Crónica

Efraín Navarro Granados

A primera vista, la producción de Netflix México 86 (2026) es simplemente un intento más por capitalizar la nostalgia futbolera ante el inminente inicio del Mundial. Pero dentro de lo que aparenta ser una inocua comedia de tema deportivo se esconde un peligroso mensaje político: México era más chingón cuando era corrupto.

La cinta, con guion de Gabriel Ripstein y Daniel Krauze y dirigida por el primero, se centra en Martín de la Torre (Diego Luna), un burócrata deportivo frustrado ante el poco interés que pone la Federación Mexicana de Futbol por obtener la sede del Mundial, vacante después de que Colombia renunciara a organizarlo. Humillado por su jefe, despreciado por su esposa y temeroso de perder a su amante, De la Torre decide darle un giro a su vida convenciendo a Emilio Azcárraga (excelsamente caracterizado por Daniel Jiménez Cacho) de nombrarlo presidente de la federación de futbol con la encomienda de conseguir la sede.

Martín de la Torre es una versión ficticia de Rafael del Castillo Ruiz, nombrado máximo dirigente del futbol mexicano en 1980. Años después, en 1988, Del Castillo caería en desgracia como consecuencia del escándalo de los cachirules, donde se reveló que la federación había recurrido a actas de nacimiento falsas para alinear a jugadores que excedían la edad permitida en la selección sub-20. En consecuencia, México fue suspendido por la FIFA de toda competición internacional por dos años, incluyendo el Mundial de Italia 90, donde habría participado una generación excepcional de futbolistas que incluía a Hugo Sánchez.

A medio camino entre la comedia ligera y el género picaresco, en la cinta, el sucedáneo de Del Castillo enfrenta siempre con una copa de alcohol en la mano los diversos obstáculos para organizar el Mundial de México 86. Retratado como alguien cínico, mentiroso, pero con un noble corazón en el fondo, el protagonista inicia su periplo en Suiza, donde se enfrenta con la delegación estadounidense por el mundial. En una pelea desigual contra la candidatura de los EE. UU., apoyada por figuras de la talla de Henry Kissinger y Pelé, el novel presidente de la federación recurre a fiestas, sobornos y triquiñuelas diversas. Una vez ganada la pelea por la sede, la gesta organizativa se ve en riesgo por los estragos del terremoto de 1985 y, ante la posibilidad de que el Mundial sea nuevamente trasladado de país, De la Torre emborracha y soborna al representante de la FIFA, mientras oculta los daños sufridos en los estadios.

Las acciones de Martín de la Torre son presentadas como las de un pícaro que logra sobreponerse a las adversidades gracias a un ingenio libre de toda atadura moral. El cinismo del directivo sólo se refrena frente a dos situaciones: el sincero, aunque inconstante, compromiso con Susana (Karla Souza), que inicia la película como su amante y se convierte en su aliada y confidente; y cuando le piden que arregle una derrota del equipo mexicano en el torneo, a lo que se rehúsa, ya que el partido de once contra once es lo único que le es sagrado.

Aderezada con personajes históricos del mundo del balompié, como Guillermo Cañedo, Bora Milutinović, Hugo Sánchez y José Ramón Fernández, la película apela a la nostalgia del espectador de mediana edad que vivió el Mundial de 1986, entre los cuales se encuentra el mismo Diego Luna. El punto culmen de la cinta son las secuencias del torneo, donde se combina material de archivo y escenas dramatizadas en busca de capturar el entusiasmo social frente al esperanzador desempeño de la selección mexicana en las fases iniciales. En el momento más inverosímil de la cinta, De la Torre baja desde el palco del estadio a la cancha a motivar los jugadores frente a la tanda de penales contra Alemania. Ello no evita, por supuesto, que México sea finalmente eliminado.

En una entrevista, Diego Luna señala que el objetivo de México 86 es satirizar a los organizadores del balompié, al PRI y al “sistema”. Sin embargo, para ser considerada una sátira efectiva, la cinta debería tener señalamientos críticos, y no logra enunciarlos. De hecho, en el caso del poder político, este sólo aparece fuera de cámara, a través de referencias menores. Las conductas de De la Torre son celebradas como parte de un “ingenio mexicano” que posibilita su triunfo frente a los estadunidenses y la FIFA. La única consecuencia de la corrupción rampante sería la caída en desgracia del protagonista por el escándalo de los cachirules, hechos con los que cierra el largometraje. Sin embargo, en el monólogo final, el protagonista declara no arrepentirse de nada, ya que todo lo valió para lograr organizar el mejor Mundial de la historia. A manera de epílogo, un texto al final de la cinta apuntala su sentido, indicando que México no ha logrado un mejor desempeño deportivo desde entonces. Martín de la Torre incluso encuentra algún grado de redención en el amor, ya que salva su relación con Susana, quien será la única que no lo abandonará al ser defenestrado.

Más que una sátira, México 86 acaba siendo una comedia cínica, que en lugar de criticar, celebra la corrupción bajo la coartada del mal llamado “ingenio mexicano”. Arropándose en la nostalgia por el Mundial de Futbol, la cinta se alinea además con un discurso político en circulación: “los años del PRI no estuvieron tan mal”, una posición que se acompaña de una añoranza por épocas donde el machismo, el alcoholismo y el éxito a toda costa eran posibles, y todo ello aderezado por la moda y la música de entonces. No debe sorprendernos que Daniel Krauze haya sido también guionista de Luis Miguel: la serie, una producción con un sentido similar. El ejemplo más insólito de esta clase de discursos fue el trend de redes sociales que permitía que los usuarios se imaginaran como agentes de la Dirección Federal de Seguridad, con dos familias, alcohólicos y disfrutando de los frutos de la corrupción. El mensaje de la película es: “sí, en esos años había corrupción, pero con ella se lograron hacer grandes cosas, como un Mundial de Futbol chingón”.

Es posible leer una segunda intención en la película: señalar que el Mundial actual, en un país gobernado por otras fuerzas políticas, no será comparable con el de México 86. Los saldos políticos, sociales y deportivos del Mundial actual están por verse, aunque los pronósticos en muchas arenas no son positivos. Pero si vamos a realizar una evaluación crítica del torneo de 2026, hagamos también una revisión de las dos ediciones pasadas y no permitamos que sean usadas para vendernos un pasado colorido y artificioso que nunca existió.

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