
Urdir la palabra
Rosa Margarita Sánchez Pacheco y Alma Vanessa Arvizu Reynaga
¿Qué implica el trabajo académico para una mujer en México? Significa producir conocimiento, ejercer la docencia, difundir la cultura y contribuir al desarrollo científico y humanístico del país. Pero también supone velar por el bienestar de la comunidad universitaria, atender las responsabilidades del hogar y, para quienes así lo han decidido, criar y acompañar a sus hijas e hijos. Todas estas tareas se entretejen en un sistema de trabajo académico que continúa poniendo al centro los esquemas de evaluación basados principalmente en la productividad y la acumulación de puntos, dejando en segundo plano el conjunto de actividades que sostienen cotidianamente a las instituciones de educación superior (IES).
En este texto, buscamos reflexionar sobre cómo las políticas institucionales, así como los mecanismos de evaluación y reconocimiento impulsados por la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (SECIHTI) y el Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII), han contribuido a reproducir dinámicas que obstaculizan la continuidad y progresión de las trayectorias académicas femeninas. Estas dinámicas se inscriben en estructuras de desigualdad y en distintas formas de violencia de género, donde los mandatos sociales asociados al trabajo de cuidados ocupan un lugar central.
El SNI (hoy SNII) fue creado en 1984 por Acuerdo Presidencial por el entonces presidente Miguel de la Madrid, en el marco de una crisis económica que, entre otros efectos, habría tenido un impacto negativo en los salarios de docentes-investigadores de las Instituciones de Educación Superior (IES) en el país. El SNII opera como un sistema de “distinción” que va acompañado de un estímulo económico, asignado a las y los investigadores en relación con los criterios específicos de evaluación basados en la cantidad y calidad de su trabajo académico. Las distinciones se clasifican en niveles del menor al mayor: personas candidatas, Nivel I, Nivel II, Nivel III y Eméritas.
Los criterios del SNII han tenido modificaciones a lo largo de las más de tres décadas de su existencia. Así, mientras en el año 2000 para ingresar a nivel candidato en “casos excepcionales” se podía eximir del título de doctorado y se debía de tener menos de 40 años, para la convocatoria de 2026 es indispensable contar con el grado de doctor y se ha eliminado la restricción de edad.
Habría que advertir que, al tiempo que se han modificado y acrecentado las exigencias del Sistema —en términos de producción académica— para quienes realizan investigación en nuestro país, también se ha modificado la forma de hacer investigación en México, así como las vidas profesionales, familiares y comunitarias de quienes eligen dedicarse a ello. Ante esto, si bien las demandas de productividad han aumentado para todas y todos los investigadores, en los hechos, las mujeres enfrentan desafíos particulares y demandas que sólo pueden leerse desde una perspectiva de género.
Entre abril y mayo de este mes, los debates en torno al SNII se avivaron en el marco de la convocatoria 2026. Entre el retraso de su publicación, el poco tiempo que se dio para “cargar” documentos en la plataforma, las fallas en ésta y el aumento de algunos de los requisitos para las evaluaciones, emergieron debates dentro de la comunidad científica. A pesar de la riqueza y la amplitud de estas reflexiones, consideramos que hubo un eje que vale la pena ser revisitado y puesto sobre la mesa para la transformación de la política pública en materia de investigación: la manera en que el género atraviesa las trayectorias de las mujeres investigadoras en México y las desigualdades estructurales que enfrentamos a la hora de hacer investigación, poniendo especial atención en el trabajo de cuidados.
Un sistema con afectaciones diferenciadas por género
Las académicas e investigadoras en México enfrentan una lógica de producción científica y tecnológica que complejiza de manera particular sus trayectorias. Pero ¿por qué esta lógica afecta con más énfasis a las mujeres? Existen al menos tres razones principales: feminización de campos de conocimiento y actividades académicas vinculadas a los cuidados que han sido infravaloradas; el trabajo académico y el trabajo de cuidados inscritos en mandatos de género; sexismo y discriminación en razón de género.
Antes de abordar estos puntos, nos parece importante reconocer que la lógica que estructura la carrera académica contemporánea se encuentra fuertemente influida por modelos de gestión de corte neoliberal. Como vimos, el SNII surgió como un mecanismo gubernamental para compensar la pérdida salarial de las y los investigadores en un contexto de crisis económica. Esta compensación vino de la mano del establecimiento de criterios que privilegian la productividad individual medida a través de indicadores cuantificables, tales como la publicación de artículos científicos, capítulos o libros académicos. En consecuencia, otras funciones sustantivas de las instituciones de educación superior, como la docencia, la tutoría, el acompañamiento estudiantil, la vinculación social o la difusión de la cultura, suelen recibir un reconocimiento menor en los procesos de evaluación académica. Esta jerarquización de las actividades universitarias invisibiliza formas de trabajo académico fundamentales para la reproducción de las comunidades educativas y científicas, tareas que con frecuencia son asumidas de manera desproporcionada por las mujeres.
Feminización de campos de conocimiento y actividades académicas vinculadas a los cuidados
En documentos oficiales como el Programa Nacional de Educación Superior 2026-2030 (PRONES) y la Ley General de Educación Superior (LGES) se reconoce la incorporación sostenida de las mujeres a la educación superior durante las últimas dos décadas. Estos datos coinciden con las estadísticas históricas de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior, las cuales muestran que, para el ciclo escolar 2024-2025, las mujeres no sólo representaban la mayoría de la matrícula en licenciatura (53.8%), sino que también superaban la participación de los hombres en los estudios de posgrado, al concentrar 57.5% de la matrícula de maestría y 54.1% en el doctorado.
Este crecimiento sostenido de la participación femenina en la educación superior podría suponer, en principio, una mayor presencia de mujeres en las actividades académicas y de investigación. Sin embargo, la evidencia muestra que el aumento de la matrícula no se ha traducido de manera proporcional en una mayor representación de las mujeres dentro de las estructuras académicas y científicas.
Para ejemplificar lo anterior, hemos revisado los registros del SNII correspondientes al 2024. Lo que se encontró fue que no sólo las mujeres están subrepresentadas, sino que, mientras más se avanza en los niveles, menor proporción de investigadoras se encuentra:
Tabla 1. Distribución porcentual de personas en el SNII (2024) por sexo
| Candidato | Nivel I | Nivel II | Nivel III | Emérito | |
| Mujeres | 47.66% | 40.26% | 35.14% | 27.29% | 26.32% |
| Hombres | 52.34% | 59.74% | 64.86% | 72.71% | 73.68% |
Fuente: Elaboración propia con base en los registros del SNII
Si bien los datos evidencian la desigualdad entre hombres y mujeres, al poner lupa en los campos de conocimiento en los cuales hay mayor distinción para unas y otros, el problema se agudiza. Como se puede notar en la Tabla 2, se reproduce en los campos de conocimiento una masculinización y feminización de las disciplinas de adscripción.
Tabla 2. Distribución porcentual de personas en el SNII (2024) por sexo y campo de conocimiento
| Campo de conocimiento | Mujeres | Hombres |
| Biología y Química | 46.37% | 53.63% |
| Ciencias de Agricultura, Agropecuarias, Forestales y de Ecosistemas | 38.15% | 61.85% |
| Ciencias de la Conducta y la Educación | 59.12% | 40.88% |
| Ciencias Sociales | 44.81% | 55.19% |
| Físico-Matemáticas y Ciencias de la Tierra | 23.95% | 76.05% |
| Humanidades | 49.91% | 50.09% |
| Ingenierías y Desarrollo Tecnológico | 21.69% | 78.31% |
| Interdisciplinaria | 44.84% | 55.16% |
| Medicina y Ciencias de la Salud | 49.42% | 50.58% |
Fuente: Elaboración propia con base en los registros del SNII
En la tabla, podemos observar cómo las Ciencias de la Conducta y Educación, Humanidades y Medicina y Ciencias de la Salud, aparecen como campos de conocimiento altamente feminizados; mientras que en los campos de Ingenierías y Desarrollo Tecnológico, así como Físico-matemáticas y Ciencias de la Tierra, figuran como campos masculinizados.
Por otro lado, como se ha mencionado, aunque las mujeres constituyen la mayoría de la matrícula estudiantil en diversos niveles educativos, su presencia disminuye progresivamente conforme se asciende en la estructura académica, especialmente en los puestos de liderazgo, toma de decisiones y reconocimiento científico. Este fenómeno ha sido nombrado por autoras como Ortiz-Ortega y Armendáriz y Jackson con la metáfora de la «tubería con fugas» (leaky pipeline), que describe cómo se va “perdiendo” gradualmente a las mujeres a lo largo de la trayectoria académica y científica.
En cambio, mientras que los varones encuentran mejores condiciones para escalar en espacios académicos de mayor reconocimiento, es usual que las mujeres destinen buena parte de su tiempo a actividades de acompañamiento y seguimiento académico de estudiantes, docencia, planeación de eventos, actividades de difusión y otras vinculadas al bienestar de las comunidades académicas y de investigación. Estas actividades, aunque fundamentales, suelen ser invisibilizadas y poco reconocidas. Tan sólo en la convocatoria para el SNII de 2026, el valor que se le confirió a la docencia fue ínfimo. Lo cual también da cuenta de una desvinculación entre docencia e investigación en las universidades y centros de investigación, así como una división social (jerárquica) del trabajo académico.
El trabajo académico y el trabajo de cuidados inscritos en mandatos de género
Como hemos subrayado, construir una carrera académica implica enfrentar tensiones derivadas de los mandatos de género que continúan asignando a las mujeres la responsabilidad principal de la crianza, el maternaje y los cuidados familiares y comunitarios. Tan sólo para el caso de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), a partir de la “Encuesta sobre las condiciones de igualdad de género en la UNAM, 2019, población académica” las mujeres reportaron que, en promedio, dedican 28.2 horas a la semana al trabajo no remunerado, 38.55 horas al trabajo remunerado, 17.19 horas a las actividades recreativas y 47 horas al descanso; en cambio, los hombres académicos dedican 18.2 horas al trabajo no remunerado, 40.4 horas al trabajo remunerado, 19 horas a las actividades recreativas y 48 horas al descanso. No obstante, cuando se analiza el uso del tiempo en población académica con hijas e hijos, los datos se mueven drásticamente: las mujeres con hijas e hijos de entre 0 y 5 años dedican 58.4 horas a la semana al trabajo no remunerado (30 horas más que el promedio general de la UNAM) y 38.4 horas al trabajo remunerado (este número prácticamente no se mueve). En tanto, los hombres con hijas e hijos de entre 0 y 5 años destinan 32.5 horas al trabajo no remunerado y 43.1 horas al trabajo remunerado. (Buquet, 2025, pp. 129-131)
Pese a que la lógica productivista instaurada en el ámbito académico exige, tanto de hombres como de mujeres, una producción cada vez mayor que sólo es realizable en horarios extendidos —es decir, que rebasan los límites de la jornada laboral formal para ser trasladada al espacio doméstico—, en el caso de las mujeres esto adquiere una complejidad particular, pues ellas deberán agregar, las más de las veces, a esta extensión de los horarios del trabajo académico, los trabajos de cuidados. Hablar de trabajo académico es, por tanto, hablar también de la administración desigual del tiempo, de las dobles y triples jornadas, así como de las renuncias personales y profesionales que muchas mujeres deben realizar para responder simultáneamente a las exigencias institucionales, familiares y comunitarias.
Sexismo y discriminación en razón de género
No es posible analizar la producción científica sin considerar las relaciones de poder y las condiciones laborales que atraviesan los espacios académicos. El acceso, la permanencia y el reconocimiento dentro de la academia suelen estar marcados por dinámicas de competencia, incertidumbre y precarización laboral, particularmente para las nuevas generaciones de investigadoras[1]. Este panorama se complejiza cuando se encuentra atravesado por experiencias de exclusión, discriminación, sexismo, acoso y otras formas de violencia de género que continúan presentes en las instituciones de educación superior. Investigaciones como la de Buquet, Moreno y Mingo han señalado que estas violencias afectan el bienestar físico y emocional de las académicas y tienen consecuencias directas en sus trayectorias profesionales, limitando oportunidades de colaboración, promoción y permanencia en los espacios de investigación.
A lo anterior se agrega que los sistemas de evaluación académica suelen construirse a partir de criterios aparentemente “neutros”, que no consideran las condiciones de desigualdad económica, de género y procesos de racialización que atraviesan las vidas de las personas investigadoras. Ello sucede con particular complejidad en las trayectorias de las mujeres jóvenes racializadas que muchas veces son primera generación, tanto en la educación superior como en los espacios académicos y de investigación. La exigencia de mantener ritmos continuos de productividad desconoce eventos biográficos relevantes, como la maternidad, los periodos de cuidados intensivos o las interrupciones asociadas a responsabilidades familiares, reproduciendo así brechas de género en el acceso al reconocimiento y a los incentivos académicos.
Apuntes de reflexión al respecto de los nuevos criterios del SNII
La lógica productivista impuesta a la producción científica y la investigación en México contribuye a una configuración subjetiva competitiva y violenta. Ello abona a la reproducción de entornos académicos y de producción científica como lugares hostiles, precarizados y alejados de la colaboración y el trabajo creativo. Estas circunstancias son particularmente agresivas con las mujeres y atraviesan sus trayectorias en múltiples formas y dimensiones.
Frente a este escenario, es fundamental ampliar los espacios de trabajo de investigación para las nuevas generaciones y garantizar condiciones de continuidad y retiro dignos para las mayores. Implementar acciones que consideren el trabajo de cuidados como parte fundamental de la vida de las personas, de manera que no sólo haya mejores condiciones para que las académicas realicen sus trayectorias académicas, sino para que haya una mejor distribución de las actividades de cuidado. Ello involucra tanto permisos de maternidad y cuidado, como infraestructura.
Para cerrar, nos gustaría poner de relieve que es indispensable redefinir las orientaciones, formas y pautas de la producción de ciencia y tecnología desde una perspectiva de género que también reconozca la centralidad del trabajo de cuidados como un derecho.
Nota
[1] Cabe señalar que también se ha documentado cómo los varones de generaciones recientes tienen dificultades para incorporarse a puestos académicos en las universidades; tal es el caso del artículo de Gerardo Avendaño, no obstante, sostenemos que la división sexual del trabajo (también reproducida al interior de las IES) y los roles de género han agudizado la complicación para las mujeres.
Bibliografía
Buquet, A. (2025). Resistencias patriarcales. Desigualdad y políticas de género en la universidad. CIEG-UNAM.