Quién no recuerda “El aprendiz de brujo”, la famosa secuencia de Fantasía, la película animada de Walt Disney estrenada en 1940. La historia, inspirada en un poema del mismo nombre escrito por Johann Wolfgang von Goethe, es un recordatorio de los peligros de la magia cuando el practicante no tiene suficiente experiencia. En la película de Disney, el “aprendiz de brujo” es Mickey Mouse, quien aprovecha un descuido de su maestro para apropiarse de su sombrero mágico e, imitándolo, darle vida a escobas y cubetas para que hagan por él el trabajo de limpieza. Sin embargo, el mago improvisado no puede controlar sus poderes y los ayudantes animados por la nigromancia comienzan a hacer un desastre.

La escena me recuerda a algunos temas asociados con la llamada Inteligencia Artificial. En “El aprendiz de brujo”, Mickey Mouse usa la magia para un trabajo rutinario mientras sueña que controla las fuerzas de la naturaleza. De manera similar, pero en sentido inverso, la Inteligencia Artificial es muchas veces utilizada, en los modelos de lenguaje y de generación de imágenes, para la “creación” —si es que se le puede llamar así— y no para los trabajos rutinarios y difíciles que desgastan al ser humano y que, sobre todo, le impiden soñar. Para echar a andar la máquina algorítmica que, en lugar de liberarnos del trabajo, imagina por nosotros, aparece el “prompt” como nuevo hechizo, una invocación para que el caldero mágico nos dé un resultado inmediato. El comando que se le da a la IA se ha vuelto la llave de acceso para llevar a cabo cualquier creación que no queramos hacer —o que, más bien, en la mayor parte de los casos, no tenemos tiempo para hacer o no sabemos cómo—.

Cuando las computadoras empezaron a popularizarse en México, durante la última década del siglo XX, la programación era la clave para entrar al nuevo mundo que aparecía tras las pantallas de las voluminosas computadoras de escritorio que estaban en las escuelas. Había que escribir un código detallado para echar a andar un algoritmo cuyo resultado era un dibujo (como en el programa Basic) o un análisis estadístico básico. Ahora basta con escribir lo que uno desee por medio de un “prompt” para que la IA ofrezca un resultado para muchos irrebatible. El mago moderno, el Homo prompt, no tiene que sortear, como los hechiceros de antaño, ningún rito de iniciación: le basta con teclear algo en una computadora o en un celular para que se materialice.

La paradoja del Homo prompt es que, detrás de esa aparente omnipotencia, se desarrolla una vulnerabilidad creciente. No es sólo la dependencia absoluta de una tecnología llena de sesgos, fallos y costos crecientes. En el mundo de la IA, la labor humana se banaliza y se vuelve desechable. Cualquier persona puede crear un prompt, incluso los más elaborados, y producir con ello una recreación que imite —o más bien plagie— el trabajo humano.

En un mundo hiperburocratizado y que nos hace producir cosas innecesarias, los modelos de lenguaje y de generación de imágenes ofrecen la salida más fácil. El dueño de un medio digital puede llenar su portal de textos generados por IA que pocos leerán, pero que servirán para llenar el espacio y crear la ilusión de realidad. No importa que los algoritmos que echan a andar la ficción tengan como combustible información de baja calidad, pues el mundo virtual es un ecosistema cada vez más contaminado.

Asimismo, resulta paradójico que el Homo prompt se devalúa instrucción tras instrucción: cada orden alimenta una máquina que necesita datos abundantes para sobrevivir y cumplir su destino de simulacro. El objetivo es imitar lo que hacemos ocultando la labor de los millones de personas que entrenan con datos nuevos esta tecnología casi divina o, en el peor de los casos, la de los miles de etiquetadores de imágenes que tienen que mirar escenas espeluznantes para intentar limpiar el estercolero en el que se ha convertido Internet.

El Homo prompt es, por así decirlo, el engranaje que se mueve para echar a andar otros y crear la fantasía de la automatización. Y es que todo se automatiza: no sólo el trabajo, sino incluso las cartas de amor o las despedidas. Hace poco un compañero de trabajo se despidió de todos con un mensaje hecho con IA. Quizás esa semana fue al cine para ver una película cuyo guion fue hecho con IA y, una vez terminada la función, fue a tomar un café. Quizás allí un asistente de IA le recomendó una bebida personalizada y, de regreso a su casa, un chofer de Uber usó la IA para encontrar temas para platicar y agradar a su cliente, como se promueve en estos días. Lo único que hay que hacer es dejarse guiar e ingresar el prompt adecuado. ¿Se habrá preguntado si nos tomamos en serio su despedida?

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