Asistí a la escuela en la Ciudad de México de 1979 a 1991. Todos los 15 de mayo celebrábamos el Día del Maestro. En mi escuela casi todas eran, en realidad, maestras. Pertenezco a una generación a la que se nos inculcó que, por economía lingüística, “el hombre” quería decir toda la humanidad, que nos incluía a nosotras. Me la creí.
No lo sabía entonces, pero mientras yo estaba en la escuela pegando en mi cuaderno cromos de don Benito y otros héroes patrios comprados en la papelería, muchas feministas discutían la historia de las mujeres. La escribían no sólo para entender su presente y buscar los orígenes de la desigualdad, sino también para preguntar qué tipo de historia era ésa que teníamos, si había podido dejar fuera a la mitad de la humanidad. Esta última fue, y sigue siendo, una de las cuestiones clave: no se trata simplemente de “completar” la historia existente añadiendo mujeres, porque la forma misma y el contenido habitual de esa historia las ha dejado en los márgenes, ausentes o como excepciones.
Por supuesto, no fueron las feministas de las décadas de 1970 y 1980 las primeras en señalar el problema con la historia. Por ejemplo, a comienzos del siglo XIX la novelista Jane Austen, en boca de Catherine Morland, protagonista de La abadía de Northanger, fue mordaz: “Leo un poco [de historia] por obligación, pero no me dice nada que no me irrite o agote. Las riñas de papas y reyes, con guerras y epidemias en cada página; los hombres todos unos buenos para nada y apenas aparecen las mujeres. Es tan tedioso” (la traducción es mía). Podemos imaginar un cansancio similar entre las mexicanas de ese mismo siglo, como Laureana Wright, fundadora del semanario Violetas de Anáhuac, publicado en la Ciudad de México entre 1887 y 1889, en cuyas páginas se incluían breves biografías de mujeres ilustres.
Pensando en dejar papas, reyes y presidentes de lado, y con el entusiasmo de la tesista joven que creía que la historia de trabajadores y campesinos también incluía a las mujeres, me lancé, con maestras y compañeras, a hacer una historia social “desde abajo”. En la historia de la educación dejamos a los secretarios de la educación de telón de fondo, si es que los mencionábamos. A ras del suelo importaban las maestras, los maestros, las madres y los padres de familia, las autoridades locales. Ayudó, pero no fue suficiente.
Algunas investigadoras se centraron específicamente en las maestras: su formación, sus condiciones laborales (aún más difíciles que las de sus compañeros varones), el creciente número de mujeres que se unieron a la profesión docente a lo largo del siglo XX (la llamada feminización del magisterio), sus representaciones, incluyendo la asociación entre magisterio y maternidad. Más recientemente han aparecido un creciente número de historias de vida e historias orales. Así, se está restituyendo la presencia de muchas mujeres y tenemos mejores bases para pensar la relación entre educación y género. Ha sido un gran paso. Sin embargo, podríamos seguir avanzando. Un ejemplo: en el canon de la educación rural, y en la memoria magisterial, el elenco no se ha modificado. José Vasconcelos, por supuesto, y normalistas como Rafael Ramírez y Moisés Sáenz están entre los más reconocidos. Podríamos añadir varios profesores más a la lista de los habituales. Sí, todos varones.
El problema, entonces, es que la historiografía de maestras y sus vidas cotidianas, construida por décadas, no necesariamente transforma el canon ni algunas de las narrativas más sedimentadas. Sólo en los últimos años se ha difundido con más fuerza esta historiografía de las mujeres y el género en la educación. Es un avance esperanzador e indispensable, al mismo tiempo que un gran reto. ¿Puede este creciente corpus de investigación y su mayor divulgación cambiar nuestras historias de la educación a fondo? ¿Y cómo y en qué sentido habrían de hacerlo?
En futuras entregas mensuales propongo pensar algunas respuestas con ayuda del caso de la maestra Elena Torres Cuéllar (1893-1970). Es sólo un ejemplo, pero espero que sea fructífero. Mostraré por qué Torres debería tener un lugar al lado de profesores como Rafael Ramírez y Moisés Sáenz, y por qué su experiencia resulta interesante por al menos tres razones, que mencionaré ahora y sobre las cuales me extenderé en los próximos artículos.
La primera razón es que, si bien Torres comenzó su periplo educativo como maestra de la escuela elemental de niñas del Mineral de Santa Ana, Guanajuato, en 1912, en los años siguientes se convirtió en lo que llamaré una experta en educación, dedicándose al diseño y dirección de programas como los desayunos escolares y las misiones culturales, así como a la consultoría y la inspección, principalmente en la Secretaría de Educación Pública desde su creación en 1921, aunque también estuvo como consejera en la UNESCO en 1946-47.
En la toma de decisiones dentro de la política educativa mexicana, la antecedían las profesoras de preescolar, quienes ya en el Porfiriato habían viajado, estudiado y aplicado sus conocimientos en las escuelas para menores de seis años. Pero ellas habían tenido una ventaja particular: la educación de los niños pequeños estaba aún más unida al ideal maternal que la educación elemental, y por ello completamente feminizada. Podían moverse a sus anchas. En relación con sus predecesoras, Torres tuvo una similitud: construyó autoridad en una esfera distintiva al especializarse en la educación de mujeres, particularmente en la “economía doméstica” y la nutrición, conocimientos que, a diferencia de sus predecesoras, no concibió para hogares burgueses, sino que elaboró específicamente para su uso entre las jóvenes y adultas campesinas, buscando, además, beneficiarlas a ellas mismas y no sólo a sus familias. Por otra parte, al estar inserta en la educación rural, para todas las edades, Torres se distinguió de sus antecesoras por tener que compartir autoridad con colegas varones, en detrimento de su reconocimiento.
La segunda razón es que la historia de Torres permite mostrar cómo la emergente educación pública y un frágil pero fructífero movimiento feminista abrió camino para que hubiera mujeres profesionistas. En particular, su papel como pionera de las misiones culturales, por mucho tiempo oculto, y el resto de sus contribuciones en la SEP, sólo parcialmente reconocidas, pero recuperables en los archivos, nos permiten conocer las formas en las que el activismo feminista se tradujo en programas educativos con énfasis en la buena alimentación, la higiene y la salud. También nos permiten indagar los mecanismos por los cuales se ha minimizado y borrado la autoridad y autoría de las mujeres expertas. Además, las reflexiones de la propia Torres nos enfrentarán a la pregunta de cómo contamos los orígenes de las innovaciones educativas y lo problemático de atribuir autorías individuales a procesos eminentemente colectivos. Nos darán pistas para detenernos y pensarlo dos veces antes de erigir estatuas de bronce femeninas. ¿Se trata de unirse a los señores en las rotondas de hombres ilustres o de transformar la forma en que entendemos la historia?
En tercer lugar, el caso de Torres ilustra que los obstáculos que enfrentaron las profesionistas fueron formidables y los avances no fueron necesariamente irreversibles y acumulables. Esto nos dará algunos elementos para entender mejor el poso de largo plazo de la desigualdad y estratificación de género que, a pesar de los muchos logros, tenemos hasta hoy.
En última instancia, esta serie se propone pensar con Elena Torres qué le pasa a las historias de la educación que contamos y recordamos si decidimos centrar la experiencia y las propuestas de esa tan poco reconocida mitad. Para realmente celebrar a las maestras en su día, habría que cubrir muchas deudas pendientes. Aquí apenas ponemos un granito de arena para su historia, pero, siguiendo a Yuri Páez, esperamos que “cuidar esa memoria sea también una forma de reparación”.
*Esta serie de artículos difunde conocimiento producido como resultado de un proyecto financiado por el UK Research and Innovation (UKRI) bajo la Horizon Europe Funding Guarantee del gobierno del Reino Unido [G124706], llevado cabo en la Facultad de Historia de la Universidad de Cambridge, Reino Unido.
