Vivimos una era paradójica: la fe en la tecnología se ha convertido en una nueva religión y, al mismo tiempo, las máquinas de las que dependemos fallan cada vez más. Por supuesto: en lugar de fallos técnicos se usan eufemismos como “inconvenientes” técnicos. Se ha normalizado el error hasta volverlo algo esperable, un proceso sujeto al azar. El transporte público falla y, en general, la movilidad en las grandes ciudades. Sin embargo, la tecnología digital —paradigma de eficiencia y velocidad— también falla, o sus promesas son, en el mejor de los casos, engañosas. A veces, incluso, el mismo diseño es lo que produce la falla, como sucede con los controles digitales en los automóviles. Recientemente se anunció que la Unión Europea y China están impulsando el regreso de los controles físicos en los tableros, ya que las pantallas distraen y provocan reacciones tardías en los choferes.
Las aplicaciones bancarias fallan también y cada vez son más difíciles de usar debido a la incorporación de medidas de seguridad. La creación de monopolios de facto —símbolos del capitalismo tardío— ha dado origen a gigantescas corporaciones cuya complejidad provoca errores, retardos e innumerables dolores de cabeza a los clientes, quienes son tratados, en realidad, como materia prima cautiva, ya que no existen alternativas en un mercado dominado por empresas trasnacionales cada vez más poderosas. Los centros de datos y la acumulación ingente de información —informes recientes indican que 402,74 millones de terabytes de datos se crean cada día y se prevé que en 2026 se generen alrededor de 221 zettabytes— consumen enormes cantidades de energía y, al mismo tiempo, añaden más complejidad a un sistema que tiene que ser reparado constantemente.
La cultura de la austeridad —llevada al límite por las políticas de shock económico— provoca fallas o, sencillamente, la degradación paulatina de servicios públicos y privados. Los ideólogos del libre mercado atacan constantemente al Estado por no cumplir los estándares de calidad necesarios para la gente —provocados, justamente, por la doctrina neoliberal impuesta desde hace décadas—, pero callan cuando las megaempresas producidas por la liberalización económica se vuelven monstruos burocráticos inmunes a la competencia. Cualquier falla en el capitalismo global pone en jaque al sistema, pero, curiosamente, tales fallas son asumidas como incidentes menores –fruto de la mala suerte o de un error humano– y no como una enfermedad crónica a la cual nos hemos ido acostumbrando poco a poco.
Antonio Turiel, investigador español especializado en energía, escribió en su blog Crash Oil:
En el intento desesperado de mantener la tasa de ganancia del capital, se recorta en todo, se sacrifica todo. Por eso los materiales son más cutres, el servicio es más cutre, se paga peor a los trabajadores que hacen el trabajo con desgana o sin poder dedicarle el tiempo suficiente o sin tener la cualificación requerida pero son más baratos. Todo este proceso de cutrificación tiene su origen en la creciente dificultad de que el capital consiga las tasas de ganancia históricas. Y para poder mantener este estado de cosas, es también necesario cutrificar toda la discusión, tanto la política como la pública, para que nadie ponga el dedo en la llaga, para que nadie plantee las preguntas incómodas. Por eso la discusión se llena de ruido sin sentido, incoherente. En el mundo físico navegamos entre mierda, y en el de las ideas, entre ruido.
De esta manera, las fallas en una sociedad cada vez más compleja y, al mismo tiempo, oscura, pues sus mecanismos están fuera del escrutinio público, se normalizan en un escenario que algunos llaman “colapso banal”. Así como la mal llamada inteligencia artificial se nutre de pequeños errores y sesgos para crear desinformación, el ecosistema tecnológico que domina nuestras vidas nos llena de inconvenientes técnicos que integramos en nuestro día a día pensando que vivimos en el mejor de los mundos posibles, como repetía Pangloss, el tutor de Cándido, personaje creado por Voltaire para ridiculizar la ingenuidad del ser humano.
Como afirma Gil-Manuel Hernández Martí en su ensayo “Colapso banal”: el accidente ya no se justifica o se disfraza. Ahora se integra en una ficción continua de la cual es casi imposible escapar porque pensamos que el sistema en el que vivimos es demasiado importante como para fallar. Esta idea —la ceguera ante una realidad que se fragmenta todos los días frente a nuestros ojos— es una hipernormalización generalizada que sirve, según Hernández Martí, como un “amortiguador psíquico” para no enfrentar el vacío de nuestra época y los riesgos que entraña. De esta manera, nos acostumbramos a las fallas —al perpetuo inconveniente técnico— para no mirar más allá.
