La otra noche fui al teatro Juan Ruiz de Alarcón de la UNAM, al reestreno de El zoológico de cristal, de Tennessee Williams, en cartelera hasta el próximo 24 de abril. Decidí comprar boletos (recuerden que los #JuevesdeTeatro el costo de admisión es de treinta pesos) cuando vi que la dirección estaba a cargo de David Olguín, uno de los prodigios que ha dado el teatro nacional. Para quien ubica su nombre pero no sabe bien por qué, Olguín es uno de los fundadores de El Milagro y ha sido tutor de Dramaturgia en la Fundación para las Letras Mexicanas durante más de una década. Además, tiene una larguísima trayectoria en docencia, edición, traducción, escritura y dirección teatral, la cual puede comprobarse echándose un clavado a las publicaciones del INBA, el FCE y el propio El Milagro. Aprovecho para decir aquí que ya va siendo tarde para hacer una retrospectiva de su trabajo, que ponga en valor su papel dentro del teatro en nuestro idioma.
Volviendo al tema de esta reseña, me interesó ver su versión de este clásico de Tennessee Williams porque sus puestas en escena siempre ofrecen una lectura del presente, sin forzar al texto dramático para decir cosas ajenas a su discurso original. Como detallaré a continuación, esta obra toca un tema muy urgente y actual: el influjo del ambiente bélico internacional en la cotidianidad de una familia y, en particular, en las mujeres de una casa.
El zoológico de cristal presenta la historia de Amanda y sus dos hijos: Laura y Tom. Los tres viven en un pequeño departamento, muy lejos de la ciudad sureña de sus orígenes. El hijo trabaja en un almacén de zapatos y la hija pasa todo el día en casa, abstraída en el cuidado de sus figurillas de cristal. En las calles, el neurótico discurso publicitario de anuncios a la Norman Rockwell se contradice con la inestabilidad económica del periodo de entreguerras en los Estados Unidos.
Un día Amanda urde un plan con Tom para encontrar, entre sus compañeros del almacén, a un “caballero pretendiente” que corteje a Laura. Un personaje que restaure la pieza faltante que reaparece una y otra vez en las anécdotas de Amanda: el padre ausente. Alguien que enmiende el error de cálculo que ella cometió en su juventud, al enamorarse de un tipo que ahora sólo manda postales con dos palabras (“Hola, adiós”) sin remitente, en vez de haber aprovechado las propuestas de matrimonio de varones que hoy son grandes propietarios y hombres de negocios. Amanda desea un futuro mejor para Laura y necesita de la complicidad de Tom.
Entonces aparece en escena Jim O’Connor, un antiguo compañero de instituto del que Laura se enamoró en un pasado cada vez más remoto, cuando lo escuchó cantar en funciones estudiantiles, y que ahora tiene un puesto en el almacén de zapatos. Tom lo invita a cenar una noche de verano y la familia invierte sus escasos fondos en hacer preparativos para agasajar su visita: cambiar las cortinas, comprar una alfombra más bonita, una lámpara de seda y ropa nueva para la ocasión.
Durante la velada, cuando los jóvenes Laura y Jim se quedan solos en la sala, en medio de un corte de suministro eléctrico por falta de pago, surge una chispa de química entre ellos. O’Connor convence a Laura de que su físico no es un motivo de vergüenza, de que aún es suficientemente joven para conseguir un buen marido, de que ella debe creer en sí misma para superarse… Le repite evidentes eslóganes aprendidos en sus cursos de oratoria, frases comerciales, que Laura recibe como si sus palabras fueran originales y hubieran sido pensadas en exclusiva para ella. De pronto, en el momento más alto de la noche y tras un dulce beso, Jim se disculpa y confiesa que está comprometido con otra mujer y debe retirarse de inmediato. En la despedida, rompe por accidente una de las figurillas de cristal de Laura, y es como si rompiera la ilusión de un porvenir que se quiebra frente a sus ojos.
Tras esa noche los miembros de la familia intentan retomar sus viejas actitudes; sin embargo, es imposible restaurar la esperanza fracturada. Laura se sume de vuelta, aunque esta vez para no volver a salir, en el cuidado de su colección de animales de cristal; Amanda regresa a su verborrea compulsiva, y Tom se va de casa, a “seguir los pasos de su padre”.
La puesta en escena de David Olguín acentúa la relación del contexto histórico original de la obra con el presente por medio de recursos escenográficos: como telón de fondo hay una pantalla que proyecta fotografías de prensa y breves clips de películas musicales de la época. Por analogía, las imágenes tienden un puente con el genocidio palestino y la guerra en Irán, en contraste con los espectáculos masivos (el medio tiempo del Super Bowl, por ejemplo) y las alfombras rojas de los estrenos de cine (la gala de los premios Óscar sigue fresca en mi memoria). Otro detalle espacial es que el piso está cubierto de arena o aserrín, como si los muebles de la casa se desmoronaran mientras transcurre la función. A nivel sonoro, la fragilidad de la utopía de Amanda se expresa en la interpretación a capela de “Somewhere over the Rainbow”, a cargo de David Juan Olguín, que alterna durante la función entre el papel de Tom y de Jim.
La obra habla de varios fracasos: la figura del patriarca que huyó de sus responsabilidades tiene un eco en la personalidad de Tom, que se percibe como un testigo frustrado de la decadencia de su madre y de su hermana. La masculinidad que la guerra prometía, una de hombres idealistas y valientes, produce en realidad víctimas de estrés postraumático, incapaces de pertenecer a una familia y disfrutar de los vaivenes de una vida de clase trabajadora. Tom, además, tiene una necesidad de expresión poética que es motivo del escarnio de su madre y de sus compañeros en la fábrica (de hecho, pierde el trabajo cuando sus jefes descubren que escribió un poema en una caja de zapatos). En la puesta en escena, el personaje se desdobla en Miguel Cooper y David Juan Olguín, que a veces comenta como una voz en off los hechos y a veces participa como personaje de la trama. Vemos sobre el escenario, literalmente, a un hombre fragmentado, dividido en dos actores, que sufre porque no logra reconciliar su experiencia interna con las palabras que les dice a su madre y a su hermana. Casi todas las noches, después de cenar avisa que va “al cine” y sale de la casa. Una vez, al volver tropezando con sus propios pasos y portando un aspecto decadente, se encuentra a su hermana en la sala, absorta en acicalar a su “zoológico de cristal”. La soledad de las dos mujeres se convierte en algo insoportable para él tras la estrepitosa derrota de su misión como alcahuete. ¿Qué pasaría si Tom pudiera escapar del mandato de masculinidad que le impide hablar de sus emociones? ¿Su vida seguiría siendo una insoportable sucesión de repeticiones si pudiera mostrar la vulnerabilidad que esconde en el alcohol?
Laura, por su parte, está reducida al espacio doméstico porque no pudo enfrentarse al cambio tecnológico de la máquina de escribir en la escuela para taquimecanógrafas. En un examen de habilidades sufrió tal ataque nervioso que vomitó y tuvo que reportarse enferma indefinidamente para no volver. En una siniestra imitación de la infancia, desde aquel momento se dedica sólo a limpiar y a reordenar su colección de animales, que guarda en una cajita tan pequeña como aquella que la contiene a ella misma. Su sensación de fiasco proviene de no encontrar una posición en la sociedad ni como esposa ni como mano de obra. Ella relaciona esa especie de exilio con una cojera incurable, que la margina de las opciones disponibles para una mujer joven. Sus posibilidades se reducen, entonces, a una maternidad fingida, como la que ensayan las niñas con sus muñecas, cuando juegan a cumplir la versión más prestigiosa que la sociedad le ofrece a una mujer: la de la cuidadora. Anaïs Umano, la actriz que representa a Laura, añade sutiles toques de neurosis al personaje con un trabajo sobre la voz, que se desregula entre el susurro y el grito en momentos inapropiados.
Por último, el fracaso más doloroso y dulce, el más humano y contradictorio, es el de Amanda. La interpretación de Laura Almela le añade al personaje una capa deliciosa de complejidad con su manejo del tono, entre lo cómico y lo solemne. Nos presenta a una mujer desgastada por el abandono y la marginación, que aún así se despierta cada mañana con un sonsonete cantarín, “Le-ván-ta-te y lú-ce-te”, para animar a sus hijos a tomar el café y el pan del desayuno, y que suelta frases en francés, “Quel dommage!”, “La vie n’est pas facile!”, para lamentarse con ligereza de los sinsabores. Lo que podría presentarse como una imitación burda del estereotipo de “madre luchona” adquiere el aspecto de la esperanza por algo que es muy difícil de capturar en palabras: la actriz respeta a su personaje, lo trata con amor y delicadeza. Eso se refleja en un sutil desdoble de lucidez, en una casi imperceptible distancia autocrítica, expresada en gestos y ademanes que contradicen, hasta cierto punto y sin romper la verosimilitud, los diálogos que su situación la fuerza a decir.
Amanda quiere que sus hijos sean felices y desea también su propia dicha, pero la realidad se impone con sus trabas. Muchos de sus diálogos son recuentos de una vida pasada que no tuvo, de las ilusiones propias que se deshicieron cuando las promesas del matrimonio y el progreso mostraron su falsedad. Amanda entiende que la mejor salida posible para su hija es encontrar a un hombre con el cual casarse, ya que su cuerpo y su ánimo no son aptos para el trabajo de oficina. Entiende también que su hijo es demasiado sensible y que la vida del obrero nunca le brindará un espacio para existir en toda su extensión. Lo más trágico (en el sentido de inevitable y determinista) es que Amanda sabe, porque lo vive en carne propia, que ante los mandatos opresores de la masculinidad y la feminidad la única opción a su alcance es habitar y defender la fantasía.
Esa comprensión alcanza a la espectadora de la obra de teatro, que asistió a una función de jueves por la noche, buscando un escape momentáneo —pero verdadero, quizás lo más verdadero de su semana— a la cotidianidad bajo los mismos supuestos que hace casi cien años.
