En el verano de 2018, acudí a la exposición Africamericanos. Mientras caminaba, resonaba entre los pasillos del Centro de la Imagen de la Ciudad de México, una voz fuerte y cadenciosa, que cantaba y silbaba:

Con estas caderas y esta cintura no hay quien me queme,
con este meneo y este silbeo no hay quien me queme,
a mí, a ti, a mí, a ti.
Si me lo quema te juro que no bailo más[1]

El canto me atrajo hasta una proyección que se encontraba al fondo de uno de los pasillos. Lo primero que vi fue la figura de una mujer con abundante cabellera negra y crespada, piel negra, y una corporalidad fuerte, firme y al mismo tiempo cadenciosa, rítmica y gozosa. De su rostro llamaron mi atención sus enormes ojos avispados y el ceño que se fruncía con el acento de su canto. Sus manos hablaban con gestos firmes y sus pies golpeaban el piso con una contundencia rítmica. ¿Quién era esta magnífica mujer que aparecía en una proyección en blanco y negro proveniente de la década de los cuarenta?

Después, el silabeo bajó, e inmediatamente se comenzó a escuchar un cajón peruano que retumbaba en las paredes. Nuevamente en el video, aparecía la mujer de ojos avispados y cabello crespo entonando, entre palmas rítmicas de un coro de personas de piel negra y cabellos crespados que portaban pañuelos blancos en la cabeza, las siguientes líneas:

Tenía siete años apenas, apenas siete años.
¡Qué siete años! ¡No llegaba a cinco siquiera!
De pronto unas voces en la calle me gritaron ¡NEGRA!

Mientras el coro de personas le respondían con despecho: “¡NEGRA! ¡NEGRA! ¡NEGRA! ¡NEGRA! ¡NEGRA! ¡NEGRA! ¡NEGRA!” La mujer cantaba: “¿Soy acaso negra?” El coro decía con rabia: “¡SÍ!” La mujer contestaba: “¿Qué cosa es ser negra?” Y el coro reafirmaba con desprecio: “¡NEGRA!”

El zapateo firme, las manos y el palmeo contundentes, así como el canto grave, pertenecían a Victoria Santa Cruz, que nació en 1922 en La Victoria, uno de los 43 distritos de la provincia de Lima en Perú. Creció entre la música de su padre y los cantos de su madre. Victoria era costurera, bailarina, coreógrafa, compositora, dramaturga, directora, investigadora y docente. Pertenecía a una familia de artistas dedicados a la música y a la danza folklórica. No era filósofa o pedagoga de profesión, pero con su danza, canto y escritura, propuso pedagogías y filosofías para existir y vivir en un mundo sin racismos, sin desigualdad y sin violencia. Un mundo de resonancias y ritmos interiores compartidos.

Victoria era preguntona, audaz, insolente y rebelde. A los dieciocho años escribió “Me gritaron negra”, un poema en donde nos cuenta cómo, a la edad de siete años, experimentó en carne propia el racismo que en la década de los veinte normalizaba la segregación de la población de raíz africana en Perú y en toda América Latina. La anécdota de “Me gritaron negra” sucede en un patio de juegos en el que ella —la única niñita negra— solía jugar con otras niñas y niños mestizos, cuando de pronto una niñita blanca, “gringuita”, se mudó al barrio. En una de tantas tardes de juegos, la niña blanca dijo: “¡Si esa negrita juega, yo me voy!” “Bueno, ¡ésta acaba de llegar y ya está poniendo reglas!”, pensó Victoria… Cuál sería su sorpresa cuando sus amiguitas le dicen, todas juntas, “¡Vete Victoria!”

Para el resto de niñas y niños que se encontraban ahí, este momento pasó inadvertido, pero para Victoria, según sus propias palabras en una entrevista, fue una puñalada, pues la hizo conocer, en carne viva, la desigualdad, la segregación y la discriminación. Ello le permitiría años después formularse preguntas y denunciar, por medio de su obra coreográfica, escrita y musical, la crueldad del mundo y la internalización de afectos como la indiferencia, el odio y el asco. De ahí que todo el trabajo artístico de Victoria estuviera comprometido con la revelación de esas estructuras, de tal suerte que, a veces con pañuelos en la cabeza, escobas, mantos, o vestimentas que hicieran alusión a la religión, la esclavitud, o la feminización de las actividades como barrer y limpiar, decía, por ejemplo, que era necesario:

Barrer la injusticia en la tierra
Barrer la miseria
Esta escoba que tú ves
Está hecha pa’ barrer
Barrer la injusticia en la guerra
Barrer la violencia
Si la paz queremos ver
aprendamos a barrer (“Hay que barrer”, 1968).

Personajes como Jacinta de la obra Espantapájaros,[2] escrita en 1962 para la televisión peruana, mostrarían a una mujer negra preguntona, desobediente y respondona —como Victoria—, que estaba inconforme con la diferencia entre amas y esclavas. Jacinta, interpretada por la propia Victoria Santa Cruz, se la pasa dialogando con un espantapájaros que habitaba el campo donde trabaja Jacinta. En sus charlas, Jacinta preguntaba: ¿por qué no nacimos todos blancos?, ¿por qué no nacimos todos negros?, ¿por qué no somos libres?

Jacinta “pierde el tiempo en pensar y preguntar”, muestra su descontento ante el maltrato normalizado y la desigualdad producto de la estructura social de las castas. Se rebela contra las amas y los capataces que golpean los cuerpos de los trabajadores y esclavos y esclavas negras.

JACINTA: Para qué diablos va a tener una hijos... más esclavos...
¡Qué mal arreglado está el mundo!
¡Todos deberíamos haber nacido iguales!
Todo el mundo negro. Parejo. ¡Así no hay que yo más claro ni yo más oscuro ni tonterías!... ¿Por qué estará todo tan embrolla’o?

Jacinta se sabe inteligente, como de “otro mundo”: de ese mundo que anhela y que su propia autora imaginó y describió con sus textos, obras teatrales, poemas y canciones. Un mundo donde el blanco y negro no se constituyan como fronteras de existencia; un mundo “donde todo es de todos y nada es de nadie”, como dice el Espantapájaros. Un lugar donde la vida sea distinta, donde se pueda vivir y gozar.

JACINTA: ¿No es cierto que yo tengo razón cuando digo que todos deberíamos haber nacido... amos?
ESPANTAPÁJAROS: ¿Y quién haría entonces las tareas del campo y de la casa?
JACINTA: ... Verdad... Entonces todos esclavos, para que nadie mandara. ¿Qué te parece?

Victoria, pone al centro el respeto a toda forma de vida y al equilibrio que se guarda entre todos los seres. Habla de la interdependencia y de la colectividad. Con su narrativa teatral, critica la traición, la deslealtad y el menosprecio que se producen en las relaciones humanas por falta de respeto a la vida de otras y otros. Se burla del ego y de la soberbia y, de esta manera, encuentra en las artes y en la educación una de las claves para recuperar la esperanza de que otros modos de existir y de vivir son posibles, otros modos de hacer comunidad y vínculos. “Mientras el respeto se desconozca se oscila entre la arrogancia y el servilismo; sobreestimación y subestimación” (Ritmo: el eterno organizador, 2004: 55).

En sus obras de teatro, cuentos, ensayos, y coreografías, Victoria lograba una conexión vital por medio de la música y el canto. Según su pedagogía, la conexión permitía, a quien la experimentaba con el cuerpo, ser consciente de que tenemos un vínculo universal y espiritual que nos coloca en la misma posición y condición: sin cumbres, sin pedestales, sin fronteras y sin estructuras que legitimen el uso y el abuso del poder de unos cuantos sobre otras y otros.

Esa mujer de ojos vivaces, cabellera negra y crespa, voz grave y contundente nos permite, con su resonancia lírica y rítmica, escuchar y entender que es urgente la búsqueda de formas de existencia amables: “tiene que haber una forma distinta de arreglar las cosas… para que todo el mundo sea feliz” (Ritmo: el eterno organizador, 2004: 190)

En su libro Ritmo: el eterno organizador, escrito cuando tenía más de ochenta años, Victoria nos invita a sentir lo alejadas que vivimos de nuestros propios cuerpos y espíritus, y lo lejano que nos resulta vivirnos presentes en el tiempo y espacio que habitamos. Nos invita a reconocer que la velocidad a la que somos obligadas a vivir nos ha despojado de la capacidad de sentir profundamente la conexión con el mundo, con lo humano y lo no humano. Nos enseña, pues, como dice Rodrigo Bravo Ruiz, que “estar presente implica responder con integridad desde el único lugar en el que podemos ser completamente íntegros: el instante mismo, el aquí y el ahora.”

El ritmo interior para ella es un principio para sentir y escuchar que todo está vivo, vibrando al mismo tiempo y en conexión. En su docencia, mediante la música de percusión con tambores y cajones peruanos, solía acompañar a su estudiantado a integrar el pensar con el sentir y el decir; desde mi perspectiva, invitaba al ritmo de la percusión, a integrar el espíritu con la lengua y el corazón.

Si me preguntan, queridas personas lectoras, cómo nos ayudan los saberes compartidos por Victoria Santa Cruz para pensar el presente, cómo nos ayudan a actuar en un mundo cruel, en donde el poder de unos resulta en la ruptura de la dignidad y de las vidas de otras, y otros, tendría que hablar de la profunda indignación que Santa Cruz sentía ante la injusticia y el abuso del poder y, con ello, tendría también que hablar de su profundo amor y pasión por la vida; de su punzante interpelación a la existencia de jerarquías que, en lugar de dañar y destruir, fungieran como lugares conscientes de la responsabilidad y el compromiso necesarios para compartir los saberes y proteger la vida: “La fuerza no se impone, la fuerza comparte, equilibra, allí reside su capacidad. Lo otro es el miedo que parapetándose, detrás de una máscara, pretende ser poderoso. Por eso impone, por eso destruye, por eso no puede ser eterno” (Ritmo: el eterno organizador, 2004).

Hoy más que nunca, en la época de crueldad que atravesamos en nuestras regiones, en el contexto de desánimo, desesperanza y del uso de la muerte como negocio, quienes hacemos docencias y pedagogías críticas, rebeldes, transgresoras, afectivas y de la esperanza buscamos voces y saberes que nos lleven a echar a andar sensibilidades comprometidas con la recuperación de la vida, del ánimo, de la ilusión; con la imaginación de otras formas de hacer comunidad y de generar vínculos creativos y poderosos para actuar con integridad desde el presente y ser conscientes —valga de la redundancia— de nuestras presencias como el único espacio y tiempo donde podemos hacer las cosas distintas.

Hay un sabor-saber que nos recuerda el sabor de la vida, el sabor de la salud, el sabor del goce que no se enseña en las escuelas, que se aprende en la acción misma de vivir, conectar y resonar con todo. Es el que está en la voz cadenciosa y fuerte de Victoria Santa Cruz —voz que no está peleada con la profunda ternura y sensibilidad con la que enfrentó la vida, y que da cuenta de la necesidad de una creatividad que, desde las prácticas artísticas y pedagógicas, logre hablar a las conciencias, y las movilice y haga tambalear, sobre todo a aquéllas adormecidas, inanimadas y cegadas por el poder.

Por eso bailamos en la marcha del 8M, caminando con tambores, gozando el baile y la resonancia de una protesta que, por demás, habla desde su ternura radical y viva. ¡¡¡Aquí estamos, Victoria!!!


Notas

[1] Escucha las canciones completas en el canal de MUSIC MGP.  

[2] Aquí y aquí puedes conocer más de su trabajo teatral.

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