En solidaridad con Francesca Albanese, honesta y valiente funcionaria internacional

Casi dos años y medio ya… Desde el inicio del conflicto que ha derivado en una guerra de ocupación con cerca de 80,000 palestinos asesinados y más de 200,000 heridos —niños y mujeres en su mayoría—, toda crítica a la crueldad con que se ha comportado el gobierno israelí ha sido acallada calificándola como antisemitismo. El caso más reciente es el de Francesca Albanese. ¿Es esto cierto?

El antisemitismo es una forma de racismo aparecida en la segunda mitad del siglo XIX con base en las clasificaciones jerárquicas que dividían a la humanidad en razas, según las cuales la blanca estaba compuesta por arios y semitas; los primeros eran considerados civilizados; los segundos, semicivilizados y bárbaros. Los judíos fueron colocados entre los semitas, aun cuando algunas de sus poblaciones llevaban siglos en Europa, mezclándose con las locales (como lo muestran estudios de genética  —p.e. Costa et al., 2013). De igual manera, dispersos por distintos países del norte de África y del llamado Medio Oriente, los judíos convivían con pueblos árabes desde tiempo atrás. Su lengua difería de una región a otra, al igual que su cultura y estructura social; sólo los unía la religión, aunque muchos habían abrazado el cristianismo —los judíos conversos—. Se trataba, en suma, de poblaciones de muy distinta índole que compartían un mismo credo y tradiciones ligadas a éste, como las describe Henry Laurens en el primer volumen de su magna obra, La question de Palestine (1999).

Así obraban las clasificaciones raciales, atribuyendo un origen único y una homogeneidad a las poblaciones que eran agrupadas en una raza, confiriéndoles una esencia, y cuya posición podía ser más o menos favorable en la escala jerárquica eurocéntrica. Los atributos así definidos constituían su supuesta “naturaleza” y, claramente, éstos solían conjuntar antiguos prejuicios con nuevos (como los que resultaban de los estudios biométricos en boga en ese entonces o de su lugar en la escala social). Los judíos contaban con un largo historial de prejuicios en su contra: culpables de la muerte de Cristo y con un credo distinto; considerados como avaros, codiciosos y usureros, debido a que en la Edad Media la Iglesia prohibía el préstamo de dinero a los cristianos, mientras que a ellos les era permitido, como explica Jacques Le Goff (1986, pp. 52-60); marginados en muchos países europeos, vivían en ciertos barrios de las ciudades o en poblados donde mantenían un modo de vida distinto; y no era raro que se les culpara de cualquier infortunio ocurrido en los alrededores, igual que les sucedía a los rom o gitanos cuando pernoctaban en alguna localidad.

Las migraciones ocurridas tras la emancipación de la servidumbre que sufrían en Rusia y otros países añadieron un supuesto “cosmopolitismo” a sus poblaciones; es decir, una falta de apego a una nación, lo cual era considerado casi pecado en un periodo en que se conformaban las naciones en buena parte de Europa. Bajo esta acusación, el “judío internacional” podía encarnar en banquero o en comunista (¡proletarios del mundo…!). Todos estos “atributos” llenaron páginas en los tratados sobre razas humanas junto a medidas anatómicas y descripciones del “tipo judío”, y se insertaron en cierta cultura popular, perviviendo como prejuicios en el imaginario social de dicha época (las distintas ediciones de El judío internacional, libro escrito en 1920 por Henry Ford, el creador del célebre Ford T, lo ilustran nítidamente).

El contexto de entonces es fundamental en este sentido. En Europa, el ideal de nación que emergía era la de un solo pueblo, dotado de un territorio, una lengua y, en algunos casos, una religión. Los judíos no encajaban en tal esquema, eran vistos y tratados como minoría. El nacionalismo que acompañaba la formación de los Estados europeos propició un mayor hostigamiento hacia las poblaciones judías, a tal punto que, entre sus intelectuales, un movimiento político se gestó con el mismo propósito que los excluía: conseguir un territorio para fundar una nación exclusivamente judía. Así nació el sionismo. La paradoja es que, al igual que en el caso de las clasificaciones raciales, la idea de nación preponderante los llevó a construir la imagen de un pueblo homogéneo con un origen único como base para su proyecto: la constitución de una nación judía. A ella se sumó un mecanismo común de reacción cuando se sufre de racismo: la inversión de la escala jerárquica. Así, abrevando en los textos religiosos se fue conformando la idea de una nación superior por ser la del “pueblo escogido por Dios”, destacando, además, su gran inteligencia y cultura (algo que no era aprobado por todos los intelectuales judíos, como lo manifiesta Bernard Lazare: “si el antisemita reprocha al judío ser de una raza extranjera y vil, el judío dice ser una raza elegida y superior, confiriendo a su nobleza y antigüedad la mayor importancia, y ahora presa de un orgullo patriótico” [1894, p. 132]). La ocupación de Tierra Santa se vio ungida así de mesianismo.

Es de notar que fueron los judíos más asimilados a la cultura de Europa occidental quienes impulsaron tal proyecto. Un territorio era imprescindible. El imperio británico les propuso una porción de Uganda; luego se pensó en Argentina. Ambas opciones fueron vistas con buenos ojos, pues, a diferencia de aquellos que abogaban por la integración en los distintos países en donde vivían, los que pensaban que la única posibilidad de vivir tranquilos era tener un espacio propio aspiraban a un territorio, sin importar dónde fuera (Rodinson, 1967). Sin embargo, para los menos integrados, que mantenían una fuerte devoción por Tierra Santa, por Jerusalén, instalarse allí era la única opción. Dado su peso poblacional, la balanza se inclinó por ésta. Tras la caída del imperio otomano, en 1917, el territorio palestino pasó a manos de los británicos: las puertas se abrieron para tal negociación y se dio inicio a una ocupación paulatina.

El racismo científico alcanzó su punto máximo en la primera mitad del siglo XX, con la promulgación, en muchos países, de medidas eugenésicas (para el “mejoramiento de las razas”), desde restricciones migratorias, impedimento de casamientos mixtos y eliminación de seres “anormales”, hasta el exterminio de poblaciones enteras. La eliminación sistemática de gitanos, eslavos y, sobre todo, judíos, emprendida por el régimen nazi en su expansión durante la Segunda Guerra Mundial —la llamada “solución final”— constituye el summum de las teorías raciales, y su aplicación, así como la más absoluta falta de humanidad, puso fin a los anhelos de integración de muchos judíos en las sociedades europeas. El éxodo se impuso como respuesta.

Bajo tutela británica, Israel fue creado en 1947 en el seno de las Naciones Unidas, con el propósito de brindar un refugio a las poblaciones afectadas por tal horror, como una manera de terminar con el hostigamiento sufrido de manera constante a lo largo de tanto tiempo. El problema fue que se acordó otorgar una porción (56%) de Palestina, sin importar que estuviera poblada por una mayoría musulmana, comunidades cristianas y otras judías (estas últimas habían aumentado durante casi tres décadas de ocupación irregular). Así, la coexistencia en un ambiente de diversidad cultural, enriquecida constantemente por ser un punto de cruce y encuentro que hasta principios del siglo XX había prevalecido, terminó por ser afectada gravemente.

El golpe final vino meses después, en 1948; en medio de fuertes tensiones con Gran Bretaña, Israel se liberó de su tutela afirmando su nacimiento como nación independiente, según el «derecho histórico del pueblo judío», afirmaron sus dirigentes. Se estableció el hebreo como lengua oficial —muy pocos en el mundo lo hablaban—, un estado religioso y leyes que conferían una serie de derechos y facilidades a todo judío que se instalara allí. El proyecto contemplaba que, tarde o temprano, todos los judíos del mundo se concentrarían en ese territorio para construir una “gran nación”. Sin embargo, la respuesta no fue la esperada y, hasta hoy, menos de la mitad de la población judía existente en el mundo vive en Israel. Acudieron al llamado los más afectados por los horrores del nazismo, los más pobres, varias comunidades del norte de África y, de las más integradas (ciudadanos establecidos en diferentes naciones europeas y de América), aquellos que contaban con posibilidades económicas se limitaron a colaborar a la distancia; de allí el dicho que circulaba entre las comunidades judías para describir, no sin cierta ironía, el proceso de poblamiento: “un judío estadounidense da dinero a un judío francés para que un judío polaco vaya a instalarse en Palestina”.

Hacia adentro, en Palestina, con la conciencia de que la tierra prometida ya se encontraba habitada, la dirigencia israelí asumió el conflicto con los palestinos como inevitable. El mandato de la ONU que estipulaba 44% del territorio para crear un Estado palestino y una Jerusalén dividida en dos fue ignorado inmediatamente. La expulsión iniciada décadas atrás se tornó más violenta. Tan sólo en los primeros años que siguieron a la fundación de Israel, cerca de un millón de palestinos tuvieron que huir hacia los países aledaños. La intervención de cinco estados árabes para atajarla generó el primer conflicto armado regional que resultó en el incremento del territorio de Israel en un tercio, la anexión de la franja de Gaza por Egipto y de parte de Cisjordania por Jordania. A partir de entonces y hasta la fecha, el pueblo palestino se vio privado de todo derecho por enemigos y “aliados”. Se puede decir que allí se consolidaron las bases de la historia de violencia y despojo —narrada detalladamente por Rashid Khalidi (2020)— que en estos momentos parece alcanzar su máxima expresión en una suerte de “solución final”.

Dado que Israel no representa siquiera a la mitad de los judíos del mundo; dado que el gobierno actual no tiene la aprobación de una parte de la población israelí; dado que es una sociedad con fuertes diferencias económicas y sociales (la población sefaradí ha sufrido discriminación y los palestinos de nacionalidad israelí, que constituyen 21% de la población total, carecen de los mismos derechos que el resto); dada su propia heterogeneidad étnica y religiosa (ya, en 1967, el intelectual israelita Ury Avnery proponía que, por esa razón, Israel debía ser un estado plural y laico); dado todo lo anterior, pues, la actuación de su gobierno no puede ser considerada un rasgo intrínseco de un pueblo, de una comunidad, ni ser extensiva a los demás judíos del mundo. La crítica ejercida por comunidades judías, tanto al interior de Israel como al exterior, así como por ciudadanos israelíes de origen palestino, es prueba de ello. El descrédito en el que ha caído Israel a causa de su política de ocupación brutal, inhumana, genera reprobación e inquietud en muchos israelíes y judíos de muy diversas naciones. 

Por lo anterior, todo acto de antisemitismo que se cometa contra cualquier persona israelita o judía debe ser condenado. No hay razón para asimilar la conducta de un Estado a la de una persona por su credo, origen o identidad. Ciertamente, en muchas sociedades el racismo sigue siendo una manera de reaccionar ante un conflicto con una persona que es distinta (aspecto, origen, lengua, religión, etc.) y en estos momentos, el antisemitismo no es la excepción. Ante ello, se tiene que seguir insistiendo: toda forma de racismo es una ofensa a la condición humana, compete a la humanidad entera. El antisemitismo debe ser combatido.

Ahora bien, por esas mismas razones, las críticas al gobierno de Israel, a sus políticas de Estado ya instituidas, no pueden ser automáticamente consideradas como antisemitismo. Es una argucia que se esgrime a manera de cortina de humo para intentar imponer una razón totalitaria, esto es, para no permitir la crítica bajo un supuesto moral o derecho mesiánico. El gobierno israelí lo hace para continuar con su proyecto de expansión, y aquellas naciones que adoptan y repiten tal argumento lo hacen por las mismas razones: no ser interpeladas por su complicidad en el genocidio que tiene lugar actualmente en Gaza y la descarada violencia y el despojo en Cisjordania. Uno se puede preguntar si no es éste el temor del gobierno de México a pronunciarse claramente ante el flagrante genocidio del pueblo palestino o si simplemente el llamado “humanismo mexicano” no incluye a los pueblos de regiones fuera de América Latina.

Si retomamos la caracterización que Hannah Arendt hace de lo que llama “el método totalitario” (1948, pp. 438-439 y 462-465, entre otras), la acusación de antisemitismo para acallar las críticas se articula nítidamente con el estado de excepción que se ha instaurado en Gaza, el control de la información sobre lo que allí ocurre, la duda con que se ha cubierto sistemáticamente la voz de las víctimas, sus testimonios, las imágenes, la razón divina que reemplaza los más elementales derechos humanos, así como la destrucción y el asesinato de personas sin importar si son culpables o no. La campaña de difamación contra Francesca Albanese, funcionaria de la Organización de las Naciones Unidas, encargada de dar cuenta de la situación en Gaza, son parte del mismo proceder; esto es acusarla de antisemitismo para sembrar la duda sobre lo que honesta y valientemente ha reportado: un genocidio.

Ante la situación actual, es indiscutible que se debe criticar a Israel por su incesante expansión y su proyecto de ocupar todo el territorio palestino y parte de Líbano; por la violencia que ha instalado en tales territorios, tornando insufrible la vida de sus habitantes; por la aniquilación sistemática de la población palestina, de su cultura e infraestructura; por los daños que ha causado a tantos niños, emocionales y físicos (más de cuatro mil amputados); por el odio que ha inculcado en su población hacia los palestinos, lo que le permite justificar su proceder; por negarse a reconocer al Estado de Palestina (a pesar de haber firmado acuerdos internacionales que así lo estipulan), lo cual sería la única vía para terminar con las incontables atrocidades y poder establecer la paz entre ambas naciones.


Referencias

Arendt, Hannah. (1948.) The Origins of Totalitarianism. A Harvest Book, Harcourt Inc., Nueva York, 1976.

Avnery, Ury. (1967.) “Une guerre fraticide entre sémites”, en Les Temps Modernes, núm. 253 bis, pp. 702-731.

Costa, Marta D. et al. (2103.) “A substantial prehistoric European ancestry amongst Ashkenazi maternal lineages”, en Nature Commun, vol. 4, 2543.

Ford, Henry. (1920.) El judío internacional (compilación de artículos publicados en The Dearbon Independent, periódico fundado por el mismo Ford). Guillermo Rodríguez y Ruiz editor (?), s/f.

Khalidi, Rashid. (2020.) The Hundred Years’ War on Palestine. A History of Settler Colonialism and Resistance, 1917-2017. A Metropolitan Paperback Henry Holt and Co.

Laurens, Henry. (1999.) La question de Palestine. Tome premier 1799-1922. L’invention de la Terre sainte. Fayard.

Lazare, Bernard. (1894.) L’antisémitisme. Son histoire et ses causes. Documents et témoignages.

Le Goff, Jacques. (1986.) La bolsa y la vida. Economía y religión en la Edad Media. Gedisa.

Rodinson, Maxime. (1967.) “Israël, fait colonial?”, en Les Temps Modernes, núm. 253 bis, pp. 17-88.

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