“Tengo vocación, pero sé que me explotan”. Esta frase se escucha cada vez más en los pasillos universitarios, desprovistos de cualquier romanticismo e impregnados de una cruda lucidez. Condensa una contradicción con la que miles de profesoras y profesores de tiempo parcial (PTP) lidian todos los días: el choque entre el amor genuino por enseñar y la realidad de un trabajo que se paga por horas, se firma por meses y se vive en la incertidumbre.
Tradicionalmente, la sociedad ha visto al docente (en general, no sólo al universitario) como una especie de misionero o un “voluntario de lujo” cuya recompensa principal es espiritual. Se asume que el sacrificio viene incluido en el parque de la tiza y el borrador, o, en la actualidad, en la pantalla digital y el apuntador. Sin embargo, cuando observamos el día a día de quienes sostienen las aulas, esa idea del “sacerdocio docente” empieza a mostrar grietas profundas.
Hoy en día, la vocación no es sólo un impulso interno o un llamado místico; se ha transformado en una especie de amortiguador emocional que estira la buena voluntad del docente para que el sistema educativo pueda seguir funcionando sin colapsar financieramente. Si observamos de cerca cómo se vive la docencia en estos escenarios de inestabilidad (o, en muchos casos, de precariedad), se intuyen ciertas rutas críticas que pocas veces se investigan a fondo —aunque aparezcan una y otra vez en las conversaciones de las cafeterías universitarias— que pueden ayudarnos a desenterrar este laberinto afectivo, político y laboral.
La vocación como escudo y trinchera
La primera intuición que planteamos es que la vocación funciona como un chaleco antibalas emocional. Cuando las condiciones materiales son desfavorables, el salario es bajo y no hay certeza de si habrá o no contrato el próximo periodo escolar, el profesorado necesita encontrar una razón de peso para no tirar la toalla. Es allí donde las ideas de “transformar vidas”, de “devolver algo al pueblo”, de “regresarle algo a la universidad donde estudié” o de “cambiar el futuro de alguien” entran al rescate como una justificación existencial. Es una especie de trueque simbólico automático: lo que la institución no te paga con dinero, tú te lo cobras en significado social y trascendencia.
Saber que estás formando ciudadanos y ayudando a resolver los grandes problemas del entorno local, nacional e internacional genera un bienestar subjetivo que blinda al docente frente al desgaste diario. El peligro, por supuesto, es que este escudo es tan efectivo que a veces contribuye a normalizar e internalizar situaciones de enajenación laboral que de otro modo serían intolerables.
El aula como un “laboratorio humano”
Dar clases nunca ha sido simplemente pararse a dictar apuntes o vaciar información en “mentes pasivas”, y menos para quienes encuentran en el aula su principal trinchera de realización. Una segunda ruta de análisis nos lleva a ver el salón de clases como un espacio vivo, un ir y venir donde el conocimiento se co-construye de manera horizontal. Muchas profesoras y profesores describen sus clases como un territorio de “incomodidad positiva”, un espacio político y social activo donde se busca sacudir las certezas del estudiantado, desestructurar sus visiones del mundo y reconstruir con ellos herramientas críticas para la vida real. Esta chispa no es unidireccional. El entusiasmo, las dudas, los afectos y las nuevas tendencias que aportan las y los estudiantes actúan como una recarga de energía y un espejo para el propio docente. El aula se convierte en un laboratorio humano que mantiene a la profesora o profesor actualizado y conectado, devolviéndole el sentido práctico y la pasión a su esfuerzo.
La lucidez de la mano de obra calificada
Existe el mito de que el trabajador apasionado es un ser ingenuo que no se da cuenta de las dinámicas de poder, pero nada más alejado de la realidad actual. Quienes dan clases bajo esquemas de contratación inestable (asignatura, por horas, a tiempo parcial, tiempo determinado, contratos por servicios profesionales, o incluso el caso de quienes son posdoctorantes) tienen una claridad asombrosa sobre su posición en el tablero de ajedrez universitario. Se saben poseedores de un alto capital educativo —muchos tienen maestrías, doctorados e incluso son parte del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII) — y reconocen perfectamente que son, metafóricamente hablando, la mano de obra esencial, el brazo operativo que sostiene la mayor parte de la carga docente de las instituciones de educación superior.
Aquí es donde la contradicción se vuelve punzante. El docente no ignora que vive sujeto al “contrato de cuatro o seis meses” o que su salario base es una fracción mínima del presupuesto universitario, o incluso que recibe más del SNII que de su universidad. Habitar esta tensión genera una ironía casi defensiva: expresiones cotidianas como “es que nos gusta la mala vida” revelan que el docente es plenamente consciente de la desvalorización de su trabajo, pero elige conscientemente habitar esa contradicción, acaso en parte por el sentido subjetivo otorgado al trabajo docente y la co-construcción del conocimiento en las aulas.
La paradoja de la doble presencia
Una hebra de análisis que casi siempre se pasa por alto es la sutil presión periférica que sufren aquellos profesores y profesoras de tiempo parcial que, además de sus pesadas cargas frente a grupo, deciden o necesitan investigar. Para algunos, la pertenencia al SNII funciona como un “paliativo” económico (Anaya, 2024; Solares y Vera, 2023) o un flotador en medio de la marea, pero a un costo subjetivo altísimo. Al no contar con una plaza de tiempo completo que les asigne horas institucionales para la formación de recursos humanos (es decir, para las asesorías de tesis), el diseño de proyectos o la escritura de textos científicos de alto nivel, estas tareas se vuelven completamente invisibles para los contratos de asignatura. Así, el docente fragmenta aún más su vida laboral y personal, robándole horas al sueño o a la familia para cumplir con evaluaciones externas. La vocación, bajo esta luz, no sólo subsidia la enseñanza, sino que empuja al sujeto a “auto-explotarse” en el campo de la investigación con la eterna esperanza de transitar, algún día, hacia la ansiada estabilidad institucional.
La trampa de doble filo del “salario emocional”
Finalmente, nos topamos con el concepto del “salario emocional”: ese pago invisible, hecho de placer, orgullo, libertad de cátedra y la satisfacción casi mágica al ver cómo a un estudiante por fin “le cae el veinte” frente a un concepto complejo. Para la gran mayoría de ese sector, el verdadero goce de la docencia ocurre en este instante de conexión pedagógica (vínculo significativo entre docente, estudiantes, contenidos y contexto, que favorece la comprensión, participación y aprendizaje) no en la pertenencia burocrática o el reconocimiento de las autoridades. El problema de fondo es que este salario emocional tiene dos caras de una misma moneda. Por un lado, es el combustible que humaniza las aulas y genera resiliencia frente al burnout. Por el otro, funciona como el subsidio perfecto para lógicas de gestión universitaria neoliberal. Al descansar en la entrega incondicional del docente, el sistema invisibiliza y deja de pagar todo el trabajo excedente o trabajo no remunerado que ocurre fuera del salón: planear clases, diseñar exámenes, calificar tareas en casa o dar contención emocional al estudiantado. La pasión individual termina cubriendo los baches del contrato.
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Lo expuesto hasta aquí son algunas reflexiones que tienen como objetivo desmitificar el trabajo docente para proteger el futuro de quienes lo ejercen. Poner estas cartas sobre la mesa y tratar de seguir estas rutas críticas no busca, bajo ninguna circunstancia, quitarle el valor ni el brillo al amor legítimo por la enseñanza; al contrario, busca quitar esos mitos para poder proteger ese amor. Cuando la vocación se utiliza políticamente o se promueve desde la gestión institucional como una disposición natural al sacrificio, corre el riesgo de convertirse en una herramienta de desgaste silencioso y de despolitización del trabajador académico.
Las instituciones de educación superior, universidades públicas y privadas funcionan, en gran medida, gracias a este pacto afectivo y a la resistencia cotidiana de profesores y profesoras de tiempo parcial, quienes habitan la incertidumbre sin abandonar el barco. El compromiso ético, el deseo de transformación social y la pasión por la enseñanza son motores maravillosos que dan vida a la educación superior, pero no deberían ser tratados por los establecimientos educativos como un recurso inagotable, gratuito y a prueba de todo. Reconocer los límites materiales de la vocación es el primer paso para dignificar, de una vez por todas, el trabajo de quienes construyen el conocimiento desde el aula, sea ésta un espacio físico o virtual.
