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Crónica

Renata y Manuela

Like a tree that’s planted by the water
We shall not be moved

*

Como un árbol plantado junto al agua
No nos moverán

El primero de mayo, día de las y los trabajadores, nos despertamos ante la ausencia del campamento instalado en los pastos de la Universidad de Columbia para exigir el cese al apoyo de la universidad al genocidio palestino.[1] En su lugar estaba la policía de Nueva York que, desde la noche anterior, había sido instruida a quedarse dentro del campus mientras sus puertas se cerraban de manera indefinida. De un día para otro, lo que durante dos semanas había sido un espacio comunitario étnica, racial y religiosamente diverso, un espacio vivo y vibrante que había llegado para sacarnos de la inercia y la complicidad, que había volteado nuestros ojos y corazones de lleno hacia Gaza, había sido arrebatado de nosotrxs. En el campamento, y en todos los eventos que lo rodearon por más de dos semanas, se construyó otra universidad; o, mejor, se habilitó la idea de que otra universidad, otra comunidad, era posible. Ahora nos vemos enfrentados a un duelo colectivo frente a la espacialidad y expresión material de esa comunidad, incluso para quienes no hicimos parte directa del campamento. Sin embargo, éste no fue un lugar, sino un proceso de apertura y compromiso político que sigue vivo, a pesar de su represión violenta.

La noche del 30 de abril será recordada por muchos —ciertamente por nosotras, que nos abrazábamos con miedo y gritábamos enfurecidas desde la calle— como uno de los momentos más escandalosos y moralmente corruptos de las últimas décadas en la universidad. A petición de la presidenta de Columbia, y de la junta financiera que la comanda, la policía fue enviada a desalojar “Hind’s Hall” —el edificio previamente llamado Hamilton— que había sido ocupado de manera pacífica por estudiantes del “Gaza Solidarity Encampment” desde el 29 de abril. La universidad fue sitiada varias cuadras a la redonda por la policía, la cual impedía el paso incluso de quienes viven en el barrio. Hacia las 8:21 pm recibimos un correo electrónico de alerta que decía lo siguiente: shelter in place for your safety due to heightened activity on the Morningside campus. Non-compliance may result in disciplinary action. Avoid the area until further notice (“Manténgase en resguardo por su propia seguridad debido al incremento de actividad en el campus de Morningside. El incumplimiento puede dar lugar a medidas disciplinarias. Evite el área hasta nuevo aviso”). Cuando recibimos la alerta, muchxs ya sabíamos lo que iba a ocurrir y, anticipándonos, rodeamos las entradas del campus, pero fue en vano. Decenas de buses llenos de policías, específicamente, de la unidad antiterrorista del NYPD, el llamado “Strategic Response Group” (SRG), llegaban en hordas al campus. Decenas de comandantes de policía con carros, armas y gases lacrimógenos entraron a la fuerza y arrestaron de forma violenta a más de cien estudiantes, no sólo de entre quienes ocupaban el edificio “Hind”, sino también de entre las personas que estaban en el perímetro intentando proteger a sus compañeras y compañeros.

La presidenta de la universidad agradeció en varias ocasiones a la policía por su “profesionalismo”. Sin embargo, la represión fue violenta y, sobre todo, desproporcionada. La policía golpeó a estudiantes, destruyó muebles y bienes públicos que servían como barricadas del Hind’s Hall, arrojó a estudiantes por escaleras, tiró gases lacrimógenos e, incluso, disparó un arma de fuego. Varios estudiantes, la mayoría entre los 18 y 21 años, han reportado costillas y manos rotas, moretones en el cuerpo, e incluso hay testimonio de jóvenes musulmanas arrestadas que fueron vulneradas y obligadas a removerse su hijab sin consentimiento. En uno de los pocos videos que circulan de los eventos de esa noche —porque periodistas y personal médico fueron expulsados por la policía, lo cual evitó que hubiese testigos—, podemos ver a una red de estudiantes abrazadas, protegiendo el edificio y cantando “we shall not, we shall not be moved, / we shall not, we shall not be moved. / Like a tree that’s planted by the water / we shall not be moved” (“No nos moverán, no nos moverán, como un árbol plantado junto al agua, no nos moverán”)[2]  y “Your people are my people, your people are mine, where you go I will go, my friend, where you go I will go” (“Tu gente es mi gente, tu gente es mía también, a donde vayas iré, mi amigo, a donde vayas iré”).

Ése era el espíritu del campamento, o como se le llamó también, la Universidad Popular para Palestina. Los días iniciaban con asamblea a las diez de la mañana (aunque las conversaciones muchas veces arrancaban desde antes). A lo largo del día se realizaban diferentes teach-ins o clases abiertas con profesorxs y renombradas figuras asociadas a la lucha por la liberación de Palestina y a muchas otras luchas sociales —incluyendo aquélla contra el antisemitismo—, quienes venían a enseñar y reflexionar colectivamente sobre la interrelación entre todas estas opresiones, presentes e históricas: desde la conmemoración del genocidio armenio, pasando por la lucha contra la gentrificación de Harlem, hasta las madres y abuelas de la Plaza de Mayo. En muchas ocasiones, el micrófono quedaba abierto para quien quisiera tomar la palabra. Mientras tanto, todxs podían buscar un espacio entre las tiendas para reunirse con amigxs y camaradas a terminar tareas, ponerse al día y seguir organizándose. Alrededor del mediodía, las y los asistentes al campamento se juntaban para escuchar las actualizaciones sobre lo que había sucedido ese día en Gaza, y en ocasiones las estudiantes palestinas compartían historias y noticias sobre sus propias familias. Además, una de las tiendas alojaba una “Biblioteca Popular para el Aprendizaje Liberado” con un horario que organizaba grupos de estudio y lectura (desde Fanon hasta el comunismo filipino) y de tesis, y que alojaba decenas de libros y fanzines dispuestos para su consulta y disfrute.

El otro componente importante del campamento y su programa diario eran los rezos en distintos momentos del día. Se llevaban a cabo también sermones interreligiosos, meditación, ceremonias y festividades judías y musulmanas, como el sabbat, la yumu’ah y el pésaj. Había también un área de medicina y farmacia, un rincón de arte y un espacio de apoyo comunitario. El comedor servía comida de una gran variedad de cocinas: bandejas de platillos caseros donadas por familiares de estudiantes, un suministro interminable de café y pizzas neoyorquinas, y especialmente, comida árabe y judía. Por medio de todo eso, se reafirmaban las distintas culturas que componen al cuerpo estudiantil, y a la vez, se creaba una nueva. Finalmente, alrededor de las once de la noche se convocaba a una segunda asamblea en donde se anunciaban las actualizaciones sobre las negociaciones con la universidad, se hacían preguntas y se decidían los próximos pasos a seguir. Durante toda la noche el campamento seguía vivo bajo las luces de la biblioteca y ante los ojos de quienes lo velaban: aquéllxs que cuidaban su entrada, pasándose el balón o conversando, aquéllxs que dormían al pendiente desde sus tiendas, o lxs que estaban en casa con sus celulares, continuando lo que durante el día hacíamos todxs: proteger el campamento de quienes ansiaban su destrucción.

Foto: cortesía de las autoras.

Pero el campamento no siempre funcionó así. En un primer momento era mucho más pequeño, y no cualquiera se atrevía a unirse, por miedo a posibles represalias o por no estar del todo involucrado con las protestas en defensa de la causa palestina. Éste se estableció en la madrugada del 17 de abril, el día en que la presidenta había sido citada para testificar ante el Congreso de Estados Unidos por acusaciones de antisemitismo en la universidad. Al día siguiente, la administración llamó a la policía —por primera vez desde 1968— para que desalojara el campamento, cosa que cumplió, llevando bajo arresto a más de 100 estudiantes y desechando todo lo que lo componía. Inmediatamente, cientos de estudiantes se apresuraron a tomar el pasto adyacente; comprometidxs a proteger el campamento desde afuera, se negaban a permitir que éste desapareciera. Así fue que, ante el asedio policial, el campamento cobró la fuerza que lo llevó a convocar a cientos de estudiantes más a pasar tres noches durmiendo a la intemperie, rezando, conversando y haciendo su tarea bajo el incesante sonido de los helicópteros, cantando —entre las kufiyas y banderas de México que hermanaban estas luchas— canciones y arengas como Ana Dami Falastini, “disclose, divest”, “viva, viva Palestina” y el Cielito lindo. Esta misma fuerza lo defendió incluso de una posible irrupción de la Guardia Nacional, lo llevó a la toma de Hind’s Hall y hoy sigue buscando nuevas formas de existir y resistir tras los hechos del 30 de abril.

Parte de la diversidad que se vivía en el campamento es el resultado de la coalición misma que lo conformó. CUAD, las siglas en inglés de Columbia University Apartheid Divest, es un grupo que existe desde el 2016 y que se propuso ser la continuación del movimiento contra la guerra de Vietnam en 1968, así como de las protestas que demandaron la desvinculación financiera entre la universidad y el apartheid de Sudáfrica. El pasado otoño, después de que la universidad suspendiera de forma arbitraria a los grupos estudiantiles SJP (Students for Justice in Palestine) y JVP (Jewish Voice for Peace), CUAD creció y ahora comprende a 106 organizaciones universitarias, incluyendo el sindicato de estudiantes trabajadores (SWC) y grupos estudiantiles como la Native American Council, el African Studies Working Group y el Mariachi Leones de Columbia. El genocidio en Gaza y la suspensión de los grupos más activos en denunciarlo (SJP y JVP) catapultó la expansión de CUAD: estudiantes de pregrado y posgrado de diferentes posicionalidades, poblaciones y corrientes políticas encontraron en la causa palestina una lucha común. Palestina se convertiría así en una vanguardia para las demandas de liberación colectiva que inspiran a estos grupos.

Pero es más que inspiración lo que une a las organizaciones dentro de CUAD. Detrás de la coalición hay grupos de estudio que se han dedicado a revelar la profunda complicidad económica y política entre Estados Unidos e Israel; a investigar los impactos materiales de ese maridaje. Por ejemplo, muchas milicias estatales y paraestatales que actúan en el continente han sido entrenadas en Israel[3] y, como demostraron las protestas en Ferguson, Missouri, tras la violencia policial contra poblaciones afroamericanas en 2014, las municiones usadas en Palestina y en Estados Unidos son las mismas.[4] Israel ha proveído también tecnologías de control —como drones y torres de vigilancia— y armas químicas —como gases lacrimógenos— que se utilizan para asegurar la frontera entre Estados Unidos y México, así como el software Pegasus, implementado para espiar a periodistas, defensores de derechos humanos y manifestantes, principalmente en este último país. Este neoliberalismo militar que ha llevado a la intersección material entre opresiones a escala global tiene, además, un nicho particular en muchas universidades, como demuestra la ola global de protestas estudiantiles que se desató después de Columbia. Muchas de ellas tienen inversiones de millones de dólares en empresas como Boeing, Lockheed Martin, Elbit Systems y Raytheon, que de forma directa financian la producción de armas para el ejército israelí y de otras partes del mundo, incluyendo Latinoamérica.[5] En el contexto del genocidio en Palestina, esto implica que los miles de dólares que los estudiantes pagan para acceder a la educación se van, en gran proporción, a sostener la máquina bien aceitada de destrucción masiva que, al día de hoy, ha matado a más de 30,000 personas en esta región.[6] CUAD, entonces, ha concentrado no sólo la profunda convicción de que distintos fenómenos políticos mundiales están relacionados entre sí, sino que ha dado cuerpo y urgencia a la demanda de desinvertir. La educación no debería, no tiene por qué, servir para financiar la muerte ni en Gaza ni en ningún otro lado.

Foto: cortesía de las autoras.

El genocidio en Gaza ha revelado también el carácter fallido de un orden mundial regido por instituciones multilaterales que han codificado los derechos humanos y que a la vez han hecho de ellos peones de papel. Ni las Naciones Unidas, ni la Corte Penal Internacional ni ninguna otra catedral del liberalismo ha logrado detener un genocidio en curso. Estudiantes y trabajadorxs alrededor del mundo han visto estas grietas del orden mundial ensancharse: las costuras quedaron expuestas hace mucho y hay agujeros por todos lados. Asimismo, los campamentos que se han asentado para denunciar el genocidio y para exigir a las instituciones educativas que dejen de financiarlo han revelado otra cosa: que si las universidades llevaban décadas de haberse convertido en poderosas empresas para el lucro, los estudiantes que las pagan han acumulado muchas preguntas y nuevas demandas. Decir que las universidades funcionan como una arista más de ese orden liberal que glorifica valores como la “libre expresión”, a la vez que la reprime, no es en absoluto algo nuevo. Tampoco lo es decir que estas instituciones sólo parecen interesarse por esa “libre expresión” mientras les sea rentable. Lo nuevo radica, nos parece, en la desvergüenza con la que muchas universidades se han volcado a reprimir de forma violenta a sus estudiantes y profesorxs con tácticas y herramientas de la industria de la guerra que es, justamente, el objeto de las protestas. Cuando un presidente de una universidad toma la decisión de poner francotiradores en los techos de sus edificios para apuntar a estudiantes, o cuando profesorxs son perseguidxs y censuradxs por lo que dicen en sus clases, o brutalizadxs por la policía cuando intentan proteger a sus estudiantes, no hay charada que valga. O, como se diría en inglés, “the jig  is up”.

Algunos medios de comunicación, desde el centrismo liberal del New York Times hasta el tabloide de derecha New York Post, y quizás buena parte de la opinión pública, han visto los campamentos de universidades privadas como Columbia, Harvard, Yale y Princeton como una iteración de la ideología “woke” que lleva a estudiantes privilegiados a llamar la atención. Desde América Latina, que tiene una historia tan extensa y profunda de movimientos estudiantiles, quizás estos campamentos en el Norte Global se vean, también, con algún grado de sospecha. Sin embargo, como hemos descrito líneas arriba, estos campamentos demuestran que la comunidad estudiantil, acá y en todas partes, no es un monolito. En el caso de Columbia, del que más podemos hablar, muchxs estudiantes que han hecho parte de las protestas son los primeros en sus familias en ir a la universidad, muchxs de padres migrantes y con distintas becas de apoyo financiero; muchxs estudiantes afrolatinxs, árabes y afroamericanxs con distintos grados de vulnerabilidad. Otros, en condiciones diametralmente opuestas, han puesto su privilegio al servicio de la protección a sus compañerxs. Unos y otros, sin embargo, han aprovechado el momento y la posición de ser parte de una de las universidades de élite más reconocidas del mundo, localizada en uno de los centros financieros globales como Nueva York, para levantar el velo y dejar expuesta la imbricación entre el sector privado, la militarización de la vida y la educación al servicio de la guerra.

***

En una de las ventanas de Hind’s Hall se ondeó, durante aproximadamente 24 horas, una tela con el rostro de Manuel Esteban “Tortuguita” Paez Terán, con la leyenda “Glory to the martyrs. Tortuguita vive. La lucha sigue”. Allí, en ese pedazo de tela ondeante, se cristalizan muchos de los elementos a los que nos referimos en este texto y que, vistos rápidamente, podrían parecer inconexos. Por un lado, tenemos la frase en inglés Glory to the martyrs que, en el contexto de la Nakba y el genocidio en curso, refiere a todas las víctimas palestinas asesinadas por el Estado de Israel.[7] Sin embargo, quien aparece en la tela es Tortuguita, un activista venezolano que recibió 57 impactos de bala de la Policía Estatal de Georgia el 18 de enero de 2023 por protestar contra la construcción de “Cop City”, un centro de capacitación policial, en el bosque protegido de Atlanta. La frase en español “la lucha sigue” añade otra capa, una más, al significado de la tela. Nos parece que la suma de todos estos elementos no es un accidente, ni una ocurrencia de algunos de los organizadores estudiantiles. Ahí se cifra parte del espíritu del campamento de Columbia y de cada uno de los campamentos que se han asentado alrededor del mundo: que así como las formas de nuestra represión están entrelazadas, nuestras luchas también.

Foto: cortesía de las autoras.

Ya han pasado varios días desde que la policía entró, para quedarse, al campus (aunque quizás siempre estuvo allí). Las carpas no están, tampoco las mesas con comida, ni los rezos colectivos, ni escuchamos “from Palestine to Mexico, all the walls have got to go” (“Desde Palestina hasta México, todos los muros deben irse”). Frente a esa ausencia, nos preguntábamos al empezar a escribir este texto cómo llevar el duelo, y cómo mantener vivo el espíritu del campamento. Seguimos buscando respuestas. Pero, si algo se ha hecho presente es que mañana es nuestro y pasado mañana también. Que Palestina será libre y en ese proceso nos liberará a todxs.


Renata y Manuela: candidatas doctorales de la Universidad de Columbia y miembros del Sindicato de Estudiantes Trabajadores (SWC).


Notas

[1] “From the belly of the beast, hands off the Middle East” (“desde el vientre de la bestia, manos fuera del Medio Oriente”) es una arenga antiimperialista y antintervencionista que ha estado presente en las protestas pro-Palestina en Estados Unidos.

[2] Éste es un himno y canción espiritual originaria del Sur norteamericano durante el periodo de la esclavitud, a comienzos del siglo XIX. Fue retomada como una canción de sindicato y protesta que ganó popularidad durante el movimiento por los Derechos Civiles (1954-1968) y se canta hasta hoy.

[3]Hay una relación estrecha entre la fuerza policial estadounidense, particularmente la NYPD, con el IDF. En América Latina, otro caso destacable es el de Colombia.

[4] Para más sobre la relación entre el movimiento Black Lives Matter y los métodos usados por las Fuerzas de Defensa de Israel, véase James R. Thomas, “The intersection of Palestine with Ferguson, Missouri”, Journal of Ecumenical Studies, University of Pennsylvania Press, vol. 55, núm. 1, 2020, pp. 82-90.

[5] Todas estas corporaciones armamentísticas tienen presencia en América Latina, principalmente en México, a quien proveen de comunicaciones satelitales y otros servicios de telecomunicación, inteligencia, sistemas de vigilancia y reconocimiento, municiones, sistemas de simulación y entrenamiento, misiles, así como barcos, aviones, helicópteros y otros vehículos militares.

[6] Tan solo el 0.66% de las inversiones de Columbia son públicas. Es por ello que una de las principales demandas de CUAD es la transparencia total. Sin embargo, no son únicamente las universidades privadas en Estados Unidos las que apoyan empresas vinculadas con la ocupación y genocidio en Palestina. Esto se evidencia con el campamento instalado en la UNAM para el contexto de América Latina.

[7]  Si bien hay debate respecto al término “mártires”, sus connotaciones religiosas y su uso por grupos islamistas, en este caso se reproduce el uso secular que se le ha dado dentro de los movimientos por la soberanía y libre determinación de Palestina en las últimas décadas.

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