
Opinión
Ana Carolina Gómez R.
Abelardo de la Espriella ganó las elecciones presidenciales de Colombia por una diferencia inferior a un punto porcentual. Para quienes reconocemos en su proyecto un peligro para la democracia y los derechos sociales que tantas luchas han costado, el resultado es difícil de asimilar. En los últimos días, he valorado mucho aquellos mensajes que encuentro entre mis grupos sobre validar nuestro duelo, sobre darnos tiempo para estar tristes. Por eso mismo, dudé mucho sobre mi capacidad actual para escribir algo sobre Colombia. Decidí entonces que este texto sería una suerte de colcha de retazos armada —de la manera más cuidadosa posible— con todos los fragmentos que he recogido desde el 31 de mayo para habitar la incertidumbre acerca de mi país.
Mi primera tentación fue construir una estructura cuya columna vertebral fuera la teoría social y política tradicional alrededor de la comunicación en las campañas, porque soy una politóloga domesticada laboralmente por el mundo académico, y a pesar de que me he alejado de los temas hegemónicos de la ciencia política, aún cargo con el sesgo de que son los que más autorización tienen para presentarse en los textos. Y, además, me pasa que cada vez que llega un periodo electoral, me imagino a Habermas intentando decirnos (ahora desde el más allá) que la deliberación es posible, y escucho a su adversario intelectual Luhmann riéndose de fondo porque la comunicación es altamente improbable, mucho más en esta era de desinformación masiva y de un uso de la IA que desborda las cifras y seca a miles de fuentes hídricas. Pero de ellos dos se ha escrito ya mucho.
Decido entonces buscar otros refugios, otros formatos. Y recuerdo la última participación que escuché de Rita Segato en el Podcast Destellos en la oscuridad (titulado así por la frase de Didi Huberman y Rosana Reguillo que dice “El destello de las luciérnagas ilumina en la noche más oscura). A partir de las suyas, me permití ordenar dos de las reflexiones que quiero hacer sobre las elecciones colombianas.
Elegir el proceso por encima del resultado
Recordando la enorme tristeza en Chile por la derrota ante el resultado de la Constituyente, Rita Segato decidió escribir un poema que se ha convertido en mi mantra personal, y que regalo a quienes amo como si fuera la más valiosa de las joyas. El poema dice así
Elijo
(El camino de Regreso, 2025)
el proceso ante el producto
el proyecto ante el trayecto
el camino ante el destino
la existencia ante la esencia
el estar antes del ser
No puedo imaginar un poema más preciso para el panorama colombiano. No deberíamos interpretar la derrota de Iván Cepeda como un fracaso de la izquierda, porque también nos está revelando la consolidación del Pacto Histórico como proyecto político. En 2006, cuando Carlos Gaviria enfrentó a Álvaro Uribe (la figura de derecha más importante del país hasta hoy), obtuvo poco más de 2,6 millones. Para quienes vivimos aquella elección, habría sido difícil imaginar que dos décadas después una candidatura de izquierda disputaría la Presidencia hasta el último voto con una votación de 12,7 millones, y que el Pacto Histórico se convertiría en la principal fuerza individual del Congreso.
La participación también fue excepcional para un país donde el voto no es obligatorio. Votó el 63,6 % del censo electoral, el porcentaje más alto registrado en una elección presidencial colombiana. Esto nos muestra la existencia de una fuerza política, social y electoral que sobrevivirá al cambio de gobierno. El gran reto es saber cuidar estos resultados a partir de seguir sosteniendo los procesos.
Cuidar los procesos no significa únicamente defender una votación ni preservar una identidad política. Significa, antes que nada, cuidar los vínculos que hicieron posible esa fuerza. Ello requiere de conversaciones difíciles, de alianzas territoriales, de memorias compartidas que no se aplasten ni aplanen entre sí, de no temer a los desacuerdos internos y encontrar formas de confianza que se construyen lentamente. Para ello necesitamos, entonces, una autocrítica que no sea autodestructiva, pero tampoco complaciente.
La izquierda no puede pensarse a sí misma como una comunidad moralmente homogénea, situada de una vez y para siempre del lado correcto de la historia. En su interior conviven trayectorias, privilegios, heridas y valores no siempre compatibles. Si queremos sostener lo conseguido, habrá que abandonar la comodidad de creer que “somos los buenos” y asumir una tarea más exigente: la que consiste en preguntarnos cómo nos tratamos, a quiénes escuchamos, qué diferencias volvemos invisibles y qué prácticas reproducen, incluso dentro de nuestros propios espacios, las desigualdades que decimos combatir.
Inventarnos nuevas palabras, crear nuevos parentescos
También necesitamos inventar nuevas palabras, o al menos dejar de usar las viejas como si todavía explicaran por sí solas lo que ocurre. Rita Segato parece descreer de las categorías izquierda-derecha para explicar el mundo y comparto esta idea, aunque creo que aún no han perdido toda utilidad, sobre todo en las elecciones, en donde siguen organizando afectos, rechazos y expectativas. Con todo, sí es cierto que hoy resultan insuficientes para nombrar las formas contemporáneas de la disputa política. Son palabras gastadas para realidades políticas también desgastadas.
Lo que parece estar ocurriendo, más bien, es la convergencia de fuerzas que respaldan la acumulación, la concentración y la pedagogía de la crueldad. Y lo que pasa en las dicotomías electorales es que este elemento de convergencias perversas queda oculto. Valdría recordar que no todo autoritarismo se presenta como derecha tradicional, no toda política progresista está libre de lógicas concentradoras y no toda defensa de lo popular produce necesariamente vínculos emancipadores.
Para los momentos post-electorales, considero entonces que podríamos hacernos preguntas que nos saquen de las lógicas binaristas y nos ayuden a mantener la atención para hacer una oposición digna. Por ejemplo, ¿qué sensibilidad social se va volviendo aceptable? ¿Qué formas de fuerza se celebran y qué fragilidades se desprecian? ¿Qué vidas se consideran sacrificables y qué palabras empiezan a sonar ingenuas, débiles o ridículas?
En ese punto, Hannah Arendt sigue siendo inquietantemente actual. En Los orígenes del totalitarismo nos mostraba que los regímenes totalitarios nacen de una transformación intensa de las sensibilidades colectivas (el desprecio por la pluralidad, la pérdida de mundo común, la producción de enemigos absolutos, la conversión de la crueldad en signo de lucidez política). Pareciera, así, que estamos ante la consolidación de una ética política que vuelve razonable la deshumanización.
De allí la urgente necesidad de imaginarnos nuevos vínculos y de fortalecer los que sostienen la vida. Pienso ahora en Donna Haraway y en su invitación a pensar justamente en hacer “parentescos raros”; es decir, en buscar vincularnos en relaciones que no son evidentes a primera vista y que no proceden de una identidad previa, pero que nacen de la necesidad de componer mundos habitables en medio de la devastación. Quizá una parte de la tarea política consista en aprender a reconocer esos parentescos, no sólo entre quienes ya se parecen a nosotros, sino entre quienes pueden encontrarse en la defensa de la vida, del territorio, de la dignidad y de lo común, pero que no se identifican con las estructuras partidarias tradicionales.
Por eso, necesitamos palabras capaces de distinguir entre firmeza y crueldad, entre libertad y abandono, entre autoridad y dominación, entre esperanza y promesa de venganza. También necesitamos palabras para nombrar los vínculos que todavía pueden sostenernos; parentescos políticos no basados en la pureza ideológica, sino en la defensa compartida de ciertas condiciones mínimas de vida común.
Abro, a modo de oráculo, un libro de la editorial Verso que me regalaron hace poco. Y de él sale una postal con esta frase de bell hooks: “En una cultura de dominación, el amor genuino es un acto radical”. ¿Será una buena forma de cerrar este texto? Yo voto por el sí.