La reciente visita de Angela Davis a la Ciudad de México fue la ocasión para mirarnos en un espejo.

Durante su estancia en el país, Davis participó en dos grandes actos públicos. El primero de ellos, en el marco de la Feria Internacional del Libro de las y los Universitarios, fue el “diálogo magistral” en torno a la obra colectiva titulada Abolición, feminismo ¡Ahora! (UNAM/U-Tópicas, 2026) en el que, además de dos de sus autoras —Angela Davis y Gina Dent—, participaron Rosa Beltrán, escritora y titular de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM, y Amneris Chaparro, investigadora y actual directora del Centro de Investigaciones y Estudios de Género de la misma universidad.

Desde las 6 de la mañana, doce horas antes de la cita, llegaron las primeras jóvenes a formarse en una fila que, para mediodía, ya sumaba las 600 personas que lograrían entrar al recinto. Cuando se dio acceso, unos 45 minutos antes del inicio, comenzó un interesante concierto de consignas muy a tono con algunos rasgos de la identidad teórico-programática del feminismo de Davis. A la habitual consigna de “Mujeres contra la guerra, mujeres contra el capital, mujeres contra el fascismo y el terrorismo neoliberal”, un sector del auditorio contestó con la de “Disidencias contra la guerra, disidencias contra el capital, disidencias contra el racismo y el terrorismo neoliberal”,para rematar con un “¡Aquí está, la resistencia trans!”. Promovida por un colectivo de familiares de presos políticos, la clásica consigna de “Presos políticos ¡Libertad!” copó por algunos minutos la escena sonora del auditorio. No tuvo el mismo éxito la de “Verga violadora ¡A la licuadora!”, que no logró contagiar al auditorio y se terminó diluyendo en un tímido rumor ante señalamientos de que se trataba de una consigna punitivista.

Cuando las ponentes entraron al auditorio, dos de los colectivos presentes desplegaron algunas pancartas y tomaron el escenario para denunciar la muerte no esclarecida de mujeres bajo custodia del Estado en cárceles de la Ciudad de México y Morelos, así como para protestar por el proceso penal que enfrenta Arturo Lugo, “Shevek”, un activista universitario acusado por la UNAM de daños al patrimonio universitario cuando en realidad fue víctima del ataque de un grupo de choque contra la ocupación feminista en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán en 2020.

En un primer momento, las autoridades universitarias a cargo del evento se mostraron dispuestas a dar un espacio a las denuncias antes de la presentación. Sin embargo, los ánimos se encendieron cuando el joven que protagonizó la protesta increpó a Amneris Chaparro y dejó claro que no permitirían el inicio del evento hasta que no obtuvieran una respuesta favorable de las autoridades universitarias. Algunos sectores del público respondieron a la situación al son de “¡Fuera vatos!” —grito al que, con el favor del micrófono, se sumó una de las funcionarias desde el escenario—. Después de unos 25 minutos, los manifestantes accedieron a que comenzara la presentación, luego de que autoridades universitarias accedieran a establecer comunicaciones con ellos para revisar el caso de Shevek.

La charla quedó marcada por su tropezado inicio y, a decir verdad, Davis y Dent alcanzaron a decir relativamente poco para las expectativas de un público que había esperado hasta doce horas para escucharlas. No obstante, lo que dijeron, las protestas y su sola presencia durante éstas bastaron para ponernos frente a un espejo.

En primera instancia, la facilidad con la que el grito de “¡Fuera vatos!” prendió en parte importante del auditorio dibuja la imagen de la legítima sensibilidad que habita al interior del activismo universitario, sensibilidad producto de las experiencias desagradables que acumulan las jóvenes activistas ante el protagonismo y las actitudes misóginas de no pocos compañeros en espacios organizativos mixtos. El episodio también coloca frente al espejo a un feminismo académico que ha sido históricamente terreno fértil para el florecimiento del separatismo, postura programática a la que el feminismo interseccional de Angela Davis se opone explícitamente por considerarlo una expresión política de los feminismos que militan desde el privilegio blanco y de clase.

Por otra parte, la valoración de las autoridades universitarias presentes en el conversatorio y de parte del público asistente respecto a que las causas eran legítimas, pero que “no era el espacio” para expresarlas, nos devuelve el incómodo reflejo de un feminismo tan atrincherado en las dinámicas asépticas del protocolo académico que puede llegar a considerar “fuera de lugar” una protesta por casos de persecución judicial y violencia carcelaria en un evento con dos de las más importantes referentes mundiales del activismo anticarcelario y antipunitivista.

Finalmente, el apoyo explícito de Davis y Dent al pueblo palestino durante sus intervenciones pone a la universidad frente al incómodo reflejo de la negativa de sus autoridades a atender la demanda de parte importante de su comunidad de que rompa relaciones de cooperación académica y de suministro tecnológico con entidades del ilegítimo y genocida Estado de Israel.

El segundo evento al que quiero referirme fue la ceremonia en la que Clara Brugada, jefa de Gobierno de la Ciudad de México, entregó las llaves de la ciudad a Angela Davis como reconocimiento a su trayectoria en la lucha contra el racismo, el patriarcado y el sistema carcelario. En la entrega de las llaves se dieron cita decenas de mujeres que desempeñan diversas funciones de primer orden en los ámbitos local y nacional: legisladoras, alcaldesas, secretarias de Estado y de Gobierno, etc. En sus palabras durante la ceremonia, Davis reconoció a Clara Brugada por “crear y edificar una ciudad feminista” y declaró que nunca había visto tantas mujeres en un acto gubernamental. El mismo día, desde la palestra de su conferencia matutina, la presidenta Claudia Sheinbaum sumó su voz al reconocimiento a la figura ejemplar de Davis en la lucha feminista y por las libertades civiles. Como cierre de su visita protocolaria, Davis visitó, al día siguiente, una de las Unidades de Transformación y Organización Para la Inclusión y la Armonía Social (Utopías) al oriente de la Ciudad de México.

Estas postales de la visita de Davis a nuestro país son un espejo en el que se dibujan dos ángulos disímbolos de la llamada Cuarta Transformación. Por una parte, nos invita a reconocer en clave feminista los alcances de una política de cuidados explícitamente orientada hacia algunos de los horizontes programáticos del feminismo interseccional de Davis, como lo es la socialización del trabajo doméstico y su abolición como responsabilidad individual y feminizada. Por otra parte, nos llama a reconocer la patente contradicción que se tiende entre este rasgo de los gobiernos de la4T y una política de seguridad diametralmente alejada del feminismo anticarcelario, antipoliciaco, antipunitivista y antisecuritista de Angela Davis. 

En el espejo de Angela Davis, el rostro de la 4T se refleja desdoblado. En primer plano, aparece el rostro amable de la afirmación de derechos; detrás, el rostro grotesco del securitismo. Una ciudad que se presenta como la capital de las Utopías y, al mismo tiempo, se ofrece como “la ciudad más videovigilada del mundo”. Un gobierno federal cuya política de seguridad se finca en la atención a las causas y, simultáneamente, en el robustecimiento de la figura de la prisión preventiva oficiosa y el imponente despliegue en territorio de fuerzas policiacas y militares. En el espejo de Angela Davis aparece el retrato de Dorian Gray. 

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