El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes.
Guy Debord
La Copa Mundial de 2026 ofrece un ejemplo particularmente revelador de cómo las sociedades contemporáneas utilizan el espectáculo para gestionar simbólicamente tensiones políticas y sociales que permanecen sin resolver. Sé que es una afirmación que podría parecer exagerada para aquellos que aún ven el torneo como una celebración deportiva capaz de juntar, al menos temporalmente, a millones de personas alrededor de una pasión común. Empero, basta con observar con detenimiento las circunstancias políticas, sociales y económicas que envuelven a las naciones anfitrionas para darse cuenta de que el tema no se reduce a la mera comercialización del fútbol. Hoy hay mucho más en juego: la habilidad del espectáculo para moldear la percepción pública de la realidad y generar narrativas de triunfo justo donde persisten conflictos que los gobiernos han sido incapaces de solucionar.
Durante mucho tiempo se sostuvo que la Copa Mundial representaba una expresión privilegiada de hermandad entre los pueblos, comparable sólo a los Juegos Olímpicos. El torneo se presentaba como una especie de rito simbólico capaz de suspender, aunque fuera momentáneamente, las diferencias ideológicas, económicas y culturales que dividen a las naciones. Confieso que, cuando era niño, también lo veía de ese modo. Desde luego, hoy acepto que esa visión nunca fue del todo cierta; después de todo, desde sus orígenes, la Copa del Mundo ha estado vinculada a intereses económicos, disputas diplomáticas y estrategias de propaganda. No obstante, aun dejando de lado esas idealizaciones, podía sostenerse que el negocio ocupaba un lugar subordinado con respecto del deporte.
Pero hoy en día es distinto. El negocio ya no acompaña al fútbol: es el fútbol el que acompaña al negocio. La lógica económica ha dejado de ser un elemento secundario para convertirse en el principio rector del espectáculo. Ya no se trata de una competencia deportiva que genera beneficios comerciales, sino de una plataforma comercial global cuya principal justificación sigue siendo el deporte.
Probablemente la FIFA sea la organización deportiva más influyente del planeta. Sus ganancias durante cada ciclo mundialista ascienden a miles de millones de dólares y provienen principalmente de acuerdos televisivos, derechos digitales, patrocinios de grandes empresas y contratos comerciales de alcance global. La magnitud económica del torneo es tal que numerosos gobiernos compiten intensamente por obtener su sede, incluso cuando la evidencia muestra que las promesas de beneficios suelen favorecer a un grupo reducido de empresas, mientras los costos son asumidos por la población en general. Como señaló el sociólogo francés Jean-Marie Brohm, el deporte contemporáneo no puede entenderse únicamente como una actividad de ocio o una manifestación cultural; es necesario analizarlo como una institución estrechamente entrelazada con los mecanismos de funcionamiento del capitalismo avanzado.
Sin embargo, la importancia de este fenómeno no radica únicamente en las enormes ganancias producidas por el torneo; también se relaciona con la capacidad de la FIFA para influir en decisiones políticas, urbanas y económicas adoptadas por los países anfitriones. En los meses e incluso días previos al Mundial, algunas decisiones parecían responder más a las exigencias de la FIFA que a las prioridades definidas por los propios gobiernos locales. De hecho, los gobiernos no compiten simplemente por organizar una competencia deportiva; compiten por integrarse temporalmente a una de las plataformas de visibilidad global más poderosas del planeta. Esa capacidad de producir prestigio internacional explica por qué numerosas administraciones aceptan inversiones multimillonarias, modificaciones regulatorias y proyectos urbanos cuya utilidad pública suele ser objeto de debate una vez que concluye el espectáculo.
Lo realmente notable es que hoy esta metamorfosis coincide con graves crisis de legitimidad política. A ello se suma la consolidación de gobiernos que asumen cada vez con menos reparos una lógica empresarial y tecnocrática para gestionar los asuntos públicos. Al mismo tiempo, esos gobiernos muestran crecientes dificultades para abordar problemas como la desigualdad, la violencia, la inestabilidad laboral, el acceso a la vivienda o la degradación ambiental. En este contexto, el manejo de la imagen cobra una relevancia extraordinaria. Donde la realidad resulta difícil de transformar, la representación se convierte en una herramienta esencial. El espectáculo surge entonces como un mecanismo de administración simbólica de tensiones sociales que permanecen latentes.
Guy Debord describió este fenómeno hace más de medio siglo en La sociedad del espectáculo. Su tesis central era que las sociedades modernas tienden a organizar crecientes porciones de la experiencia colectiva mediante imágenes, representaciones y narrativas destinadas al consumo masivo. El espectáculo no elimina los conflictos ni resuelve las contradicciones sociales, sino que redistribuye la atención pública, otorgando visibilidad a determinados acontecimientos, al mismo tiempo que otros permanecen relegados. Vista desde esta perspectiva, la Copa Mundial de 2026 no resulta únicamente un evento deportivo de escala global, sino también un escenario privilegiado para observar cómo se construyen ciertas imágenes de integración, prosperidad y éxito colectivo en contextos atravesados por problemas que continúan sin resolverse. Los países anfitriones ofrecen ejemplos especialmente ilustrativos de esta dinámica. Estados Unidos, sede principal del torneo al albergar 78 de los 104 partidos, incluida la final, presenta oficialmente el campeonato como una celebración de la diversidad cultural y del encuentro entre naciones. Sin embargo, esa narrativa convive con políticas migratorias y mecanismos de exclusión que revelan una realidad muy distinta.
La contradicción no es menor. La diversidad sirve de fachada, mientras la exclusión se mantiene como práctica. En otras palabras, la inclusión se presenta como espectáculo, mientras la segregación continúa formando parte de la realidad. Por supuesto, sería absurdo afirmar que el Mundial crea estas contradicciones, pues existían mucho antes del torneo. Lo importante es comprender que el campeonato permite observar cómo una narrativa global de integración puede coexistir con prácticas políticas profundamente excluyentes. Allí reside justamente la efectividad política de la Copa Mundial: el torneo no necesita negar la existencia de estos problemas; le basta con apartarlos temporalmente del foco de la atención pública.
A diferencia del caso estadounidense, donde la contradicción gira en torno a la migración, en México el Mundial se superpone a una crisis humanitaria marcada por la violencia y las desapariciones. Durante años, las autoridades han promovido la Copa del Mundo como una ocasión única para atraer inversiones, impulsar el turismo y cimentar una imagen internacional asociada a la modernidad, la competitividad y el progreso. El discurso resulta familiar para cualquier latinoamericano. Por décadas, la región ha sido testigo de proyectos políticos que equipararon el crecimiento económico con el bienestar general y la notoriedad internacional con la justicia social. Hubo momentos en que los indicadores mejoraban y las campañas de promoción se multiplicaban, mientras los problemas de fondo permanecían intactos.
No obstante, la realidad mexicana obliga a examinar con prudencia estas promesas. Mientras se anuncian inversiones millonarias relacionadas con el Mundial, el país continúa lidiando con una crisis de violencia y desapariciones cuya gravedad es difícil de exagerar. Según informes oficiales y organizaciones internacionales, México acumula más de cien mil personas desaparecidas. Detrás de esa cifra hay historias personales, familias destrozadas y comunidades enteras marcadas por la incertidumbre. Sin embargo, resulta llamativo cuán secundario parece este drama dentro del relato oficial que rodea al torneo. Reconocer esta situación no implica negar que el Mundial pueda generar beneficios económicos, turísticos o culturales; implica, más bien, preguntarse qué problemas reciben atención política prioritaria y cuáles quedan relegados cuando la construcción de una imagen internacional exitosa se convierte en un objetivo estratégico de los gobiernos.
Jalisco constituye, probablemente, el caso más ilustrativo. A lo largo de los últimos años, diversos gobiernos estatales han insistido en presentar a Guadalajara como una ciudad global, innovadora y tecnológicamente avanzada. Este discurso aparece de manera constante en reuniones de negocios, campañas de promoción internacional y planes de desarrollo económico. La ciudad se exhibe como un ícono del México moderno, conectado a redes globales de inversión y conocimiento. Sin embargo, esa imagen cuidadosamente construida coexiste con una realidad bastante más inquietante, pues Jalisco se encuentra entre los estados más afectados por la crisis nacional de desapariciones, con miles de casos que aún permanecen sin respuesta.
Es significativo que gran parte de las críticas al Mundial provengan precisamente de grupos que se niegan a aceptar que la memoria deba quedar subordinada al espectáculo. En las ciudades sede han surgido denuncias relacionadas con desalojos forzosos, procesos de gentrificación, exclusión de vendedores ambulantes y restricciones que afectan a sectores tradicionalmente marginados. La historia de los grandes eventos deportivos demuestra que estos fenómenos distan mucho de ser excepcionales. Desde Río de Janeiro hasta Sudáfrica, desde Atenas hasta Qatar, numerosos torneos internacionales han estado acompañados por transformaciones urbanas orientadas más a construir una imagen internacional atractiva que a mejorar las condiciones de vida de la población local.
Esta lógica ha sido estudiada ampliamente por el geógrafo David Harvey, quien ha señalado que las ciudades contemporáneas se han convertido en escenarios de competencia permanente por inversiones, turismo y prestigio global. En este contexto, los megaeventos funcionan como herramientas privilegiadas para reposicionar territorios dentro de los circuitos internacionales del capital. Sin embargo, esa misma lógica suele generar dinámicas de exclusión que perjudican precisamente a quienes tienen menos posibilidades de beneficiarse económicamente del espectáculo y que, en esta ocasión, incluso ven limitado su acceso a los estadios debido al elevado costo de las entradas. La ciudad que aparece en las transmisiones internacionales rara vez coincide con aquella que sus habitantes más vulnerables experimentan cotidianamente.
Reconocer que esta tragedia comenzó antes de que las actuales autoridades asumieran sus cargos no las exime de responsabilidad. Por el contrario, vuelve aún más difícil justificar el entusiasmo con que se proyecta una imagen internacional de éxito, al tiempo que una emergencia humanitaria de semejante magnitud continúa presente. El punto no es determinar quién inició el problema: se trata de observar quién convive con él mientras organiza una celebración mundial.
Las tarjetas coleccionables, creadas por familias de personas desaparecidas e inspiradas en el formato de los álbumes mundialistas tradicionales, constituyen una de las intervenciones políticas más elocuentes surgidas en torno al campeonato. Donde deberían aparecer futbolistas, aparecen los rostros de los ausentes. Donde el espectáculo promete ídolos deportivos, aparecen nombres que el Estado no ha logrado encontrar. La fuerza de esta iniciativa radica precisamente en su simplicidad. Mientras la FIFA, los gobiernos y las grandes compañías intentan construir una narrativa de optimismo, las familias recuerdan que existe una realidad que no desaparece simplemente porque las cámaras decidan mirar hacia otro lado. La preparación de estadios inteligentes, corredores turísticos y campañas de marketing internacional, junto con la constante producción de imágenes oficiales destinadas a proyectar éxito y modernidad, no puede ocultar por completo que miles de madres rastreadoras continúan recorriendo montes, cañadas, terrenos baldíos y fosas clandestinas en busca de restos humanos. Son dos formas radicalmente distintas de habitar un mismo territorio. Una busca construir una marca; la otra intenta encontrar a una persona. Una administra percepciones; la otra se enfrenta a la realidad irreductible de la pérdida.
Como latinoamericano, me resulta imposible observar este fenómeno sin recordar las promesas de modernización que han acompañado buena parte de la historia reciente de nuestra región. Durante años escuchamos que ciertos indicadores bastaban para demostrar el éxito de una sociedad. Lamentablemente, la experiencia histórica terminó mostrando algo diferente: una economía puede crecer mientras aumentan las desigualdades sociales; las inversiones pueden multiplicarse mientras persisten profundas formas de exclusión; los indicadores pueden mejorar mientras el tejido social se deteriora.
El Mundial parece condensar tal contradicción de manera particularmente elocuente. Los gobiernos celebran cifras; las familias buscan desaparecidos. Las autoridades construyen imágenes; los ciudadanos intentan recuperar nombres. Quizá por eso el problema fundamental no sea deportivo ni económico. Es, ante todo, político. Lo más revelador del Mundial no es que oculte los conflictos sociales, sino que permite observar cuáles de ellos pueden convivir sin dificultad con las grandes celebraciones globales. La violencia, la desigualdad, las desapariciones o la exclusión no desaparecen durante el torneo; permanecen allí. Lo que cambia es la jerarquía de la atención pública: al mismo tiempo que algunas realidades ocupan el centro del escenario, otras continúan existiendo fuera del encuadre.
Ahora bien, no se trata de oponerse al futbol. Sería sinceramente absurdo. El futbol sigue siendo una de las pocas formas de comunicación verdaderamente globales y capaces de producir auténticas experiencias compartidas. Como observó Eduardo Galeano, el problema no reside en el juego, sino en la forma en que el negocio termina por apropiarse de él y subordinarlo a otras lógicas. La crítica va dirigida entonces a quienes han aprendido a utilizar ese lenguaje para administrar políticamente la realidad; a quienes descubrieron que una ceremonia de apertura puede resultar más rentable que una política pública efectiva; a quienes prefieren invertir en una imagen internacional antes que enfrentar las preguntas incómodas de sus propios ciudadanos.
El Mundial finalizará el 19 de julio. Los patrocinadores retirarán sus campañas. Las audiencias dirigirán su atención hacia otros acontecimientos. Las estadísticas engrosarán informes corporativos y balances gubernamentales. Sin embargo, las ausencias seguirán allí. Y mientras esas ausencias perduren, cada celebración llevará consigo una pregunta que ninguna ceremonia podrá responder: qué tipo de sociedad es capaz de convertir el espectáculo en una prioridad mientras la justicia continúa siendo una promesa pendiente.
