En días recientes, la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación dio a conocer los criterios específicos de evaluación para el ingreso al Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII). Lejos de tratarse de un ajuste meramente técnico, la redefinición de estos parámetros implica una reconfiguración de la producción, la validación y la jerarquización del conocimiento en el ámbito académico mexicano. El endurecimiento de los requisitos para acceder a los distintos niveles del sistema no puede comprenderse al margen de la lógica meritocrática que los rige.

El incremento en el número de productos y actividades exigidos para aspirar a los niveles de candidato, I, II o III constituye, en apariencia, un intento de elevar los estándares de calidad. Sin embargo, en términos políticos y desde las lógicas meritocráticas, este movimiento opera como un mecanismo de diferenciación y clasificación que intensifica la competencia en un contexto estructural de escasez de recursos. La meritocracia, como he argumentado en otros artículos de esta revista, no funciona como un principio neutral de asignación de reconocimientos, sino como un dispositivo que individualiza responsabilidades, promueve la competencia y legitima la jerarquización académica bajo la ficción de la igualdad de oportunidades.

Una de las principales reglas de la meritocracia, cuando los recursos —materiales, simbólicos y económicos— son limitados, es que el endurecimiento de los criterios no sólo regula el acceso, sino que también inicia un proceso de construcción de subjetividades meritocráticas que, con el tiempo, naturaliza los requisitos establecidos produciendo un sentido común sobre los éxitos o fracasos académicos. En este escenario, las y los investigadores son interpelados como agentes emprendedores de sí mismos, responsables de optimizar su rendimiento, gestionar su productividad y traducir su trabajo intelectual en indicadores cuantificables. De este modo, la evaluación de esta naturaleza busca dejar de ser un mecanismo externo para convertirse en un principio internalizado de autoexigencia permanente.

En este escenario, es previsible una intensificación de la presión por publicar, indexar y acumular productos en circuitos reconocidos. Este desplazamiento no es menor: supone la subordinación del tiempo largo de la investigación —aquel que permite la problematización, la duda y la elaboración conceptual— a la urgencia de la visibilidad y la medición. Consecuentemente, los comités editoriales de las revistas académicas enfrentarán una sobrecarga de envíos que probablemente derivará en el endurecimiento de sus propios filtros, incrementando las tasas de rechazo y consolidando circuitos cada vez más cerrados y excluyentes para la validación del conocimiento.

Es en este punto donde la noción de “maquila académica” adquiere densidad analítica. No se trata únicamente de una metáfora crítica, sino de la descripción de una forma específica de organización del trabajo intelectual. Bajo la hegemonía de métricas e indicadores, la producción de conocimiento tiende a reconfigurarse como una cadena de ensamblaje orientada a la generación constante de productos publicables. La lógica de acumulación sustituye a la lógica de problematización; la fragmentación de los resultados reemplaza la construcción de argumentos complejos; y la velocidad se impone a la reflexión y a la atención a los problemas sociales.

Este proceso no sólo profundiza la precarización de las condiciones de trabajo de quienes investigan, sino que también reorienta el tipo de conocimiento considerado legítimo. Se privilegian investigaciones de corto alcance, metodológicamente estandarizadas y fácilmente evaluables, mientras que se desalientan apuestas críticas, interdisciplinarias o situadas que no encajan con facilidad en los formatos dominantes de medición. Así, la meritocracia, lejos de promover la excelencia, puede devenir en un dispositivo que profundice la competencia y la jerarquía académica.

Frente a este panorama, la discusión sobre los criterios del SNII no puede reducirse a un debate técnico sobre indicadores. Lo que está en juego es la forma en que se concibe el acto de investigar y, con ello, las propias posibilidades de producción de conocimiento crítico. Interrogar el trasfondo de las nuevas orientaciones implica cuestionar sus efectos en la academia. ¿Qué trayectorias reconoce?, ¿cuáles excluye?, ¿qué formas de saber legitima y cuáles marginaliza?

Persistir en una lógica de endurecimiento meritocrático en contextos de competencia, jerarquización e individualización no sólo profundiza las brechas existentes, sino que también empobrece el horizonte intelectual. En contraste, abrir el debate hacia modelos de evaluación más situados, plurales y reflexivos permitiría cuestionar el sentido de la investigación como práctica orientada a la solución de problemas específicos. En última instancia, se trata de decidir si el conocimiento será reducido a una mercancía regulada por indicadores o si podrá sostenerse como una práctica crítica capaz de interrogar las mismas condiciones de su producción.

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