En los años recientes, se ha puesto a debate, cada vez con mayor atención, el papel de los medios de comunicación y el impacto del periodismo. El uso político de las noticias no es un fenómeno reciente y el periodismo debería estar sujeto a una crítica (y auna autocrítica) constantes. La forma en la que se presenta la información va más allá de las estrategias para generar clicks, sino que tiene un impacto en la opinión público e incluso en la construcción de imaginarios, estereotipos e ideas sobre realidades.
Las noticias sobre México que dominan en los medios de Estados Unidos suelen concentrarse en la violencia y el narcotráfico, temas que se han trasladado al cine y a la televisión por la fascinación que generan en el público, pero también porque contribuye a la consolidación de ciertas narrativas que apoyan la política estadounidense hacia nuestro país. De hecho, la coyuntura actual recuerda al papel que jugaron diversos periódicos norteamericanos para apoyar una intervención militar de Estados Unidos en México durante la Revolución mexicana. Establecer este paralelismo nos permite reflexionar sobre las implicaciones de los usos y abusos de los medios de comunicación con fines políticos, y, así, tener una perspectiva amplia del impacto del periodismo.
¿Quién era el personaje que inspiró a Ciudadano Kane?
Cuando hablamos de sensacionalismo en la prensa, es inevitable remitir a una figura pionera en esta práctica, a quien, además, le resultó muy lucrativa. Me refiero al magnate de la prensa y el cine William Randolph Hearst (San Francisco, California 1863). Su padre, George Hearst, fue un empresario minero que recibió, como pago de una deuda, el periódico San Francisco Examiner. Esto despertó el interés de William en el periodismo, por lo que pidió a su padre que le permitiera dirigirlo, petición que le concedió en 1887.
Si bien logró expandir su negocio en la prensa a nivel nacional (acabaría por ser dueño de casi 400 periódicos), Hearst es recordado, entre otras cosas, por sus escándalos en la vida social de Hollywood y sus excentricidades de millonario. Su compleja personalidad fue retratada por el guionista Herman J. Mankiewicz y llevada a la pantalla grande por Orson Welles en Ciudadano Kane (1941). En dicho filme, considerado uno de los mejores en la historia del cine, Welles representó a Hearst rodeado de privilegios desde su niñez, pero desarraigado emocionalmente. El director también hizo un recorrido por sus inicios en la prensa de San Francisco y su incursión como empresario de cine, y plasmó su relación sentimental —Hearst estuvo casado con la actriz Marion Davies—, así como su decadencia en lo personal y en lo profesional.
Las representaciones cinematográficas de personajes de la vida real suelen valerse de la exageración para sumar más drama y, para cumplir cierta narrativa, se toman licencias que alteran la forma en que se desarrollaron los acontecimientos. Entre otras cosas, Ciudadano Kane fue polémica en su momento, por cómo plasmó la vida del magnate y por la osadía de referirse a una de las figuras más poderosas del cine de la época. Lo irónico en este caso es que, durante su carrera como periodista, Hearst también se valió de la exageración y la manipulación de la información para hacer proselitismo político y salvaguardar sus intereses económicos.
El enfrentamiento entre dos gigantes del cine, uno con una carrera de director en ascenso, y otro que veía sus logros empresariales en retrospectiva, ha intrigado a críticos de cine, periodistas e historiadores por años. Sin embargo, más allá del papel que inmortalizó Welles, el nombre de William Randolph Hearst resuena en los debates actuales sobre el papel de los medios de comunicación y la manera de informar.
El periodismo como arma política a favor del imperialismo estadounidense
Entre 1890 y 1920, Estados Unidos se debatió entre una política intervencionista y otra aislacionista. La opinión pública de ese país se encontraba polarizada entre quienes apoyaban el papel de la potencia del norte como regulador internacional y quienes consideraban que debía concentrarse en sus asuntos internos. Hearst pertenecía al primer grupo y usó los medios a su disposición para presentar un escenario mundial catastrófico.
El primer conflicto en el que se involucró Hearst fue la guerra hispano-estadounidense. En 1895, treintaicinco localidades de la isla de Cuba se insubordinaron al imperio español. El enfrentamiento entre independentistas cubanos y el ejército realista duró aproximadamente tres años, hasta que Estados Unidos decidió involucrarse. Amparados ideológicamente por la doctrina Monroe, de “América para los americanos”, Estados Unidos vio en la lucha de los cubamos una oportunidad de consolidar su hegemonía en la región.
En 1898 Estados Unidos comenzó las hostilidades con España y Hearst aprovechó la coyuntura para amplificar su red a nivel nacional y competir con su rival, el periodista Joseph Pulitzer. Compró una máquina que le permitió elevar su tiraje al millón de ejemplares y contrató a un cuerpo de periodistas reconocidos. Para exponer una imagen negativa de España, Hearst empleó sobre todo el periódico New York Journal, el cual había adquirido recientemente, donde se publicaron noticias de violaciones, asesinatos y hasta masacres de bebés. El objetivo era, por un lado, vender mayores ejemplares llamando la atención de los lectores, y por otro, convencerlos del papel humanitario que Estados Unidos jugaba en ese conflicto.
Pero Hearst fue más allá de cubrir la guerra periodísticamente y se involucró en ella de forma directa. Como una práctica intimidatoria, Estados Unidos envió el buque Maine a las costas de la Habana, el cual se hundió por razones desconocidas y murieron aproximadamente 266 marinos. Inmediatamente, la prensa sensacionalista culpó a España y, en un afán protagónico, el magnate emprendió un viaje con algunos reporteros y un cinematógrafo en su propio yate hacia Cuba. Allí, junto con su equipo, capturó a 29 soldados españoles e intentó negociar directamente con el rey de España, enviándole una carta con sus condiciones para la paz. Si bien no hubo tal negociación, como era de esperarse, es notable cómo Hearst intentaba abrirse camino como agente político. La guerra duró varios meses y su resultado final, como sabemos, fue la separación de Cuba, Puerto Rico y Filipinas del imperio español. Para Hearst, la notoriedad que le dio el conflicto armado le permitió construir una red de periódicos a nivel nacional y comenzar sus incursiones en el cine y la radio.
En 1910 estalló la Revolución mexicana, la cual se convirtió en otro tema constante en las primeras planas de los diarios de Estados Unidos. La mayoría de los medios estadounidenses adoptaron una postura pro intervencionista y exponían noticias sobre conciudadanos afectados por la Revolución, con el fin de presionar a su gobierno para invadir México militarmente. Pero en el caso de Hearst, esas noticias sensacionalistas sobre México buscaban algo más que vender periódicos: el magnate tenía grandes propiedades ganaderas en nuestro país, las cuales se veían amenazadas por la incertidumbre política del movimiento armado. En realidad, buena parte del sector empresarial de Estados Unidos se sostenía por los negocios que habían construido en México durante el gobierno de Porfirio Díaz, así que la revolución, puesto que amenazaba la propiedad privada extranjera, ponía en peligro sus actividades en industrias como la petrolera, la minería o la ganadería.
La llegada al poder de los constitucionalistas, encabezados por Venustiano Carranza, significó un avance en la redacción de la Constitución de 1917. Con ella se legitimaba el triunfo de su movimiento y proveía una base legal para los cambios y las reformas que se tenían planeadas para el país. La posesión de la tierra, del subsuelo y los recursos minerales fueron aspectos que afectaban directamente las inversiones y propiedades de extranjeros en México, por lo que la constitución fue objeto de atención de los grupos económicos del vecino del norte.
En ese contexto, Carranza y sus simpatizantes denunciaron que corresponsales estadounidenses en México difundían historias falsas por medio del International News Service, agencia fundada por Hearst,además de que su cadena de periódicos y revistas publicaba noticias tendenciosas que distorsionaban la verdad sobre México.
Pero además de mantener dividida la opinión sobre México, las noticias que salían en los diarios de Hearst también eran usadas políticamente. En marzo de 1919, el Comité de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos, nombró un subcomité para que realizara una audiencia pública en la que se discutiría la situación de México. El comité manifestó estar abierto a recibir toda clase de informes y opiniones a fin de darlos a conocer al Departamento de Estado y al Congreso para ser estudiados. En México se estaba al tanto de lo que se publicaba en Estados Unidos, por lo que el anuncio de un subcomité que investigara fue bien recibido:
Casi diariamente vienen publicándose en la prensa reportes en los que se relatan los atentados cometidos contra ciudadanos americanos y la violación de sus derechos, así como la destrucción de sus propiedades, por lo cual el Comité considera que presta un servicio público al proporcionar los medios por los cuales los relatos y declaraciones puedan ser comprobados.
(Excélsior, 12 de marzo de 1919).
Desafortunadamente, los miembros del subcomité estaban lejos de mantener una postura imparcial. Las audiencias fueron encabezadas por el senador por Nuevo México Albert Fall, amigo del empresario petrolero Edward Doheny. En ellas se presentaron una serie de testigos, pero la selección de tales testigos estaba evidentemente sesgada para que se tratase de personas que habían sido afectadas directamente por la revolución. Además, los testimonios continuamente hacían referencia a las noticias que difundían los periódicos de Hearst: la finalidad era evidenciar el escenario de caos, y las noticias eran una prueba de ello.
Los encabezados advertían sobre asesinatos de estadounidenses, robos de propiedades y de una ausencia de poder en México. Al respecto, vale la pena destacar que los periódicos de Hearst no eran los únicos en presentar este tipo de noticias, y él no era el único que promovía propaganda pro intervencionista. No obstante, sí fue una figura destacada en cuanto al alcance que tenían sus medios y los cambios que introdujo sobre la forma de comunicar. El investigador José Luis Jáquez Balderrama (“La prensa amarillista en México”, 2001) considera que Hearst fue innovador en varios sentidos. Se valió, por ejemplo, de recursos visuales para llamar la atención de los lectores, como un aumento considerable en el tamaño de los titulares o la incorporación de nuevas tipografías. También ordenó los contenidos de manera que en un mismo espacio se presentaban los acontecimientos nacionales e internacionales, eventos artísticos y culturales, una sección de sociales y otros contenidos de interés general.
Para presentar las noticias, se utilizaban términos alarmistas que apelaran al morbo y a la emotividad, sin intenciones de explicar el contexto. De igual manera, la incorporación de fotograbados en la prensa fue un elemento que revolucionó el periodismo y Hearst supo explotar. Continuamente se incluían imágenes de revolucionarios como Francisco Villa o Emiliano Zapata, acompañadas de titulares sobre asaltos y asesinatos realizados por las tropas revolucionarias.

Otro conflicto armado en el cual Hearst y sus medios cumplieron un papel destacado fue la Primera Guerra Mundial. Su postura, a diferencia del intervencionismo que promovía en el caso mexicano, era que Estados Unidos debía de manetenerse al margen del conflicto europeo. En mayo 12 de 1918, el periódico New York Tribune dedicó toda su primera plana a una estrategia militar hipotética si Hearst y su equipo de redactores hubiesen sido miembros del Congreso o si hubiesen estado en una posición de tomar decisiones. Bajo el lema de “America First”, el artículo argumentaba que Estados Unidos debía dejar de enviar tropas a una guerra en otro continente. En cambio, consideraba que el país debía concentrarse en mandarlas a su frontera sur y dar fin a la Revolución mexicana. Afirmaban que era la responsabilidad de Estados Unidos proteger los intereses de sus ciudadanos en el país vecino del sur. Además, sólo Estados Unidos podía solucionar el levantamiento social en México.
Hearst se mostró siempre en desacuerdo con que se gastaran abundantes recursos en sostener a los países Aliados (Francia, Reino Unido y Rusia) y en combatir a las Potencias Centrales (Alemania e Imperio Austro-Húngaro) con soldados de su país. Proponía, en cambio, que los estadounidenses debían esperar a que los alemanes se debilitaran luchando contra los Aliados, pues, aun si ganaran los primeros y quisiesen atacar Estados Unidos, ellos tendrían que trasladarse a América en donde estarían en desventaja. En cambio, mientras se decidía el contexto europeo, el gobierno estadounidense debía invertir en mejorar su aparato militar.
Propaganda intervencionista en el cine
En las primeras décadas del siglo XX, el cine dejó de ser una curiosidad tecnológica y pronto se consolidó como herramienta de propaganda. Como explica el historiador Francisco Peredo(Política y cultura, 2014), en el cine estadounidense se expresaban los miedos de la inestabilidad internacional. Por ello, la Revolución mexicana y la Primera Guerra Mundial fueron los escenarios de múltiples filmes producidos entre 1910 y 1920.
En las cintas que hablaban de la Revolución mexicana, se explotaron los estereotipos raciales y mostraron un contexto maniqueo para denostar al movimiento social. Representar cinematográficamente a los mexicanos como flojos o violentos era una forma de justificar la invasión y el control sobre el territorio que demandaban ciertos sectores. La justificación iba más allá de presentar un escenario caótico en México: buscaba también demostrar que Estados Unidos tenía la misión de salvar a México de la barbarie y volverlo un país “civilizado” bajo su tutela.
Cuando inició la Primera Guerra Mundial, las relaciones internacionales se volvieron más tensas y se incorporaron nuevas amenazas a las narrativas cinematográficas. Ya no sólo eran mexicanos atacando estadounidenses, sino mexicanos aliados de alemanes y hasta japoneses, como sucede en la serie Patria, de 15 capítulos, rodada en 1916 y producida por Hearst. En ella se cuenta la historia de Patria Channing, una heredera de una fábrica de armamentos, que junto con su novio, Donald, un agente secreto, develaba una intriga contra Estados Unidos, organizada por los ejércitos de México y Japón como aliados.
Todo este conjunto propagandístico que se desplegaba en la prensa, el cine, la televisión y la radio fue una válvula de escape de las aspiraciones imperialistas de Estados Unidos. Dicha política expansionista e intervencionista se sustentaba ideológicamente en una jerarquización racial en donde los blancos, protestantes estadounidenses se situaban a sí mismos en la punta de la pirámide.
William Randolph Hearst no era el único interesado en demostrar la supremacía estadounidense, pero sí fue una de las caras más visibles de esa lucha y uno de los primeros en proyectar un alcance masivo de su mensaje. Supo explotar aquellos temores y deseos de la sociedad estadounidense hacia lo diferente y aprovechó el contexto internacional para golpear políticamente al gobierno de Woodrow Wilson. De tal suerte, su relevancia radica no sólo por inspirar una de las mejores películas en la historia del cine, sino por su papel en el desarrollo de los medios de comunicación.
Ante el escenario actual del periodismo y de la política estadounidense, vale la pena revisar históricamente los alcances del periodismo sensacionalista en sus distintas etapas, así como de su impacto en la política. Resulta inevitable establecer un paralelismo con el escenario actual del periodismo, en el que la publicación de ciertas noticias sobre el narcotráfico no busca ir al fondo de una problemática social, sino reforzar la narrativa de un país violento. La forma en que tales noticias son presentadas, los medios que las difunden, así como el momento específico en el que se publican, son elementos que deben cuestionarse. Todos estos factores responden a un momento coyuntural de la geopolítica, donde México está en el centro de la nueva política militarista estadounidense. El papel del periodismo y los medios forma parte de un proceso que busca desarrollar y consolidar la influencia de las ideas por medio de instituciones, intelectuales y funcionarios, mas no mediante la dominación, sino del consenso como lo apunta Gramsci. De allí la necesidad de ser consumidores críticos de la información periodística.
Fuentes
Balderrama, José Luis. (2001).“La prensa amarillista en México”, Revista Latina de Comunicación Social, 4(38), pp. 456-465.
Excélsior, 12 de marzo de 1919.
Hall, Linda Biesele. (2000). Bancos, política y petróleo: Estados Unidos y México posrevolucionario, 1917-1924. Conaculta.
Naief Yehya. (2013). “Ciudadano Hearst”, Letras Libres.
New York Tribune, enero 23 de 1916.
_____________, 12 de mayo de 1918.
Peredo, Francisco. (2014). “Entre la intriga diplomática y la propaganda fílmica. México y el cine estadounidense durante la Primera Guerra Mundial”, Política y cultura, (42), pp. 89-122.
Smith M., Michael. (1995). “Carrancista Propaganda and the Print Media in the United States: An Overview of Institutions”, The Americas, 1995, 52(2), no. 2, pp. 155 – 174.
*Paulina Pezzat Sánchez es Historiadora de la imagen con perspectiva latinoamericana. Actualmente labora como profesora e investigadora en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán, de la UNAM.
