Notas
*Esta serie de artículos difunde conocimiento producido como resultado de un proyecto financiado por el UK Research and Innovation (UKRI) bajo la Horizon Europe Funding Guarantee del gobierno del Reino Unido [G124706], llevado a cabo en la Facultad de Historia de la Universidad de Cambridge, Reino Unido.
[1] Archivo de la Universidad Iberoamericana, Fondo Elena Torres Cuéllar, caja 1, exp. 3 “Correspondencia SEP”; carta de Elena Torres al Sr Prof Dn José María Bonilla, Jefe de la Dirección General Técnico Pedagógica; México, D.F., 14 diciembre 1941.
[2] Lucrecia Infante Vargas, “De la exclusión del canon al registro de la experiencia. La consideración de la escritura femenina como fuente para la Historia de las Mujeres en México (1805-1907)” en Margarita Vásquez y Ana Lau Jaiven, coords., Historia de las mujeres en México: Panorámicas, abordajes y aproximaciones. Tomo I, Del México antiguo a la creación del estado nación (México: INEHRM, 2025), p. 420.
[3] “ A nuestras lectoras”, Las Hijas de Anáhuac. Ensayo literario, tomo I, núm. 1. 19 octubre 1873.
[4] Gabriela Cano, “La polémica en torno al acceso de las mujeres a las profesiones” en Josefina MacGregor, comp., Miradas sobre la nación liberal (1848-1948). Proyectos, debates y desafíos, Libro 2 (México: UNAM, 2010), p. 171.
[5] Laura Méndez de Cuenca, “El Decantado Feminismo”, en El Imparcial, 17 noviembre 1907.
[6] María de Lourdes Cueva Tazzer, Por una sociedad más justa: mujeres comunistas en México, 1919-1935 (México: Bonilla Artigas Editores, 2020), pp. 99-112, 184-191.
[7] Elena Torres, Un libro de técnica a través de un curso de seis semanas. Trabajo colectivo de los maestros ruarles del Estado de México bajo la dirección de Elena Torres (México: Editorial Cvltvra,1937), p. 8.
