Los “varones” tecnológicos
Los tres textos reseñados en la segunda entrega de esta serie son indicios de un imaginario que habita y da forma al trumpismo, al que nos aproximamos en la tercera. Pero también son pistas valiosas para acceder a una red social y a un entramado institucional en el que este imaginario se usa, se reproduce y se resignifica ¿Quiénes son los autores de estos textos? ¿Cómo se relacionan entre ellos? ¿Representan unos intereses particulares en el seno del capitalismo norteamericano? Y, sobre todo, ¿cómo se vinculan con las redes políticas de los actuales inquilinos de la Casa Blanca?
Marc Andressen, autor del The Techno-Optimnist Manifesto, es un informático e inversor de riesgo que está detrás de la historia de éxito de muchas de las actuales big techs. Programador de software libre en sus inicios, fue fundador de Netscape y desarrolló el sistema SSL, ese que solemos usar en transacciones electrónicas para que nuestros pagos sean seguros. También fue una figura fundamental en la creación de Facebook y de Linkedin, de cuyos fundadores, Mark Zuckerberg y Peter Thiel, es socio y amigo. En 2009 creó, junto con Bern Horowitz, una firma de capital de riesgo que ha contribuido al desarrollo de plataformas como Instagram, Airbnb o Rappi. También es inversor de Open AI, Meta y SpaceX, aunque actualmente es el mercado de criptomonedas el que atrae su interés. Andressen lidera una cruzada contra las “desbancarizaciones”, esa autoridad de las agencias federales para restringir el acceso a servicios financieros de operadores que se consideran expuestos a riesgos excesivos. Según Andreseen, durante la administración de Biden, las desbancarizaciones afectaron especialmente a inversores de criptomonedas, lo que entiende como una forma de terrorismo para beneficiar a los grandes bancos.
Pero las actividades de Andressen no se limitan al mundo de la tecnología y las finanzas. Andressen fue uno de los principales valedores de Trump entre los círculos de Silicon Valley y realizó generosas donaciones a la campaña del republicano. Según The Washington Post esta sintonía no quedó allí. Ahora Andressen ejerce como asesor del presidente en política tecnológica y está encargado de reclutar candidatos para trabajar en el Departamento de Defensa y otras agencias de Inteligencia.
Pasemos ahora a la Declaration on Human Enhancement que inspira el proyecto de los Enhanced Games. Entre sus redactores se encuentra Bryan Johnson, un capitalista de riesgo afincado en Los Ángeles y cofundador, junto con Peter Thiel, de PayPal en 1998. Johnson es conocido por ser el director de Kernel, una empresa de dispositivos para monitorear la actividad cerebral. Pero el principal motivo que lo catapultó a la fama fue Blueprint, un proyecto en el que colaboran varios inversores —entre ellos Peter Thiel—, encaminado a retrasar al máximo el envejecimiento humano mediante el uso de avanzados programas biomédicos. En Blueprint, Johnson desempeña simultáneamente los cargos de director ejecutivo y conejillo de indias.
Los Enhanced Games fueron una idea desarrollada por el empresario australiano Aron D´ Souza. Souza anunció en 2024 que el proyecto había recibido una inversión multimillonaria de parte de varios promotores, entre ellos Peter Thiel y Balaji Srinivasan. Srinivasan, antiguo socio de Andressen y Horowitz, es un empresario interesado en el desarrollo de la IA y el mercado de criptomonedas. Muchas de sus declaraciones más provocadoras muestran una clara influencia de Curtis Yarvin (Moldbug), con quien se sabe —debido a la filtración de algunos mails comprometedores— que mantiene relación. Los principios de la Ilustración Oscura claramente animan su propuesta de crear un sistema de “naciones en red” que rompa con el dominio de los gobiernos geográficos. Y ¿qué decir de aquel memorable día en el que, ante un selecto grupo de jóvenes “pro-tecnológicos” de Silicon Valley, animó a la secesión, a romper los vínculos con Estados Unidos “convertido en el Microsoft de las naciones: anticuado y obsoleto”?
Otro de los grandes inversores de los Enhanced Games es 1789 Capital, un fondo de riesgo cuyo lema, Funding the Next Chapter of American Exceptionalism, se acompaña de la imagen de un viejo cowboy a caballo quien, con apariencia rústica y talante orgulloso, ondea al viento la bandera de las barras y estrellas. Su presidente es Omeed Malik, un banquero vinculado al mundo de los medios de comunicación de la alt-right, conocido por sus negocios con la mediática figura de Tucker Carlson, ese azote del mundo woke al que la mismísima Fox News tuvo que señalar la puerta de salida por pasarse repetidamente de la raya. Pero sin duda, el socio más destacado de 1789 Capital es Donald Trump Jr. El primogénito del presidente es un promotor incansable de los Enhanced Games y ha afirmado en varias ocasiones que su espíritu representa puntualmente los valores del MAGA.
Perdonen la digresión, pero quizás alguien se pregunte por qué este elenco de personajes eligió “1789” como nombre para una firma de inversión. No, no tiene nada que ver con París. 1789 es el año en que se aprobó el Bill of Rights: las enmiendas a la Constitución promovidas por quienes veían amenazada la soberanía de los estados y los derechos individuales ante las aspiraciones “federalistas” del partido liderado por Madison y Hamilton. Lo curioso de todo esto es que 1789 fue también el año en que se aprobó la “Ley de enemigos extranjeros”, por la cual el gobierno podía encarcelar y expulsar a residentes provenientes de países con los cuales EE. UU. estuviera en conflicto bélico. Esta ley, aún no derogada, es a la que se acogió recientemente el presidente Trump para enviar a las cárceles de Bukele en El Salvador a cientos de venezolanos. Aun a riesgo de ser acusado de difamador y paranoico: ¡ahí queda eso!
Es ahora el turno de Curtis Yarvin, autor de Patchwork. Yarvin es un antiguo ingeniero de software devenido blogero de éxito. En 2002 creó una plataforma descentralizada de servidores informáticos llamada Urbit. Diez años después, y con la intención de poner en práctica la idea, fundó Tlön Corporation, aventura de la que Peter Thiel fue el principal inversor. La relación entre Yarvin y Thiel no es estrictamente comercial: para Thiel —basta echar un vistazo a alguno de sus escritos—, Yarvin representa una especie de gurú ideológico.
Los tentáculos de Yarvin se extienden también hacia el MAGA y el paleolibertarismo. Durante el primer mandato de Trump, Steve Bannon mantuvo abierta una línea de comunicación con Yarvin, cosa que él niega. Es probable que a través de este canal se cociera la contratación de Milo Yiannopoulos para Breitbart News, agencia de noticias de la alt-right que el propio Banon dirigía por aquel entonces. Polemista muy cercano a Curtis Yarvin, Yiannopoulos fue despedido de Breitbart News en 2017 por unas declaraciones en las que afirmaba que el límite legal de edad para delitos de pedofilia era una injerencia arbitraria sobre el consentimiento de las partes.
Curtis Yarvin se ha reconocido también como un ferviente rothbarthiano. Murray Rothbarth y su discípulo Hans Herman Hoppe —de quien, a su vez, Javier Milei se declara discípulo— constituyen los actuales referentes del paleolibertarismo norteamericano. Su obra es un desarrollo ético-político de los clásicos de la Escuela Austriaca de Economía, especialmente de Ludwing Von Mises. El asunto requiere un estudio aparte. Por el momento, baste recordar que Von Mises rompió en su día con la Sociedad Mont Pelerin, donde los neoliberales de Chicago y los economistas austriacos intentaban crear un frente común para combatir la, por entonces, ortodoxia keynesiana. Con esta ruptura, y la posterior fundación en 1982 del Mises Institute, se abría una alternativa radical, no sólo al neoliberalismo de Fridman y Hayek, sino al minarquismo del excéntrico Robert Nozick. En pocas palabras, para Rothbarht y Hoppe toda esta gente eran unos tibios, por no decir unos auténticos cobardes.
El 19 de enero, un día antes de la coronación de Trump, Curtis Yarvin acudió a la gala que se celebró —coincidencias de la vida—, en el Hotel Watergate. Su apoyo público y expreso a quien considera un líder visionario y protomonárquico, seguro le fue de gran ayuda a la hora de hacerse con uno de los cotizados boletos que daban acceso a la distinguida cocktail party. Quizás el mismísimo J. D. Vance, quien afirma sentirse muy impresionado por la propuesta de Yarvin, se lo facilitó… a un módico precio.
Y es que J.D. Vance y Yarvin tienen amigos comunes. Entre ellos, figura el ubicuo Peter Thiel. Vance y Thiel se conocieron en 2011 en la Facultad de Yale, donde establecieron una estrecha relación que dura hasta el día de hoy. Thiel lo consideró siempre su protegido, le dio empleo y le abrió las puertas al círculo de los “varones” tecnológicos. Pero fijémonos ahora en algo importante. Un vistazo rápido al mapa que apenas hemos esbozado arroja algo revelador: Peter Thiel aparece por todos lados. Es una suerte de interface que vincula el polo más aceleracionista y transhumanista (representado por Andressen y Johnson) con el más reaccionario (Yarvin y los MAGA). Thiel me recuerda a ese Lord Sith de la infame Amenaza Fantasma que, oculto en la sombra, manejaba los hilos de un ejército de villanos. Llegados a este punto, lo que en entregas anteriores pudo parecer una mezcla de delirio y chifladura, comienza a adquirir tonos bastante sombríos y tenebrosos.
In tech we trust: el mesías nació en un garaje
Bahía de San Francisco, mediados de la década de 1970. Apenas recuperados de la resaca provocada por los ríos de LSD que inundaron California durante la revuelta hippie, jóvenes procedentes de diferentes mundos de la contracultura comenzaron a experimentar con lo que, en pocos años, iba a convertirse en la gran revolución digital sobre la que aún hoy cabalgamos. En la década de 1990, Silicon Valley se había convertido en un ecosistema de cientos de empresas entregadas en cuerpo y alma a la investigación y la innovación tecnológica. Es entonces cuando comenzó forjarse lo que algunos autores han denominado como la “ideología californiana”.
La ideología californiana recogía mucho lo que había caracterizado a la contracultura hippie: rebeldía contra la autoridad establecida; denuncia del poder centralizado y burocrático que producía hombres-masa indiferenciados, engrasados y listos para formar parte de una sociedad aburrida y paralizante; reivindicación del poder que residía en el interior de cada uno de nosotros; la libertad, en definitiva, para explorar nuevos horizontes y experimentar una creatividad sin límites.
Pero en 1990 algunas cosas habían cambiado. Ahora, todas esas demandas y energías ya no se dirigían a una suerte de fraternidad cósmica que aspiraba a retornar a la naturaleza, sino que se proyectaban hacia el futuro, a partir de una confianza ciega en el poder emancipador de la ciencia y de la técnica. El sueño de libertad individual y autonomía creativa, que se había demostrado impracticable mediante una federación de comunas campestres, podía ahora realizarse en un lugar distinto, que funcionaba bajo una lógica completamente nueva: el ciberespacio. 1990 fue también la década en la que el neoliberalismo vivió su non plus ultra. Los tecnólogos californianos se adhirieron de forma entusiasta a los principios de la iniciativa privada, la libre competencia, la desregulación y el gerencialismo. Como concluye Cédric Durand en un libro imprescindible (Tecnofeudalismo. Crítica de la economía digital), la ideología californiana surgió de esta hibridación entre la vertiente tecnológica de la contracultura de 1970 y el neoliberalismo de 1990.
En este híbrido resuenan muchos elementos del imaginario que descubrimos en la tercera entrega de nuestra serie. Silicon Valley, con su peculiar ecosistema, posibilitó que los encuentros informales entre ese puñado de jóvenes emprendedores, rebosantes de nuevas ideas, acabaran convirtiéndose en un entramado de redes estables. A través de sus circuitos, el imaginario de la “ideología californiana” iba forjando un estado disposicional hacia el mundo. Un mundo que estaba al borde de experimentar una serie de cambios dramáticos.
300: Rise of an Empire
Si los Acuerdos de Bretton Woods de 1944 —aquellos que dieron origen al orden de posguerra—, fueron sustituidos en 1989 por el Consenso de Washington —el cual inauguró el reinado global e incontestable del neoliberalismo—, la década del 2000 sería testigo de un desplazamiento similar, que Cédric Durand denominó como el Consenso de Silicon Valley, término con el que se refiere al ascenso del imaginario californiano a un lugar prominente en el ámbito de las políticas públicas, en el de las directrices de los organismos internacionales, en los modelos de gestión empresarial y, en definitiva, en la mentalidad colectiva de lo que representaba la excelencia y el éxito. Como recuerda el propio Durand, eran los tiempos en que Emmanuel Macron se jactaba de querer hacer de Francia una start up.
Más allá de las promesas incumplidas y de las contradicciones manifiestas —asuntos que cabía ignorar dado que, como daban cumplida cuenta los casos de Bill Gates y Steve Jobs, el éxito podía estar agazapado en cualquier garaje—, este nuevo consenso fue posible por varios motivos. El primero, porque en un primer momento no suponía una ruptura con el orden anterior. La contracultura californiana de 1970 se había fundido ya con el neoliberalismo, por lo que su propagación no enfrentaba un hábitat completamente extraño.
El segundo motivo tiene que ver con una serie de cambios decisivos que afectaron a las formas de gubernamentalidad y a la estructura misma del capitalismo; cambios que eran, en gran medida, efecto del desarrollo tecnológico que estas mismas empresas habían provocado. Trataré esta cuestión fundamental en la quinta y última entrega de esta serie.
Por otro lado, a esta lista se deben añadir dos momentos decisivos: la crisis financiera de 2008 y los efectos de la pandemia de 2020. La historia de cómo estos dos acontecimientos críticos contribuyeron a capitalizar y a situar a las principales Big Tech en una posición estratégica en el marco de la estructura del capitalismo global ya se ha contado de forma solvente y no es necesario repetirla aquí. Un vistazo a los cambios que experimentó el ranking mundial de las empresas con mayor capitalización bursátil entre el año 2000 y el 2021 invita a hacernos una idea de este fenómeno.
Fue durante este meteórico ascenso —marcado por la gigantesca concentración de la propiedad, por el desplazamiento hacia una posición estratégica en los procesos de producción capitalista y por el reconocimiento social que encumbraba a las Big Tech como epítome del éxito y la eficacia— cuando una nueva capa de sentido se incorporó al imaginario de la ideología californiana. Fue entonces cuando comenzaron a expresarse signos de un giro definitivo hacia posiciones neoreaccionarias alejadas de las formas liberales clásicas.
Hay quienes afirman que este giro ya había tenido lugar tiempo antes. Sin duda, hay indicios para sostener esto. Pero creo que el momento decisivo de este nuevo ensamblaje tuvo lugar entre 2008 y 2019, justo cuando esa enorme concentración de poder económico, social y simbólico, debe enfrentar lo que parecía una crisis sistémica que encontraba expresión en el descontento popular al que intentaba dar forma la alt-right y el trumpsimo. Desde un imaginario que predispone a encarar cualquier incertidumbre como una oportunidad de inversión, esta coyuntura representaba la ocasión para poder acceder al poder político, no ya sólo con el fin de defender sus intereses —eso ya ocurría—, sino de dar una nueva forma al mundo, según lo imaginaban.
Es cierto, como señala Cedric Durand, que el trumpismo de Silicon Valley proviene de las Big Tech más agresivas, lo que grosso modo se corresponde con la red que hemos esbozado más arriba. Pero, si bien es cierto que no todas abrazan con entusiasmo los nuevos tiempos, no cabe duda de que esta tendencia, la que representan los Andressen, Thiel, Musk o Yarvin, se ha impuesto como la dominante, y a ella, ya sea por interés o por resignación, van doblegándose el resto de los “varones”. tecnológicos. Quizás esto explique la foto de ese 20 de enero, cuando disciplinadamente acudieron a la Casa Blanca como si de un sólo “estamento” se tratara.
Además de extender su hegemonía por Silicon Valley, esta tendencia y todas sus gigantescas ramificaciones, se enfrenta al menos a dos grandes desafíos. El primero tiene que ver con su capacidad para forjar alianzas en el seno del trumpismo. Unos días antes de la gala previa a la coronación de Trump, la editorial ultraconservadora Passage Press, encargada de la organización, publicó un tweet que rezaba: “Celebren la investidura de Donald John Trump. Estén presentes cuando NRx” —término usado popularmente para referirse a la Ilustración oscura— “presente al grupo de expertos MAGA. Estén presentes cuando MAGA se reúna con la Derecha Tecnológica”.
No debemos extraer conclusiones precipitadas de este llamado publicitario. Pero sería torpe e inocente ignorar que aquí se señala un horizonte deseable: el de un espacio de convergencia entre polos en apariencia opuestos. El imaginario que descubrimos en la tercera entrega de esta serie puede ser uno de los hilos que hilvanen esta trama. Pero el éxito de la empresa no puede depender sólo de eso. Dependerá de cómo se logren sincronizar los intereses en juego y de la implementación de políticas concretas.
Merece en todo caso señalar que Nick Land sugirió hace tiempo una hoja de ruta para reagrupar el espacio político de la neorreacción, insistiendo para ello en un punto decisivo. Cualquier esfuerzo en esta dirección debe alejarse de una idea de superación integradora. Los tres vértices del espacio neorreaccionario —que él identifica con el individualismo libertario, el etnonacionalismo y el tradicionalismo— no pueden unirse, ni sintetizarse. Lo que sí se puede es evitar la polarización. Y para ello es necesario identificar el área en la que se superponen y, sobre todo, tomar conciencia de que hay principios esenciales en cada uno de esos vértices a los que no pueden renunciar sin ver comprometida su propia existencia. La solución óptima es la de un pluralismo estable. Scharlach, un blogero que sin duda ha leído a Yarvin, publicó en 2013 un mapa donde reconstruía el espacio de la neorreacción en el ecosistema norteamericano. Al echarle un vistazo, puede comprobarse cómo las sugerencias de Land parecen haber funcionado ya en algunas de las regiones.

El segundo desafío que debe enfrentar esta tendencia depende de cómo responderán otros grandes intereses del capitalismo norteamericano, que no pertenecen al mundo de las Big Tech. Y, sobre todo, de cómo lo hará el aparato del Estado, cómo se logrará coordinar, al interior de la actual administración, el polo de lo que Curtis Yarvin denomina como “los bárbaros” (el de los tecnólogos aceleracionistas) y “el de los mandarines” (la alta burocracia comprometida con el trumpismo). Según Yarvin, lo que Trump encontró al llegar por segunda vez a la Casa Blanca era un escenario que se parecía al que Leto Atreides enfrentó al aterrizar en Arrakis. De la coordinación de esos dos polos dependerá en gran medida el éxito de su política. Pero hay algo más. Algo que dirige nuestra mirada hacia un escenario más amplio. Lo veremos en la próxima entrega.
