El pasado 10 de marzo, a escasos cuatro meses de cumplir 72 años, falleció el historiador mexicano Ricardo Pérez Montfort, luego de luchar por dos años contra una tenaz enfermedad. Su vida tuvo un significado relevante no sólo para quienes lo trataron de manera cercana y afectuosa, sino para la historiografía mexicana y latinoamericana. Con su partida, termina la producción de un “historiador atípico” que desde la década de los años ochenta marcó un camino propio y supo hacer contribuciones muy relevantes en su ámbito.

La suya fue la mirada de alguien que se esforzó por detectar las articulaciones y conexiones profundas de los procesos históricos y sociales, mismos que, a menudo, se presentan de modo fragmentario, desgajados por la especialización, terminan en pequeños mundos inconexos. Según su mirada, el lugar privilegiado para rastrearlas y seguirlas fue la cultura popular, pues se trata de un territorio aún bastante desconocido, cuya forma de habitar el mundo se encuentra lejos de las formas institucionales e “ilustradas”. Si es un territorio desconocido se debe a que, con ella, se suele proceder con más prejuicios que comprensión, y porque la mirada especializada con mucha frecuencia extrae de ella ciertos aspectos que comúnmente terminan en la fabricación de estereotipos útiles para el ejercicio del poder.

El fundamento de esta mirada no se encuentra en una filiación historiográfica derivada de su formación profesional hacia finales de los setenta, sino en un conjunto de experiencias vitales previas a su decisión de dedicarse al estudio de la historia. Perteneciente a una familia de clase media ascendente en la segunda mitad del siglo XX, fueron frecuentes para él los viajes nacionales e internacionales, de carácter recreativo, constructivo y reflexivo desde una muy temprana edad. Estos viajes alimentaron su curiosidad insaciable. De igual forma, la música popular, hallada en aquellos recorridos, pero sobre todo alentada por el actuar artístico de su abuelo paterno, se fue configurando como centro de su atención.

Dos de esos viajes tuvieron cierta connotación de exilio. El primero, en 1968. Si bien “Rockefont”, como solían llamarle en algunos círculos de longeva amistad, no participó directamente en el movimiento estudiantil de aquel año —tenía apenas 14 años—, su familia salió del país por el riesgo que corrían sus padres como activistas universitarios. El segundo, unos cuantos años después, ya en la década de los setenta, fue resultado de su activismo político radical. En aquella ocasión recorrió América Latina, lo cual no sólo alimentó su curiosidad y su inclinación por la música popular, sino que le confirmó el valor político de las expresiones populares en un contexto de creciente represión, autoritarismo y dictaduras.

En suma, la década de los años setenta del siglo pasado fue para Pérez Montfort de intensa actividad política comprometida y militante. Entre otras muchas cosas, participó en la fundación del Centro de Estudios de Folclor Latinoamericano (CEFOL) y formó parte de la Peña Móvil, con la que hizo giras nacionales e internacionales, ofreciendo conciertos en eventos sumamente politizados. También compuso algunas de las canciones que este grupo grabó en 1976 bajo el sello Discos Pueblo, intentó estudiar medicina —pues, como había mostrado el Che Guevara, resultaba útil para la lucha revolucionaria—, y trabajó en la radio cultural, programando, musicalizando, y difundiendo con especial énfasis la música popular mexicana y latinoamericana. Desde ese lugar, participó en la organización y promoción del Encuentro de Jaraneros y Decimistas, cuya primera edición tuvo lugar en Tlacotalpan, Veracruz, en 1979.

Fue hasta la década de los ochenta, luego de haber acumulado todas estas experiencias, que comenzó a ejercer como historiador. La historia cultural fue lo que le permitió integrar académicamente lo vivido en aquella década convulsa. Pero no sólo eso. También, en cierto modo, le facilitó reconducir su compromiso político. En este sentido, el hecho de haberse enfocado en la cultura popular no fue una mera elección académica sino una necesidad derivada de todo lo vivido.

Es debido a lo anterior que una gran cantidad de alumnas y alumnos de por lo menos las 40 generaciones de historiadores que formó solamente en la carrera de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM coinciden en señalar que se trataba de un “profesor atípico”. Por su actitud, su manera de impartir clases, su modo de aproximarse a los temas relativos a los siglos XIX y XX de México y América Latina, contrastaba con el resto del profesorado, a menudo excesivamente solemne, especializado y en su mayoría refractario a las bondades de la historia cultural. En su trabajo como investigador y docente, Pérez Montfort introdujo el uso y análisis de fuentes a menudo desdeñadas por la academia tradicional para la interpretación de los procesos históricos, tales como la fotografía, la música, la literatura (novela, teatro, poesía), el cine, la radio, y los medios de comunicación.

Por supuesto, esta atipicidad también es notoria en su obra publicada. Desde la primera reseña que publicó en 1979, dedicada al libro La cultura peruana de Julio Ortega, hasta su más reciente libro sobre las regiones de México, que habrá de publicarse en este año de 2026 bajo el sello del Fondo de Cultura Económica, su muy vasta obra muestra su particular inclinación hacia lo popular. Si bien siempre hizo gala de un rigor y erudición sorprendentes en cuanto respecta a la cultura popular, también gracias a ella abordó, desde perspectivas diferentes a las predominantes, temas relativos a las élites, las clases medias y los poderes políticos y económicos. Esto es evidente en libros como Hispanismo y Falange. Los sueños imperiales de la derecha española y México, 1926-1952 (1992); Por la patria y por la raza. La derecha secular en el sexenio de Lázaro Cárdenas (1993); Estampas de nacionalismo popular mexicano (2003); Expresiones populares y estereotipos culturales en México. Siglos XIX y XX. (2007) o Detrás de la verde arboleda. Un recuento de ensayos sobre la cultura jarocha durante los siglos XIX y XX: fandangos, sones y décimas (2024). De hecho, su monumental biografía del general Cárdenas, publicada en tres tomos entre 2018 y 2022 (Lázaro Cárdenas. Un mexicano del siglo XX) es, en buena medida, aunque no solamente, el resultado de ese ir y venir entre la cultura popular y las élites, las clases medias y los poderes políticos y económicos.

Aunque públicamente Pérez Montfort mostraba aversión a la teoría, su obra decanta, reflexiona y construye sobre dos conceptos de orden teórico muy importantes: el de estereotipo y el de capilaridad. Con el primero, mostró cómo es que las élites, con fines de mediación o control cultural, realizan una suerte de síntesis de diversos rasgos de lo popular para presentarlo como elemento central de una identidad nacional o regional sobre la que construyen una suerte de consenso imaginario, tan necesario para el ejercicio del poder político y económico. Sus libros Avatares del nacionalismo cultural. Cinco ensayos (2000); Juntos y medio revueltos. La ciudad de México durante el sexenio del general Cárdenas y otros ensayos (2000); y América, tierra de jinetes (2018), entre otros, abordan distintos aspectos de este proceso en México y América Latina.

Por otro lado, mediante el concepto de capilaridad, propuso un modo de relación entre lo que en su momento la antropología entendió como la alta cultura y la cultura popular. Téngase presente que, a principios de los años ochenta del siglo pasado, Pérez Montfort se incorporó como investigador a lo que actualmente se conoce como Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), donde las reflexiones relacionadas con la teoría del control cultural propuesta por Guillermo Bonfil Batalla, principal artífice de la conversión del Centro de Investigaciones Superiores del INAH (CIS-INAH) en CIESAS, eran predominantes. Lo destacable del concepto de capilaridad propuesto por Pérez Montfort es que se aleja de las ideas de circularidad, hibridación, sincretismo o mestizaje. Por su propia connotación –un fluir constante a través de porosidades sin ayuda de fuerzas externas– la capilaridad resulta útil para comprender los procesos culturales, sus constantes e inesperados intercambios, antes que sólo ponderar sus resultados.

Ambos conceptos –estereotipos y capilaridad– se cristalizan en varios de sus trabajos, entre los cuales descata el libro Cotidianidades, imaginarios y contextos: ensayos de historia y cultura en México (1850-1950) (2008). Además, gracias a su articulación teórica, dio pie a una renovada historia de la cultura en México (México Contemporáneo. Tomo 4. La cultura. 1808-2014 [2015]), con una muy original periodización, cuya profundidad e importancia resaltan cuando se la compara, por ejemplo, con la propuesta hecha por Carlos Monsiváis.

Estos conceptos también están presentes en varios de sus trabajos sobre el cine, la fotografía y la música (por ejemplo Disparos, plata y celuloide. Historia, cine y fotografía en México. 1846-1982. [2023] e Intervalos. Ambientes y música popular durante el inquieto siglo XX mexicano [2023]). En ellos rastrea y muestra cómo estos medios son grandes creadores de estereotipos, al tiempo que fluyen hacia ellos, de modo inesperado, elementos de la cultura popular que, sin conformarse con su representación y fijación, filtran episódicamente aspectos que escapan a las posibilidades mismas de la alta cultura, la cultura ilustrada, la cultura académica, etcétera. Asimismo, están presentes en los estudios que dedicó a las drogas, abogando por un abordaje más comprensivo y menos punitivo que el prevaleciente actualmente. En su libro Tolerancia y prohibición. Aproximaciones a la historia social y cultural de las drogas en México. 1840-1940 (2016), da cuenta de cómo el prejuicio terminó por imponerse sobre lo que se consideró un problema de salud para convertirlo en un tema criminal centrado en la persecución.

Es por la diversidad de los temas abordados en sus libros y en el mar de sus artículos, que Pérez Montfort también puede considerarse como un “historiador atípico”, según he dicho varias veces ya. Lo suyo no fue un solo tema, sino un conjunto de problemáticas, articulaciones y periodos. También lo fue por su capacidad de convocar grupos de trabajo, en los que ayudaba a juntar a académicos e investigadores de muy diversos intereses y procedencia, para investigar y discutir sobre temas relevantes, como por ejemplo sobre las circulaciones culturales en el Caribe; los momentos de quiebre de la historia de nuestro país, la Independencia y la Revolución, pensados desde un año casi místico: 2010; la historia de la salud pública en México o la razón cultural en el capitalismo contemporáneo. Tales proyectos, y otros similares, tuvieron como resultado libros muy importantes como Cien años de promoción y prevención de la salud pública en México 1910-2010 (2010); Circulaciones culturales. Lo afrocaribeño entre Cartagena, Veracruz y La Habana (2011); Fin de siglos, ¿fin de ciclos?, 1810, 1910, 2010 (2013); y los dos tomos de Cultura en venta. La razón cultural en el capitalismo contemporáneo (2019 y 2020).

Su forma de comportarse con sus alumnos y alumnas fue también atípica. Si bien fue siempre brutalmente riguroso, los trataba con honestidad y generosidad, más aún si hallaba en ellos capacidad, talento, compromiso y una suerte de empatía. En la década de los noventa incorporó a varios estudiantes que recién terminaban su carrera de Historia a la investigación iconográfica del proyecto “Los sexenios y los presidentes”, que dio lugar a la serie de publicaciones y videos firmados por Enrique Krauze e identificados como parte de la serie México Siglo XX.

Hizo lo mismo cuando fue director de la Revista de la Universidad de México (enero de 2002 a enero de 2004), donde armó un equipo editorial de jóvenes, algunos de ellos exalumnos suyos. El resultado es considerado por especialistas en la materia como una de las mejores épocas de esa longeva revista universitaria, tanto por su contenido como por su diseño.

También supo rodearse de jóvenes cuando, en el marco del Central American and Mexican Video Archive, fundó y coordinó el Laboratorio Audiovisual del CIESAS. A lo largo de una década (2006-2016), Pérez Montfort volcó toda su experiencia relacionada con el cine, que comenzó con sus estudios sobre lenguaje y técnicas cinematográficas en el Centro de Capacitación Cinematográfica entre 1980 y 1983 y que a lo largo de su vida le vinculó con la producción documental. En este sentido, de Pérez Montfort muchos conocieron primero su voz, su fraseo y su mirada por medio de series documentales que solían pasar repetidamente en Canal 11, como Los que hicieron nuestro cine (1984-1985), Siglo XX… la vida en México (1984-1985), Apuntes para la historia de la música popular mexicana (1985-1986) y Los que hicieron nuestra música, (1989-l990). Posteriormente, junto con Ana Paula de Teresa, coprodujo y correalizó Voces de la Chinantla [2006], que recibió varias distinciones.

Ya en el Laboratorio Audiovisual impulsó la producción de más de 20 documentales sobre la antropología en México, uno sobre la Fábrica de Artes y Oficios de Oriente, en su décimo aniversario, y algunos cortometrajes más. Todo ello rodeado de un equipo de jóvenes, mujeres y hombres, procedentes de las carreras de comunicación, antropología e historia, que Pérez Montfort reunió gracias a su sensibilidad para formar equipos de trabajo eficientes y comprometidos.

A pesar de tales logros, Pérez Montfort padeció ciertos maltratos institucionales. Fue cesado como director de la Revista de la Universidad de México por dedicar un número a reflexionar abiertamente sobre las drogas, incluso proponiendo su legalización. Del mismo modo, sufrió el escamoteo institucional del Laboratorio Audiovisual del CIESAS, lo que finalmente lo orilló a separarse de su dirección. Todo ello contrasta con el reconocimiento que en 2020 obtuvo cuando la Fundación Alexander von Humboldt le otorgó el prestigioso premio de investigación Georg Forster. Afortunadamente, hoy en día el reconocimiento a su trayectoria es extenso y abarca a muchas instituciones más, como lo muestra la gran cantidad de esquelas que aparecieron lamentando su fallecimiento.

Todas las constelaciones de sus intereses, incursiones, miradas y militancias se cristalizan en esa expresión respetuosa y admirativa que las condensa y que aquí se repite constantemente: “Ricardo fue un historiador atípico”.

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