El pasado lunes 8 de septiembre, la escritora argentina Tamara Tenenbaum estuvo en el patio de la librería El desastre para presentar su nuevo libro, Un millón de cuartos propios. Ensayos para un tiempo ajeno (Paidós, 2025). Llegué casi rayando la hora del comienzo y me sorprendió ver el lugar tan lleno, sobre todo para ser un lunes por la tarde-noche. Como suele suceder en este tipo de presentaciones, la mayoría del público éramos mujeres. Ya no había casi lugares libres y me tocó sentarme en la última fila, así es que, más que ver a las participantes, las escuché (o para ser precisa, las medio escuché, porque justo atrás de mí había un par de hombres de unos cincuenta años, sentados en la única mesa del patio, que no dejaron de hablar durante toda la presentación: vaya contra-performance para demostrarnos, a todas las que estábamos a su alrededor, lo poco que les importaba que hubiera dos mujeres hablando y otras tantas tratando de escucharlas). Así y todo, a pesar del lugar, tan poco idóneo, y de las interrupciones del estruendo masculino, me dispuse a concentrar mi atención en Tamara y en su libro. Tenía ganas de oírla hablar sobre él, o sobre cosas que allí escribió, porque, desde que lo leí hace unos meses, se quedó resonando en mí de una manera muy personal. Hay libros que fascinan o intrigan; libros que una admira, devora o que incluso decepcionan… Pero son contados aquéllos cuya conexión con cosas que te rondan te hace pensar “¡Caray, cómo me hubiera gustado escribir esto!”. El de Tamara es uno de ellos.

Agradecí de la presentación que, en lugar de una serie de monólogos sobre el libro —algo muy común en los actos académicos a los que suelo asistir—, hubo una verdadera conversación entre la escritora mexicana Aura García-Junco y la autora. Aunque no daba la impresión de que fueran amigas, se notaba la complicidad. Aprecié en especial el interés de Aura por destacar conexiones y compartir lo que el libro le evocó. Se notaban las ganas de ambas de estar allí, teniendo esa charla.

Y es que, tal y como señaló Aura al inicio, hay mucho que decir sobre este libro, cuya escritura se detonó a partir de una nueva traducción al español de Un cuarto propio (1929) de Virginia Woolf que le encargaron a Tamara en 2022 (por cierto que, en esas búsquedas nebulosas que hacemos en la red, nunca logré encontrarla; quizá no se ha publicado todavía). En la introducción a Un millón de cuartos propios…, la autora cuenta que el diario que llevó durante ese proceso la condujo a una posibilidad inesperada: la de escribir un libro sobre el presente, pero partiendo de las notas sobre un texto escrito hace casi cien años. Acaso sea por ello que, en el ensayo, se perciba un cierto desplazamiento que transita entre una sensación incómoda por no entender del todo el presente —de allí el “tiempo ajeno” del subtítulo— y el deseo de hablar sobre él desde ese lugar desfasado. Se trata de un deambular que reconoce el fin de las utopías y la crisis, de los valores que construyeron a la modernidad (la democracia liberal, la confianza en el futuro, el horizonte del consenso, por señalar sólo algunos), pero que, a la vez, busca recuperar ese gesto tan moderno de revisitar el pasado. Volver, así, a la modernidad de principios del siglo XX, pero desde un lugar distinto al de los neoconservadores de nuestros días, para reencontrar —evitando la ingenuidad— una cierta “fe en el mundo” y en la posibilidad de cambiarlo. Eso es lo que Tamara encontró en Virginia: no respuestas, sino más preguntas; una “propuesta de contramundo”, un tono literario y político que le permitiera salir de la coyuntura y del “lenguaje agotadísimo de las nuevas guerras culturales” (29). Un estilo que se desplaza con soltura por el pensamiento, con una “modestia metódica” y mucha autoironía. Así, el ensayo de Woolf se convierte en el punto de partida perfecto para ir y venir entre sus ideas y las de Tamara: un lugar apropiado (y propio) para interrogar un presente que la interpela, pero que a la par nos interpela a todxs.

Con el texto de Virginia tengo mi propia y larga historia, y supongo que eso fue lo que me llevó a buscar el ensayo de Tamara desde el momento en que supe de su existencia. (Nótese, por ejemplo, que el título de mi columna en esta revista es, justamente, Cuarto propio —y es también por esa visible afinidad que me animo a publicar en ella, por lo general más dedicada a otro tipo de textos, esta crónica.) La cosa es que no sólo he regresado a Un cuarto propio en distintos momentos de mi vida, sino que además tengo una especie de obsesión por recuperar las lecturas que de él han hecho escritoras y pensadoras a lo largo del tiempo, particularmente aquellas realizadas en espacios lejanos a la Inglaterra de Virginia. Pienso, por ejemplo, en el ensayo que Alice Walker escribió en la década de los 70, de título muy sugerente  —In Search of Our Mothers’ Gardens”—,  donde explora la creatividad silenciada y materialmente imposible de las mujeres afroamericanas, sus “madres y abuelas”, que encontraron formas de expresión a pesar de no tener siquiera la posibilidad de soñar con ese “cuarto propio” del que hablaba la autora británica. O en las líneas que Gloria Anzaldúa le dedica al cuarto propio en “Hablar en lenguas: una carta a las escritoras tercermundistas”, que, aunque no lo parezca, evoca problemas similares a los que Woolf describe sobre las escritoras decimonónicas británicas, si bien trasladados a la cultura chicana de la autora. “Olvídate del cuarto propio”, dice Anzaldúa, “escribe en la cocina, enciérrate en el baño. Escribe en el autobús o mientras haces fila en el Departamento de Beneficio Social o en el trabajo durante la comida, entre dormir y estar despierta”. O, finalmente, en las reflexiones contenidas en “La primera persona del plural”, de Cristina Rivera Garza, quien lleva al cuarto propio a otro lugar, para decirnos que este nunca fue una torre de marfil individual, sino “una habitación impropia”: un espacio posible gracias a la existencia de una red de apoyo material y afectivo; gracias a “la voluntad y el afecto de tantos otros”. Frente a ese mito capitalista del individuo que se hace a sí mismo, Cristina nos recuerda que “nadie tiene un cuarto propio si no existe una casa y, alrededor y dentro de la casa, una comunidad que la constituye”. Walker, Anzaldúa y Rivera Garza, junto con muchas otras, reconocen ecos en Virginia que las convocan a escribir sus propios textos, no siempre en acuerdo, pero sí a modo de diálogo, porque se sienten interpeladas por ella.

Esto me lleva de nuevo a Un millón de cuartos propios, porque justo lo que Tamara Tenenbaum hace en su libro es recuperar este diálogo, aunque desde otro lugar. No sólo por una condición geográfica (la Argentina en tiempos de Milei) sino también temporal. Ya evoqué este “lugar” desfasado de un presente que le incomoda, pero debo decir que, a pesar de esta incomodidad —o gracias a ella— el ensayo es sumamente actual y sugerente. En él toca temas como el trabajo, el dinero, la comida, la nostalgia y la tradición, todos desde la perspectiva de nuestro presente. Sin embargo, quisiera en específico detenerme en dos temas del libro: el resentimiento y la autoridad de la primera persona.

El primero de ellos —el del resentimiento—, fue uno de los que tocó Aura en sus preguntas, muy en la tónica de pensar esta emoción no tanto como algo personal, sino como una fuerza que mueve pasiones en lo político (y esto tanto en un espectro que podríamos considerar de las nuevas derechas, pero también en otras partes, más cercanas a las izquierdas). En el libro de Tenenbaum, el punto de partida esel pasaje de Un cuarto propio en el cual Virginia compara a Jane Austen y a Charlotte Brontë, para señalar cómo en la obra de esta última se cuela el resentimiento por ser una mujer en una época en la que las mujeres no podían hacer casi nada. Ahora bien, Tamara deja ese hilo —y la discusión sobre cómo la literatura debe de trabajar el resentimiento del autor o autora— para plantearse una pregunta más amplia sobre su valor político y ético. Para ello, recorre con mayor detalle distintas posturas que rescatan el resentimiento, visto generalmente por la tradición intelectual y filosófica —sobre todo la nietzscheana—, y hasta por el “sentido común”, como una emoción negativa. Entre estas posturas, retoma la de Mark Fisher, para quien el resentimiento es “una vía muy rápida y efectiva de ingreso a la consciencia de clase” (181) y un camino que orienta a la acción. También la de Sara Ahmed, en su reivindicación de la feminista aguafiestas, esa feminista enojada que les arruina a todos la velada (Vivir una vida feminista, 2017). Tamara reconoce la potencia revolucionaria que Fisher y Ahmed depositan en esta emoción: “es liberador”, dice, “que estos pensadores reconozcan el derecho a odiar y frustrarse con las injusticias del mundo, en lugar de esconderlas bajo un manto de optimismo y solidaridad universal” (187). Pero también se pregunta si no hay demasiada confianza en su poder político, y si el resentimiento, en última instancia, impida construir consensos o espacios donde converger. En esa duda invita a re-imaginar un proyecto político común que no sólo reconozca las diferencias, sino que pueda ir más allá de la afinidad identitaria para poder construir, precisamente desde el desacuerdo, un terreno compartido.

Esta duda, y el deseo de construir consenso en el disenso —aunque parezca paradójico—, conecta sus reflexiones sobre el resentimiento con una idea central del primer capítulo, aunque no se abordara mucho en la presentación: la crítica a lo que ella denomina “la autoridad de la primera persona”. El recorrido que hace Tamara es complejo y sutil, porque no se trata de una crítica general al uso de la primera persona en la escritura (y en el discurso). Muy al contrario, lo primero que hace es partir del ensayo de Virginia Woolf para reconocer en su estilo (especialmente en el uso del flujo de conciencia y en el tono constante de duda, el cual permite “mostrar” cómo se produce pensamiento desde la experiencia y la corporalidad) los rasgos de lo que definirá como el “ensayo personal”: una forma de escritura que “utiliza el relato de [la] propia experiencia para construir un razonamiento” que, trascendiendo lo individual, logra decir algo valioso sobre lo colectivo (p. 43). A partir de este reconocimiento, traza una genealogía heterogénea de escritoras feministas —siguiendo sus propias afinidades electivas—, que han recuperado y utilizado este recurso a lo largo del tiempo, para que las mujeres podamos reconocernos en experiencias ajenas y construir, a partir de este reconocimiento, una comunidad imaginaria (p. 45). Es decir, inscribe al ensayo personal feminista en una tradición discursiva que remite al quehacer político, en el sentido que Jacques Rancière le da al término: una actividad “que desplaza un cuerpo del lugar que le estaba asignado o cambia el destino de ese lugar, hace ver lo que no era visible, hace oír como discurso lo que anteriormente sólo era considerado como un ruido” (Rancière, La mésentente, 1995, p.52). Ahora bien, la clave que Tamara identifica en esta forma de ensayo es que no viene a defender una idea preconcebida, sino a probarla. Por ello siempre mantiene un tono de pregunta y traza un camino incierto.

La incomodidad —y la conexión con el resentimiento— surge cuando Tamara observa una deriva contemporánea: el salto de este “ensayo personal” a un “régimen de la autoridad de la primera persona”. Este nuevo régimen actúa como un “blindaje que parece insinuar: ‘voy a decir cómo son las cosas y lo sé porque yo lo viví’” (p. 48). Frente a este imperativo, que sólo legitima la voz desde la experiencia vivida, se deshabilita la conversación. Si la premisa es “si yo lo siento es porque es así y punto”, el disenso —y por lo tanto el diálogo— se vuelve imposible, pues la única respuesta permitida es la reafirmación. Lo que nació como una herramienta para la construcción de comunidad —el relato en primera persona— puede terminar, en su extremo, generando un discurso autoritario donde el único horizonte común posible es asentir: si no estás conmigo, estás contra mí.

Esta imposibilidad de construir un horizonte común en el disenso nos remite al tema del resentimiento. Es algo que le inquieta a Tamara, y que es muy visible en el mundo de las redes sociales, pero también en los espacios en los que se tratamos de construir lo común. Por eso, como bien señala en su ensayo, el resentimiento juega un papel central en los grandes conflictos de nuestra época. Es muy claro, por ejemplo, para explicar parte de la movilización política que llevó a los jóvenes varones argentinos a votar por Milei, o en el voto de las clases populares por el trumpismo, donde el resentimiento fue dirigido principalmente contra lxs inmigrantes. Hay muchos análisis al respecto, e incluso Tamara toca el tema. Es menos visible, sin embargo, cómo el resentimiento empieza a colarse también en otros espacios, quizá menos abordados en los análisis políticos: aparece en las funas o en la desconfianza que grupos o colectivos más vinculados con movimientos de izquierda proyectan unos contra otros, por mencionar un par de casos. Reconozco la dificultad de pensar esto y de poder dar una respuesta tajante al respecto. En ese sentido, recupero también el derecho a la duda, tal como Tamara hace en su propio ensayo. Yo tampoco tengo, pues, una postura clara al respecto, pero me parece que son temas que hay que seguir reflexionando, conversando y discutiendo. Y quizás ese sea, al final, uno de los grandes méritos de Un millón de cuartos propios: no ofrecer soluciones fáciles, sino proporcionar las preguntas incómodas y el tono perfecto para que se siga dando esta conversación indispensable.

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