(Primera parte de dos)


La Nueva Vitivinicultura

Parras de la Fuente, Coahuila —pequeña ciudad de aproximadamente 45 mil habitantes— experimenta actualmente un proceso de reestructuración productiva de la industria vitivinícola, en consonancia con un fenómeno global que ha tenido lugar en otras zonas: la “nueva vitivinicultura”.[1] En Parras, esa transformación está constituida por la triada económica de las bodegas de vino, el enoturismo y el desarrollo de la industria inmobiliaria, triada dirigida a un mercado de consumo ostentoso y con alto poder adquisitivo.

Parras, que ostenta el nombramiento de Pueblo Mágico desde 2004, ha visto crecer el flujo del turismo de fin de semana de manera exacerbada, especialmente en los últimos años. Para el empresariado norteño —particularmente para el regiomontano y el lagunero—, así como para los políticos de Coahuila, Parras se ha vuelto un lugar atractivo para la inversión de capital en el negocio del vino, en hotelería, en restaurantes y en el desarrollo inmobiliario. Eugenio[2], propietario de una bodega vitivinícola, sintetiza el periodo actual como “un nuevo renacimiento. (…) Parras es un lugar de oportunidades y ahorita es el momento”.

¿Pero cómo experimentan este momento de apogeo y prosperidad de la industria vitivinícola los habitantes de Parras?  ¿Qué efectos tiene sobre sus formas de vida y reproducción social? En Parras, como en todos lados, el agua es elemental para sostener la vida: dentro del hogar, el agua es necesaria para los cuidados y los quehaceres diarios; es indispensable para la producción agraria ejidal en las huertas de nogales; y es vital para los animales, las plantas y los demás seres no humanos que habitan el desierto que rodea la ciudad. La industria vitivinícola y el turismo en expansión también demandan agua para el riego de los viñedos, la infraestructura de los hoteles, los fraccionamientos, las albercas privadas, etcétera. Además, la agroindustria de hortaliza, nogales y tomate —también presente en la ciudad—requiere agua en grandes cantidades.

En ese contexto, conforme la industria y el mercado demandan mayores cantidades de agua, su distribución entre los habitantes es insuficiente para la reproducción cotidiana de sus vidas y de su habitar. En Parras, el desarrollo de la nueva vitivinicultura está generando también nuevas contiendas por el agua, en donde los actores principales son los parrenses en resistencia frente a los grupos empresariales y el gobierno municipal. A continuación, a partir de datos etnográficos, les quiero compartir la experiencia de las y los habitantes de los barrios de Santo Niño y de Tacubaya en la lucha por el agua.

El agua

Parras no tiene ríos, ni presas, ni arroyos permanentes, pero tiene la gran Sierra Sur, que la provee de agua subterránea; los mantos y los veneros se recargan con los escurrimientos y la infiltración del agua de lluvia sobre esta zona montañosa. Elías —parrense de más de 60 años de edad y trabajador en una viña— me cuenta que algunas noches, desde su casa, escucha cómo cruje la sierra. Suena —me dice— como si adentro hubiera un mar y como si las olas golpearan debajo de la tierra.

Parras pertenece a la región hidrológica 36 Nazas-Aguanaval. Debido a la orografía, el clima y la intensa explotación, esta región enfrenta un desequilibrio permanente entre la oferta y la demanda de agua, que compromete la sostenibilidad de los acuíferos.[3] Este desequilibrio ha sido documentado en el estudio sobre la disponibilidad media anual de aguas subterráneas del “Acuífero General Cepeda-Sauceda”.[4] El volumen extraído es mayor a la capacidad de recarga, lo que se traduce en un déficit de 69.3 hm3 anuales. El estudio concluye que existe sobreexplotación y que no hay agua disponible para otorgar nuevas concesiones (Conagua 2020). Esta sobreexplotación, en los hechos, continúa sucediendo: las empresas y rancheros perforan pozos de agua tanto legales como clandestinos. Dos de las vinícolas más grandes cuentan con pozos entre 400 y 600 metros de profundidad. Y en los últimos años, los empresarios vitivinícolas, de hortalizas y tomateros han comprado tierras ejidales, formando una especie de corredor agroindustrial sobre la carretera que conecta Parras con el municipio vecino de General Cepeda, a las faldas de la montaña, localización que les facilita el acceso a las aguas subterráneas. 

Barrios de Santo Niño y de Tacubaya

Parras forma parte del desierto chihuahuense. Cuando se transita por los alrededores de la ciudad —las colonias periféricas, las carreteras, los ranchos y los ejidos de la localidad— se observa un paisaje agreste. Del suelo se levantan polvaredas que suelen formar pequeños remolinos con el viento y el calor adormece a quien no está acostumbrado a él. En contraste, la cabecera municipal es un vergel, o un “oasis”, como lo describen sus habitantes. Esto es resultado de siglos de actividad humana para hacer del desierto un lugar habitable y fértil. Ahí se construyó y perfeccionó un sistema tradicional de abastecimiento hídrico aún en funcionamiento. Está compuesto por fuques, lumbreras, pilas y acequias superficiales por donde corre el agua y se distribuye por la ciudad para regar las huertas domésticas y las nogaleras. Esta tecnología hídrica ha hecho de las calles del centro espacios arbolados, con vegetación diversa, y por lo tanto sombreados y un poco menos calurosos.

Los barrios de Santo Niño y de Tacubaya están en la periferia poniente de la cabecera municipal. Atrás quedaron las acequias y las nogaleras, y el paso al desierto es casi inmediato. Los dos abarcan, pues, una zona urbanizada asentada en un entorno desértico. El cielo es azul intenso, con muy pocas o ninguna nube. Da la impresión de estar más cerca del sol. La avenida principal, Madero, pasa en medio de ambos barrios. Quienes andan a pie al medio día van con paraguas, con sombrero o con cachucha, y buscan el lado de la banqueta donde haya un poco de sombrita. Desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde, padecen los rayos que destellan y calan en la cara; se siente la quemazón en la piel y cómo se pone colorada.

Algunas casas están cuesta arriba sobre lomeríos, allá en donde ya hay puro monte. Ahí se pueden encontrar cuarzos y una amplia variedad de vegetación que nos recuerda que el desierto está vivo: hay huizache, mezquite, albarda, lechuguilla, sotol y matorrales. En la parte urbanizada hay calles pavimentadas y otras de tierra. Las casas están hechas de adobe —como tradicionalmente se acostumbró— y otras, más nuevas, son tipo Infonavit y están construidas con concreto. Algunos vecinos acostumbran tener animales de corral, borregos y algunos caballos en los patios de su casa.

Santo Niño y Tacubaya son dos barrios tradicionales de Parras y están habitados por familias locales asentadas desde hace varias generaciones. Han formado una comunidad en donde todos se conocen, aunque sea de apellido. Sus residentes suelen trabajar en comercios ajenos o propios —tienditas y negocios de venta de comida, por ejempolo—, o bien como obreros en las fábricas de Ramos Arizpe y Saltillo —a dos o tres horas de distancia de Parras—. También hay profesores de educación básica y trabajadores de la construcción —albañiles y contratistas—, que han heredado el oficio de sus padres. Hay quienes trabajan en la limpieza y los quehaceres de las casas de las colonias del centro, y otros más que son empleados en las bodegas de vino, en los hoteles y en los proyectos inmobiliarios en desarrollo.

Mi trabajo de campo comenzó al interior de las bodegas del vino, así que mi acercamiento a Tacubaya y Santo Niño fue dándose gracias a las trabajadoras de las bodegas que residen en estos barrios. Por medio de ellas, quienes me abrieron las puertas de sus hogares y conversaron conmigo por horas, empecé a informarme y a conocer las dificultades que ellas y sus familias enfrentan para poder tener agua en sus casas. En el transcurso de un año, he observado dos procesos que están articulados: por un lado, cómo estos barrios se han ido transformando con la construcción de infraestructuras inmobiliarias, turísticas y vitivinícolas; y por otro, el desarrollo de un proceso de organización barrial por el derecho al agua para el consumo humano.

Desarrollos vitivinícolas y enoturísticos

Al mismo tiempo que los habitantes de Tacubaya y Santo Niño experimentan la calamidad de la falta de agua como algo cotidiano, observan las expresiones materiales de la bonanza de la nueva vitivinicultura. En estos barrios hay dos bodegas de vino; la primera es un complejo de bodega-hotel-nogalera, mientras que la segunda, la cual se autodenomina “bodega de vino boutique”, cuenta con un restaurante, suites en el desierto, con un costo de alrededor de $5,500 la noche, y una hectárea de viñedo. Además, en ambos barrios hay también “palapas”; es decir, terrenos con alberca, pasto y asadores que se rentan para eventos privados, así como un gran balneario que en verano se llena de turistas y algunos hoteles pequeños. Por si fuera poco, dos nuevos proyectos iniciaron su proceso de construcción entre 2022 y 2023, proyectos que ejemplifican el desarrollo enoturístico en la zona poniente de Parras: me refiero a los inmensos desarrollos residenciales y comerciales Cantaua y Santolivo .

 Según su ‘masterplan’, Cantaua se presenta como “una comunidad exclusiva”, y anuncia que quienes pertenezcan a ella podrán estar “rodeados de naturaleza”, lo cual “garantiza una vida llena de paz y tranquilidad”. Promete amenidades como áreas verdes, piscinas, arroyos artificiales y una casa club. Hay 124 lotes a la venta; el precio mínimo es de 1 millón y medio de pesos. Santoolivo ofrece a sus compradores “una vida de altura”; planea la construcción de 60 departamentos —cada uno de los cuales costará aproximadamente tres millones de pesos—, con terrazas, senderos al aire libre y viñedos. Ambos proyectos aún no salen de tierra, pero ya cuentan con un alto muro perimetral y filtros de seguridad que los separan de los barrios y de su entorno.

Barda perimetral del fraccionamiento Cantaua. Foto: cortesía de la autora.

Cantaua y Santolivo se presentan como una inversión que el propietario-turista-fuereño convertirá en negocio de renta para fines de semana o vacaciones. En esta perspectiva, la noción de ‘casa’ pasa de ser un lugar para habitar a convertirse en una mercancía y objeto de lucro. Su producción generará experiencias lujosas de un habitar fugaz que contrasta profundamente con las formas y las condiciones materiales de habitar de los barrios de alrededor.

Desde el gobierno municipal —liderado por el alcalde Fernando Orozco Lara del PRI—, la narrativa dirigida a los parrenses se sostiene en una “política de la esperanza”. En un municipio donde sus pobladores demandan desde hace años empleo y salarios suficientes, el discurso que envuelve al giro de la actividad turística y vitivinícola promete la afamada “derrama económica”, la creación de nuevas fuentes de empleo y la viabilidad de que cualquier persona pueda emprender un negocio dirigido al turismo “si le echa ganas”. Sin embargo, tal esperanza no se ha cristalizado: en los viñedos los salarios son bajos y las oportunidades de empleo reducidas, y las bodegas y hoteles priorizan la contratación de foráneos, así que buena parte de los parrenses deben seguir yendo a trabajar en las fábricas de Ramos Arizpe. El slogan del gobierno municipal es “Parras es todo tuyo” y los habitantes han hecho sátiras en redes sociales respecto a que el pronombre “tuyo” le corresponde al turista y no al local. Persiste un sentimiento de que el territorio ya no pertenece a quien lo habita, sino a quien paga por él; Azucena —trabajadora de una bodega de vino y vecina— sintetiza lo anterior de la siguiente manera: “el agua que ellos [los turistas] vienen a disfrutar es la que nos está faltando a nosotros”.


(Aquí puedes leer la segunda parte de este artículo.)


[1] Sánchez, Torres y Serra 2018 Transformaciones productivas, inmigración y cambios sociales en zonas vitivinícolas globalizadas; Neiman 2017 “La ‘nueva vitivinicultura’ en la provincia de Mendoza”, Estudios sociales contemporáneos.

[2] Los nombres de los entrevistados y participantes han sido sustituidos con seudónimos.

[3] Conagua 2014, Programa de medidas preventivas y de mitigación de la sequía en el consejo de Cuenca Nazas-Aguanaval

[4] Conagua 2020 Actualización de la disponibilidad media anual de agua en el acuífero general cepeda-sauceda (0505), estado de Coahuila