Hace unos días veía un video en YouTube en el que se analizaba la poca influencia cultural de Kylo Ren, personaje interpretado por Adam Driver y villano de los episodios VII, VIII, IX de la Guerra de las Galaxias estrenados a partir del año 2015. Esta nueva entrega del universo imaginado por George Lucas, en particular El despertar de la fuerza —la primera de esa trilogía—, rompió récords de taquilla. Sin embargo, como analiza el creador del video, Kylo Ren no ha trascendido en el imaginario popular y se ha diluido. El diagnóstico del creador del video es que los personajes de las películas y series estrenadas en los años recientes han naufragado en la era de la inmediatez. Los íconos culturales del siglo pasado —exportados por Estados Unidos a casi todo el mundo— eran generados por películas como Indiana Jones, Star Wars, Rocky o Terminator, entre otros. Ahora los referentes son los llamados influencers y cualquier fenómeno viral que se evapora casi al instante para dar paso a otro.
La actual banalización y mercantilización de gran parte de la experiencia humana hace que extrañemos los viejos tiempos. Por esta razón el mercado nos ofrece la nostalgia como única ancla ante una realidad sometida a una hipervelocidad que degrada lo que experimentamos. La llegada del Mundial de Futbol de este año —un espectáculo global desde México 70, cuando llegaron las primeras transmisiones en vivo gracias a los satélites— también se ha convertido en un evento que será recordado por el difícil contexto global del 2026 y no por crear una huella que trascienda en el tiempo. El Mundial ofrecerá grandes jugadas, polémicas y récords; sin embargo, no podrá despojarse de la pátina de artificialidad que impregna los fenómenos mediáticos de ahora. Si la Olimpiada de México 1968 y el Mundial de 1970 dejaron una marca en el diseño gráfico e, incluso, en la arquitectura y espacios públicos, el de 2026 tendrá una vida útil muy corta en el imaginario popular. Los nombres de las mascotas de los tres países organizadores —Maple, Zayu y Clutch, un alce, un jaguar y un águila calva, respectivamente— tendrán poca resonancia en los medios de comunicación dominados por algoritmos que ofrecen un nuevo estímulo todos los días. La organización compartida del Mundial ha convertido un fenómeno que, usualmente, se aprovecha para crear una ilusión de unidad nacional, en un producto multiplataforma. El hecho de que en México se celebrarán sólo 13 de los 104 partidos totales abona al poco interés de la afición. En un estudio de opinión reciente hecho por Alejandro Moreno para El Financiero, sólo el 29 por ciento de los encuestados expresó estar “algo o muy interesados” en la competencia.
La industria de la nostalgia, como suele suceder, intenta otorgar algún peso a un evento deportivo que generará muchas ganancias y poca trascendencia. En los días pasados se estrenó la película México 86 dirigida por Gabriel Ripstein, con guion de Daniel Krauze y protagonizada por Diego Luna. Como apunta Efraín Navarro Granados en una reseña, el Mundial retratado en esta parodia inofensiva es una suerte de reivindicación de tiempos mejores, cuando México se hizo cargo del torneo en 1986. Éramos corruptos, pero capaces de organizar una gran competencia después de un sismo devastador. Todo se resuelve si le echas ganas y si estás dispuesto a embaucar a quien sea. Sin embargo, la nostalgia sólo trasciende cuando se participa en una experiencia colectiva más allá de los objetos coleccionables, como el famoso álbum Panini. En este aspecto —al menos en los estadios—, el Mundial dejó de ser un evento popular para volverse una transacción comercial para los que se permitan pagar precios sujetos a la oferta y la demanda. El filósofo Michael Sandel en su libro Lo que el dinero no puede comprar. Los límites morales del mercado, cuenta que en el 2009 el músico Bruce Springsteen dio dos conciertos en New Jersey con un precio máximo de entrada de 95 dólares. Pudo haber cobrado y ganado más, pero el hecho de haber integrado a un público más amplio —el de la clase trabajadora— volvió auténtica la experiencia, más allá del interés financiero de cualquier concierto.
El futbol profesional se ha alejado cada vez más del origen popular que lo llevó a las masas. La famosa “mano de Dios” de Maradona no podrá ocurrir en una cancha que evita cualquier injusticia gracias a la tecnología, aunque la organización del Mundial —que tuvo el buen tino de darle un premio prefabricado a Donald Trump por sus esfuerzos por la paz mundial— nos enseñe que la justicia sale sobrando cuando el dinero y el poder han capturado un espectáculo que pierde credibilidad cada cuatro años. Las escenas de una multitud entrando al Estadio Azteca para vitorear y cargar en hombros a Pelé en México 70 son impensables en la realidad actual dominada por la hipervigilancia y el miedo al terrorismo. Otra arista de esta realidad —incómoda para la FIFA y el gobierno mexicano— es el cúmulo de demandas y luchas populares que ya ocurren en la Ciudad de México y otros lugares del país.
Sea como fuere, cuando el árbitro pite el final del último partido, el Mundial de este año será sustituido por el siguiente estímulo proyectado en las pantallas globales. Sobrevivirán algunas anécdotas e imágenes, pero la épica de los antiguos torneos se habrá desvanecido, pues vivimos en una sociedad que descarta lo que aprovechó —jugadores, público, transmisiones— una vez que logró su máximo rendimiento.
