Este texto fue leído durante la presentación de Metodologías y prácticas para la historia intelectual (Alberto Tena Camporesi, Jaime Rodríguez y Andrés Arango [eds.]) el pasado 23 de febrero en el CIDE. Aquí puedes leer también una reseña del libro.
He de comenzar diciendo que, normalmente, cuando aceptamos una invitación de este tipo suele ser por dos motivos: bien porque el libro despierta en nosotros un interés genuino, y el autor lo sabe; bien por compromiso, porque no sabemos cómo decir que no y acabamos aceptando con cierta resignación.
Pero, en esta ocasión, para mí se trata de algo distinto. En los dos casos anteriores, la relación del comentarista con la obra es puramente externa. Con “externa” quiero decir, ajena a su proceso de elaboración. El comentarista recibe un producto ya acabado y lo trata, bien con genuino interés, bien —haciendo honor a ese formidable pegamento social que es la hipocresía— con disimulada desidia. Pero mi relación con este libro es interna. Evocando el memorable prólogo de E.P. Thompson en su clásico libro sobre La formación histórica de la clase obrera en Inglaterra, yo estuve presente en su proceso de formación. Cuando tomo este libro en las manos, no veo en él un opus operatum, sino la huella de un modus operandi.
Este es el punto de vista desde el que quisiera comentar la obra. Algo de esto se señala en el prólogo, en la introducción y en el epílogo. Pero el lector que recibe la obra como opus operatum suele volcar su atención en los contenidos sustanciales. Por este motivo, quisiera ahondar un poco más en el punto de vista interno.
Una historia es un relato —en inglés, una story— que recorta y selecciona un punto de partida de las infinitas series que constituyen la historia, ahora entendida como history. Mi relato arranca en 2011. Hacía dos años que yo había llegado a México como investigador postdoctoral en la UNAM. Al poco tiempo, tuve la suerte de ser invitado a un seminario de historia intelectual que acababa de arrancar en la unidad Cuajimalpa de la UAM. Allí conocí a los que ahora son mis colegas y compañeros de trabajo. El seminario convocaba prácticamente a todos los integrantes del departamento de humanidades, lo que quiere decir que, desde sus inicios, se trataba de un espacio compuesto por perfiles y gramáticas muy diversas.
La mía era la de un historiador que se dedicaba, por aquel entonces, a la sociología de la filosofía del exilio español en México. Yo me había formado en la Universidad de Cádiz con un grupo bastante heterogéneo de filósofos, sociólogos e historiadores —muchos de los cuales, por cierto, participan como autores en este libro.
Ese seminario de historia intelectual de Cuajimalpa fue la base desde donde creamos el espacio de trabajo en el que, posteriormente, nos íbamos a encontrar con los editores del libro que hoy presentamos. Antes de que se produjera ese encuentro, diversos avatares y vicisitudes fueron dando forma al grupo que coordinaba el seminario. Ahora menos numeroso, pero mejor articulado, nos abrimos también a colaborar con colegas de otras instituciones, como Francisco Quijano, figura sin duda decisiva en la edición de este libro y en la trayectoria intelectual de Alberto.
En 2018, una generación de doctorandos realmente excepcional, inquieta y con sumo interés por los temas que allí tratábamos, insufló un torrente de energía a un seminario que, si mal no recuerdo, se encontraba un poco anquilosado, quizás erosionado por el paso del tiempo. Uno siente esas cosas. En México hay una palabra maravillosa para designarlo: la vibra. Desde las primeras sesiones del seminario con esta nueva generación, la vibra fue otra. Creo que mis queridos colegas, Alejandro Araujo y Aymer Granados, también se dieron cuenta de esto al instante.
En mi caso, y una vez que logramos aterrizar una dinámica de trabajo, tuve la impresión de revivir los tiempos de mi querido grupo de Cádiz. La diferencia no era sólo que en Cádiz culminábamos siempre nuestras sesiones en el bar de al lado —sano ejercicio que esta mole de ciudad (pesadilla de Protágoras y de su famoso aforismo: “el hombre es la medida de todas las cosas”) siempre dificulta—. La otra diferencia importante entre este seminario y el de Cádiz era que en aquel entonces yo me estaba formando, y ahora mi función era la de ayudar a otros a hacerlo. ¿Pero era tanta la diferencia?
Decía Aristóteles que la polis democrática se caracterizaba porque las posiciones políticas rotaban de forma permanente: quienes mandaban aprendían a obedecer y viceversa. Este mecanismo a mi juicio es expresión de algo que, bajo la concepción procedimental de la democracia, hemos olvidado y en parte es motivo de su crisis actual: la democracia no es sólo el efecto de determinados procedimientos, sino una forma de generar sujetos. La polis es una agente colectivo que educa en la democracia y de esta forma crea las condiciones adecuadas para su reproducción.
Disculpen esta pequeña digresión, pero creo que me permite encontrar un hilo para mi relato. Cabría decir que mi experiencia en ese espacio que constituimos entre 2018 y 2022, en términos de enseñar y aprender, se parece mucho a ese permanente rotar del que habla Aristóteles. En realidad, como yo ya había intuido, Cádiz no estaba tan lejos… Excepto por lo que se refiere al tema del bar.
Entonces ¿qué enseñamos nosotros, los profesores, durante esos años? Lo primero, y quizás lo que resulta más manifiesto cuando uno abre este libro: la diversidad constitutiva del campo de la historia intelectual. A diferencia de lo que ocurre en otros seminarios, vinculados a alguna escuela o tendencia específica, nosotros carecíamos de una membresía colectiva y de una misma formación.
Creo que esto es sumamente importante para aprender a pensar por uno mismo. Se está abriendo ante nosotros un nuevo ciclo histórico en el que las creencias compartidas, cemento sobre el que se instituye cualquier comunidad, tienden a formar una masa homogénea, pétrea, que termina por confundir su punto de vista con El punto de vista. Y de aquí, ya sólo nos separa una delgada línea para acabar renunciando a aquello que, según Spinoza, debería guiar cualquier empresa intelectual: no juzgar, sino comprender.
Creo que los tres coordinadores del seminario nos esforzamos en transmitir, más allá de nuestras preferencias personales, esa diversidad constitutiva de nuestro campo de estudios. Este libro me parece que da cuenta de este mensaje. Mensaje de pluralidad, permítanme añadir, que además constituye un saber que abre la puerta a otro, de segundo grado; ése que proviene no de lo que se enseña, sino de enseñar a dudar de lo que enseñamos.
Pero hay algo más. Kant decía que no se puede aprender filosofía, sino a filosofar. Creo que, dentro de nuestras posibilidades, también nos esforzamos por transmitir este mensaje. No sólo se trataba de identificar los principales trazos del mapa de la historia intelectual. Se trataba de ver qué eran capaces de hacer con eso. En qué medida podían elaborar un problema propio y cómo lo iban a resolver.
Pierre Bourdieu decía que la epistemología no es más (ni menos) que “saber lo que hacemos”. Creo que este libro lleva en su factura la marca de este principio que los coordinadores del seminario convertimos conscientemente en guía de trabajo. Los editores nos dan la pista cuando señalan que quieren empatizar con un público al que identifican con la figura del aprendiz manufacturero. Feliz metáfora, de venerable historia en la historia de nuestra disciplina: la historia como un saber que es un saber-hacer; que no sólo es corpus, sino taller y oficio. Marc Bloch, Natalie Zemon Davis, Carlo Ginzburg y muchos otros son claros ejemplos de esta concepción de nuestra disciplina, a cuya genealogía, por su disposición y por su exposición, debe vincularse sin duda este libro.
Permítanme ahora desplazarme al otro lugar del que nos hablaba Aristóteles y compartir con ustedes mi experiencia como aprendiz. En la historia de nuestro seminario pre-2018 —es decir: antes de la incorporación de la generación de Alberto—, yo siempre había representado la posición, digámoslo así, “más sociológica” del grupo. En las discusiones sobre las lecturas que proponíamos, mi función —libremente autoimpuesta— era la de sostener este enfoque, a veces de forma insistente, y otras de forma inconsistente. No importa. Creo que mi postura contribuyó a hacer visible un punto de vista de las cosas. No obstante, de 2018 a 2022, fue cuando me puse a leer de forma verdaderamente sistemática a otros autores y tradiciones. En gran medida, esto se debió a la llegada de nuestros alumnos. Cada uno de ellos se interesaba, no sólo por un tema en particular, sino por una manera de hacer historia intelectual que no suponía la renuncia a conocer y discutir con otras. Comentar sus avances me pareció una buena oportunidad para, tras haber recorrido un largo camino de la mano de la sociología de los intelectuales, explorar desde dentro otras tradiciones, juzgándolas desde su propia lógica y no desde los lentes de la sociología.
Y aquí debo añadir algo importante. Elías Palti tiene razón al advertir, en su prólogo al libro, contra el eclecticismo irreflexivo y paralizante. Esto no es más que la expresión teórica de una comunidad fragmentada que no es capaz de poner a dialogar sus diferencias de forma productiva. Grupos de autobombo, que se pliegan sobre sí mismos y van refinando un lenguaje que finalmente sólo ellos entienden y que acaba funcionando más como signo de membresía que como una forma de explicar las cosas. Conversación con otros grupos que, de darse, se convierte en una secuencia de monólogos, e incluso en ocasiones, en auténticas batallas campales donde lo que impera, en última instancia, es la tiranía de los pulmones.
Pero, ¡cuidado!, porque, como advertía E.P. Thompson, “la tentación de la Bondad es muy grande”, y allí es cuando, decepcionados ante tan triste panorama, nos podemos sentir llamados “por la historia” a ejercer de mediador imparcial. Sucede entonces que, convertidos en una suerte de cascos azules de la disciplina, la fragmentación deviene en eclecticismo.
Creo que cualquiera que se está formando —y nadie deja hacerlo nunca, o al menos no debería— haría bien en tener siempre presente este peligro. El prólogo de Palti hace bien en recordárnoslo. Recomiendo su lectura como un auténtico botiquín de medicina preventiva al que es necesario volver siempre de vez en cuando.
Pero hecha esta salvedad, debo decir a renglón seguido que mi recorrido durante esos cuatro años por la geografía de la historia intelectual me llevó a moverme, no tanto por una sucesión inconexa de territorios, como por sus fronteras. Primero: una herencia recibida que, aunque uno puede intentar dejar en suspenso en una suerte de epojé, nunca te abandona y reaparece una y otra vez, en forma de automatismos. Segundo: un intento genuino por comprender la lógica de otras formas de hacer historia intelectual, y hacerlo desde dentro, en sus propios términos. El resultado de estas dos tangentes: una predisposición a contrastar unos modelos con otros y la confirmación de eso que cualquier persona dotada de un poquito de sensibilidad iconoclasta ya sabe en el fondo: que ningún modelo o teoría capta la realidad en su conjunto y de una vez para siempre.
Pero, y aquí viene lo importante, producto de nuestros encuentros y conversaciones, fui desplazándome precisamente hacia esas zonas grises; grietas desde donde surgían preguntas interesantes que abrían la posibilidad de articular elementos de diferentes programas. Por ejemplo, me di a la tarea de explorar en qué medida el concepto sociológico de generación podía dialogar de forma fructífera con el de las “mutaciones conceptuales” en la semántica histórica de Koselleck. También, por ejemplo, intenté evaluar en qué medida podíamos sincronizar el concepto bourdesiano de campo social con la forma en la que, según Skinner, los argumentos intelectuales se despliegan como estrategias retóricas en el marco de polémicas específicas y del contexto lingüístico que las engloba.
Debo decir que todo esto no eran sino experimentos. Y que los experimentos mostraban que las piezas no siempre encajan del todo. Que la fricción que producen las fallas tectónicas impide fusionar las placas en una sola masa y que, quizás, a lo que cabe aspirar es a sincronizar sus movimientos sólo en determinados puntos. Con estos experimentos también aprendí que la frontera entre territorios es un lugar privilegiado para poner en marcha un genuino ejercicio de reflexividad, encaminado a generar nuevas preguntas y alumbrar nuevos objetos. La verdad no son las grietas. Está en las grietas.
Y esto me lleva a mi siguiente aprendizaje. Porque algo que advertí en los encuentros con nuestros alumnos es que quizás podíamos entender mejor cómo funcionaban las diferentes propuestas si contábamos con un mismo caso, enfocado simultáneamente desde distintas perspectivas. ¿Qué dimensión del objeto se revela y qué parte de su historia contamos cuando le aplicamos una grilla teórica u otra? ¿Qué nos dice esto sobre las fallas que unen y separan las diferentes placas tectónicas? ¿Qué nuevas preguntas surgen al colarnos por las grietas?
Esto fue lo que intenté explorar en un estudio introductorio sobre la magnífica traducción que realizó Liliana Zapata del tratado Sobre los usos del azar y los sorteos, escrito por el calvinista inglés Thomas Gataker en 1619. El experimento consistía en aplicar al caso Gataker tres matrices conceptuales: la primera, la que proviene de la arqueología foucaultiana y de la filosofía y la historia de la ciencia; la segunda la que lo hace del contextualismo de Q. Skinner; y la tercera, la que remite a la sociología de las religiones, desde Max Weber a Pierre Bourdieu, pasando por Randall Collins. La idea en todo caso no era agregar tres historias discretas, sino confrontarlas, intentar captar sus puntos ciegos y donde era posible, sincronizarlas.
Quisiera concluir este breve repaso por mi proceso de aprendizaje diciendo que fue también en esos años cuando desarrollé un estilo de escritura que es con el que más cómodo me siento y me identifico, cuestión para nada baladí en un campo como el nuestro donde el Ser es expresión. Cabría decir que, en su infinita concreción empírica, existen tres tipos ideales de públicos. Por un lado, un público amplio que carece de formación especializada y frente al cual, actividad sin duda legítima, debemos sacrificar precisión en beneficio de comunicabilidad. Por otro lado, el público de los colegas especialistas. Aquí el problema radica en lo contrario, quiero decir, en esa exigencia difusa —a la que sin embargo solemos plegarnos— que nos conmina a inflar artificiosamente nuestros discursos. ¿Por qué decir de forma clara y directa lo que puede decirse en varias páginas de sesudo hermetismo escolástico?
Finalmente, hay un tercer tipo de público: el de los alumnos de posgrado, y en concreto de doctorado. Aquí estamos ante un auditorio que ya sabe cosas, pero que no las da por sentado y que te obliga a que, sin perder rigor, las hagas comunicables y operables. Fue precisamente esto lo que intenté con mi participación en este volumen, al tratar el concepto de campo intelectual.
Quisiera ir cerrando contándoles una anécdota. Tiene lugar en abril de 1980 y se desarrolla en una terraza de Roma, con la imponente cúpula del Vaticano como testigo de fondo. Un Althusser ya anciano y visiblemente lastrado por la enfermedad, responde a las preguntas de un entrevistador italiano. En un determinado momento, el entrevistador le pregunta por el término de comunismo. Althusser le responde que el comunismo es algo que ya existe; y que existe, por ejemplo, en esa terraza en la que estaba teniendo lugar la entrevista. El entrevistador, sorprendido, le pregunta: ¿cómo que en esta terraza? Y Althusser le responde que el comunismo es un sistema en el que no existen relaciones de explotación económica, de dominación política, ni de coerción ideológica. Y que eso estaba ocurriendo allí en ese preciso instante, en la forma en la que se daba la relación entre el entrevistador y el entrevistado. Hay islas de comunismo por muchos lugares, añade Althusser: en la Iglesia católica, en los sindicatos, en las cooperativas, e incluso hay islas de comunismo en el PC.
Creo que el espacio de nuestro seminario durante esos años era algo así. Allí no había relaciones de explotación, ni extractivismo intelectual. Tampoco había una relación de dominación académica, resabio de feudalismo que transmuta la relación maestro-discípulo en la de señor-vasallo e incluso, en casos extremos, en la de señor y siervo de la gleba. Pero tampoco había relaciones de coerción ideológica. Creo que, entre todos, logramos construir un espacio de debate abierto; muestra de ello es que no fueron pocas las ocasiones en las que alguno de mis textos fue puntualmente cuestionado por los alumnos, obligándome a revisar seriamente mis puntos de partida. Y todo ello, recuerdo, con un profundo respeto y sin el más mínimo atisbo de encono por su parte o la mía.
Esto no siempre ocurre en los encuentros académicos, y menos cuando implica a figuras ya consagradas que tienden a confundir sus ideas con su persona, de manera que cualquier crítica a las primeras se interpreta como un ataque a la segunda. Se olvida aquí que quizás no es uno el que tiene una idea, sino que es la idea la que lo tiene a uno y domina su persona. Y, por eso, cuando alguien cuestiona nuestras ideas, puede que, bien visto, lo que nos está ofreciendo es una posible salida para liberarnos por nosotros mismos de eso que nos domina.
Con todo, acaso el término “isla de comunismo” no termina de caracterizar adecuadamente la experiencia en la que gestó el libro que hoy comentamos. Porque en realidad ese espacio no se definía solo por la negación de un afuera. También era un lugar de afirmación, una empresa dotada de dirección y sentido colectivo. Más que una isla, yo diría que era una comunidad. Quizás la idea más genuina de comunidad sea esa: comunismo más proyecto colectivo; comunismo y horizonte de futuro, libre y conscientemente compartido.
El relato que les he contado, esta story, es por tanto la de un evento extraordinario. Extraordinario en el sentido de que una comunidad no es un fenómeno que ocurra todos los días, o que lo haga de forma espontánea. Es necesario construirla, cuidarla y sostenerla día a día, con ilusión y dedicación. Decía Lao-Tse que gobernar el imperio es como freír un pequeño pescado: requiere de toda tu atención.
Quiero entonces expresar mi más profundo agradecimiento a esa generación, y en particular a Alberto, Jaime y Andrés, por protagonizar este evento extraordinario con el que contribuyeron a suspender, por un instante, el momento rutinario y procedimental de nuestra universidad para, insuflándole vida y sentido, hacer de ella comunidad.
