¡Ya dejen morir al populismo! Esa palabra que usamos a la menor provocación para agraviar a las personas, ideas o proyectos a los que nos oponemos por considerarlos dañinos a nuestro supuesto bienestar social y político ya no explica nada. Los últimos veinte años de nuestra vida política han sido definidos, y al menos desde la última década como un espectro inevitable, en función del uso y el abuso de la palabra “populismo” en nuestra discusión pública.

Mi alegato no es gratuito: sólo basta revisar en internet para entender de dónde viene: una búsqueda en Google de las palabras “populismo” y “México” arroja más de 280 mil resultados sólo en el último año. Si restringimos la búsqueda a los sitios de internet de los medios tradicionales con alcance nacional —periódicos y revistas—, observamos que la presencia del término tiene una frecuencia alta, casi diaria, en sus páginas. Ya sea para atacarlo o para defenderlo, el hecho es que nuestra vida política gira en torno al populismo y sus implicaciones, aunque nadie parezca entender, en primer lugar, a qué nos referimos con ese concepto.

Si en algo coinciden los principales textos sobre populismo en el ámbito intelectual y académico es en la asumida dificultad de definir el concepto. Esto conlleva una pregunta un tanto obvia: ¿si es tan difícil de definir, por qué predomina y es usado con tanta facilidad en todos los espacios de discusión política formales e informales? Incontables páginas se han escrito para tratar de ofrecer una definición y, sin embargo, de forma un tanto desesperanzadora, al final lo único que logran es aumentar la cantidad de fenómenos que buscan calificar como populistas sin especificar a qué se refieren.

No obstante, si en algo coinciden estos textos y quienes utilizan este concepto en la discusión pública es en que el populismo es un riesgo para la democracia. Hay una íntima asociación de esa palabra con un potencial antidemocrático que no podemos omitir, porque en torno a ella orbitan gran parte de las definiciones y ejercicios para comprender ese fenómeno que parece ineludible en nuestra vida cotidiana. Así que podemos tomar esto como punto de partida para elucidar a qué se refieren con el concepto y por qué es necesario dejar de usarlo —al menos como suele hacerse.

Primero es importante acotar lo siguiente: la definición cotidiana del populismo, o de lugar común, deriva del pensamiento liberal que lo ha convertido en su nuevo gran chivo expiatorio. Así como en su momento lo fueron el comunismo, el nazismo, el fascismo o el totalitarismo, parece que hoy día todos esos conceptos comparten con el populismo la misma posición antagónica de lo que, asumimos, es la ideología política dominante. Para muestra, basta revisar los textos más populares que se citan cuando tratamos de dar sustancia al populismo como categoría política: Nadia Urbinati o Jan-Werner Müller.

Las definiciones corrientes de populismo lo conciben, entonces, como una amenaza a la democracia representativa y liberal basada en elecciones libres y periódicas, en el marco de un estado constitucional de derecho diseñado para proteger libertades y derechos civiles. Una de las características centrales de esta amenaza es que los populistas utilizan las mismas reglas y herramientas de ese sistema para hacerse de un lugar en la política en su camino para llegar al poder. Una vez allí, según Nadia Urbinati en Yo, el pueblo, usan esas mismas herramientas para transformar el principio mismo de la representación política.

De acuerdo con esta perspectiva liberal, el principal combustible de los populistas está en el desencanto de amplios sectores de la población con los resultados del juego democrático, de la calidad de vida y la situación económica imperante. Así, les resulta fácil apelar al “pueblo” para movilizar resentimientos, afectos e inconformidades, mediante la denuncia contra una élite corrupta que impide la justicia social y la erradicación de las desigualdades. Esta movilización implica una dimensión retórica en la que dicho “pueblo” es construido a partir de esta dicotomía moral entre pueblo bueno y élite mala, y se plantea como una alternativa contra el statu quo, al que busca cambiar para dar lugar a un “verdadero gobierno del pueblo”.

De tal suerte, el principal peligro del populismo que denuncia la visión liberal es que busca erradicar las intermediaciones que considera un obstáculo para una “representación directa” del pueblo por parte de su líder o líderes. Así, lo que inicia como un movimiento popular rápidamente deviene en un movimiento antidemocrático capaz de eliminar todo un intrincado sistema de mediaciones institucionales diseñadas para dar expresión a las mayorías y las minorías por igual. Por lo tanto, el populismo amenaza las libertades y los derechos, porque, desde el agravio moral, tratan de erradicar los instrumentos y recursos democráticos que garantizan el ejercicio de nuestros derechos civiles.

Hasta aquí, todo suena a una narrativa coherente, casi virtuosa de por qué el populismo es un peligro. Pero en esta narrativa que construyen textos como el de Urbinati, o ¿Qué es el populismo? de Jan-Werner Müller, por mencionar dos de los textos más conocidos, falta algo fundamental que, si bien no validaría plenamente sus argumentos, al menos les daría mayor sustento a las discusiones que proponen. Me refiero a una autocrítica de las deficiencias, paradojas y vacíos deliberados del régimen liberal de la democracia constitucional representativa y los valores fundacionales que enarbola.

Para ello, bien valdría regresar a un pequeño texto de Immanuel Wallerstein, Liberalismo y democracia: ¿hermanos enemigos?, en el cual propuso una discusión fundamental para comprender la relación entre dos términos que no siempre estuvieron del mismo lado. El sociólogo estadounidense recordaba en ese texto que el liberalismo en sus orígenes se oponía a las formas democráticas, como parte de una confrontación más elemental entre libertad e igualdad. La discusión versaba en cuál de los dos valores tenía preeminencia en el contexto del sistema capitalista que se consolidaba desde finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX.

Wallerstein reconocía en su ensayo que la diferencia puntual entre liberalismo y democracia radicaba en cómo concebían la igualdad: mientras que el primero planteaba una igualdad jurídica y procedimental como garantía de la libertad plena, la segunda planteaba que una igualdad sustantiva, tanto formal como material, era el camino hacia la justicia. El liberalismo adoptó a regañadientes el principio democrático entre la restauración de 1815 y las revoluciones de 1848, transformándolo en el modelo de democracia representativa que conocemos, ésa que ahora se considera amenazada por los populismos.

La transformación de la democracia de un principio moral —un camino hacia la justicia— a un modelo procedimental —un método de elección de representantes— le sirvió al orden liberal para crear un mecanismo productor y reproductor de legitimidad. Así, la democracia adoptó dos valores liberales, el pluralismo y la competencia, como guías para la resolución de conflictos políticos. En la supeditación de la democracia por el liberalismo reside el problema esencial que ahora llaman populismo, pues los reclamos y agravios morales que asocian con las movilizaciones políticas comparten el reclamo de una promesa incumplida de igualdad ante un sistema que está diseñado para postergar lo más posible su cumplimiento.

Entonces, más que una amenaza externa, el problema en realidad es que el liberalismo político es confrontado con su propia paradoja. Su promesa de un bienestar basado en la libertad, de que jugar siguiendo las reglas era el camino correcto para alcanzar la tierra prometida, acaba por ser evidenciada como una promesa falsa cuando persisten los problemas de exclusión, injusticia y desigualdad que el sistema fomenta o permite subsistir. Y ello es en buena medida posible gracias a las mediaciones y procedimientos propios de la democracia representativa, pues sostienen la exclusión inherente a este sistema.

Por lo tanto, cuando digo que hay que dejar morir al populismo, no sólo me refiero a que dejen de usarlo como un chivo expiatorio ante las propias deficiencias del sistema representativo, ni a que dejen de usarlo como un recurso de miedo ante el potencial de la movilización popular que busque cambiar el estado de cosas. También me refiero a asumir la crítica y reconocimiento de que el sistema representativo del liberalismo político ha cumplido un ciclo, y que es momento de pasar a nuevas formas de participación y representación política que no sólo garanticen la estabilidad política, sino el bienestar social de la población en su conjunto.

En sus críticas al populismo es común leer una férrea defensa de los procedimientos y las intermediaciones como garantía de que, eventualmente, todas las voces serán escuchadas. Sin embargo, lo que hemos aprendido en las experiencias recientes a nivel mundial es que la impugnación siempre es a las distorsiones y corrupciones que encarnan dichas mediaciones. La promesa del llamado populismo es que la voluntad popular será ejecutada y no interpretada, por eso es tan atractiva: porque muestra que todo ese sistema de mediaciones —partidos, organizaciones civiles, instituciones gubernamentales— está cada vez más alejado de la gente y que no tiene un interés real en atender los reclamos de personas que no están insertas en esos espacios.

En otro espacio hice una defensa de los procedimientos como garantía de legitimidad, con motivo de la elección judicial en México. Esta crítica a la corrupción de las mediaciones y los procedimientos va de la mano con ese punto: la población agraviada por las decisiones políticas desconfía de las mediaciones y los procedimientos porque los excluyen y no resuelven los problemas que enfrentan; diariamente observan cómo esas mediaciones producen resultados adversos a su bienestar. Y el problema no es el populismo, sino la cerrazón ante la situación concreta: que sus instituciones y su representación nunca han funcionado para canalizar efectivamente esas demandas.

Ahí está la cuestión: la gente no está molesta con la representación, sino con que la representación no sea efectiva; lo que desean es que quien tome las decisiones y ejecute las políticas realmente resuelva los problemas y las necesidades que les aquejan. La urgencia de resolver los problemas políticos ya no da lugar a esperas ni a esperanzas: por eso hay que dejar morir al populismo. Porque mientras de un lado buscan chivos expiatorios y del otro quieren redimirlos para justificar sus ambiciones de poder, en medio estamos las personas que padecemos el abandono político de una representación anquilosada que nos excluye de las decisiones y nos niega el derecho a una vida digna.

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