El premio como salario: ¿un horizonte imaginario?

La frase no termina de encajar en ningún lugar del campo. Circula, se cita, se comenta, pero tiene algo de impropio. Luego de que Samanta Schweblin ganara recientemente el primer Premio AENA de Narrativa Hispanoamericana —dotado con un millón de euros— por su libro El buen mal, dijo en entrevistas que el monto es “un número tan grande que una se pierde”, que no sabe cuántos ceros tiene y que podría pensarse como un sueldo para siempre. Intenta nombrar un efecto concreto: la aparición de un dinero que, por su escala, suspende la precariedad ordinaria de la vida literaria.

Pero ese intento de nombrar abre una zona de fricción que excede la experiencia individual. Porque un salario no es un premio. Supone regularidad, previsibilidad, derechos asociados, reconocimiento de una actividad como trabajo socialmente necesario. Un salario organiza el tiempo, estabiliza trayectorias, inscribe a quien lo percibe en un sistema de protección. Nada de eso se deriva de un premio, incluso de uno excepcional. La literatura se revela como una verdadera “carrera sin trabajo”.

Una genealogía de la intemperie

Esta orfandad no es nueva. En el Río de la Plata, la demanda por una retribución justa tiene cimientos históricos profundos. En 1904, el dramaturgo Florencio Sánchez, en su rol de secretario de un conocido diario, detallaba en una nota manuscrita una pirámide salarial donde autores de prestigio percibían apenas 100 pesos, cuando un traje nuevo costaba 130.

Esa asimetría obligaba a someterse al «trabajo forzado del periodismo» para asegurar su supervivencia. Décadas más tarde, Roberto Arlt retomaba esta queja al confesar que escribir constituía un lujo frente a la falta de rentas; ganar la vida con la pluma resultaba, pues, un asunto «penoso y rudo». Hoy, la escritura —como todas las artes— sigue siendo una práctica que requiere condiciones materiales que el mercado rara vez garantiza. Los datos del equipo EITyA confirman que la precariedad es un síntoma estructural: el 59% de quienes escriben en Argentina percibe cero ingresos por sus derechos de autor y ventas. Para sostenerse, la gran mayoría hace malabarismos laborales, y la docencia destaca como pilar económico del oficio.

El escándalo como sismógrafo

Donde el campo dice vocación, aparece trabajo. Donde dice reconocimiento, aparece remuneración. El dinero no está ausente en las artes, pero su presencia tiene que ser mediada para no comprometer la creencia en la autonomía de la obra.

Esta incomodidad estalla de tanto en tanto. Lo vimos en 2022, cuando Guillermo Saccomano inauguró la Feria del Libro de Buenos Aires: «Me imaginé en el supermercado tratando de convencer al chino de que iba a pagar la compra con prestigio”.

También se activó en la polémica que Edgardo Scott inició en plena pandemia, cuando señaló que «los escritores que se identifiquen como trabajadores deberán no identificarse como poetas o artistas». Para Scott, la identidad del artista es un «disfraz» que escapa a la rutina asalariada, una postura que conecta con aquella matriz que Julio Cortázar inmortalizó en los años setenta: “no soy, nunca seré, un escritor profesional”. Sin embargo, esta posición recibió réplicas de colegas que advertían que negar la condición de trabajador/a sólo sirve para perpetuar contratos injustos y que el tiempo de escritura es un recurso distribuido de forma desigual.

La controversia y el mercado de visibilidad

La controversia provocada por el premio —en este caso, sobre todo, por el monto— no es un efecto colateral, sino un mecanismo de funcionamiento. El escándalo es un instrumento privilegiado de acción simbólica: al poner en cuestión los criterios de valoración, reactiva las luchas que definen el campo mismo. Un premio necesita de la discusión para ganar eficacia, pero también se nutre del prestigio acumulado de su autora o autor. Existe, pues, una validación mutua entre la institución y la trayectoria.

A esto se suma lo que algunas investigadoras llaman la «espectacularización de género» y la «festivalización» de la cultura. El valor ya no se produce sólo en el texto, sino en la figura autoral que gestiona su propia visibilidad. El “aura” se encarna en el cuerpo de la escritora en ferias y festivales, donde el mercado demanda una performance de género específica. En ese marco, la declaración de Schweblin funciona como un punto de condensación que vuelve legible un problema: la producción literaria depende de soportes materiales que no están asegurados, lo que genera brechas y desigualdades profundas entre quienes pueden sostenerla y quienes no.

La distancia necesaria

Si se vuelve sobre la idea de salario, un premio no genera derechos ni garantiza continuidad. Su lógica es la de la excepción. El salario aparece como horizonte imaginario de una práctica que carece de él.

La frase de Schweblin introduce una incomodidad que persiste. Obliga a pensar la literatura en términos que el campo no termina de aceptar del todo. Entre el salario y el premio no hay equivalencia, hay distancia. Y en esa distancia se vuelve legible la estructura de un campo atravesado por la precariedad y la desigualdad. La excepción no corrige la regla, la confirma.

Paula Simonetti: poeta e investigadora uruguaya-argentina

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