En poco tiempo debo entregar el último capítulo del libro que prometí en el posdoctorado y aquí estoy, sentada en un sillón amarillo, viendo a Luna morder una carnaza. Un momento de relajación, dirían, aunque en el capitalismo tardío los momentos de relajación son prácticamente inexistentes: todo tiempo muerto es tiempo en el que podríamos estar trabajando para producir más dinero. Muy pronto la relajación se convierte en culpa, la culpa en estrés, el estrés en tensión —tensión que sólo cura el quiropráctico por novecientos pesos el ajuste—. No hace falta señalar la ironía.

En cuatro días para ser exactos debo entregar el último apartado del dichoso libro: cuatro capítulos, cada uno sobre una novela distinta, que deben estar listos en cuatro días para una evaluación inexistente. No lo digo con certeza, pero se rumora que nadie lee lo que se escribe en los posdoctorados. A la institución receptora se le manda un correo con los “resultados”, y listo. Cuatro capítulos sobre cuatro novelas en un archivo adjunto titulado “libro”, para que nadie diga que no cumplí con los objetivos del proyecto. Un libro que no leerá nadie, porque dicen que nadie lee lo que escribimos durante un posdoctorado, a menos que no sean libros, sino artículos para revistas arbitradas. Entonces sí que tendrán, por lo menos, dos lectores —el famoso doble ciego—, que, en un formato preestablecido, irán anotando sus críticas observaciones. Sobre el público lector de esas revistas mejor ni hablamos. Sé que estoy siendo injusta. Y aun así llevo días postergando la escritura de ese último capítulo pensando “si nadie lo va a leer, ¿para qué lo escribo?” ¿Pero acaso no podría decirse lo mismo de cualquier texto? ¿Para qué esta arenga sobre el capítulo que aún no escribo? ¿Para qué escribir?

Desde hace varias semanas la publicidad en mis redes sociales pasó de la fertilización in vitro —esto de ser mujer y estar en edad reproductiva es algo que no dejará pasar el capitalismo, aunque una ni siquiera conozca el deseo de ser madre— a una especie de “monetización de la escritura” en la era tecnológica. Trabaja en lo que amas, vive de escribir, ponen los anuncios que publicitan cursos para entrarle al mundo del copywritting, el email marketing y el blogging como alternativas al trabajo presencial y aburrido del que todas estamos huyendo. Vivir de escribir te da libertad afirman los anuncios: una puede escribir desde donde sea y trabajar para grandes, medianas y pequeñas compañías que necesitan de tus habilidades en el email marketing para llegar a más clientes. La oferta suena tentadora: libertad financiera, autonomía respecto a las horas de trabajo y hacer lo que amas… ¿Es esto lo que mi terapeuta escucha cuando le digo que lo que yo quiero hacer es ponerme a escribir?

Hace rato, mientras preparaba un intento de pescado a la veracruzana, bastante decente para no haber mirado ninguna receta — un filete blanco del Nilo con cebolla, jitomate, cilantro y aceitunas en un sartén con un poquito de aceite de oliva, sal y pimienta—, me puse a escuchar una master class gratuita (puro término en inglés, ¡el horror!) que promete darte las herramientas necesarias para volverte experto en el email marketing. Lu Chippano es una argentina que dejó su trabajo en una farmacia hace más de diez años y decidió darle un giro de 360º a su vida. Incluso hace poco, dice en su charla, pudo hacer un viaje de seis días sin tener que pedirle a nadie vacaciones (¡!). Ella, autónoma, dueña de su tiempo y con dinero en la bolsa se escapó seis días del trabajo remoto. (Apunto: lo que debería —o deberíamos— hacer es escapar del trabajo que nos ofrece este sistema, pero bueno…). Frente a los tres años que llevo en cuatro trabajos simultáneos, lo que Lu propone suena al paraíso. ¡Qué envidia esa vida que le cambió por completo! Dejó de estar detrás del mostrador vendiendo productos de otros, para estar detrás de la computadora vendiendo productos de otros y además ¡vive de lo que ama!, ¡vive de escribir! La charla sigue y los “secretos” del email marketing se parecen a cualquier recomendación laboral en el capitalismo: ten feliz a tu cliente —que bien podríamos traducir por patrón—, haz lo que te pidan —cumple con las expectativas de producción— y trabaja mucho para llegar a ser experto —autoexplótate, por qué no—. Y yo me pregunto tres cosas: la primera, si se puede amar el trabajo en este sistema —yo diría que no, aunque quiero aclarar que eso no significa que una no pueda disfrutar mucho haciendo algo por lo que recibe una remuneración—; la segunda, si eso que describe Lu Chippano es lo que la gente escucha cuando le digo que lo que yo quiero es ponerme a escribir —espero que no—; y, la tercera, si eso es lo que voy a terminar haciendo: pasar de posponer escribir capítulos de posdoctorado a posponer escribir correos para marcas que necesitan llegar a sus clientes. Lo que me queda claro es que de sólo pensarlo las dos cosas me inundan de aburrimiento.

Los lunes y miércoles doy una clase en la universidad que lleva por nombre “Lírica 1: conceptos de análisis”. He de reconocer que, aunque desde hace meses estoy a disgusto con la docencia, en verdad disfruto mucho esas dos horas en las que nos ponemos a hablar de poesía. Después de las clases, veo a mi única amiga de la universidad para tomar un café y quejarnos del salario, particularmente en este trimestre en que el sueldo se redujo a la mitad, porque no alcanzaron las plazas de tiempo completo indeterminado —¡qué nombre!— para quienes saltamos de trimestre en trimestre firmando un nuevo contrato cada vez. El latte que tomábamos el trimestre pasado pasó a ser un café de olla de diez pesos que venden en la cafetería de la universidad y hoy, que tenía mucho antojo del café con leche en slang mamón, ni siquiera tomamos nada. Nos sentamos en uno de los patios de la universidad a quejarnos del trabajo, del salario y yo a repetir incesantemente —como anuncio de red social— quiero hacer lo que me gusta, quiero ponerme a escribir. ¿Pero a escribir qué? Esa pregunta, tan importante para definir lo que hacemos, no tiene una respuesta sencilla. Al menos no para mí. ¿Escribir correos para el marketing? ¿Escribir un blog? ¿Escribir literatura, lo que sea que eso signifique? Mi amiga dijo algo que no deja de rondarme la cabeza: no existe un público para lo que escribo o quiero escribir. Pero, entonces, ¿qué escribir?

La respuesta no es unívoca ni fácil de hallar. Yo escribo porque de pronto siento una urgencia inaplazable. ¿Acaso la detonante de mi escritura? Algo sucede, una conversación, una imagen, un silencio que da paso a la manifestación no premeditada de un querer decir que no puede postergarse. A diferencia de otros que persiguen obsesiones temáticas, mi obsesión recae en el impulso de desenvolverme ante el mundo. Por eso escribo, para desenvolverme, desdoblarme, deshacerme mientras las palabras surgen y se acomodan. ¿Es eso literatura? ¿O lo es sólo cuando adquiere forma de poema, pero no en la prosa? ¿Acaso importa? ¿Estas frases de urgencia que se vuelven texto me convierten en una escritora?

En el seminario que imparto los jueves —¡más clases!— leímos a María Luisa Puga. “Escribir, en México, siendo mujer. Al parecer tres cosas contradictorias”, escribe la autora en un artículo titulado “Literatura y sociedad”, que se publicó en el lejano 1980. Tres cosas contradictorias… Más adelante la autora se pregunta: “¿Dónde se coloca uno para conciliarlas?”. En el mundo de hoy, esta contradicción ya no es tan evidente. Claro que las mujeres seguimos experimentando toda clase de opresiones y claro que son sólo algunas las que ocupan un lugar privilegiado del campo cultural. Esto lo sabemos y hay análisis sociológicos (Bourdieu, por ejemplo) que aportan muchísimo más que cualquier cosa que yo pueda decir. Pero retomando —mal— a Puga, me gustaría reformular su pregunta y acortarla: Escribir, en México, siendo mujer. ¿Dónde se coloca una? ¿Hay acaso hoy ciertos requisitos para ser escritora? Tecleo esta pregunta aquí y de forma casi automática me respondo con la supuesta condición sine qua non de toda mujer escritora progresista que se precie de serlo: para ser escritora (y no hablo de escribir, sino de ser reconocida como tal) hay que ser feminista —o por lo menos decir que se es feminista—.

Los últimos chismes del campo literario mexicano dieron cuenta de cómo eso de ser feminista queda muy bien en la hoja impresa y la foto del periódico, aunque en la práctica se repliquen sin cuestionamiento alguno las formas de opresión del capitalismo. ¿Feminismo para la liberación? Escribir, en México, siendo mujer. Al parecer tres cosas feministas... Esto que afirmo es en parte pura especulación: un juego que se puede jugar leyendo los índices de los tres tomos feministas de su editorial independiente de confianza. Nada más. Sin embargo, ¿qué se desprende de este “requisito” del progresismo cultural? ¿Qué tipo de literatura —o pensamiento— es la que se espera? Sentada en el patio de la universidad, como si esto fuera 2010 y no 2024, mi amiga vuelve a asegurar que el problema es la falta de público. ¿Será que una no es lo suficientemente feminista?

Vivir una vida marcada por la insuficiencia ante las expectativas de los otros debería ser una forma de resistencia. Escribir textos marcados por la insuficiencia ante las expectativas identitarias, formales, temáticas de los otros debería ser una forma de hacer literatura. Escribir desde el impulso, la urgencia, el conflicto, y también desde la alegría y el juego. Desde el querer decir y hacer ante un mundo que se ha empeñado en silenciar y destruir, en homogeneizar, someter y simplificar los discursos hasta el formato de los doscientos ochenta caracteres o la brevedad de los videos de TikTok, en los que bien caben los reduccionismos conservadores y las consignas pseudoprogresistas que llenan de ruido las redes. Ruido que allá en la calle —y en las urnas, según los resultados de hace unos días— cada vez convoca menos. ¿Y entonces?

Cuando la Revista Común me invitó a escribir esta columna —que ni es columna ni es periódica, sino espontánea— me lo pensé un par de semanas. Yo había comenzado a escribir en el Substack como quien cambia el archivo de Word por un archivo al que se pueden asomar otras personas (iba a poner “como quien lanza una botella al mar”, pero me arrepentí de inmediato). ¿Qué de esto que he estado escribiendo se relaciona con el perfil de esta revista? ¿Qué de esto es lo suficientemente (inserte el adjetivo que usted quiera) como para aparecer en la Revista Común? Si este texto fuera un análisis de las elecciones en el país vecino y lo poco productiva que es la distinción entre republicanos y demócratas… Si analizara la reforma al poder judicial… Si hablara de la última discusión feminista, del último conflicto en Tuiter (X), de la última polémica entre el progresismo y los amlovers… Incluso si citara equilibrados análisis de los referentes más importantes de la izquierda mundial… Pero no hago nada de eso. Al final estoy aquí hablando de mí, una vez más, como si eso fuera a hacer mundo. ¿Es esto escribir?


Hoy 08 de noviembre de 2024, el Estado genocida de Israel sigue
masacrando al pueblo palestino. ¡Ni perdón, ni olvido!


POSDATA

A partir de las 4:00 tendremos un open mic de lecturas feministas

Una lectura feminista,
de textos claramente feministas, supongo.

Tendría que medir el feminismo en mis palabras. Pero ¿cómo?
¿A partir de las veces que escribo la palabra “género” en un párrafo?
¿O del número de líneas sobre la maternidad?
¿Tengo que hablar sólo de mujeres?

Una lectura de textos feministas.

¿Qué esperan los estándares que diga?
¿Juzgarán que esté escrito en “lenguaje feminista”?
¿Debo usar la “e” en todos los sustantivos,
pronombres, adjetivos
y adverbios
para que se den cuenta,
para que no se olviden
de que éste es un texto feminista?

O mejor usar la “a”
para que no haya duda
de que me nombro a mí y a otras,
sí, sí, ya saben, “a otras”.

¿Por qué “feministómetro” no termina con “e”
ni imposición ni pensamiento hegemónico?
Sustantivos con “e” para decirle a las compañeras lo que deben
pensar, hacer, sentir en lenguaje incluyente.

Hay que ser feministe siempre.

Quiero escribir un texto feminista.
Narrar dos, tres, cinco, cien veces
el peligro.
A los diez el vecino;
a los quince un hombre en la calle;
a los diecisiete un exhibicionista;
a los veinte un novio alcohólico;
a los veintiséis la promesa del poliamor que no se cumple;
a los treinta violencia económica;
a los treinta y cuatro la maldita sensación de nunca
nunca
ser suficiente ante los ojos.

¿Éste es un texto feminista?
O mejor, ¿soy yo feminista?
Una experiencia colectiva del abuso,
convertida en hashtag que se repite al infinito.
Una etiqueta feminista,
más feminista que este texto
que se coló en la lectura para decir
—de nuevo—
lo que ya se ha dicho
en otros textos feministas.

¿Y si lo dijera gritando?
Si empezara a gritar que estoy cansada,
furiosa,
llena de rabia.
Harta de la poca voluntad del mundo
de ser lo que yo digo,
de pensar lo que yo pienso
de mirar lo que yo veo,
desde que me puse los lentes violetas
y todos mis textos
—sí todos—
se han convertido en un comunicado,
un discurso,
un manifiesto de El Feminismo
—escrito con mayúsculas—,
para que nadie diga que no soy,
que no somos,
que no es…

Ésta es una declaración de guerra,
menos para mis amigas.
La sororidad es un tema feminista:
lleno de “likes” y pancartas
que se multiplican una vez al año.
Pero si tu hijo está enfermo,
si necesitas dinero,
si el güey con el que andas salió denunciado
y tú no sabes qué hacer con tu vida,
entonces no eres feminista.

¿Y qué importa si alguna vez te llamé mi amiga?
¿Qué importa si a ti también te nombraron mujer
sólo por tener vagina,
y también te jodió el mundo,
y el vecino cuando tenías diez años
y un tarado en el metro
y el sistema patriarcal que no nos deja?

La amistad no es para todas,
la sororidad tampoco,
ni los espacios
ni los textos,
ni el diálogo
y menos lo es El Feminismo
(de nuevo con mayúsculas).

Porque tú no escribes textos feministas,
ni femeninos,
no hablas de tu abuela hierbera,
ni de tu madre bruja,
apenas mencionas el aborto
y nunca has denunciado a nadie.

Todavía les diriges la palabra
y no le dijiste #yotecreo,
porque optaste por ponerte a pensar, dudar, analizar,
porque sabes que la realidad es más compleja
que una afirmación categórica,
porque un día aprendiste
algo sobre el pensamiento crítico.

¡Cómo te atreves!

Ésta es una lectura feminista,
no entiendo por qué no escribes sobre la maternidad
aunque no seas madre,
o del deseo de la maternidad
aunque no quieras ser madre,
o de lo bello de la maternidad
o de lo jodido de la maternidad
aunque tú qué sabes
que no eres madre
ni quieres serlo
y qué bueno porque la maternidad es un infierno
que no pedimos…

¿Para qué traes más bebés a este mundo
en el que se derriten los polos
y nunca terminan las guerras?
Muy pronto la ropa vieja
reemplazará las manchas del Desierto de Atacama.
Muy pronto se hundirá Venecia.

Gestado desde la imposición, tu deseo
es un crimen contra el mundo.
Abandona el placer
y el complacer
y la vida asertiva.

Nadie estará contento…

Igual, por favor, no te olvides de quererte, ¡tal como eres!
Aceptación rima con canción,
¡qué poco le falta a este poema para viralizarse!

¿Será que el secreto está en usar playeras feministas
y hashtags feministas
y sombreros feministas,
para que nadie dude
de que todo lo que digo siempre es…?

Bueno ya, para qué volver a escribirlo,
no es como si fueran a contar el número de veces
que aparece en este falso poema
la palabra “feminista”.

O tal vez, sólo tal vez,
una lectura feminista es hablar de cualquier cosa:
de la lámpara que fundí la otra noche,
del día que me dio diarrea,
del último libro que leí sobre el necrocapitalismo,
de las horas que paso en una oficina,
del kilo mangos que compré en el tianguis,
de la última discusión de la izquierda militante,
de la simple y llana mismidad de la vida.

Un texto feminista sobre la existencia.

Guardemos la identidad por un rato
que hace falta pararnos a observar el mundo
y a imaginarnos otro,
en el que la libertad de los seres no dependa,
simplemente, del uso indiscriminado del adjetivo “feminista”.

Un mundo en el que cualquiera pueda pararse aquí,
sin tener que probar
que ayer por la noche
escribió un texto feminista.

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