Hace quince días, el 11 de marzo, la literatura mexicana despidió a Luis Téllez-Tejeda, conocido por muchos como el Pávido Návido, rara avis de la poesía en nuestro país, amigo de tantas y tantos. Destacó siempre su compromiso con el estudio, la difusión y la escritura de la literatura infantil. También su poesía de lira mínima, de plaquettes y libros breves y de circulación íntima, tan opuesta a las lógicas más visibles de la poesía reciente, con sus premios de al menos tantas páginas y sus proyectos casi siempre unitarios para becas. Su último libro de poemas, Quise, publicado hermosamente por Alacraña e impreso en los talleres risográficos de Sonido Berenice, sintetiza su mezcla peculiar de nostalgia, ternura, humor y esa sensibilidad para atrapar las peculiaridades de la vida urbana mexicana. Al final de su vida, trabajó como guionista para el canal Once Niños y Niñas. Años antes de eso fue coordinador del área de publicaciones del IBBY México y una presencia fundamental del programa Alas y Raíces. Hay quien lo recuerda en su espectáculo, con grupo en vivo, de poesía inspirada en canciones norteñas, Busca otro amor. Hay quien lo recuerda como el autor de Morinia, una guía de viajes para visitar el país de la memoria. Hay quien lo recuerda con su vozarrón al lado, megáfono natural de las consignas indignadas y festivas de una manifestación. Hay quien lo recordará por su recetario de Botanas ausente, de muy reciente publicación. Julio César Toledo, poeta mexicano, lo recuerda aquí como la otra mitad de una dupla que ya no podrá ser.


Variedades de Rompe y Rasga
con El Pávido Návido y Julio Toledo

Preferiría estar en el bar de un Sanborns, sobre todo porque ya es la hora del dos por uno. En cambio, estoy intentando escribir un texto para ti o sobre ti.  “Y los ojos se me nublan al saber”… y no atino a escribir ni una frase. Si estuviera en el bar, pediría un tequila y una cerveza, aunque yo no tomo tequila. Pero tú sí y juntos pedíamos al del teclado “Por qué no he de llorar”. “Pero con María Victoria”, decías siempre. Me peleo con la primera frase y luego con el párrafo que se resiste, porque no puedo escribir de ti —no todavía—. Ah, pero si ya me hubiera tomado la cerveza (y el tequila, porque ni modo de desperdiciarlo), quizá podría pensar en esas tardes de taburete rojo donde planeamos nuestra “Variedades de Rompe y Rasga”. No me acuerdo muy bien si se te ocurrió a ti o a mí. Un espectáculo de música chingona, como los de antes, como el programa que tenía Jorge Saldaña en el Once. Tú te sabías todas las canciones: la historia completa de la educación sentimental de este país estaba en tu memoria, y te sabías la letra y hasta tarareabas compases después del segundo tequila. Ya sé que tengo que acabar este réquiem imposible, pero no puedo avanzar, porque te me vienes a la memoria caminando por la Lagunilla, el día que fuimos a comprar los sillones —sesenteros y elegantes ambos, pero distintos entre sí— que serían escenografía del espectáculo, tú, con tu camisa bordada y tu sombrero, mientras repetías líneas del personaje de Lucha Villa en Lagunilla mi barrio. Un espectáculo de variedades musicales donde anunciaríamos invitados varios, pero ninguno llegaría, y tendríamos, pues, que cantar nosotros las canciones que interpretarían ellos. “Pero tiene que haber alcohol”, dijiste, “y unos ceniceros de piso, aunque no fumemos”. “No estoy triste, no es mi llanto”… cuántos bares de Sanborns, Luis, visitamos en aras de curar la lista de canciones. (Existe todavía la playlist, y ahora mismo, en vez de escribir un texto para recordarte, abro la aplicación de música y le pongo play. Y suena “Nube viajera”. Y dejo esta frase incompleta, porque canto, mal y desafinado: “detén tu viaje y vuelve a casa, nube perdida”… y otra vez se me llenan los ojos de ti y no puedo hacer otra cosa que llorar.) Quiero concentrarme para poder escribir algo digno de tu memoria, y me interrumpe la imagen de la tarde en que nos citamos para ensayar, “pero antes hay que comer”, dijiste, y fuimos al Paraíso porque era viernes y servían mariscos, y pedimos mezcal y cerveza y no ensayamos nada, o sí, porque pusimos a Bienvenido Granda en la rockola y cantamos “yo soy un borracho, un paria perdido”… hasta que no pudimos más. Quién sabe con qué, con tanto cariño mutuo que no te cabía en tamaño cuerpo, con la felicidad de a ratos o la tristeza de siempre. Me enojo. Cómo va a ser que no pueda escribirte esto que te quiero escribir. “Según tu punto de vista, yo soy el malo”… pero la culpa es un poco tuya, mano. No hay mucho chance de ponerse solemne contigo; me traías frito con tu humor tan alburero, con la velocidad de tus sarcasmos. Y sin embargo qué porte cuando bailabas Son en las velas muxes, y te dejabas llevar, a pesar de que yo tenía que saltar para darte la vuelta. “¡Naila!” Gritaste un día. “Tienes que cantar Naila. Esa te toca a ti, por istmeña”, me dijiste. Me rindo tal vez a la imposibilidad de escribir algo, pero parece que te escucho decir que estamos listos, que el pianista dijo que sí, que hay un teatro bar en la Guerrero y que conoces a alguien. Y luego no me respondiste el teléfono por varios días, y tuvieron que avisarme que estabas en el hospital. Lo aplazamos porque los éxitos taquilleros siempre se aplazan un poquito. Luego no hubo más tequila ni botana, pero sí seguimos cantando y queriéndonos tanto. Te recuerdo, Luis, como cantando “Te recuerdo Amanda”.Nunca volviste del todo. Te comencé a extrañar desde entonces. Ya no hablamos nunca de la capa de terciopelo morado que te pondrías para el estreno. “Ya sé que soy un canalla, (y que tú eres decente)”, pero sí maldigo del alto cielo que nos arrebató tu mirada. Con quién voy a hacer lo que planeamos. De dónde saco palabras para escribirte un homenaje, un recuerdo sencillo, un discurso póstumo que haga justicia, que tenga el tono correcto de tu grave voz. No, Luis, no puedo escribirte nada hoy; tengo las manos deshechas de apretar, y si me apuro todavía alcanzo el dos por uno, y al tecladista, y hoy tengo muchas ganas de cantar “no te preocupes por mí, aquí todo sigue igual”…

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