Vayamos al grano y despejemos lo que es evidente, eso que anticipábamos a medias desde que supimos que el triunfo de Kast era inexorable: el actual presidente de la República de Chile lidera una cruzada ideológica, cuyo propósito último es recobrar la senda del desarrollo como la entendían Pinochet y el creador de la Constitución de 1980, y que podemos resumir en tres incisos:
1. Achicar el Estado al punto de no retorno.
2. Reducir los impuestos a las grandes fortunas a cambio de nada excepto la esperanza vaga de que reinviertan y eso se note recién en 2032.
3. Restaurar los valores ahogados por la cultura progre intercultural y de género con su ley de aborto en tres causales, las regulaciones medioambientales y la disminución de la jornada laboral a 40 horas semanales.
Lo llamativo es que, ya recuperada la democracia, Chile jamás abandonó “el camino” de la libertad económica, sino que lo pavimentó y lo concesionó para que más de nosotros tuviéramos el placer de pagar peaje. Esta es una de las economías más abiertas de Latinoamérica. Pinochet y los primeros gobiernos de la Concertación privatizaron las empresas sanitarias y el gasto familiar costea hace cinco décadas la educación superior, da igual si es estatal. Ciertamente, el Estado se entendió a sí mismo como dinamizador del mercado, pero no se puede negar que, desde que empezó el siglo XXI, ha habido intentos por hacer de la bestia neoliberal un animal menos feroz y menos devastador cada vez que entra en crisis.
El sistema de salud pública chileno se las arregla con muy poco para sostener a la mayoría de la población y garantiza la salud de madres e hijos menores de quince años con leyes como el permiso postnatal de seis meses, controles de salud rigurosos y esquemas de vacunación consistentes. Contamos con un altísimo nivel de digitalización de los trámites en servicios públicos, mejor que el de varios países de la OCDE. Los entes fiscalizadores todavía intentan resistir la corrupción, a diferencia del poder judicial. La gestión de las pensiones por parte de compañías que juegan en la bolsa es un tema peliagudo; sin embargo, se inventaron mecanismos de redistribución y sostén solidario para salvar a la pobreza de convertirse en miseria. Al mismo tiempo, en los barrios de clase media acomodada, cunden las áreas verdes dotadas de servicios y restaurantes con estilo.
Cualquier gobierno hubiera tenido que lidiar con la estrechez de nuestra matriz productiva y la alta proporción de empleo informal que, a su vez, dificulta el acceso a la primera vivienda. Añada la tendencia de este país a sacudirse, inundarse o incendiarse a gran escala. Por encima de cualquier desafío, a la nueva gestión le toca reducir la sensación de inseguridad, producto del crimen organizado. El match de la campaña electoral se jugó ahí —y vaya que la izquierda perdió por knockout—. Explotar la veta de la delincuencia y del fenómeno migratorio es efectivo. En el mundo entero, la derecha sabe que el miedo, la tristeza y la rabia resisten cualquier estadística que ponga las cosas en perspectiva. Tampoco ayudó la mezcla de soberbia, ingenuidad e inexperiencia del gobierno de Boric, aunque ese es otro tema.
El 11 de marzo llegó Kast anunciando que el país está quebrado y sólo cabe apretarse el cinturón ante la emergencia. Su actitud es desafiante porque sabe que debe aprovechar la luna de miel exigua que le queda tras su decisión de subir el combustible sin anestesia. Son misioneros: enfrentaron la guerra de Trump como una señal divina para redoblar su fe en que el sufrimiento material purifica, en línea con lo que planteó la ministra de Ciencia hace pocos días. Kast mismo recordó las privaciones que vivió de adolescente cuando, en un periodo de crisis económica, su padre determinó que ese año no vacacionaban en el extranjero. Hay que ser responsables. Según esta moral asceta, es profundamente ineficiente que los buses del transporte público pasen tan seguido. La gente abusa del sistema queriendo irse cómodamente sentada. Así nomás, justo cuando es aconsejable prescindir del auto, el Ministerio de Transportes baja la frecuencia de buses y todos nos vamos apretados durante más tiempo. Lo importante es que viajamos con la convicción de que hacemos lo correcto.
Kast también adelanta su batalla contra la ciencia y el conocimiento. En 2021 ya estaba preocupado por toda el agua que se pierde al dejar que los ríos lleguen al mar. El ciclo del agua es woke, al igual que las investigaciones que sólo sirven para empastarlas y no generan trabajo. Ya basta de cuidar humedales, la tierra de su propiedad en el sur siempre está mojada y no por eso la declara humedal. ¿Estas y otras joyas lo ponen en el podio con Trump y Milei? A ver, Kast es un tipo ramplón que, a pesar de su educación de élite, jamás necesitó conocer más allá de su estrecha esfera de interés. Es lo mismo, pero no igual. A Kast le falta carisma, histrionismo, la pachorra para mentir a gritos. Él necesita megáfono para negar que su ministro de Hacienda distribuyó un oficio a todas las jefaturas con el listado de los programas sociales que planean eliminar en 2027, además del 3% que acaba de recortar en todos los ministerios. Quien crea que esta suerte de sobriedad es un signo de razonabilidad o de menor fanatismo se equivoca.
En estos días, el gobierno se empeña en sacar una ley miscelánea a la que bautizó como “Ley de reconstrucción y desarrollo económico”. Con la justificación de que necesitamos reedificar las viviendas afectadas por los incendios, pretenden asegurar, en el mismo trámite, una rebaja de impuestos de cuatro puntos por 25 años a grandes corporaciones que quieran invertir en Chile. No hay mecanismo compensatorio para el dinero que deja de recibir el fisco. A no preocuparse, tengan paciencia. Eso de la recaudación es irrelevante porque achicarán el Estado a su mínima expresión, así que con eso ahorramos un montón. La seguridad pasó a segundo y tercer plano. O más o menos: la prioridad ahora es aplicar la Ley de Seguridad Interior del Estado a los estudiantes que funaron a la ministra de Ciencia mientras visitaba una universidad. Por su parte, las policías —que también son la cara del Estado— siguen tan desfinanciadas como antes, con el agravante de que la ministra de Justicia desarmó los equipos especializados que llevaban dos años acumulando datos y probando distintas metodologías para el seguimiento de redes criminales.
Si es por pronósticos, yo paso. Un taxista me dijo el otro día que la frase que más se escucharía en Chile de aquí a tres meses será la de “yo no voté por este gobierno”. Mi único consuelo es que no tendré que mentir.
