Ustedes disculparán que traiga esta pregunta a un espacio en donde quizá, para muchas de ustedes, sea un cuestionamiento obvio y, para otras tantas, quizá, una pregunta totalmente fuera de lugar.
No obstante, lo considero una interrogante pertinente en espacios como éste, dado que estamos en la búsqueda por construir aquello que nos es común, para perfilarnos hacia un mundo donde quepan muchos mundos.
La relación entre feminismo y zapatismo, o entre feminismo y pueblos originarios, es un tema relativamente reciente y estudiado por varias y apreciadas teóricas como Sylvia Marcos, Margara Millán, Aída Hernández, G. Rovira, Francesca Gargallo, entre otras. Sin embargo, la mayoría de estos estudios se han enfocado en la experiencia de las propias mujeres que son parte de las Bases de Apoyo Zapatistas en sus comunidades, y creo que pocas veces se ha puesto el interés hacia las mujeres urbanas que acompañamos el zapatismo desde hoy o desde hace varios años ya.
E insisto en el cuestionamiento del inicio, porque me parece un tema de vital importancia, sobre todo tomando en cuenta el contexto en el cual desarrollamos nuestras luchas, y porque considero que ha sido un tema relegado en la discusión al interior de nuestros espacios mixtos o con nuestros compañeros de lucha.
Quiero decir que no voy a entrar a la discusión o al análisis sobre si las compañeras de las Bases de Apoyo Zapatistas (BAZ) son o no feministas, pues considero que eso sólo a ellas les corresponde hacerlo. En cambio, sí quiero preguntar acá si creen necesaria la discusión o el análisis de si nosotras, mujeres urbanas acompañantes del zapatismo, nos consideramos o no feministas. Y, más allá aún, ¿podemos nosotras mujeres que luchan en las ciudades entablar una relación con el feminismo? ¿Debemos hacerlo?
Mi preocupación tiene dos sustentos. Uno histórico y otro basado en mi experiencia de vida. El primero es histórico, porque esta discusión sobre feminismo y movimientos sociales ha sido una constante a lo largo de varios siglos y está presente en prácticamente toda movilización social que se haya planteado la lucha por la libertad o contra la desigualdad. En las luchas por la liberación de los pueblos oprimidos; en las luchas contra la esclavitud o el racismo; en las luchas comunistas, socialistas, anarquistas, sindicalistas; en toda movilización que gusten y manden, siempre hubo presencia y participación de las mujeres, y en todas se han encontrado vestigios de desigualdad en la relación que existe entre los hombres y las mujeres que participan de estos espacios.
Heidi Hartman (1979), marxista-feminista estadounidense, es una de las teóricas que ha cuestionado el porqué de estas desigualdades al interior de los movimientos sociales al plantear que el marxismo, por ejemplo, fue “ciego al feminismo”, o a las desigualdades de género.
Con ello Hartman trataba de explicar cómo los grandes ideólogos del marxismo en ese tiempo no pudieron ver las desigualdades en la relación entre hombres y mujeres, por ejemplo, en cuanto a las labores asignadas a unos y otros en función de su sexo. O cómo, si es que lo vieron, tampoco hicieron mucho al respecto.
Los hombres y mujeres que participaban del socialismo en ese entonces afirmaban que la dictadura del proletariado finalmente llegaría y liberaría a todos y todas de la opresión burguesa. Sin embargo, no tomaron en cuenta la doble explotación que sufrían las mujeres al cumplir no sólo con las labores del hogar, sino también con las actividades en la fábrica con la llegada de la industrialización y el capitalismo.
Históricamente, los hombres han sido asignados a las labores fuera del hogar, a los espacios públicos social y culturalmente reconocidos, mientras que las mujeres han sido confinadas a las labores del hogar y de cuidados, labores que carecen de valor o reconocimiento social, pero que a su vez permiten la reproducción de la fuerza de trabajo. La división sexual del trabajo, que existía antes del marxismo, ha sido causa fundante en nuestra opresión como mujeres por parte de los varones o el patriarcado.
Ahora bien, mi intención no es sólo la de nombrar o reconocer ese trabajo de limpieza y cuidados no pagados, sino subrayar la necesidad de identificar las diferencias y violencias de género que existen al interior de los espacios políticos por parte de nuestros propios compañeros y compañeras de lucha. Para ello, hay que tener presente que el patriarcado, como sistema impuesto históricamente, atraviesa todos los espacios que habitamos, incluido nuestro propio ser.
Es por ello que hago estos planteamientos partiendo también desde mi propia experiencia y práctica política en este movimiento social que he acompañado desde sus inicios y en donde he padecido diversas situaciones de violencia por el simple hecho de ser mujer. Es decir, no hablo desde el vacío.
Puedo narrarles, por ejemplo, cómo algunos dirigentes del extinto Frente Zapatista de Liberación Nacional (FZLN) demeritaron mi trabajo político con niños y niñas al denominarlo públicamente como una guardería. Abandoné espacios y reuniones de coordinación por la violencia verbal ejercida contra mí por parte de compañeros “mártires de Atenco”. Peleé por pintura y materiales para los niños y niñas de Xayakalan (Michoacán): el coordinador del taller que debía impartir, me los negó, aunque eran indispensables para mi trabajo, y nadie me defendió porque él era “un gran muralista”. Acompañé la denuncia de una compañera, pues su pareja (también activista del zapatismo) le quebró la muñeca de su mano derecha. Me paralicé ante el lengüetazo al oído que me dio un “compañero de lucha” durante un festejo zapatista en la ciudad. Abracé a otra compañera que, sollozando, me narró cómo un compañero la manoseó mientras estaba dormida. He aguantado el acoso de “compañeros de lucha” que viéndome sola o sin pareja comienzan a hostigar con insinuaciones románticas o sexuales.
Esto es algo de mi lista… ¿Qué hay en la de ustedes? ¿Hasta cuándo tendremos que aguantar como mujeres que luchan estas violencias al interior de nuestros espacios políticos? ¿Tenemos que seguir aguantando? ¿Para qué es nuestra lucha en común?
Por ello regreso a mi pregunta original: ¿somos feministas las mujeres urbanas que acompañan al zapatismo? Si entendemos como principio básico del feminismo la lucha contra la opresión de las mujeres por parte de los hombres, ¿hemos afrontado o no esa lucha?
Las compañeras de las BAZ han puesto el ejemplo con su Ley Revolucionaria de Mujeres, que no es otra cosa que un “ya basta” a la desigualdad y la violencia ejercida contra ellas en sus hogares y comunidades, y que sigue siendo uno de los referentes más importantes de los últimos tiempos para las mujeres que luchan en América Latina y el mundo.
Es cierto también que no es necesario nombrarse feminista para serlo en los hechos y que eso debería ser suficiente para tender puentes, encontrar alianzas y trabajar juntas en el cuidado de la vida (Herrera Yayo, 2020). No obstante, desde mi experiencia personal —y lo personal es político—, feminismo y zapatismo tienen mucho en común. Y considero que no hay causa justa si no se comulga con el feminismo.
La violencia patriarcal acecha en todo momento y en casi cualquier espacio, la tarea y la práctica feministas no deben dejar de denunciar estas violencias si queremos lograr la transformación social a la que aspiramos. No podemos seguir permitiendo que nuestra voz y nuestros conocimientos sigan siendo silenciados, olvidados, no valorados o no reconocidos.
Luchar por eliminar la opresión, venga de quien venga, es un principio básico que debe acompañar a todo movimiento social que se enuncie congruente con su discurso por las causas justas. El zapatismo no puede ser la excepción y las mujeres zapatistas pueden ser nuestro faro para alcanzar tal objetivo.
Mi aspiración es que mi voz y lo vivido sirvan a la resistencia dentro de la resistencia.
* Texto leído durante el Segundo Encuentro de Mujeres y Disidencias que luchan en común, buscando juntas el camino.
