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Ciertamente, puede parecer eurocentrista, en el contexto de un diálogo entre marxismos del sur, hablar de eurocomunismo, esa tendencia del movimiento comunista impulsada por ciertas organizaciones de Europa Occidental durante la década de los setenta. Sin embargo, y más allá de que el término resulte impreciso —pues partidos no europeos, como el Partido Comunista Japonés, también se adhirieron a esta corriente—, resulta imposible explicar el eurocomunismo sin aludir a un acontecimiento clave en la historia de América Latina y el mundo: el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 contra Salvador Allende. La tragedia de Chile constituye un punto de inflexión fundamental en la formulación del eurocomunismo, y concretamente del llamado “compromiso histórico” teorizado por Enrico Berlinguer para el caso italiano.

Ahora bien, ¿cuál sería hoy la actualidad del eurocomunismo? ¿Hay algo en esa pregunta, y en el intento de responderla, que pueda ser de interés para los marxismos del sur? Aunque en la Europa posterior al comunismo el término haya perdido vigencia, sus problemas irresueltos —el papel del Estado en la transición, la articulación entre democracia y socialismo o la relación entre transformación social y violencia— siguen interpelándonos. Este texto sostiene que el eurocomunismo, lejos de implicar una mera socialdemocratización de los partidos comunistas occidentales, supuso una profunda reflexión sobre las condiciones de posibilidad de la revolución en Occidente. En el centro de este debate se situó la polémica en torno al abandono de la noción de “dictadura del proletariado”, con figuras como Althusser, Balibar, Poulantzas y el propio Berlinguer.

Socialismo, democracia y revolución

El desarrollo histórico del eurocomunismo tuvo lugar en la Europa de la Guerra Fría. Podríamos distinguir tres tipos de socialismo en aquella Europa de la coexistencia pacífica: un socialismo conservador, el cual haría referencia a las democracias populares cuyas expresiones de renovación democrática fueron ahogadas en Hungría (1956) y Checoslovaquia (1968); un socialismo reformista, ejemplificado por las socialdemocracias occidentales; y, por último, un socialismo mesiánico asociado a las Brigadas Rojas que sacudieron Italia en los años de plomo. En ese contexto, el Partido Comunista Italiano (PCI) va a encarnar durante cierto tiempo una posibilidad distinta. De forma muy esquemática, podríamos decir que la hoja de ruta marcada por el PCIera la siguiente:

  1. Identificación del socialismo con la democracia.
  2. Diagnóstico de que la democracia estaba siendo amenazada por la crisis del capitalismo, ya fuera por la idea del “secuestro” de las instituciones democráticas por una oligarquía, resumidamente, la tesis de Paul Boccara del “capital monopolista” que defendía la oficialidad del PCF para justificar su política de mano tendida hacia las clases medias o, por el concepto de “estatismo autoritario” de Poulantzas que alertaba de las posibles declinaciones autoritarias (tanto a izquierda como a la derecha) del Estado en transición, lo que implicaba una relectura de las instituciones de la democracia burguesa en la transición al comunismo.  
  3. Necesidad de marcar una independencia con respecto de Moscú —Berlinguer, uno de los líderes del PCI, indicará en una entrevista de 1981 que “la potencia democrática de octubre había terminado”—.
  4. Urgencia de establecer nuevas alianzas entre el proletariado y otras fuerzas populares profundamente heterogéneas.

Estos cuatro problemas se entrelazan en los textos que Berlinguer dedica a Chile. En ellos, el secretario general del PCI sostiene que lo único capaz de hacer retroceder al imperialismo —en Chile, como en Italia y el resto del mundo— es una modificación progresiva de las relaciones de fuerza. Hemos hablado de Chile, pero bien podríamos haberlo hecho de Grecia, algunos años antes. Allí, el Partido Comunista se embarcó en una aventura armada que fue finalmente derrotada, lo que lo condujo nuevamente a la clandestinidad. Ambos casos encierran una doble lección histórica:

  1. La apuesta por la contraviolencia conlleva costos inasumibles. Las ideas de poder dual que sirvieron de modelo durante la Tercera Internacional deben descartarse.
  2. Existe un riesgo plausible de una “revolución esclavista”, por utilizar los términos que emplea Engels en el segundo prólogo a El capital, aludiendo a la posibilidad de que, si los partidos comunistas llegaran al poder, las clases dominantes respondan con la violencia más descarnada.

Surge entonces una pregunta ineludible: ¿cómo reunir fuerzas para impedir un golpe como el de Chile cuando no basta, como advertirá el propio Berlinguer, con obtener el 51 % de los votos? La respuesta consistirá en ampliar las alianzas del proletariado. Así, este último podrá convertirse en la clase dirigente de un nuevo bloque histórico. Se trata de un programa evidentemente gramsciano que, bajo coordenadas históricas distintas, es reinterpretado por Berlinguer como la posibilidad de un nuevo Risorgimento. La cuestión de las alianzas es, una vez más, el problema de las revoluciones: sin civilidad no hay emancipación, sólo una transformación de las estructuras en el amargo sentido de pasar de una dominación a otra.

¿Pero qué alianzas podía el proletariado establecer en la Italia de los setenta? Por un lado, la experiencia de la Resistencia había traído consigo un nuevo bloque histórico de inspiración democrática, socialista y católica: una unidad que trascendía al proletariado y abarcaba a grupos de campesinos y de la pequeña y mediana burguesía, al movimiento de masas católico e, incluso, a algunos sectores de las fuerzas armadas. Sin embargo, poco a poco el potencial transformador fue menguando, hasta que el sector católico y popular fue cooptado por la Democracia Cristiana (DC) —el cual, junto con el PCI, era el otro gran partido de masas—. De nuevo, la cuestión chilena entra en escena. Para Berlinguer, la división dicotómica del campo político italiano entre los dos partidos de masas, PCI y DC, sólo puede saldarse —parafrasendo las lúgubres líneas finales del Manifiesto— con “la ruina mutua de las clases contendientes”:

La oposición y el choque frontal entre los partidos que tienen una base popular y por los que se sienten representadas importantes masas de la población conducen a una división, a una verdadera escisión del país en dos, lo que sería fatal para la democracia y arrasaría las bases mismas de la supervivencia del Estado democrático (Berlinguer, 12/10/1973).

En definitiva, el riesgo de que la lucha de clases devenga en una guerra civil es que la violencia, en tanto elemento incontrolable, acabe por fagocitar las posibilidades de transformación.

Por otro lado, el largo mayo italiano había traído consigo la eclosión de toda una serie de conflictos no subsumibles bajo la etiqueta de la clase: luchas feministas, juveniles, del sur de Italia, etc., que perseguían no sólo mejoras económicas —corporativas, podríamos decir—, sino también desarrollo civil, progreso democrático, nuevas libertades, y un cuestionamiento de los aparatos ideológicos del Estado.

Es notorio el firme paralelismo entre la praxis berlingueriana y las posiciones teóricas que sostenía Poulantzas respecto a la vinculación entre socialismo y democracia. Dice Poulantzas: “ninguna clase por sí misma, por su propia naturaleza, está destinada a ser garante de libertad, si no interviene un diseño consciente en ese sentido […] Necesita la democracia y las instituciones democráticas no solo para defenderse de sus enemigos, sino también para defenderse de sí misma en el momento en que asuma el poder político” (Poulantzas, 12/10/1979: 26).

El Estado y la dictadura del proletariado

La adopción de las tesis europeístas entre los partidos comunistas francés, italiano y español, movilizó un debate en sus respectivos países de enorme calado. Reconstruir la totalidad de las intervenciones —las conferencias de Granada y Barcelona por parte de Althusser, la publicación de Gramsci y el Estado de Christine Buci-Glúcksman y el debate en torno a la recepción de Gramsci, el texto de Jorge Semprún acerca del eurocomunismo, el Congreso de Venecia organizado por Il Manifesto, etc. —exceden con mucho el propósito de este artículo. En el centro del debate, estaba una concepción diferente del Estado y del papel que debía jugar (o no) la democracia. En este sentido, se fraguó una polémica entre, por un lado, Poulantzas, cercano a las ideas de Berlinguer y del PCI, y, por otro, Balibar (o, mejor dicho, Balibar y Althusser). La oposición entre ambos, antiguos colaboradores en la época de los seminarios de Para leer El capital, podría leerse, en palabras de uno de sus propios protagonistas como una variante de la oposición entre un “eurocomunismo crítico” y un “neoleninismo” más o menos ortodoxo (Balibar, 2017: 249). Ambos constituirían, pues, proyectos de renovación del marxismo en los setenta, cuyo desacuerdo puede rastrearse en dos posiciones críticas:

  1. La cuestión de la existencia —o ausencia— de una teoría política del Estado en el marxismo.
  2. La tentativa, tildada por Poulantzas de “dogmática” y “escatológica”, del grupo althusseriano de defender la dictadura del proletariado en el momento de su abandono por los partidos comunistas.

Balibar plantea, en Sobre la dictadura del proletariado, tres ideas en torno a las cuales construirá su argumentación:

  1. El poder del Estado es el poder de una sola clase; de ahí que la dictadura no sea la antítesis de la democracia, sino un adjetivo común a todos los sistemas políticos, en tanto que la coacción y la violencia estarían en la base de todo sistema de poder estatal.
  2. El poder de una clase solo puede manifestarse a través del desarrollo de un aparato de Estado, de una “máquina”, como dirá Althusser. Este aparato, a través de sus respectivas divisiones y subdivisiones, estaría fundamentado en la división intelectual y manual del trabajo, lo que excluye a las masas de la política. La tarea de estas no sería otra que derribar ese aparato estatal y sustituirlo por un Estado-no Estado. Bajo este prisma, todo aparato de Estado —incluidos los que aparezcan o se mantengan durante la dictadura del proletariado— es siempre burgués.
  3. La dictadura del proletariado se identifica con el socialismo, entendido como una fase contradictoria en la que, en palabras de Lenin, se condensaría “una implacable lucha a muerte entre dos clases, entre dos mundos, entre dos épocas” (Balibar, 2015: 116).

La idea del poder dual, rescatada aquí por Balibar, estaría, pues, en las antípodas de la estrategia del PCI. De forma extremadamente sintética, y simplificando en exceso, Balibar recae en los mismos problemas presentes en El Estado y la revolución:

Un reduccionismo excesivo en torno a la idea de que el poder del Estado pertenece siempre a una sola clase, lo cual supone un retroceso teórico respecto a pasajes de El capital, como el capítulo VIII, dedicado a la jornada de trabajo, en el que se detalla no solo cómo el Estado no es un bloque monolítico, sino también cómo, en ocasiones, toma decisiones contrarias al parecer de la burguesía.

En contraposición con lo anterior, junto a la idea instrumental del Estado, hay cierto resabio expresivista que hace de los aparatos del Estado meros apéndices del poder organizado de la burguesía. Entonces, la única estrategia política es el choque frontal contra esos aparatos, su rotura, para su posterior sustitución (la idea del “poder dual”). No se trata evidentemente de una demolición a martillazos, pero sí se traslada a la argumentación de Balibar un menoscabo importante de las instituciones democráticas representativas que no viene de Marx, sino de Lenin. El cierre de la Asamblea tuvo consecuencias devastadoras, como bien pudo observar Rosa Luxemburgo: “Con la represión de la vida política en el conjunto del país, la vida de los sóviets también se deteriorará cada vez más. Sin elecciones generales, sin una irrestricta libertad de prensa y reunión, sin una libre lucha de opiniones, la vida muere en toda institución pública, se torna una mera apariencia de vida, en la que sólo queda la burocracia como elemento activo” (Luxemburgo, 2017: 43). Cuando sólo queda la burocracia, desaparece lo que con palabras de Brecht podríamos llamar el momento de distanciamiento en la revolución que aparece representado en numerosas tragedias griegas a través del coro. No hay contrapesos al voluntarismo revolucionario que, en ocasiones, puede verse arrastrado por una violencia inconvertible en un ordenamiento social superior.

Nicos Poulantzas planteará en Estado, poder y socialismo una concepción del Estado alejada de las que para él son las dos concepciones erróneas del Estado a izquierda y derecha. Ni la idea del Estado como una Cosa-instrumento producido y manipulado por una clase, ni el Estado-Sujeto à la Hegel, que racionaliza la sociedad civil y confiere autonomía a los portadores de la racionalidad estatal —la burocracia y las élites—, captarían la verdadera especificidad del Estado. Bajo la fórmula de la dictadura del proletariado, el tándem Althusser-Balibar habría reducido el aparato del Estado a una original, pero, a fin de cuentas, variedad del Estado instrumento. La clave de ambas concepciones —Cosa y Sujeto— reside en que hacen del Estado una entidad monolítica, cuando para Poulantzas la clave pasa por desechar la imagen del Estado como una pirámide y pensarlo como un campo lleno de contradicciones (Poulantzas, 2025: 158-159). El Estado —aclara Poulantzas— no puede “tomarse” sin más, puesto que el poder no es una sustancia cuantificable ligada a una clase, sino que remite a la capacidad de dicha clase para realizar sus intereses políticos en un campo estratégico, en una materialidad específica derivada de las relaciones sociales de diversos agentes. El Estado es “la condensación material y específica de una relación de fuerza entre clases y fracciones de clases” (2025: 154). La posición de Poulantzas permite desterrar el mito de la exterioridad, toda vez que los límites del Estado no son barreras externas, sino relativas a la constitución misma del Estado.

Tomar el poder adquiere una significación más compleja en Poulantzas y aquí se acerca a Berlinguer: no se trata de destruir el aparato de Estado y sustituirlo por el segundo poder, sino de su transformación en un largo proceso, en una lucha de masas tal que modifique las relaciones de fuerzas internas en los aparatos del Estado. ¿Cómo? La vía democrática al socialismo debe significar pluralismo político e ideológico, reconocimiento del papel del sufragio universal, extensión y profundización de las libertades políticas y despliegue de iniciativas de masas, de nuevas formas de democracia directa y autogestión con las que ejercer un control democrático de los tecnócratas y evitar la confiscación del poder por los expertos. Las luchas para ampliar estas instituciones representativas y transformar los demás aparatos estatales no son incompatibles con el florecimiento de la democracia directa y la autogestión, sino una condición de posibilidad. Es en la cuestión de la articulación entre democracia representativa y democracia directa —no en el leninismo recalentado— donde reside el enigma al fin resuelto de la “nueva práctica” de la política.

Es así que, para los que trabajamos cuestiones como la construcción del conocimiento político en democracia, la socialización del capital político a través del sorteo, el control democrático de los expertos y la violencia, el eurocomunismo deja tras de sí un campo enormemente fértil para la discusión y el debate.

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